viernes, 10 de octubre de 2008

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quincuagésima quinta noche

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“Pero cuando llegó la 55ª noche

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el encargado del hammam alquiló un asno en el cual hizo subir a Daul'makán. Y él y su esposa caminaron detrás del borrico, hasta que divisaron la ciudad de Damasco. Y entraron en ella al caer la noche, yendo a alojarse en el khan. Y el encargado se apresuró a marchar al zoco a comprar de comer y beber para los tres. Y así siguieron las cosas, viviendo todos en el zoco, hasta que al quinto día aquella mujer se sintió enferma, extenuada por el cansancio del viaje, y cogió unas calenturas, de resultas de las cuales murió en pocos días. Y falleció en la gracia y misericordia de Alah.

Daul'makán se afectó mucho, pues se había acostumbrado a aquella caritativa mujer, que le había servido con tanta abnegación. Y le llevó luto en el alma, y se volvió hacia el pobre encargado, que lloraba su pesar, y le dijo: ‘‘No te aflijas, ¡oh padre! pues todos hemos de seguir ese camino, y atravesar la misma puerta’. Y el encargado se volvió hacia Daul'makán, y le dijo: ‘Que Alah recompense tu compasión, ¡oh hijo mío! ¡Y ojalá un día convierta en alegrías nuestras penas y aparte de nosotros la amargura!

De todos modos, ¿para qué afligirnos tanto tiempo, cuando todo está escrito? ¡Levantémonos, pues, recorramos esta ciudad de Damasco, que aún no hemos visto, pues quiero que se dilate tu pecho y se alegre tu espíritu!’

Y Daul'makán dijo: ‘¡Tu pensamiento es para mí una orden!’

Entonces el encargado cogió de la mano a Daul'makán, y salió con él. Y se pusieron a recorrer los zocos y las calles de Damasco. Y acabaron por llegar frente a un edificio, donde estaban las cuadras del walí. Y a la puerta vieron gran número de caballos y mulos, y muchos camellos arrodillados que los camelleros cargaban de almohadones, colchones, fardos, cajones y toda clase de carga. Y había una muchedumbre de esclavos y servidores jóvenes y viejos. Y toda aquella gente gritaba, y hablaba, y armaba un gran tumulto. Y Daul'makán pensó: ‘¿A quién pertenecerán todos estos esclavos, todos estos caballos y todas estas cajas?’

Y se lo preguntó a uno de los servidores, que le dijo: ‘Es un regalo del walí de Damasco para el rey Omar Al-Nemán. Y todo eso otro es el tributo anual de la ciudad al mismo rey Omar’.

Y Daul'makán sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, y recitó en voz baja estas estrofas:

Si los amigos que están lejos me acusan por mi silencio y lo interpretan mal, ¿cómo podré contestarles? Si mi ausencia ha matado en ellos la antigua amistad, ¿qué podré hacer?

Y si sobrellevo mis penas con paciencia, cuando todo lo he perdido, ¿podré seguir respondiendo de la paciencia que me queda? Después acudieron a su memoria estos otros versos:

Levantó su tienda y se fue muy lejos, huyendo de mis ojos, que lo adoraban.

Huyó de mis ojos, que lo adoraban, cuando todas mis entrañas se estremecían al verle.

Se ha ido muy lejos el hermoso. ¡Oh mi vida! ¡Pero mi deseo está aquí y no se ha marchado!

¡Ay de mí! ¿Te volveré a ver? Y entonces, ¿qué de reproches tendré que hacerte?

Y Daul'makán, recordando estas estrofas, lloró mucho. Y el encargado le dijo: ‘¡Oh, hijo mío, sé razonable! ¡Ya sabes cuánto ha costado que recuperaras la salud, y ahora vas a recaer con todas esas lágrimas que viertes! ¡Cálmate y no llores más, pues mi pena es grande!’ Pero Daul'makán no podía reprimirse, y recordando a su hermana Nozhatú y a su padre, recitó estos versos:

Goza de la tierra y de la vida, pues si la tierra se queda, la vida se marcha.

Ama la vida y goza de la vida, y para eso piensa que la muerte es inevitable.

¡Goza, pues, de la vida! ¡La dicha no tiene más que su tiempo marcado! ¡Apresúrate a gozarla! Y piensa que todo lo demás nada vale.

Porque todo lo demás nada vale. ¡Y fuera del amor a la vida nada recogerás en la tierra!

Porque el mundo debe ser como la habitación del jinete viajero. ¡Amigo, sé el jinete viajero de la tierra!

Cuando acabó de recitar estos versos, que el encargado del hammam había oído extático, y que trató de aprenderlos repitiéndolos varias veces, Daul'makán se quedó muy pensativo. Entonces el encargado, aunque no le quería importunar, acabó por decirle: ‘¡Oh mi joven señor! creo que todavía piensas en tu país y en tu familia!’ Y Daul'makán exclamó: ‘Sí, ¡oh padre mío! Y como no puedo permanecer aquí un instante más, voy a despedirme de ti, para marcharme con esta caravana, y llegar a cortas jornadas, sin cansarme mucho, a Bagdad, mi ciudad’.

Entonces el encargado del hammam dijo: ‘¡Y yo iré contigo! Porque no puedo dejarte solo, y como ya he empezado a ser tu guardián, no quiero abandonarte en la mitad del camino’. Y Daul'makan exclamó: ‘¡Alah pague tu abnegación con toda clase de dones!’ Y se alegró muchísimo de aquella buena suerte.

Entonces el encargado rogó a Daul'makán que montara en el borrico. Y dijo: ‘Irás montado todo el tiempo que quieras, y cuando estés cansado de esa postura, podrás, si quieres, bajar y andar un poco’. Y Daul'makán le dio las gracias, y le dijo: ‘¡Verdaderamente, lo que haces por mí no lo hace el hermano por su hermano!’ .Y después aguardaron que se pusiese el sol y viniese la frescura de la noche, para ponerse en camino con la caravana y salir de Damasco con rumbo a Bagdad. Y esto es lo que pasó en cuanto a Daul'makán y el encargado del hammam.

Pero en cuanto a la joven Nozhatú, hermana gemela de Daul-makán, he aquí que había salido del khan de Jerusalén en busca de una colocación para servir en casa de algún notable, y ganar algún dinero con que cuidar a su hermano, y comprarle los trozos de carnero asado que deseaba. Y se había cubierto la cabeza con el viejo manto de pelo de camello, y había comenzado a recorrer las calles, sin saber adónde dirigirse. Pero su espíritu y su corazón estaban muy preocupados por la enfermedad de su hermano y por lo lejos que estaban de su familia y de su tierra. Y elevaba su pensamiento a Alah Misericordioso, recordando estos versos:

Las tinieblas se condensan para envolver completamente mi alma. La llama inexorable me consume. El deseo grita en mí dolorosamente y hace que se dibujen en mi cara los sufrimientos interiores.

El dolor de la separación vive despiadadamente en mis entrañas y me mortifica. Es una pasión que no encuentra ninguna esperanza.

El insomnio es mi compañero y el deseo mi alimento. ¿Cómo podré callar el secreto de mi alma?

No conozco el arte ni los medios de ocultar todo el dolor que hay en mi corazón. En este corazón consumido por las llamas del amor, cuyo torrente me anega.

¡Oh noche! Ve a decir como mensajera al que conoce lo intenso de mi sufrimiento, que en la calma de tus horas no me viste nunca cerrar los ojos en tus brazos.

Y mientras la joven Nozhatú se dirigía a través de las calles, he aquí que se le acercó un jefe beduino, a quien acompañaban cuatro hombres. Y este jefe la miró largo rato, y sintió un violento deseo de poseer a la hermosa joven, cuya cabeza cubría un pedazo de manto viejo y cuyos encantos realzaban bajo aquella tela tosca y destrozada. Aguardó que llegase a una calleja solitaria y muy angosta, se detuvo ante ella, y le dijo: ‘¡Oh joven! ¿Eres libre o esclava?’

Y la joven Nozhatú contestó: ‘¡Oh transeúnte! no me dirijas preguntas que aumenten mi dolor y mi desgracia’. Y el beduino repuso: ‘¡Oh joven! si te dirijo esta pregunta es porque tenía seis hijas, y he perdido ya cinco de ellas y no me queda más que la sexta, que vive completamente sola en mi casa. Y quisiera encontrar una joven que le hiciese compañía a mi hija y la ayudase a pasar el tiempo agradablemente. Y desearía que estuvieras libre para pedirte que aceptaras la hospitalidad de mi casa, y fueras de mi familia, como la hija adoptiva, para hacer olvidar a mi hijita el luto que lleva desde la muerte de sus hermanas’.

Cuando Nozhatú oyó estas palabras, se quedó muy confusa, y dijo: ‘¡Oh jeique! soy una doncella extranjera, y tengo un hermano enfermo, con el cual he venido al país del Hedjaz. Y acepto el ir a tu casa para acompañar a tu hija, pero con la condición de quedar en libertad para volver por las noches adonde está mi hermano’. Y el beduino dijo: ‘Aceptado, ¡oh joven! Harás compañía a mi hija durante el día. Y por la noche cuidarás de tu hermano. Y si quieres, lo transportaremos a mi casa, para que no esté nunca solo’. Y tanto habló el beduino, que decidió a la joven a .acompañarle. Pero el malvado sólo pensaba en seducirla, pues no tenía hijos, ni albergue, ni casa. Y no tardó en llegar con Nozhatú y los otros cuatro beduinos a las afueras de la ciudad, donde estaban los camellos ya cargados y los odres llenos de agua. Y el jefe de los beduinos subió en su camello, hizo que Nozhatú montase a la grupa detrás de él, y dio la señal de marcha. Y se alejaron velozmente.

Entonces la pobre Nozhatú comprendió que el beduino la había engañado completamente. Y empezó a lamentarse y a llorar por ella y por su hermano abandonado y sin socorro. Pero el beduino sin conmoverse por sus súplicas, caminó toda la noche sin detenerse hasta el amanecer, y acabó por llegar a un lugar seguro, alejado de toda vivienda, en pleno desierto. Entonces el beduino detuvo a su cuadrilla, y bajó del camello. Y como Nozhatú siguiera llorando, se acercó a ella muy furioso, y le dijo: ‘¡Oh maldita, de corazón de liebre! ¿Quieres acabar de llorar, o prefieres que te mate a latigazos?’ Y al oír estas palabras brutales, la pobre Nozhatú deseó la muerte para acabar de una vez, y exclamó: ‘¡Malvado jefe de bandidos del desierto, tizón del infierno! ¿Cómo te atreves a hacer traición a tu fe y renegar de tus promesas?’

Entonces el beduino se acercó a ella con el látigo levantado, y gritó: ‘¡ya veo que quieres sentir los latigazos en tu trasero! ¡Si no cesa tu llanto y sigues con tus insolencias, te arrancaré la lengua y te la hundiré en esa cosa que tienes entre los muslos! ¡Y esto te lo juro por mi gorro!’

Y ante amenaza tan horrible, la pobre joven, no acostumbrada a estas brutalidades, se echó a temblar y se tapó la cara con el velo, suspirando estas estrofas:

¡Oh! ¡Quién pudiera volver a la morada querida en que yo habitaba! ¿Cómo podría lograr que llegasen mis lágrimas a su destinatario?

¡Ay de mí! ¿Podré soportar más tiempo mi desgracia en esta vida llena de amargura y de dolor?

¡Ay de mí! ¡Haber vivido tanto tiempo feliz y mimada, para caer ahora en este estado de miseria lastimosa!

¡Oh! ¡Quién pudiera volver a la morada querida en que yo habitaba! ¿Cómo podría lograr que llegasen mis lágrimas a su destinatario?

Al oír estos versos, admirablemente rimados, el beduino, que adoraba instintivamente la poesía, se sintió conmovido de piedad hacia la bella desventurada, y se acercó a ella, le limpió las lágrimas, le dio a comer una galleta de cebada, y le dijo: ‘Otra vez no me contestes cuando esté encolerizado, porque mi genio no sabe soportar eso. Y para que te enteres de lo que pienso hacer contigo, sabe que quería hacerte mi concubina, pero ahora quiero venderte a algún rico mercader, que te tratará con dulzura y te dará una vida feliz, como lo habría hecho yo. Y para venderte, te llevaré a Damasco’.

Y Nozhatú dijo: ‘Hágase tu voluntad’. Y en seguida volvieron a montar en los camellos, y reanudaron la marcha, dirigiéndose a Damasco. Y Nozhatú iba montada a la grupa detrás del beduino. Pero como el hambre la apremiaba, se comió un pedazo de aquella galleta que le había dado su raptor.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quincuagésima sexta noche…

Saludos
Valram

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jueves, 9 de octubre de 2008

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quincuagésima cuarta noche

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“Pero cuando llegó la 54ª noche

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡Oh rey afortunado! que Daul'makán notó que penetraba en él un gran alivio y que le vivificaba como brisa deliciosa. Y pudo levantar algo la cabeza y apoyarse en los almohadones. Al verlo, se sintió feliz el encargado del hammam, y exclamó: ‘¡Loor a Alah por la vuelta de la salud! ¡Oh Señor! ¡Pido a tu infinita misericordia que concedas la curación a este joven por mediación mía!’

Y durante tres días, aquel hombre estuvo haciendo votos por su curación, y le daba a beber tisanas refrescantes y agua de rosas, prodigándole grandes cuidados. Y las fuerzas empezaron a circular poco a poco por el cuerpo del enfermo. Y al fin pudo abrir los ojos a la luz y respirar sin ningún agobio. Precisamente en el instante en que se sentía mejor, entró el encargado del hamman, y lo encontró sentado en la cama, muy animado, y le dijo: ‘¿Qué tal estás, hijo mío?’ Y Daul'makán le contestó: ‘Me siento con fuerzas y con buena salud’. Y el encargado del hammam dio gracias a Alah, corrió al zoco, compró diez pollos, los mejores del zoco, y se los llevó a su mujer, y le dijo: ‘¡Oh hija de mi tío! he aquí diez pollos que te traigo. Hay que matar dos cada día, uno por la mañana y otro por la noche, para servírselos a nuestro enfermo’.

Y en seguida la mujer del encargado del hamman mató un pollo; lo puso a cocer, y se lo llevó al joven, haciendo que bebiese el caldo. Y cuando hubo acabado, le presentó agua caliente para lavarse las manos. Después descansó tranquilamente reclinado en los almohadones, habiéndole tapado bien para que no se enfriara. Y así se durmió hasta la mitad de la tarde.

Entonces la mujer del encargado del hammam se puso a cocer el segundo pollo, se lo llevó después de haberlo trinchado, y le dijo: ‘¡Come, hijo mío! ¡Y que te haga buen provecho y te devuelva la salud!’ Y mientras comía, entró el encargado del hammam, y vio cuán perfectamente seguía su mujer sus instrucciones. Y se sentó a la cabecera de la cama, y dijo al joven: ‘¿Cómo te encuentras, hijo mío?’ Y él contestó: ‘¡Gracias a Alah, me siento con fuerzas y con buena salud! Y ¡ojala te recompense Alah por tus beneficios!’ Y el encargado del hammam, al oír estas palabras, sintió una gran alegría. Y se fue al zoco, y trajo jarabe de violetas y agua de rosas, y se los hizo beber.

Ahora bien; aquel hombre sólo ganaba cinco dracmas diarios en el hammam. Y de esos cinco dracmas dedicaba dos a Daul'makán para comprar pollos, azúcar, agua de rosas y jarabe de violetas. Y así siguió, gastando de esta manera, durante un mes entero, al cabo del cual Daul'makán recuperó completamente las fuerzas, habiendo desaparecido todo rastro de enfermedad.

Entonces el encargado y su esposa se alegraron mucho. Y el encargado dijo a Daulmakán: ‘¡Hijo mío! ¿Quieres venir conmigo al hammam para tomar un baño, que te sentará muy bien después de tanto tiempo?’ Y Daul'makán dijo: ‘Ciertamente que sí’. Y el encargado fue al zoco, y volvió con un burrero y un asno; hizo montar a Daul'makán en el borrico, y durante todo el camino hasta el hammam fue a su lado, sosteniéndole con mucho cuidado. Y lo hizo entrar en el hammam, y mientras Daul'makán se desnudaba, el encargado fue al zoco para comprar todas las cosas necesarias para el baño, y cuando volvió dijo: ‘¡En el nombre de Alah!''

Y empezó a frotarle el cuerpo a Daul'makán, empezando por los pies. Y entonces entró el amasador del hammam, y quedó confuso al verle desempeñar sus funciones, y se disculpó por el retraso con que había llegado.

Pero el encargado le dijo: ‘¡Oh compañero! tengo mucho gusto en hacerte un favor y en servir a este joven, que es mi huésped!’ Entonces el amasador mandó llamar al barbero y al depilador, y se pusieron a afeitar y a depilar a Daul'makán; y después le lavaron, sin escatimar el agua. Y el encargado le hizo subir a una tarima, le puso una buena camisa, un ropón de los suyos, un turbante muy lindo, y le ajustó la cintura con un cinturón muy hermoso, de lana de colores. Y así lo volvió a llevar a su casa en el borrico.

Precisamente su mujer lo había preparado todo para recibirle, y la casa estaba lavada por completo, las esteras bien limpias, lo mismo que la alfombra y los almohadones. Y el encargado hizo que se acostase Daul'makán, y le dio un sorbete con azúcar y agua de rosas; y luego le presentó uno de los pollos consabidos, habiéndole trinchado los mejores pedazos.

Y Daul'makán dio las gracias a Alah por el restablecimiento de su salud y le dijo al encargado: ‘¡Cuán grande es mi agradecimiento por tus buenas acciones y cuidados!’ Pero el encargado repuso: ‘¡Déjate de eso, hijo mío! Lo único que te ruego es que me digas cuál es tu nombre, pues al ver tus modales se adivina que eres persona de distinción’. Y Daul'makán le dijo: ‘Dime primeramente cómo y dónde me has encontrado, para que luego te cuente mi aventura’.

Entonces el encargado del hammam dijo a Daul'makán: ‘Sabe que te encontré abandonado sobre un montón de leña delante de la puerta del hammam, una mañana que iba a mi obligación. Y no he sabido quién te había dejado allí, y te recogí en mi casa. Eso es todo’.

Al oír estas palabras, Daul'makán exclamó: ‘¡Loor a Aquel que devuelve la vida a las osamentas sin vida! Y tú padre, padre mío, sabe ahora que no has favorecido a un ingrato, y espero que en breve tendrás la prueba de ello. Pero te ruego que me digas en qué país estoy’. Y el encargado dijo: ‘Estás en la ciudad santa de Jerusalén’. Y Daul'makán hubo de lamentar amargamente lo lejos que se encontraba, y sobre todo, al verse separado de su hermana Nozhatú. Y no pudo dejar de llorar. Después contó su aventura al encargado, pero sin revelarle lo noble de su nacimiento. Y recitó estas estrofas:

Me han echado sobre los hombros una carga que no puedo llevar, y su peso me agobia y me ahoga.

Y digo a la amiga, causa de mi dolor, a aquella que es toda mi alma: ‘¡Oh mi señora! ¿No podrías tener un poco de paciencia para demorar la separación irremediable? Y ella me dice: ‘¿Qué hablas ahí de paciencia? ¡La paciencia no entra en mis costumbres!’

Entonces el encargado le dijo: ‘No llores más, hijo mío, y da gracias a Alah por tu curación’.

Y Daul'makán preguntó: ‘¿Qué distancia nos separa de Damasco?’ Y cuando le hubieron dicho que seis días de viaje, mostró sus grandes deseos de marchar. Pero el encargado le dijo: ‘¡Oh joven! ¿Cómo he de dejar que vayas solo a Damasco teniendo tan poca edad? Sí persistes te acompañaré, y veremos si también nos acompaña mi mujer. Y de ese modo viviremos todos en Damasco, el país de Scham, cuyas aguas y frutas ponderan tanto los viajeros’.

Por lo que, dirigiéndose a su esposa, le dijo: ‘¡Oh hija de mi tío! ¿Quieres acompañarme a esa deliciosa ciudad de Damasco, el país de Scham, o prefieres quedarte aquí y aguardar mi regreso? Porque necesito acompañar a nuestro huésped, ya que me duele mucho separarme de él, y siendo tan joven como es, no puedo dejar que vaya solo, y por caminos que desconoce, a una ciudad muy aficionada, según se dice, a la corrupción y a los excesos’.

Y la mujer del encargado dijo: ‘Os acompañaré muy gustosa’. Y el encargado se alegró mucho, y dijo: ‘¡Loado sea Alah, que nos pone de acuerdo!, ¡Oh hija de mi tío!’ Y reunió los efectos y muebles de la casa, como esterillas, almohadas, cacerolas, calderos, morteros, bandejas y colchones, y lo llevó al zoco de los pregoneros, y los subastó. Y de todo sacó cincuenta dracmas, que empezó a gastar alquilando un borrico para el viaje.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quincuagésima quinta noche…

Saludos
Valram

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