______________________________
“Pero cuando llegó la 43ª noche
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que después que Kuat Al. Kulub dijo a la madre y a la hermana de Ghanem: ‘Salid de vuestra aflicción’, se dirigió al jeique, le dio mil dinares de oro, y le dijo: ‘¡Oh, jeique! Ahora irás con ellas a tu casa y dirás a tu esposa que las lleve al hammam, y les dé hermosos trajes, y las trata con toda consideración, sin escatimar nada para su bienestar’.
Al día siguiente, Kuat Al-Kulub fue a casa del jeique a cerciorarse por sí misma de que todo se había ejecutado según sus instrucciones. Y apenas había entrado, salió a su encuentro la esposa del jeique, y le besó las manos, y le dio las gracias por su generosidad. Después llamó a la madre y a la hermana de Ghanem, que habían ido al hammam y habían salido de él completamente transformadas, con los rostros radiantes de hermosura y nobleza. Y Kuat Al-Kulub estuvo hablando con ellas durante una hora, y después pidió a la mujer del jeique noticias del enfermo. Y la esposa del jeique respondió: ‘Sigue en el mismo estado’. Entonces dijo Kuat Al-Kulub: ‘Vamos todas a verle y a tratar de animarle’.
Y acompañada de las dos mujeres, que aún no lo habían visto, entró en la sala donde estaba el enfermo. Y todas le miraron con ternura y lástima y se sentaron en torno de él. Pero durante la conversación se pronunció el nombre de Kuat Al-Kulub. Y apenas lo oyó el joven, se le coloreó el rostro y le pareció que recobraba el alma. Levantó la cabeza, con los ojos llenos de vida, y exclamó: ‘¿Dónde estás, ¡oh Kuat Al-Kulub!?’
Y cuando Kuat oyó que la llamaban por su nombre, conoció la voz de Ghanem, e inclinándose hacia él le dijo: ‘¿Eres tú, querido mío?’ Y él contestó: ‘¡Sí! ¡Soy Ghanem!’ Y al oírlo la joven cayó desmayada. Y la madre y, la hermana de Ghanem dieron un grito y cayeron desmayadas también. Al cabo de un rato acabaron por volver en sí, y se arrojaron en brazos de Ghanem. Y sólo se oyeron besos, llantos y exclamaciones de alegría.
Y Kuat Al-Kulub dijo: ‘¡Gloria a Alah por haber permitido que nos reunamos todos!’ Y les contó cuánto le había pasado, y añadió: ‘El califa, además de protegerte, te regala mi persona’. Estas palabras llevaron al límite de la felicidad a Ghanem que no cesaba de besar las manos de Kuat Al-Kulub, mientras ella le besaba los ojos. Y Kuat les dijo: ‘Aguardadme’. Y marchó a palacio, abrió el cajón donde tenía sus cosas, sacó de él muchos dinares, y se fue al zoco para entregárselos al jeique, encargándole que comprase cuatro trajes completos para cada uno, y veinte pañuelos, y diez cinturones. Y volvió a la casa, y los llevó a todos al hammam. Y les preparó pollos, carne asada y buen vino. Y durante tres días les dio de comer y beber en su presencia. Y notaron que recuperaban la vida y les volvía el alma al cuerpo.
Los llevó otra vez al hammam, les hizo mudarse de ropa, y los dejó en casa del jeique. Entonces se presentó al califa, se inclinó hasta el suelo, y le enteró del regreso de Ghanem, así como el de su madre y su hermana. Y el califa llamó a Giafar y le dijo: ‘¡Ve en busca de Ghanem ben-Ayub!’ Y Giafar marchó a casa del jeique; pero ya le había precedido Kuat Al-Kulub, que dijo a Ghanem: ‘¡Oh querido mío! Va a llegar Giafar para llevarte a presencia del califa. Ahora hay que demostrar la elocuencia de tu lenguaje, la firmeza de tu corazón y la pureza de tus palabras’. Después le vistió con el mejor de los trajes que habían comprado en el zoco, le dio muchos dinares, y le dijo: ‘No dejes de tirar puñados de oro al llegar a palacio, cuando pases por entre las filas de los eunucos y servidores’.
Y cuando llegó Giafar montado en su mula, Ghanem se apresuró a salir a su encuentro, le deseó la paz y besó la tierra entre sus manos. Y ya era otra vez el gallardo mozo de otros tiempos, de rostro glorioso y atractivo continente. Entonces Giafar le rogó que lo acompañase, y lo presentó al califa. Y Ghanem vio al Emir de los Creyentes rodeado de sus visires, chambelanes, vicarios y jefes de sus ejércitos. Y Ghanem se detuvo ante el califa, miró un momento al suelo, levantó en seguida la frente, e improvisó estas estrofas:
¡Oh rey del tiempo! ¡Una mirada bondadosa se ha dirigido a la tierra, y la ha fecundado! ¡Nosotros somos los hijos de su fecundidad feliz en tu reinado de gloria!
¡Los sultanes y los emires se te prosternan, arrastrando las barbas por el polvo, y como homenaje a tu grandeza, te ofrecen sus coronas y pedrería!
¡La tierra no es bastante vasta ni el planeta bastante ancho para la formidable masa de tus ejércitos! ¡Oh rey del tiempo! ¡Clava tus tiendas en las tierras planetarias del espacio que gira! ¡Y que las estrellas dóciles y los astros numerosos se sumen a tu triunfo y acompañen a tu séquito!
¡Que el día de tu justicia ilumine al mundo! ¡Que acabe con las fechorías de los malhechores y recompense las acciones puras de tus fieles!
El califa quedó encantado con la elocuencia y hermosura de los versos, su buen ritmo y la pureza de su lenguaje.
En este momento de su narración, Schehrazada vio que aparecía la mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.”
Continuará: La cuadragésima cuarta noche…
Saludos
Valram
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domingo, 28 de septiembre de 2008
sábado, 27 de septiembre de 2008
Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La cuadragésima segunda noche
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“Pero cuando llegó la 42ª noche
Schehrazada dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el califa se encolerizó tanto contra Kuat Al-Kulub y la mandó encerrar en un cuarto oscuro bajo la vigilancia de una vieja, la favorita permaneció allí ochenta días, sin comunicarse con nadie.
Y el califa la había olvidado por completo, cuando un día entre los días, al pasar cerca de donde estaba Kuat Al-Kulub, le oyó cantar tristemente algunos versos.
Y oyó también que decía lo siguiente:
‘¡Que alma tan hermosa la tuya, ¡oh Ghanem ben-Ayub! y qué corazón tan generoso! Fuiste noble para aquel que te oprimió. Respetaste la mujer de aquel que había de arrebatar las mujeres de tu casa. Salvaste del oprobio a la mujer de aquel que derramó la vergüenza sobre los tuyos y sobre ti. Pero ya llegará el día en que tú y el califa os veáis ante el Único juez, el Único Justo, y saldrás victorioso de tu opresor, con la ayuda de Alah y con los ángeles por testigos’.
Al oír el califa estas palabras, comprendió lo que significaban estas quejas, sobre todo cuando nadie podía oírlas. Y se convenció de cuán injusto había sido con ella y con Ghanem.
Se apresuró, pues, a volver a palacio, y encargó al jefe de los eunucos que fuese a buscar a Kuat Al-Kulub. Y Kuat Al-Kulub se presentó entre sus manos, y permaneció con la cabeza inclinada, arrasados los ojos en lágrimas y el corazón muy triste.
Y el califa dijo: ‘¡Oh Kuat Al-Kulub! He oído que te dolías de mi injusticia. Has afirmado que obré mal con quien obró bien conmigo. ¿Quién ha respetado a mis mujeres mientras que yo perseguía a las suyas? ¿Quién ha protegido a mis mujeres mientras que yo deshonraba a las suyas?’
Y Kuat Al-Kulub contestó: ‘Es Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub. Te juro, ¡oh señor! por tus mercedes y tus beneficios, que nunca intentó forzarme Ghanem, ni cometió conmigo nada que merezca censura. No hallarás en él ni el impudor ni la brutalidad’.
Y convencido el califa, disipadas todas sus sospechas, dijo: ‘¡Qué desventura la de este error, oh Kuat Al-Kulub! ¡Verdaderamente, no hay sabiduría ni poder más que en Alah el Altísimo y el Omnisciente! Pídeme lo que quieras y satisfaré todos sus deseos’.
Y Kuat Al-Kulub dijo: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! si me lo permites, te pediré a Ghanem ben-Ayub’. El califa, a pesar de todo el amor que aun le inspiraba su favorita, le dijo:
‘Así se hará, si Alah lo quiere. Te lo prometo con toda la generosidad de un corazón que nunca se vuelve atrás de lo que ha ofrecido. Será colmado de honores’. Y Kuat Al-Kulub prosiguió: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! te pido que cuando vuelva Ghanem le hagas don de mi persona, para ser su esposa’.
Y el califa dijo: ‘Cuando vuelva Ghanem, te concederé lo que pides, y serás su esposa y propiedad suya’
Y contestó Kuat Al-Kulub: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! nadie sabe lo que ha sido de Ghanem, pues el mismo sultán de Damasco te ha dicho que ignoraba su paradero. Concédeme que lo pueda buscar yo, con la esperanza de que Alah me permitirá encontrarle’. Y el califa dijo: ‘Te autorizo para que hagas lo que te parezca’.
Y Kuat Al-Kulub, con el pecho dilatado de alegría y regocijado el corazón, se apresuró a salir de palacio, habiéndose provisto de mil dinares de oro.
Y recorrió aquel primer día toda la ciudad, visitando a los jeiques de los barrios y a los jefes de las calles. Pero les interrogó sin conseguir ningún resultado.
El segundo día fue al zoco de los mercaderes, y recorrió las tiendas, y fue a ver al jeique, a quien entregó una gran cantidad de dinares para que los repartiese entre los forasteros pobres.
El tercer día se proveyó de otros mil dinares, y visitó el zoco de los orífices y de los joyeros. Y se encontró con el jeique entre los principales jeiques, a quien entregó otra cantidad de oro para que lo repartiese entre los forasteros pobres. Y el jeique le dijo: ‘¡Oh mi señora! precisamente tengo recogido en mi casa a un joven forastero y enfermo, cuyo nombre ignoro, pero debe ser hijo de algún mercader muy rico y de noble prosapia. Porque aunque está como una sombra, es un joven de hermoso rostro, dotado de todas las cualidades y de todas, las perfecciones. Indudablemente debe estar en tal situación por grandes deudas o por algún amor desgraciado’.
Al oírlo Kuat Al-Kulub sintió que el corazón le palpitaba violentamente y que las entrañas se le estremecían. Y dijo al jeique: ‘¡Oh jeique! Ya que no puedes abandonar el zoco, haz que alguien me acompañe a tu casa’. Y el jeique dijo: ‘Sobre mi cabeza y sobre mis ojos’. Y llamó a un niño y le dijo: ‘¡Oh Felfel! lleva a esta señora a casa’, y Felfel echó a andar delante de Kuat Al-Kulub, y la llevó a casa del jeique, donde estaba el forastero enfermo.
Cuando Kuat Al-Kulub entró en la casa, saludó a la esposa del jeique. Y la esposa del jeique la conoció, pues conocía a todas las damas nobles de Bagdad, a quienes solía visitar. Y se levantó y besó la tierra entre sus manos. Entonces Kuat Al-Kulub, después de los saludos, le dijo: ‘Buena madre, ¿puedes decirme dónde se encuentra el joven forastero que habéis recogido en vuestra casa?’
Y la esposa del jeique se echó a llorar y señaló una cama que allí había. Y dijo: ‘Ahí le tienes. Debe ser un hombre de noble estirpe, según indica su aspecto’. Pero Kuat Al-Kulub ya estaba junto al forastero, y le miró con atención. Y vio un mancebo débil y enflaquecido, semejante a una sombra, y no se le figuró ni por un instante que fuese Ghanem, pero de todos modos le inspiró una gran compasión. Y se echó a llorar y dijo: ‘¡Oh! ¡Qué desgraciados son los forasteros, aunque sean emires en su tierra!’ Y entregó mil dinares de oro a la mujer del jeique, encargándole que no escatimase nada para cuidar del enfermo. En seguida, con sus propias manos, le dio los medicamentos, y cuando hubo pasado más de una hora a su cabecera, deseó la paz a la esposa del jeique, montó de nuevo en su mula y regresó a palacio.
Y todos los días iba a distintos zocos, en continuas investigaciones, hasta que un día la fue a buscar el jeique, y le dijo: ‘¡Oh mi señora! como me has encargado que te presente todos los extranjeros de paso por Bagdad, vengo a poner en tus manos generosas a dos mujeres, casada la una y soltera la otra. Y ambas son de categoría, pues así lo dan a entender su cara y su continente, pero van muy mal vestidas, y cada una lleva una alforja a cuestas, como los mendigos. Sus ojos están llenos de lágrimas. Y he aquí que te las traigo, porque sólo tú, ¡oh soberana de los beneficios! sabrás consolarlas y fortalecerlas, evitándoles el oprobio de las preguntas impertinentes, pues no deben ser sometidas a tales indiscreciones. Y espero que, gracias al bien que les hagamos, Alah nos reservará un puesto en el Jardín de las Delicias el día de la Recompensa’. Kuat Al-Kulub contestó: ‘¡Por Alah! que me inspiras un ardiente deseo de verlas. ¿Dónde están?’ Entonces el jeique salió a buscarlas, y las puso en presencia de Kuat Al-Kulub.
Al ver la hermosura de Fetnah y la nobleza que se adornaba en su madre, y ambas cubiertas de harapos, Kuat Al-Kulub se puso a llorar, y dijo: ‘¡Por Alah! Son mujeres de noble cuna. Veo en su rostro que han nacido entre honores y riqueza’. Y el jeique exclamó: ‘Verdad dices, ¡oh mi señora! La desgracia debe de haber caído sobre su casa. Les habrá perseguido la tiranía, arrebatándoles sus bienes. Ayudémoslas, para merecer las gracias de Alah el Misericordioso’.
Y la madre y la hija prorrumpieron en llanto, y se acordaron de Ghanem ben-Ayub. Y al verlas llorar, Kuat Al-Kulub lloró con ellas. Y entonces la madre de Ghanem dijo: ‘¡Oh mi señora, llena de generosidad! ¡Plegue a Alah que podamos encontrar a quien buscamos con el corazón dolorido! ¡El que buscamos es el hijo de nuestras entrañas, la llama de nuestro corazón, a nuestro hijo Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub!’
Al oír este nombre, lanzó un gran grito Kuat Al-Kulub, pues acababa de comprender que tenía delante a la madre y a la hermana de Ghanem. Y cayó sin sentido. Cuando volvió en sí, se echó llorando en sus brazos, y les dijo: ‘¡Tened esperanza en Alah y en mí, ¡oh mis hermanas! pues este día será el primero de vuestra dicha y el último de vuestra desventuras. ¡Salid de vuestra aflicción!’
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”
Continuará: La cuadragésima trecera noche…
Saludos
Valram
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“Pero cuando llegó la 42ª noche
Schehrazada dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el califa se encolerizó tanto contra Kuat Al-Kulub y la mandó encerrar en un cuarto oscuro bajo la vigilancia de una vieja, la favorita permaneció allí ochenta días, sin comunicarse con nadie.
Y el califa la había olvidado por completo, cuando un día entre los días, al pasar cerca de donde estaba Kuat Al-Kulub, le oyó cantar tristemente algunos versos.
Y oyó también que decía lo siguiente:
‘¡Que alma tan hermosa la tuya, ¡oh Ghanem ben-Ayub! y qué corazón tan generoso! Fuiste noble para aquel que te oprimió. Respetaste la mujer de aquel que había de arrebatar las mujeres de tu casa. Salvaste del oprobio a la mujer de aquel que derramó la vergüenza sobre los tuyos y sobre ti. Pero ya llegará el día en que tú y el califa os veáis ante el Único juez, el Único Justo, y saldrás victorioso de tu opresor, con la ayuda de Alah y con los ángeles por testigos’.
Al oír el califa estas palabras, comprendió lo que significaban estas quejas, sobre todo cuando nadie podía oírlas. Y se convenció de cuán injusto había sido con ella y con Ghanem.
Se apresuró, pues, a volver a palacio, y encargó al jefe de los eunucos que fuese a buscar a Kuat Al-Kulub. Y Kuat Al-Kulub se presentó entre sus manos, y permaneció con la cabeza inclinada, arrasados los ojos en lágrimas y el corazón muy triste.
Y el califa dijo: ‘¡Oh Kuat Al-Kulub! He oído que te dolías de mi injusticia. Has afirmado que obré mal con quien obró bien conmigo. ¿Quién ha respetado a mis mujeres mientras que yo perseguía a las suyas? ¿Quién ha protegido a mis mujeres mientras que yo deshonraba a las suyas?’
Y Kuat Al-Kulub contestó: ‘Es Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub. Te juro, ¡oh señor! por tus mercedes y tus beneficios, que nunca intentó forzarme Ghanem, ni cometió conmigo nada que merezca censura. No hallarás en él ni el impudor ni la brutalidad’.
Y convencido el califa, disipadas todas sus sospechas, dijo: ‘¡Qué desventura la de este error, oh Kuat Al-Kulub! ¡Verdaderamente, no hay sabiduría ni poder más que en Alah el Altísimo y el Omnisciente! Pídeme lo que quieras y satisfaré todos sus deseos’.
Y Kuat Al-Kulub dijo: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! si me lo permites, te pediré a Ghanem ben-Ayub’. El califa, a pesar de todo el amor que aun le inspiraba su favorita, le dijo:
‘Así se hará, si Alah lo quiere. Te lo prometo con toda la generosidad de un corazón que nunca se vuelve atrás de lo que ha ofrecido. Será colmado de honores’. Y Kuat Al-Kulub prosiguió: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! te pido que cuando vuelva Ghanem le hagas don de mi persona, para ser su esposa’.
Y el califa dijo: ‘Cuando vuelva Ghanem, te concederé lo que pides, y serás su esposa y propiedad suya’
Y contestó Kuat Al-Kulub: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! nadie sabe lo que ha sido de Ghanem, pues el mismo sultán de Damasco te ha dicho que ignoraba su paradero. Concédeme que lo pueda buscar yo, con la esperanza de que Alah me permitirá encontrarle’. Y el califa dijo: ‘Te autorizo para que hagas lo que te parezca’.
Y Kuat Al-Kulub, con el pecho dilatado de alegría y regocijado el corazón, se apresuró a salir de palacio, habiéndose provisto de mil dinares de oro.
Y recorrió aquel primer día toda la ciudad, visitando a los jeiques de los barrios y a los jefes de las calles. Pero les interrogó sin conseguir ningún resultado.
El segundo día fue al zoco de los mercaderes, y recorrió las tiendas, y fue a ver al jeique, a quien entregó una gran cantidad de dinares para que los repartiese entre los forasteros pobres.
El tercer día se proveyó de otros mil dinares, y visitó el zoco de los orífices y de los joyeros. Y se encontró con el jeique entre los principales jeiques, a quien entregó otra cantidad de oro para que lo repartiese entre los forasteros pobres. Y el jeique le dijo: ‘¡Oh mi señora! precisamente tengo recogido en mi casa a un joven forastero y enfermo, cuyo nombre ignoro, pero debe ser hijo de algún mercader muy rico y de noble prosapia. Porque aunque está como una sombra, es un joven de hermoso rostro, dotado de todas las cualidades y de todas, las perfecciones. Indudablemente debe estar en tal situación por grandes deudas o por algún amor desgraciado’.
Al oírlo Kuat Al-Kulub sintió que el corazón le palpitaba violentamente y que las entrañas se le estremecían. Y dijo al jeique: ‘¡Oh jeique! Ya que no puedes abandonar el zoco, haz que alguien me acompañe a tu casa’. Y el jeique dijo: ‘Sobre mi cabeza y sobre mis ojos’. Y llamó a un niño y le dijo: ‘¡Oh Felfel! lleva a esta señora a casa’, y Felfel echó a andar delante de Kuat Al-Kulub, y la llevó a casa del jeique, donde estaba el forastero enfermo.
Cuando Kuat Al-Kulub entró en la casa, saludó a la esposa del jeique. Y la esposa del jeique la conoció, pues conocía a todas las damas nobles de Bagdad, a quienes solía visitar. Y se levantó y besó la tierra entre sus manos. Entonces Kuat Al-Kulub, después de los saludos, le dijo: ‘Buena madre, ¿puedes decirme dónde se encuentra el joven forastero que habéis recogido en vuestra casa?’
Y la esposa del jeique se echó a llorar y señaló una cama que allí había. Y dijo: ‘Ahí le tienes. Debe ser un hombre de noble estirpe, según indica su aspecto’. Pero Kuat Al-Kulub ya estaba junto al forastero, y le miró con atención. Y vio un mancebo débil y enflaquecido, semejante a una sombra, y no se le figuró ni por un instante que fuese Ghanem, pero de todos modos le inspiró una gran compasión. Y se echó a llorar y dijo: ‘¡Oh! ¡Qué desgraciados son los forasteros, aunque sean emires en su tierra!’ Y entregó mil dinares de oro a la mujer del jeique, encargándole que no escatimase nada para cuidar del enfermo. En seguida, con sus propias manos, le dio los medicamentos, y cuando hubo pasado más de una hora a su cabecera, deseó la paz a la esposa del jeique, montó de nuevo en su mula y regresó a palacio.
Y todos los días iba a distintos zocos, en continuas investigaciones, hasta que un día la fue a buscar el jeique, y le dijo: ‘¡Oh mi señora! como me has encargado que te presente todos los extranjeros de paso por Bagdad, vengo a poner en tus manos generosas a dos mujeres, casada la una y soltera la otra. Y ambas son de categoría, pues así lo dan a entender su cara y su continente, pero van muy mal vestidas, y cada una lleva una alforja a cuestas, como los mendigos. Sus ojos están llenos de lágrimas. Y he aquí que te las traigo, porque sólo tú, ¡oh soberana de los beneficios! sabrás consolarlas y fortalecerlas, evitándoles el oprobio de las preguntas impertinentes, pues no deben ser sometidas a tales indiscreciones. Y espero que, gracias al bien que les hagamos, Alah nos reservará un puesto en el Jardín de las Delicias el día de la Recompensa’. Kuat Al-Kulub contestó: ‘¡Por Alah! que me inspiras un ardiente deseo de verlas. ¿Dónde están?’ Entonces el jeique salió a buscarlas, y las puso en presencia de Kuat Al-Kulub.
Al ver la hermosura de Fetnah y la nobleza que se adornaba en su madre, y ambas cubiertas de harapos, Kuat Al-Kulub se puso a llorar, y dijo: ‘¡Por Alah! Son mujeres de noble cuna. Veo en su rostro que han nacido entre honores y riqueza’. Y el jeique exclamó: ‘Verdad dices, ¡oh mi señora! La desgracia debe de haber caído sobre su casa. Les habrá perseguido la tiranía, arrebatándoles sus bienes. Ayudémoslas, para merecer las gracias de Alah el Misericordioso’.
Y la madre y la hija prorrumpieron en llanto, y se acordaron de Ghanem ben-Ayub. Y al verlas llorar, Kuat Al-Kulub lloró con ellas. Y entonces la madre de Ghanem dijo: ‘¡Oh mi señora, llena de generosidad! ¡Plegue a Alah que podamos encontrar a quien buscamos con el corazón dolorido! ¡El que buscamos es el hijo de nuestras entrañas, la llama de nuestro corazón, a nuestro hijo Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub!’
Al oír este nombre, lanzó un gran grito Kuat Al-Kulub, pues acababa de comprender que tenía delante a la madre y a la hermana de Ghanem. Y cayó sin sentido. Cuando volvió en sí, se echó llorando en sus brazos, y les dijo: ‘¡Tened esperanza en Alah y en mí, ¡oh mis hermanas! pues este día será el primero de vuestra dicha y el último de vuestra desventuras. ¡Salid de vuestra aflicción!’
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”
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