sábado, 13 de diciembre de 2008

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima decimonona noche

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"Y cuando llegó la 119ª noche

Ella dijo:

Aziz continuó de este modo su historia:

Me detuvo y me dijo: ‘Aguarda un momento. Tengo que revelarte una cosa'. Entonces, un poco sorprendido, me senté de nuevo a su lado; y ella desdobló un pañuelo, sacó de él esta tela cuadrada en que está bordada esa primera gacela que ves delante de ti, ¡oh mi joven señor! y me la entregó, diciéndome: ‘Guarda esto con el mayor cuidado. Lo ha bordado una joven, muy amiga mía, y que es princesa de las Islas del Alcanfor y del Cristal. Este bordado ha de ser para ti de gran importancia. ¡Y te recordará siempre a la que te ha hecho este obsequio!' Y en el límite del asombro, le di expresivamente las gracias y me despedí de ella; pero estupefacto con lo que me sucedía, olvidé recitarle la estrofa que me había enseñado Aziza.

Al llegar a casa, encontré a mi pobre prima tendida en el lecho, como que estaba enferma, pero al verme hizo un esfuerzo para levantarse, y con los ojos arrasados en lágrimas, se arrastró hasta mí, me besó en el pecho, y me apretó largo rato contra su corazón. Y me dijo: ‘¿Le has recitado la estrofa?'

Y yo, muy confuso, hube de contestarle: ‘La he olvidado por causa de esta gacela que ves aquí bordada'. Y desdoblé la tela. Entonces Aziza no pudo contenerse más, y rompió en sollozos, recitando entre lágrimas estos versos:

¡Ah mi pobre corazón! ¡Te han enseñado que el cansancio acompaña a la pasión, y que la ruptura es el término de toda amistad!

Y añadió: ‘¡Oh mi adorado Aziz! el mayor favor que te pido es que no olvides recitarle esta estrofa'. Y yo dije: ‘Repítemela, porque casi la he olvidado'. Y la repitió, y yo la recordé muy bien entonces. Y llegada la noche, me dijo: ‘¡He aquí la hora! ¡Guíete Alah con su ayuda!'

Al llegar al jardín entré en la sala, y encontré a mi amante que me estaba esperando. Y en seguida me cogió, me besó, me hizo tenderme en su regazo, y después de haber comido y bebido muy bien, nos poseímos plenamente. Y es inútil detallar nuestros transportes, que duraron hasta por la mañana. Entonces no olvidé recitarle la estrofa de Aziza:

¡Oh vosotros los enamorados! Decidme, ¡por Alah! ¿Si el amor habitara siempre en el corazón de su víctima, dónde estaría su redención...?

No podría expresarte, ¡oh mi señor! la emoción que estos versos causaron a mi amiga; tan grande fue, que su corazón, que ella decía ser tan duro, se derritió en su pecho, y lloró abundantemente, mientras improvisaba esta estrofa:

¡Honor a la rival de alma magnánima! ¡Sabe todos los secretos, y los guarda silenciosamente! ¡Sale perjudicada en el reparto, y se calla sin murmurar! ¡Conoce el admirable valor de la paciencia!

Entonces aprendí cuidadosamente esta estrofa para repetírsela a Aziza. Y cuando de vuelta a mi casa encontré a mi prima tendida sobre los colchones, y junto a ella a mi madre, me apresuré a sentarme a su lado. Y la pobre Aziza tenía en el rostro una gran palidez; y parecía desmayada. Levantó dolorosamente los ojos hacia mí, y no pudo hacer ningún movimiento.

Entonces mi madre, muy severamente, me dijo: ‘¿No te da vergüenza, ¡oh Aziz!? ¿Está bien abandonar así a la prometida?' Y Aziza cogió entonces las manos de mi madre, y se las besó. Después hizo un gran esfuerzo, y acabó por preguntarme: ‘¡Oh hijo de mi tío! ¿Olvidaste mi encargo?' Y yo dije: ‘¡Tranquilízate, Aziza! Le he recitado la estrofa, y la ha conmovido hasta el límite de la emoción, de tal manera, que me ha recitado esta otra'. Y le repetí los versos consabidos. Y Aziza, al oírlos, lloró en silencio, y murmuró estas palabras del poeta:

¡Quien no sabe guardar el secreto, ni practicar la paciencia, no tiene que hacer más que desear la muerte!

¡He pasado la vida entera en la renunciación! ¡Y moriré privada de las palabras del amigo! ¡Cuando muera, trasmitid mi saludo a la que fue la desgracia de mi vida!

Después añadió: ‘¡Oh hijo de mi tío! te ruego que cuando vuelvas a ver a tu enamorada, le repitas estas estrofas. ¡Y séate la vida dulce y fácil!, ¡oh mi amado Aziz!'

Al llegar la noche, volví al jardín, según costumbre, y encontré a mi amiga, que me estaba esperando en la sala; y nos sentamos uno al lado del otro, nos pusimos a comer y a beber, y nos solazamos de diversos modos. Después nos acostamos enseguida y permanecimos entrelazados hasta la mañana. Entonces, recordando la promesa, le recité a mi amiga las dos estrofas.

Y apenas las hubo oído, lanzó un gran grito, y retrocediendo asustada, exclamó: ‘¡Por Alah! ¡La persona que ha dicho esos versos, debe de haber muerto seguramente a estas horas!' Y añadió: ‘Deseo, por consideración a ti, que esa persona no sea pariente tuya, ni hermana, ni prima. Porque te repito que seguramente pertenece ya al mundo de los muertos'.

Y yo exclamé: ‘¡Es mi prometida, la propia hija de mi tío!' Y ella repuso: ‘¿Por qué mientes de este modo? ¡Eso no puede ser verdad! ¡Si fuese tu prometida, la querrías como es debido!' Yo repetí: ‘¡Es mi prometida, la propia hija de mi tío!'

Y ella contestó: ‘¿Y por qué me lo ocultaste? ¡Por Alah! ¡Nunca le habría arrebatado su novio, si me hubiera enterado de estos lazos! ¡Qué desgracia tan grande! Pero dime: ¿ha sabido nuestros encuentros de amor?' Y contesté: ‘¡Los ha sabido! ¡Y ha sido ella quien me explicaba las señas que me hacías! ¡Y a no ser por ella, nunca habría podido llegar hasta ti! ¡Y gracias a sus buenos consejos y a su buena dirección, he podido lograr lo que tanto deseaba!'

Entonces exclamó: ‘Pues bien; ¡tú eres la causa de su muerte! ¡Plegue a Alah que no maltrate tu juventud, como tú has maltratado la de tu pobre prometida! ¡Ve pronto a ver lo que ha pasado!'

Entonces me apresuré a salir, muy alarmado con aquella mala nueva. Y al llegar a la esquina de la calleja donde está nuestra casa, oí unos gritos muy amargos de mujeres que se lamentaban. Y al preguntar a las que entraban y salían, una de ellas me dijo: ‘¡Han encontrado muerta a Aziza detrás de la puerta de su cuarto!'

Me precipité dentro de casa, y la primera persona que encontré fue mi madre, que exclamó: ‘¡Eres el causante de su muerte ante Alah! ¡El peso de su sangre pesará sobre tu cuello! ¡Ah hijo mío! ¡Qué prometido tan fatal has sido para la pobre Aziza!'

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La centésima vigésima noche...

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Valram

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jueves, 11 de diciembre de 2008

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima decimoctava noche

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"Y cuando llegó la 118ª noche

Ella dijo:

‘Sabe que la pelota representa que tu corazón, a pesar de hallarte en casa de tu amada, vaga por el aire, por tu poco fervor; los huesos de dátiles quieren decir que estás desprovisto de sabor como éstos, pues la pasión, que es la pulpa del corazón, falta por completo a tus amores; los granos de algarrobo, que, es el árbol de Ayub, (El Job de la Biblia) padre de la paciencia, sirven para recordarte esa virtud, tan preciosa para los enamorados; en cuanto al hueso de pata de carnero, verdaderamente no tiene explicación'.

Pero yo volví a interrumpir: ‘¡Oh Aziza! olvidas el cuchillo y los dos dracmas'. Y Aziza, temblando, me dijo: ‘¡Oh Aziz! tengo miedo por tu suerte. Los dos dracmas simbolizan sus dos ojos. Y con eso quiere decirte: ‘¡Juro por mis dos ojos que si volvieses aquí y te durmieras, te degollaría con un cuchillo!' ¡Oh hijo de mi tío! ¡Cuánto miedo me causa todo esto, y no tengo otro consuelo que mis sollozos!' Entonces mi corazón se compadeció de su dolor, y le dije: ‘¡Por mi vida sobre ti, o hija de mi tío! ¿Cómo podríamos remediar este mal? ¡Ayúdame a salir de esta desventura!'

Y ella contestó: ‘¡Es preciso que te conformes con mis palabras y que las obedezcas, porque si no, nada haremos!'. Y yo dije: ‘¡Escucho y obedezco! ¡Lo juro por la cabeza de mi padre!'

Entonces Aziza, confiada en mi promesa, me abrazó, y me dijo: ‘Pues bien; he aquí mi plan. Tienes que dormir aquí todo el día, y de ese modo no te tentará el sueño esta noche. Y cuando despiertes, te daré de comer y beber. Y así no tendrás que temer nada'. Y en efecto, Aziza me obligó a acostarme, y se puso a darme masaje, y bajo la influencia de aquel masaje tan delicioso, no tardé en dormirme; y al despertar cuando ya anochecía, la encontré sentada a mi lado, haciéndome aire con el abanico. Y adiviné que había estado llorando, pues su ropa estaba empapada de lágrimas. Entonces Aziza se apresuró a darme de comer, y ella misma me ponía los pedazos en la boca, y yo no tenía más que tragarlos, y así hizo hasta que me quedé completamente harto.

Después me dio una taza de azufaifas con agua de rosas y azúcar, un refresco excelente. Enseguida me lavó las manos, me las limpió con una servilleta perfumada con almizcle, y me roció con agua de rosas. Enseguida me trajo un magnífico ropón, me lo puso, y me dijo: ‘¡Si Alah quiere, esta noche será para ti la noche de tus delicias!' Y al acompañarme hasta la puerta, añadió: ‘Y sobre todo, no olvides mi encargo'. Yo pregunté: ‘¿Qué encargo es ése?' Y ella dijo: ‘¡Oh Aziz! la estrofa que te he enseñado'.

Llegué al jardín, entré en la sala, y me senté sobre las riquísimas alfombras. Y como estaba harto, miré indiferente las bandejas, y me puse a velar hasta la medianoche. Y no veía a nadie, ni oía ningún ruido. Y me pareció entonces que aquella noche era la más larga del año. Pero tuve paciencia, y aguardé un poco más. Y cuando habían transcurrido las tres cuartas partes de la noche, y empezaban a cantar los gallos, comenzó el hambre a torturarme, y poco a poco se hizo tan fuerte, que no podía resistir la tentación de la bandeja, y de pronto me puse de pie, quité el paño, comí hasta la saciedad, y bebí un vaso, y después dos, y hasta diez.

Me sentí dominado por un gran sopor, pero me defendí enérgicamente, me enderecé, y moví la cabeza en todos sentidos. Y he aquí que cuando iba a rendirme el sueño oí un rumor de risas y sedas. Y apenas había tenido tiempo de incorporarme y lavarme las manos y la boca, vi que el gran cortinaje del fondo se levantaba. Y entró ella, sonriente y rodeada de diez esclavas jóvenes, hermosas como estrellas. Y era la propia luna. Estaba vestida con una falda de raso verde, bordada de oro rojo. Y sólo para darte una idea de ella, ¡oh mi joven señor! te diré los versos del poeta:

¡Hela aquí! ¡La joven magnífica de mirada arrogante! ¡A través del vestido verde, sin botones, se tienden alegres los pechos espléndidos! ¡Su cabellera está destrenzada!

Y si deslumbrado le pregunto su nombre, me dice: ‘¡soy la que abrasa los corazones en un fuego inmortal!'

¡Y si le hablo de los tormentos de amor, me contesta:'! ¡Soy la roca sorda y el azur sin eco! ¡Oh joven candoroso! ¿Se queja alguien de la sordera de la roca y de la sordera del azur?'

Y entonces le digo: ‘¡Oh mujer! ¡Si tu corazón es la roca, sabe que mis dedos, como en otro tiempo los de Moisés, harán brotar de roca la limpidez de un manantial!'

Cuando le recité estos versos, sonrió y me dijo: ‘¡Está muy bien! Pero ¿cómo has logrado vencer el sueño?' Y contesté: ‘¡La brisa que te ha traído ha vivificado mi alma!'

Entonces se volvió hacia sus esclavas, les guiñó el ojo, y se alejaron en seguida, dejándonos completamente solos en la sala. Y ella vino a sentarse muy cerca de mí, me alargó su pecho, y me echó los brazos al cuello muy efusivamente. Yo me precipité entonces sobre su boca, y le chupé el labio superior, y ella me chupó el inferior. La cogí después por la cintura, y ambos rodamos juntos por la alfombra. Me deslicé entonces entre la delicada abertura de sus piernas, y le desabroché toda la ropa. Y empezamos a retozar, cambiando besos y caricias, pellizcos y mordiscos, alzamientos de muslos y de piernas y brincos locos por toda la sala. De tal modo, que acabó por caer extenuada en mis brazos, muerta de deseo.

Y aquella noche fue una noche muy dulce para mi corazón, y una gran fiesta para mis sentidos, según dice el poeta:

¡Alegre fue para mí la noche, la más deliciosa entre todas las noches de mi destino! ¡La copa no dejó un instante de verse llena!

Aquella noche dije al sueño: ‘¡Vete, ¡oh sueño! que mis párpados no te desean!' Y dije a las piernas y a los muslos de plata: ‘¡Acercaos!'

Al llegar la mañana, cuando quise despedirme de mi amor, me detuvo y me dijo: ‘Aguarda un momento. Tengo que revelarte una cosa'.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

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