jueves, 15 de enero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima quincuagésima tercera noche

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"Y cuando llegó la 153ª noche

Ella dijo:

Y a una señal de la esclava favorita, aquellas jóvenes tocaron a un tiempo un preludio dulcísimo. Y el príncipe Alí, cuyo corazón estaba lleno del recuerdo de Schamsennahar, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Y dijo a su amigo Abalhassan: '¡Ah, hermano mío, cuán conmovida siento mi alma! ¡Estos acordes me hablan en un lenguaje que la hace llorar, sin saber a punto fijo por qué!'

Abalhassan dijo: '¡Mi joven señor, tranquiliza tu alma y presta toda tu atención a este concierto, que promete sea admirable, gracias a la hermosa Schamsennahar, que seguramente llegará pronto!'

Y, en efecto, apenas Abalhassan había pronunciado estas palabras, cuando las diez mujeres se levantaron a la vez, y unas pulsando las cuerdas, y agitando otras rítmicamente sus panderetillas, entonaron este canto:

¡Azul, nos miras con sonrisa de felicidad! ¡Y he aquí que la luna levanta sus lienzos de nube, para velarse confusa! ¡Y el sol, vencedor, huye también y no brilla!

Y el coro se detuvo aguardando la respuesta, que cantó una de las diez jóvenes:

¡He aquí nuestra luna que avanza! ¡Y viene porque el sol nos ha visitado, un sol juvenil y principesco, que ha venido a rendir tributo a Schamsennahar!

Entonces el príncipe Alí, que representaba aquel sol, miró a la parte opuesta, y vio acercarse doce negras jóvenes, que llevaban en hombros un trono de plata maciza, cubierto con un dosel de terciopelo, y en el cual estaba sentada una joven tapada con un gran velo de seda que flotaba por delante del trono. Y aquellas negras llevaban el pecho desnudo y las piernas desnudas; y una faja de seda y oro, ajustada a la cintura, hacía resaltar las opulentas nalgas de las cargadoras. Y cuando llegaron adonde estaban las cantarinas, dejaron suavemente en el suelo el trono de plata, y retrocedieron hasta debajo de los árboles.

Entonces una mano apartó el velo de seda, y brillaron unos ojos en un rostro de luna: era Schamsennahar.

Llevaba un gran manto azul en fondo de oro, constelado de perlas, diamantes y rubíes, todo ello de una calidad y un precio incalculables. Apartadas las cortinas del trono, Schamennahar se despojó completamente del velo de seda, y miró sonriendo al príncipe Alí, e inclinó levemente la cabeza. Y el príncipe Alí, suspirando, la miró, y con el lenguaje mudo de los ojos se dijeron en pocos instantes más cosas de las que hubieran podido decirse en mucho tiempo.

Schamsennahar pudo por fin separar sus miradas de los ojos de Alí ben-Bekar, para mandar a sus doncellas que cantaran.

Entonces una de ellas se apresuró a templar el laúd, y cantó:

¡Oh Destino! Cuando dos amantes, atraídos entre sí, se encuentran dignos el uno del otro y se unen en un beso, ¿quién tiene la culpa más que tú?

Y la amante dice: ¡Oh corazón mío, dame otro beso! ¡Te lo volveré con el mismo calor que tenga el tuyo! ¡Y si quisieras que tuviera más calor, cuán fácil me sería complacerte!

Entonces Schamsennahar y Alí ben-Bekar suspiraron; y otra joven cantó, obedeciendo a una seña de la hermosa favorita:

¡Oh muy amado! ¡Luz que iluminas el espacio en que están las flores, como los ojos del muy amado!

¡Oh carne que filtras la bebida de mis labios, oh carne tan dulce para mis labios!

¡Oh muy amado¡ Cuando te encontré la Belleza me detuvo para decirme entusiasmada:

¡Helo aquí! ¡Ha sido modelado por dedos divinos! ¡Es una caricia, es como un bordado magnífico!

Al oír estos versos, el príncipe Alí ben-Bekar y la hermosa Schamsennahar se miraron largo rato, pero ya una tercera cantarina decía:

¡Las horas dichosas, ¡oh jóvenes! corren como el agua, rápidas como el agua! ¡Creedme, enamorados, no aguardéis más!

¡Aprovechad la dicha! ¡Sus promesas son fugaces! ¡Aprovechad la belleza de vuestros años y el momento que os une!

Cuando la cantarina hubo acabado su estrofa, el príncipe Alí exhaló un prolongado suspiro, y sin poder reprimir por más tiempo su emoción, rompió en sollozos. Schamsennahar, que no estaba menos conmovida, se echó a llorar también, y no pudiendo sobreponerse a su pasión, se levantó del trono y se dirigió hacia la puerta de la sala.

Inmediatamente Alí ben-Bekar corrió en la misma dirección, y al llegar detrás del cortinaje que cubría la puerta se encontró con su amada. Fue tan grande su emoción al besarse y tan intenso su delirio, que se desmayaron uno en brazos de otro; y seguramente se habrían caído al suelo si no los hubiesen sostenido las doncellas que habían seguido a cierta distancia a su ama.

Las esclavas se apresuraron a llevarlos a un diván, donde les hicieron volver en sí a fuerza de rociarlos con agua y flores y con perfumes vivificantes. Y Schamsennahar, al volver en sí, sonrió dichosa al ver a su amigo Alí ben-Bekar; pero como no viese a Abalhassan ben-Taher, preguntó ansiosamente por él.

Y Abalhassan, por discreción, se había retirado de allí temiendo las consecuencias desagradables que pudiese tener aquella aventura si llegaba a divulgarse por el palacio. Pero en cuanto se enteró de que la favorita preguntaba por él, avanzó respetuosamente y se inclinó ante ella.

Y Schamsennahar dijo: '¡Oh Abalhassan! ¿Cómo podré agradecerte tus buenos oficios? ¡Gracias a ti he conocido lo más digno de ser amado que hay entre las criaturas, y he gozado unos instantes incomparables en que el alma se llena de felicidad! ¡Sabe, oh Ben-Taher, que Schamsennahar no será ingrata!'

Y Abalhassan se inclinó profundamente ante la favorita, pidiendo a Alah que le concediese todos los deseos que pudiera sentir su alma.

Entonces Schamsennahar se volvió hacia su amigo Alí ben-Bekar, y le dijo: '¡Oh mi señor! ¡ya no dudo de tu cariño, aunque el mío supere a todo lo que puedas sentir hacia mí! Pero ¡ay! ¡El Destino es muy cruel al tenerme sujeta a este palacio, y no serme posible dar entera satisfacción a mi ternura!'

Alí ben-Bekar contestó: '¡Oh mi señora! ¡Tu amor ha penetrado en mí de tal suerte, que forma parte de mi alma, hasta el punto que después de mi muerte seguirá unido a ella! ¡Cuán desdichados somos al no podernos amar libremente!'

Y dicho esto, las lágrimas inundaron como una lluvia las mejillas del príncipe Alí y las de Schamsennahar. Pero Abalhassan se acercó a ellos discretamente, y les dijo: '¡Por Alah! ¡No entiendo nada de ese llanto, ahora que estáis juntos! ¿Qué sería si estuvierais separados? ¡El momento no es para estar tristes, sino para alegraros y pasar el tiempo agradablemente!'

Y la bella Schamsennahar, al oír estas palabras de Abalhassan, cuyos consejos estimaba en mucho, se secó las lágrimas e hizo señas a una de sus esclavas, que salió en seguida, volviendo después con varias criadas que llevaban grandes bandejas de plata con toda clase de viandas de aspecto tentador. Y colocadas las bandejas en la alfombra entre Alí ben-Bekar y Schamsennahar, se alejaron las criadas y permanecieron inmóviles junto a la puerta.

Entonces Schamsennahar invitó a Abalhassan a sentarse con ellos frente a los platos de oro cincelado, donde aparecían las frutas redondas y maduras y los sabrosos pasteles. Y con sus propias manos, la favorita se puso a servirles de cada plato, y colocaba los bocados en los labios de su amigo Alí ben-Bekar.

Cuando hubieron comido, apresuráronse los criados a llevarse las fuentes de oro, y les presentaron un jarro de oro fino en una palangana de plata cincelada, y se lavaron las manos con el agua perfumada que les echaron. Después se sentaron de nuevo, y las esclavas negras les ofrecieron copas de ágata de varios colores llenas de un vino exquisito, que alegraba los ojos y ensanchaba el alma. Lo bebieron lentamente mirándose largo rato, y vacías ya las copas, Schamsennahar despidió a todas las esclavas, quedando solamente las cantarinas y tañedoras de instrumentos.

Entonces, teniendo deseos de cantar, la favorita mandó a una de las esclavas que preludiase el tono, y la esclava templó su laúd, y cantó dulcemente:

¡Alma mía, cómo te agotas! ¡Las manos del amor te agitaron en todos los sentidos, arrojando a todos los vientos tu misterio!

¡Alma mía! ¡Te guardaba delicadamente en mi pecho, y te escapas para correr hacia el que te hace sufrir!

¡Corred, lágrimas mías! ¡Os escapáis de mis párpados, para correr hacia el cruel! ¡Lágrimas mías, vosotras estáis enamoradas de mi muy amado!

Entonces Schamsennahar alargó el brazo, llenó una copa, bebió de ella, y luego se la ofreció al príncipe Alí que bebió también, poniendo los labios en el mismo sitio que habían tocado los labios de su amiga...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La centésima quincuagésima cuarta noche...

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miércoles, 14 de enero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima quincuagésima segunda noche

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"Pero cuando llegó la 152ª noche

Historia de Alí ben-Bekar y la bella Schamsennahar

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! Que había en Bagdad, durante el reinado que transcurrió del califa Harún Al-Raschid, un joven mercader muy bien formado y muy rico que se llamaba Abalhassan ben-Taher. Era seguramente el más hermoso y afable y el más ricamente vestido de todos los mercaderes del Gran Zoco. Así es que había sido elegido por el jefe de los eunucos de palacio para proveer a las favoritas de todas las cosas, telas o pedrerías que pudieran necesitar. Y tales damas se atenían ciegamente a su buen gusto y sobre todo a su discreción, muchas veces puesta a prueba en los encargos que le hacían. Nunca dejaba de servir toda clase de refrescos a los eunucos que iban a hacerle los encargos, ni olvidaba obsequiarles con un regalo adecuado al puesto que ocupaban cerca de sus dueñas.

Así es que el joven Abalhassan era adorado de todas las mujeres y de todos los esclavos del palacio, y de tal modo le apreciaban, que el mismo califa acabó por notarlo. Y apenas le vio, le apreció también por sus buenos modales y la hermosura agradable y sencilla. Le dio libre entrada en el palacio a todas horas del día o de la noche; y como el joven Abalhassan unía a sus cualidades el don del canto y la poesía, el califa, que no encontraba quien superase la hermosa voz y bella dicción de este poeta, le mandaba con frecuencia acompañarle a comer a fin de que improvisase versos de perfecto ritmo.

De suerte que la tienda de Abalhassan era la más conocida de cuantos jóvenes había en Bagdad, hijos de emires o notables, y asimismo la conocían las mujeres de nobles dignatarios y chambelanes.

Uno de los más asiduos concurrentes a la tienda era un joven que se había hecho muy amigo de Abalhassan, por lo hermoso y atrayente que era. Se llamaba Alí Ben-Bekar, y descendía de los antiguos reyes de Persia. Su apostura encantaba, sus mejillas estaban sonrosadas y frescas, las cejas perfectamente trazadas, la dentadura sonriente y el habla deliciosa.

Un día que el príncipe Alí ben-Bekar estaba sentado en la tienda al lado de su amigo Abalhassan ben-Taher y ambos conversaban y reían, vieron llegar a diez muchachas, hermosas como lunas, y escoltando a una joven montada en una mula que llevaba jaeces de brocado y estribos de oro.

Esta joven iba tapada con un izar de seda de color de rosa, sujeto a la cintura con un cinturón bordado de oro de cinco dedos de ancho, incrustado de grandes perlas y pedrería. Su rostro lo cubría un velillo transparente, ¡y sus ojos irradiaban espléndidos a través del velillo! La piel de sus manos era tan suave como la misma seda, y sus dedos cargados de diamantes, parecían así más bien formados. Su talle y sus formas podían adivinarse como maravillosos, a pesar de lo poco que de ellos se podía ver. Cuando la comitiva llegó a la puerta de la tienda descabalgó la joven, apoyándose en los hombros de las esclavas. Entró en la tienda, deseó la paz a Abalhassan, que le devolvió el saludo con el más profundo respeto, y se apresuró a arreglar los almohadones y el diván para invitarla a sentarse. Después se retiró unos pocos pasos para esperar sus órdenes. Y la joven se puso a elegir pausadamente unas telas de fondo de oro, algunos objetos de orfebrería y varios frascos de esencia de rosas. Y como no temía que la molestasen en casa de Abalhassan, se levantó un momento el velillo de la cara, y brilló sin ningún obstáculo toda su belleza.

Apenas el joven príncipe Alí ben-Bekar vio aquel semblante tan hermoso, quedó pasmado de admiración, y una pasión inmensa se encendió en el fondo de su hígado. Después, discretamente, hizo ademán de alejarse, y entonces la hermosa joven, que se había fijado en él y también se había sentido conmovida, dijo a Abalhassan con una voz admirable: 'No quiero ser causante de que se vayan tus parroquianos. ¡Invita a ese joven a quedarse!' Y sonrió admirablemente.

Al oír estas palabras, el príncipe Alí ben-Bekar llegó al límite de la alegría, y no queriendo ser menos galante, dijo a la joven: '¡Por Alah! ¡Oh señora mía! si me alejaba no era sólo por temor de ser importuno, sino porque al verte pensé en estos versos del poeta:

'¡Oh tú, que miras al sol! ¿No ves que habita en alturas que ninguna mirada humana podrá medir?

¿Piensas poder alcanzarlo sin alas o crees ¡oh candoroso! Que va a bajar hasta ti?'

Cuando la joven oyó esta estrofa, recitada con amargo tono, quedó impresionada por el sentimiento que en ella había, y le sedujo el aspecto de su enamorado. 'Le dirigió sonriente una larga mirada, hizo una seña al mercader para que se acercase, y le preguntó a media voz: 'Abalhassan, ¿quién es ese joven, y de dónde viene?'

El otro contestó: 'Es el príncipe Alí ben-Bekar, descendiente de los reyes de Persia. Tan noble como hermoso. Y es mi mejor amigo'.

'Verdaderamente gentil -repuso la joven-. Y no te asombre, ¡oh Abalhassan! que poco después de marcharme veas llegar a una de mis esclavas, para invitaros a los dos a venir a verme. Porque quisiera demostrarle que hay en Bagdad palacios más hermosos, mujeres más bellas y almas más expertas que en la corte de los reyes de Persia'.

Y Abalhassan, que necesitaba poco para entender las cosas, se inclinó y dijo: '¡Sobre mi cabeza y sobre mis ojos!'

Entonces la joven se echó de nuevo el velillo a la cara y salió, dejando en pos de sí el sutil perfume de la ropa guardada entre jazmín y sándalo.

Y Alí ben-Bekar, después de salir la joven, permaneció un buen rato sin saber lo que decía, hasta el punto de que Abalhassan tuvo que advertirle que los parroquianos notaban su agitación y empezaban a extrañarla.

Y Àlí ben-Bekar respondió: '¡Oh Ben-taher! ¿Cómo no he de estar agitado, si el alma quiere escapárseme del cuerpo para unirse a esa luna que ha rendido mi corazón y lo ha hecho entregarse sin consultar a la razón?'

Después añadió: '¡Oh Ben-Taher! ¡Por favor! ¿Quién es esa joven a quien pareces conocer? ¡Apresúrate a decírmelo!'

Y Abalhassan respondió: '¡Es la favorita predilecta del Emir de los Creyentes! ¡Se llama Schamsennahar! (Sol de un Día Hermoso).

El califa la trata con consideraciones que apenas se otorgan a la misma Sett Zobeida, su legítima esposa. Tiene un palacio propio, en el que manda como dueña absoluta, sin que la vigilen los eunucos, pues el califa tiene en ella una confianza ilimitada. Y lleva razón al obrar de este modo, pues siendo la más hermosa de todas las mujeres del palacio, es la que da menos que hablar con guiños de ojos a los esclavos y eunucos'.

Apenas acababa Abalhassan de dar estas explicaciones a su amigo Alí ben-Bekar, cuando entró una esclava jovencita que, aproximándose a Abalhassan, le dijo al oído: '¡Mi señora Schamsennahar os llama a ti y a tu amigo!' Y enseguida Abalhassan se levantó, hizo seña a Alí ben-Bekar, y después de cerrar la puerta de la tienda siguieron a la esclava, que los guió al palacio de Harún Al-Raschid.

Y entonces el príncipe Alí se creyó transportado a la misma morada de los genios, donde todas las cosas son tan bellas que la lengua del hombre criaría pelos antes de poder describirlas. Pero la esclava, sin darles tiempo a expresar su encanto, dio unas palmadas y apareció una negra, cargada con una gran bandeja cubierta de manjares y frutas, y la colocó en un taburete. Sólo el perfume que exhalaban era ya un admirable bálsamo para la nariz y el corazón.

La esclava se puso a servirlos con extremada consideración, y cuando estuvieron ahítos, les presentó una jofaina y una vasija de oro llena de agua perfumada para que se lavasen las manos; luego les presentó un jarro maravilloso incrustado de rubíes y diamantes y lleno de agua de rosas, les echó en una y en otra mano para la barba y el rostro, y después les llevó perfume de áloe en una cazoleta de oro, y les perfumó el traje, según costumbre. Y hecho esto, abrió una puerta y les rogó que la siguieran. Y los introdujo en un salón de una arquitectura deslumbrante.

Hallábase coronado por una cúpula sostenida por ochenta columnas del mármol más transparente y más puro; las bases y capiteles estaban esculpidos con arte exquisito y adornados con aves de oro y animales de cuatro pies. Y la cúpula tenía pintados sobre fondo de oro unos dibujos coloreados y como vivientes, que representaban los mismos adornos que los de la gran alfombra que cubría la sala. En los espacios que quedaban entre las columnas, había grandes jarrones con flores, o sencillamente unas grandes ánforas, hermosas con su propia belleza y su carne de jaspe, ágata o cristal. Y aquella sala daba a un jardín, cuya entrada reproducía, con guijarros de colores, los mismos dibujos de la alfombra; de modo que la cúpula, el salón y el jardín se continuaban bajo el cielo tranquilo y azul.

Y mientras el príncipe Alí ben-Bekar y Abalhassan admiraban esta delicada combinación, vieron sentadas en corro, con los pechos turgentes, los ojos negros y las mejillas sonrosadas, diez muchachas que tenían cada una en la mano un instrumento de cuerda.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

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