martes, 19 de agosto de 2008

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tercera noche

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“Y cuando llegó la tercera noche

Doniazada dijo: ‘Hermana mía, suplico que termines tu relato’. Y Schehrazada contestó: ‘Con toda la generosidad y simpatía de mi corazón’. Y prosiguió después:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el tercer jeique contó al efrit el más asombroso de los tres cuentos, el efrit se maravilló mucho, y emocionado y placentero, dijo: ‘Concedo el resto de la sangre por que había de redimirse el crimen, y dejo en libertad al mercader’.

Entonces el mercader, contentísimo, salió al encuentro de los jeiques y les dio miles de gracias. Ellos, a su vez, le felicitaron por el indulto. Y cada cual regresó a su país.

‘Pero -añadió Schehrazada- es más asombrosa la historia del pescador’.

Y el rey dijo a Schehrazada: ‘¿Qué historia del pescador es esa?’ Y Schehrazada dijo:

Historia del pescador y el efrit

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que había un pescador, hombre de edad avanzada, casado, con tres hijos y muy pobre. Tenía por costumbre echar las redes sólo cuatro veces al día y nada más. Un día entre los días a las doce de la mañana, fue a orillas del mar, dejó en el suelo la cesta, echó la red, y estuvo esperando hasta que llegara al fondo. Entonces juntó las cuerdas y notó que la red pesaba mucho y no podía con ella. Llevó el cabo a tierra y lo ató a un poste. Después se desnudó y entró en el mar maniobrando en torno de la red, y no paró hasta que la hubo sacado. Vistióse entonces muy alegre, y acercándose a la red encontró un borrico muerto. Al verlo exclamó desconsolado: ‘¡Todo el poder y la fuerza están en Alah, el Altísimo y el Omnipotente!’

Luego dijo: ‘En verdad que este donativo de Alah es asombroso’. Y recitó los siguientes versos:

¡Oh buzo, que giras ciegamente en las tinieblas de la noche y de la perdición! ¡Abandona esos penosos trabajos; la fortuna no gusta del movimiento!

Sacó la red, exprimiéndole el agua, y cuando hubo acabado de exprimirla, la tendió de nuevo. Después, internándose en el agua, exclamó: ‘¡En el nombre de Alah!’ Y arrojó la red de nuevo, aguardando que llegara al fondo. Quiso entonces sacarla, pero notó que pesaba más que antes y que estaba más adherida, por lo cual la creyó repleta de una buena pesca, y arrojándose otra vez al agua, la sacó al fin con gran trabajo, llevándola a la orilla, y encontró una tinaja enorme, llena de arena y de barro.

Al verla se lamentó mucho y recitó estos versos:

¡Cesad, vicisitudes de la suerte, y apiadaos de los hombres!

¡Qué tristeza! ¡Sobre la tierra ninguna recompensa es igual al mérito ni digna del esfuerzo realizado por alcanzarla!

¡Salgo de casa a veces para buscar candorosamente la fortuna, y me enteran de que la fortuna hace mucho tiempo que murió!

¿Es así! oh fortuna! como dejas a los Sabios en la sombra, para que los necios gobiernen el mundo?

Y luego, arrojando la tinaja lejos de él, pidió perdón a Alah por su momento de rebeldía y lanzó la red por vez tercera, y al sacarla la encontró llena de trozos de cacharros y vidrios. Al ver esto, recitó todavía unos versos de un poeta:

¡Oh poeta! ¡Nunca soplará hacia ti el viento de la fortuna! ¿Ignoras, hombre ingenuo, que ni tu pluma de caña ni las líneas armoniosas de la escritura han de enriquecerte jamás?

Y alzando la frente al cielo, exclamó: ‘¡Alah! ¡Tú sabes que yo no echo la red más que cuatro veces por día, y ya van tres!’ Después invocó nuevamente el nombre de Alah y lanzó la red, aguardando que tocase al fondo. Esta vez, a pesar de todos sus esfuerzos, tampoco conseguía sacarla, pues a cada tirón se enganchaba más en las rocas del fondo. Entonces dijo: ‘¡No hay fuerza ni poder más que en Alah!’ Se desnudó, metiéndose en el agua y maniobrando alrededor de la red, hasta que la desprendió y la llevó a tierra. Al abrirla encontró un enorme jarrón de cobre dorado, lleno e intacto. La boca estaba cerrada con un plomo que ostentaba el sello de nuestro señor Soleimán, hijo de Daud (Salomón hijo de David, considerado el Señor de los efrits).

El pescador se puso muy alegre al verlo, y se dijo: ‘He aquí un objeto que venderé en el zoco (Bazar) de los caldereros, porque bien vale sus diez dinares de oro’. Intentó mover el jarrón, pero hallándolo muy pesado, se dijo para sí: ‘Tengo que abrirlo sin remedio; meteré en el saco lo que contenga y luego lo venderé en el zoco de los caldereros’. Sacó el cuchillo y empezó a maniobrar, hasta que levantó el plomo. Entonces sacudió el jarrón, queriendo inclinarlo para verter el contenido en el suelo. Pero nada salió del vaso, aparte de una humareda que subió hasta lo azul del cielo y se extendió por la superficie de la tierra. Y el pescador no volvía de su asombro. Una vez que hubo salido todo el humo, comenzó a condensarse en torbellinos, y al fin se convirtió en un efrit cuya frente llegaba a las nubes, mientras sus pies se hundían en el polvo. La cabeza del efrit era como una cúpula; sus manos semejaban rastrillos; sus piernas eran mástiles; su boca una caverna; sus dientes, piedras; su nariz, una alcarraza; sus ojos, dos antorchas, y su, cabellera aparecía revuelta y empolvada. Al ver a este efrit, el pescador quedó mudo de espanto, temblándole las carnes, encajados los dientes, la boca seca, y los ojos se le cegaron a la luz.

Cuando vio al pescador, el efrit dijo: ‘¡No hay más Dios que Alah, y Soleimán es el profeta de Alah!’ Y dirigiéndose hacia el pescador, prosiguió de este modo: ‘¡Oh tú, gran Soleimán, profeta de Alah, no me mates; te obedeceré siempre, y nunca me rebelaré contra tus mandatos!’ Entonces exclamó el pescador: ‘¡Oh gigante audaz y rebelde, tú te atreves a decir que Soleimán es el profeta de Alah! Soleimán murió hace mil ochocientos años, y nosotros estamos al fin de los tiempos. ¿Pero qué historia vienes a contarme? ¿Cuál es el motivo de que estuvieras en este jarrón?’

Entonces el efrit dijo: ‘No hay más Dios que Alah. Pero permite, ¡oh pescador! que te anuncie una buena noticia’. Y el pescador repuso: ‘¿Qué noticia es esa?’

Y contestó el efrit: ‘Tu muerte. Vas a morir ahora mismo, y de la manera más terrible’.

Y replicó el pescador: ‘¡Oh jefe de los efrits! ¡Mereces por esa noticia que el cielo te retire su ayuda! ¡Pueda él alejarte de nosotros! Pero ¿por qué deseas mi muerte? ¿Qué hice para merecerla? Te he sacado de esa vasija, te he salvado de una larga permanencia en el mar, y te he traído a la tierra’. Entonces el efrit dijo: ‘Piensa y elige la especie de muerte que prefieras; morirás del modo que gustes’. Y el pescador dijo: ‘¿Cuál es mi crimen para merecer tal castigo?’ Y respondió el efrit: ‘Oye mi historia, pescador’. Y el pescador dijo: ‘Habla y abrevia tu relato, porque de impaciente que se halla mi alma se me está saliendo por el pie’.

Y dijo el efrit:

‘Sabe que yo soy un efrit rebelde. Me rebelé contra Soleimán, hijo de Daud. Mi nombre es Sakhr El-Genni. Y Soleimán envió hacia mí a su visir Assef, hijo de Barkhia, que me cogió a pesar de mi resistencia, y me llevó a manos de Soleimán. Y mi nariz en aquel momento se puso bien humilde.

Al verme, Soleimán hizo su conjuro a Alah y me mandó que abrazase su religión y me sometiese a su obediencia. Pero yo me negué. Entonces mandó traer ese jarrón, me aprisionó en él y lo selló con plomo, imprimiendo el nombre del Altísimo. Después ordenó a los efrits fieles que me llevaran en hombros y me arrojasen en medio del mar. Permanecí cien años en el fondo del agua, y decía de todo corazón: ‘Enriqueceré eternamente al que logre libertarme’. Pero pasaron los cien años y nadie me libertó. Durante los otros cien años me decía: ‘Descubriré y daré los tesoros de la tierra a quien me liberte’. Pero nadie me libró. Y pasaron cuatrocientos años, y me dije: ‘Concederé tres cosas a quien me liberte’. Y nadie me libró tampoco. Entonces, terriblemente encolerizado, dije con toda el alma: ‘Ahora mataré a quien me libre, pero le dejaré antes elegir, concediéndole la clase de muerte que prefiera’. Entonces tú, ¡oh pescador! viniste a librarme y por eso te permito que escojas la clase de muerte’.

El pescador, al oír estas palabras del efrit, dijo: ‘¡Por Alah que la oportunidad es prodigiosa! ¡Y había de ser yo quien te libertase! Indúltame, efrit, que Alah te recompensará! En cambio, si me matas, buscará quien te haga perecer’.

Entonces el efrit le dijo: ‘¡Pero si yo quiero matarte es precisamente porque me has libertado!’

Y el pescador le contestó: ‘¡Oh jeique de los efrits, así es como devuelves el mal por el bien! ¡A fe que no miente el proverbio!’ Y recitó estos versos:

¿Quieres probar la amargura e las cosas? ¡Sé bueno y servicial!

¡Los malvados desconocen la gratitud!

¡Pruébalo, si quieres y tú, suerte será la de la pobre Magir, madre de Amer!

Pero el efrit le dijo: ‘Ya hemos hablado bastante. Sabe que sin remedio te he de matar.’

Entonces pensó el pescador: ‘Yo no soy más que un hombre y él un efrit, pero Alah me ha dado una razón bien despierta. Acudiré a una astucia para perderlo. Veré hasta dónde llega su malicia.’ Y entonces dijo al efrit: ‘¿Has decidido realmente mi muerte?’ Y el efrit contestó: ‘No lo dudes.’ Entonces dijo: ‘Por el nombre del Altísimo, que está grabado en sello de Soleimán, te conjuro a que respondas con verdad a mi pregunta.’ Cuando el efrit oyó el nombre del Altísimo, respondió muy conmovido: ‘Pregunta, que yo contestaré la verdad.’ Entonces dijo el pescador: ‘¿Cómo has podido entrar por entero en este jarrón donde apenas cabe tu pie o tu mano?’ El efrit dijo: ‘¿Dudas acaso de ello?’ El pescador respondió: ‘Efectivamente, no lo creeré jamás mientras no vea con mis propios ojos que te metes en él.’

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La cuarta noche…

Saludos
Valram

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lunes, 18 de agosto de 2008

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes.La segunda noche

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“Y cuando llegó la segunda noche

Doniazada dijo a su hermana Schehrazada: ‘¡Oh hermana mía! Te ruego que acabes la historia del mercader y el efrit’. Y Schehrazada respondió: ‘De todo corazón, y como debido homenaje, siempre que el rey me lo permita’. Y el rey ordenó: ‘Puedes hablar’.

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas! que cuando el mercader vio llorar al ternero, se enterneció su corazón, y dijo al mayoral: ‘Deja ese ternero con el ganado’.

Y a todo esto, el efrit se asombraba prodigiosamente de esta historia asombrosa. Y el jeique dueño de la gacela prosiguió de este modo:

¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando, y decía: ‘Debemos sacrificar ese ternero tan gordo’. Pero yo, por lástima, no podía decidirme, y mandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.

El segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me dijo: ‘¡Oh amo mío! Voy a enterarte de algo que te alegrará. Esta buena nueva bien merece una gratificación’. Y yo le contesté: ‘Cuenta con ella’. Y me dijo: ‘¡Oh mercader ilustre! Mi hija es bruja, pues aprendió la brujería de una vieja que vivía con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo vio, cubrióse con el velo la cara, echándose a llorar, y después a reír. Luego me dijo: ‘Padre, ¿tan poco valgo para ti que dejas entrar hombres en mi aposento?’ Yo repuse: ‘Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por qué lloras y ríes así?’ Y ella me dijo: ‘El ternero que traes contigo es hijo de nuestro amo el mercader, pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado, y a su madre con él. Me he reído al verle bajo esa forma de becerro. Y si he llorado es a causa de la madre del becerro, que fue sacrificada por el padre’. Estas palabras de mi hija me sorprendieron mucho, y aguardé con impaciencia que volviese la mañana para venir a enterarte de todo’.

Cuando oí ¡oh poderoso efrit! -prosiguió el jeique- lo que me decía el mayoral, salí con él a toda prisa, y sin haber bebido vino creíame embriagado por el inmenso júbilo y por la gran felicidad que sentía al recobrar a mi hijo. Cuando llegué a casa del mayoral, la joven me deseó la paz y me besó la mano, y luego se me acercó el ternero, revolcándose a mis pies. Pregunté entonces a la hija del mayoral: ‘¿Es cierto lo que afirmas de este ternero?’ Y ella dijo: ‘Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la llama de tu corazón’. Y le supliqué: ‘¡Oh gentil y caritativa joven! si desencantas a mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas tengo al cuidado de tu padre’. Sonrió al oír estas palabras, y me dijo: ‘Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones: la primera, que me casaré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar a quien yo desee. De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las perfidias de tu mujer’.

Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral, le dije: ‘Sea, y por añadidura tendrás las riquezas que tu padre me administra. En cuanto a la hija de mi tío, te permito que dispongas de su sangre’.

Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre, llenándola de agua y pronunciando sus conjuros mágicos. Después roció con el líquido al ternero, y le dijo: ‘Si Alah te creó ternero, sigue ternero, sin cambiar de forma; pero si estás encantado, recobra tu figura primera con el permiso de Alah el Altísimo’.

Ella dijo: E inmediatamente el ternero empezó a agitarse, y volvió a adquirir la forma humana. Entonces, arrojándose en sus brazos, le besó. Y luego le dije: ‘¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo contigo y con tu madre.

Y me contó cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: ‘¡Ah hijo mío! Alah, dueño de los destinos, reservaba a alguien para salvarte y salvar tus derechos’.

Después de esto !oh buen efrit! Casé a mi hijo con la hija del mayoral. Y ella, merced a su ciencia de brujería, encantó a la hija de mi tío, transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontréme con estas buenas gentes, les pregunté qué hacían, y por ellos supe lo ocurrido a este mercader, y hube de sentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta es mi historia’.

Entonces exclamó el efrit: ‘Historia realmente muy asombrosa. Por eso te concedo como gracia el tercio de la sangre que pides’.

En este momento se acercó el segundo jeique, el de los lebreles negros, y dijo:

Cuento del segundo jeique

Sabe, ¡oh señor de los reyes de los efrits! que estos dos perros son mis hermanos mayores y yo soy el tercero. Al morir nuestro padre nos dejó en herencia tres mil dinares. (Aprox. 30.000 pesetas)

Yo, con mi parte, abrí una tienda y me puse a vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante también, se dedicó a viajar con las caravanas, y estuvo ausente un año. Cuando regresó no le quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: ‘¡Oh hermano mío! ¿No te había aconsejado que no viajaras?’

Y echándose a llorar, me contestó: ‘Hermano, Alah, que es grande y poderoso, lo dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus palabras, puesto que nada tengo ahora’.

Le llevé conmigo a la tienda, lo acompañé luego al hammam (baño público) y le regalé un magnífico traje de la mejor clase. Después nos sentamos a comer, y le dije: ‘Hermano, voy a hacer la cuenta de lo que produce mi tienda en un año, sin tocar al capital, y nos partiremos las ganancias’. Y, efectivamente, hice la cuenta, y hallé un beneficio anual de mil dinares. Entonces di gracias a Alah, que es poderoso y grande, y dividí la ganancia luego entre mi hermano y yo. Y así vivimos juntos días y días.

Pero de nuevo mis hermanos desearon marcharse y pretendían que yo les acompañase. No acepté, y les dije: ‘¿Qué habéis ganado con viajar, para que así pueda yo tentarme de imitaros?’ Entonces empezaron a dirigirme reconvenciones, pero sin ningún fruto, pues no les hice caso, y seguimos comerciando en nuestras tiendas otro año. Otra vez volvieron a proponerme el viaje, oponiéndome yo también, y así pasaron seis años más. Al fin acabaron por convencerme, y les dije: ‘Hermanos, contemos el dinero que tenemos’. Contamos, y dimos con un total de seis mil dinares. Entonces les dije: ‘Enterremos la mitad para poder utilizar si nos ocurriese una desgracia, y tomemos mil dinares cada uno para comerciar al por menor’. Y contestaron: ‘¡Alah favorezca la idea!’ Cogí el dinero y lo dividí en dos partes iguales; enterré tres mil dinares y los otros tres mil los repartí juiciosamente entre nosotros tres.

Después compramos varias mercaderías, fletamos un barco, llevamos a él todos nuestros efectos, y partimos.

Duró un mes entero el viaje, y llegamos a una ciudad, donde vendimos las mercancías con una ganancia de diez dinares por dinar. Luego abandonamos la plaza.

Al llegar a orillas del mar encontramos a una mujer pobremente vestida, con ropas viejas y raídas. Se me acercó, me besó la mano, y me dijo: ‘Señor, ¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecerme? Yo, en cambio, sabré agradecer tus bondades’. Y le dije: ‘Te socorreré; mas no te creas obligada a la gratitud’. Y ella me respondió: ‘Señor, entonces cásate conmigo, llévame a tu país y te consagraré mi alma. Favoréceme, que yo soy de las que saben el valor de un beneficio. No te avergüences de mi humilde condición’. Al oír estas palabras, sentí piedad hacia ella, pues nada hay que no se haga mediante la voluntad de Alah, que es grande y poderoso. Me la llevé, la vestí con ricos trajes, hice tender magníficas alfombras en el barco para ella y le dispensé una hospitalaria acogida llena de cordialidad. Después zarpamos.

Mi corazón llegó a amarla con un gran amor, y no la abandoné de día ni de noche. Y como de los tres hermanos era yo el único que podía gozarla, estos hermanos míos sintieron celos, además de envidiarme por mis riquezas y por la calidad de mis mercaderías. Dirigían ávidas miradas sobre cuanto poseía yo, y se concertaron para matarme y repartirse mi dinero, porque el Cheitan (Satanás, el maligno) sin duda les hizo ver su mala acción con los más bellos colores.

Un día, cuando estaba yo durmiendo con mi esposa, llegaron hasta nosotros y nos cogieron, echándonos al mar. Mi esposa se despertó en el agua, y de súbito cambió de forma, convirtiéndose en efrita. Me tomó sobre sus hombros y me depositó sobre una isla. Después desapareció durante toda la noche, regresando al amanecer, y me dijo: ‘¿No reconoces a tu esposa?’ Te he salvado de la muerte con ayuda del Altísimo. Porque has de saber que soy una efrita (Genio femenino). Y desde el instante en que te vi, te amó mi corazón, simplemente porque Alah lo ha querido, y yo soy una creyente en Alah y en su Profeta, al cual Alah bendiga y preserve. Cuando yo me he acercado a ti en la pobre condición en que me hallaba, tú te aviniste de todos modos a casarte conmigo. Y yo, en justa gratitud, he impedido que perezcas ahogado. En cuanto a tus hermanos, siento el mayor furor contra ellos y es preciso que los mate’.

Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije: ‘No puedo consentir la pérdida de mis hermanos’.

Luego le conté todo lo ocurrido con ellos, desde el principio hasta el fin, y me dijo entonces: ‘Esta noche volaré hacia la nave que los conduce, y la haré zozobrar para que sucumban’. Yo repliqué: ‘¡Por Alah sobre ti! No hagas eso, recuerda que el Maestro de los Proverbios dice: '¡Oh tú, compasivo del delincuente! Piensa que para el criminal es bastante castigo su mismo crimen’, y además considera que son mis hermanos’. Pero ella insistió: ‘Tengo que matarlos sin remedio’. Y en vano imploré su indulgencia. Después se echó a volar llevándome en sus hombros y me dejó en la azotea de mi casa.

Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo. Luego abrí mi tienda, y después de hacer las visitas necesarias y los saludos de costumbre, compré nuevos géneros.

Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones encontré estos dos lebreles que estaban atados en un rincón. Al verme se levantaron, rompieron a llorar y se agarraron a mis ropas. Entonces acudió mi mujer y me dijo: ‘Son tus hermanos’. Y yo le dije: ‘¿Quién los ha puesto en esta forma?’ Y ella contestó: ‘Yo misma. He rogado a mi hermana, más versada que yo en artes de encantamiento, que los pusiera en ese estado. Diez años permanecerán así’.

Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en busca de mi cuñada, a la que deseo suplicar los desencante, porque van ya transcurridos los diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, y cuando supe su aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que sobreviniese entre tú y él. Y este es mi cuento’.

El efrit dijo: ‘Es realmente un cuento asombroso, por lo que te concedo otro tercio de la sangre destinada a rescatar el crimen’.

Entonces se adelantó el tercer jeique, dueño de la mula, y dijo al efrit: ‘Te contaré una historia más maravillosa que las de estos dos. Y tú me recompensarás con el resto de la sangre’.

El efrit contestó: ‘Que así sea’.

Y el tercer jeique dijo:

Cuento del tercer jeique

¡Oh sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi esposa. Una vez salí de viaje y estuve ausente todo un año. Terminados mis negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la encontré acostada sobre los tapices de la cama con un esclavo negro. Estaban conversando y se besaban haciéndose zalamerías, riendo y excitándose con juegos. Al verme, ella se levantó súbitamente y se abalanzó a mí con una vasija de agua en la mano; murmuró algunas palabras luego, y me dijo arrojándome el agua: ‘¡Sal de tu propia forma y reviste la de un perro!’ Inmediatamente me convertí en perro, y mi esposa me echó de casa. Anduve vagando hasta llegar a una carnicería, donde me puse a roer huesos. Al verme el carnicero, me cogió y me llevó con él.

Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y recriminó a su padre: ‘¿Te parece bien lo que has hecho? Traes a un hombre y lo entras en mi habitación’. Y repuso el padre: ‘¿Pero dónde está ese hombre?’ Ella contestó: ‘Ese perro es un hombre. Lo ha encantado una mujer; pero yo soy capaz de desencantarlo’.

Y su padre le dijo: ‘¡Por Alah sobre ti! Devuélvele su forma, hija mía’. Ella cogió una vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó unas gotas y dijo: ‘¡Sal de esa forma y recobra la primitiva!’ Entonces volví a mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: ‘Quisiera que encantases a mi mujer como ella me encantó’. Me dio entonces un frasco con agua, y me dijo: ‘Si encuentras dormida a tu mujer, rocíale con esta agua y se convertirá en lo que quieras’. Efectivamente, la encontré dormida, le eché el agua, y dije: ‘¡Sal de esa forma y toma la de una mula!’ Y al instante se transformó en una mula, y es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los efrits’.

El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: ‘¿Es verdad todo eso?’ Y la mula movió la cabeza como afirmando: ‘Sí, sí; todo es verdad’.

Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y de placer, hizo gracia al anciano del último tercio de la sangre.

En aquel momento Schehrazada vio aparecer la mañana, y discretamente dejó de hablar, sin aprovecharse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: ‘¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán amables y cuán deliciosas son en su frescura tus palabras!’ Y Schehrazada contestó: ‘Nada es eso comparado con lo que te contaré la noche próxima, si vivo aún y el rey quiere conservarme’. Y el rey se dijo: ‘¡Por Alah! no la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso’.

Después el rey y Schehrazada pasaron enlazados la noche hasta por la mañana. Entonces el rey marchó a la sala de justicia.

Entraron el visir y los oficiales y se llenó el diwán de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dio órdenes hasta el fin del día. Luego se levantó el diwán y el rey volvió a palacio.”

Continuará: La tercera noche…

Saludos
Valram

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