lunes, 19 de enero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima quincuagésima séptima noche

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"Pero cuando llegó la 157ª noche

Ella dijo:

...para correr a casa de su amigo Ben-Bekar. Y llamó a la puerta, que el portero vino a abrir, y al entrar encontró a su amigo rodeado de un gran círculo de médicos de todas clases, y de parientes y amigos.

Y unos le tomaban el pulso, otros le prescribían cada cual un remedio completamente distinto, y las viejas porfiaban echando a los médicos miradas de reojo, de tal modo que el joven sentía que se le oprimía el alma de impaciencia; y sin fuerzas ya, para no ver ni oír nada, metió la cabeza debajo de las mantas, tapándose las orejas con ambas manos.

Pero en aquel momento, Abalhassan avanzó hacia su cabecera, y le dijo sonriendo: '¡La paz sea contigo!' El joven contestó: '¡Y contigo la paz y los beneficios de Alah con sus bendiciones! ¡Plegue a Alah que seas portador de noticias tan blancas como tu cara, ¡oh amigo mío!'

Entonces Abalhassan, que no quería hablar delante de todos aquellos visitantes, se contentó con guiñar un ojo; y cuando se marchó toda la gente abrazó a su amigo y le contó todo lo que le había dicho la esclava. Y añadió: '¡Puedes estar seguro, ¡oh hermano mío! de que mi alma entera te pertenece! ¡Y no descansaré hasta haberte devuelto la tranquilidad del corazón! '

Y tanto le conmovió el proceder de su amigo, que lloró con toda su alma, y dijo: '¡Te ruego que completes tus bondades pasando conmigo esta noche, para que yo pueda conversar contigo y distraer los pensamientos que me atormentan!'

Y Abalhassan accedió a su deseo, y se quedó con él recitándole poemas de amor. Versos dedicados al amigo, y versos referentes a la muy amada. Y he aquí, entre otros mil, los versos en honor de la amada:

¡Atravesó con el acero de su mirada la visera de mi casco, y ató para siempre mi alma a la flexibilidad de su cintura!

¡Completamente blanca se aparece a mis ojos con el grano de almizcle que adorna el alcanfor de su barba!

¡Si tiembla, súbitamente asustada, el coral de sus mejillas, toma la palidez de las perlas o el mate del azúcar cande!

¡Si suspira apesarada apoyando la mano en el pecho desnudo, oh ojos míos, contad el espectáculo que veis!

¡Vemos -dicen mis ojos- un hermoso lago del cual brotan cinco cañas cuya punta está adornada con coral de rosa!

¡Oh guerrero! ¡No creas que tu alfanje bien templado, pueda guardarte de sus hermosos párpados!

¡No tiene lanza para atravesarte, pero has de temer a su cintura recta! ¡Haría de ti, en un momento, el más humilde de sus esclavos!

Y estos otros:

¡Su cuerpo es un ramo de oro; sus pechos dos copas redondas y transparentes que reposan, boca abajo! ¡Sus labios de granada están perfumados con su aliento!

Pero entonces Abalhassan, al ver a su amigo excesivamente impresionado con estos versos, dijo: '¡Oh Alí! ¡Voy a cantarte aquellas estrofas que tanto gustabas de recitar a mi lado en el zoco! ¡Ojalá deposite un bálsamo en tu herida!

Escucha, pues, amigo mío, estas palabras maravillosas del poeta:

¡El oro de la copa es admirable bajo el rubí de ese vino, oh copero!

¡Dispersa todas las penas del pasado sin pensar en el mañana, toma esa copa en que se bebe el olvido y embriágame completamente!

¡Tú solo has nacido para comprenderme! ¡Ven! ¡te revelaré los secretos de un corazón que se oculta receloso!

¡Pero apresúrate! ¡Escánciame ese origen de alegría, ese licor de olvido! ¡Sírvemelo, niño de mejillas más suaves que el beso de las vírgenes!'

Al oír este canto, el príncipe Alí se sintió en tal estado de pesadumbre por los recuerdos que le acudían a la memoria, que se echó a llorar. Y Abalhassan no supo qué decirle para calmarle, y se pasó también toda aquella noche a su cabecera velándole, sin pegar los ojos ni un momento.

Por la mañana se decidió a marcharse, para abrir la tienda, que tanto había descuidado en aquel tiempo. Y estuvo allí hasta la noche. Pero cuando se disponía a irse y acababa de encerrar las telas, vio llegar, toda cubierta con un velo, a la joven esclava de Schamsennahar, que después de las zalemas de costumbre, le dijo: '¡Mi ama os envía a ti y a Ben-Bekar sus saludos de paz, y me encarga que venga a saber de su salud!'

El otro contestó: '¡Oh joven esclava! ¡No me preguntes por su salud, pues mi respuesta sería muy triste! ¡No duerme, ni come, ni bebe! ¡Los versos son lo único que le consuelan! ¡Si vieras lo pálido de su rostro!'

La esclava dijo: '¡Qué desgracia tan grande ha caído sobre nosotros! Mi ama también está muy enferma, y me ha entregado para él esta carta que llevo oculta en el pelo. Y me ha encargado que no vuelva sin la repuesta. ¿Quieres acompañarme a casa de tu amigo, pues yo no sé dónde vive?' Abalhassan dijo: '¡Escucho y obedezco!' Y se apresuró a cerrar la tienda y echó a andar, marchando diez pasos delante de la confidente, que le seguía.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente."

Continuará: La centésima quincuagésima octava noche...

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Valram

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domingo, 18 de enero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima quincuagésima sexta noche

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"Pero cuando llegó la 156ª noche

Ella dijo:

...y se había sentado para aguardar a los parroquianos, vio llegar a la joven esclava confidente de Schamsennahar. Esta le deseó la paz, y Ábalhassam le devolvió el saludo, y notó que su aspecto era muy triste y preocupado, y que el corazón le debía de latir más de prisa que de costumbre.

Y le dijo: '¡Cuánto celebro que hayas venido ¡oh caritativa joven! ¡Te ruego que me enteres del estado de tu señora!'

Ella contestó: '¡Te suplico que empieces por darme noticias del príncipe Alí, al cual tuve que dejar de aquella manera!' Y Abalhassam le refirió todo lo que había visto del dolor de su amigo. Y cuando hubo acabado, la confidente se puso todavía más triste de lo que estaba, y lanzó grandes suspiros, y con voz conmovida dijo a Abalhassam: '¡Cuán grande es nuestra desdicha! ¡Sabe, ¡oh Ben-Taher! que el estado de mi pobre señora es más lamentable todavía! Pero voy a contarte lo que ocurrió desde que saliste con tu amigo, cuando mi señora cayó desmayada a los pies del califa, que, muy afligido, no supo a qué atribuir tan súbito accidente. ¡He aquí!

'Cuando os dejé bajo la custodia del barquero, volví muy inquieta junto a Schamsennahar, a la cual encontré todavía desmayada y muy pálida, cayéndole las lágrimas gota a gota por entre su cabellera suelta. El Emir de los Creyentes, en el límite de la aflicción, estaba sentado junto a ella, y a pesar de los cuidados que le prodigaba, no conseguía que recobrase el sentido. Y todas nosotras sentíamos una desolación inmensa; y a las ansiosas preguntas que el califa nos dirigía para saber la causa de aquel mal tan súbito, no contestábamos más que con lágrimas y echándonos al suelo para besar la tierra entre sus manos, pero sin revelarle el secreto. Y esta angustia inexpresable se prolongó hasta medianoche. Entonces, a fuerza de refrescarle las sienes con agua de rosas y agua de flores y de hacerle aire con los abanicos, tuvimos por fin la alegría de verla volver de su desmayo poco a poco. Pero enseguida rompió en un torrente de lágrimas, con inmenso asombro del califa, que acabó por llorar lo mismo que ella. ¡Y todo aquello era muy triste y muy extraordinario!

'Y cuando el califa vio que podía dirigir la palabra a su favorita, le dijo: '¡Schamsennahar, luz de mis ojos, dime la causa de tu mal para que pueda consolarte! ¡Mira cómo tu estado me hace sufrir!'

Entonces Schamsennahar hizo un esfuerzo para besar los pies del califa, que no se lo permitió, pues le cogió las manos y siguió interrogándola con dulzura. Entonces ella le dijo: ¡'Oh Emir de los Creyentes! ¡El mal que padezco es pasajero! ¡Lo causan ciertas cosas que he comido durante el día y que me han sentado mal!'

Y el califa preguntó: '¿Pero qué has comido, ¡oh Schamsennahar!?' Ella dijo: '¡Dos limones ácidos, seis manzanas agrias, un gran trozo de kenafa; y además, como tenía mucha hambre, un plato de alfónsigos salados, granos de calabacín y garbanzos confitados con azúcar y recién salidos del horno!' Entonces el califa exclamó: '¡Oh imprudente Schamsennahar! ¡Me asombras de veras! ¡No dudo que esas cosas son infinitamente apetecibles y deliciosas, pero de todos modos, debes moderarte un poco, e impedir que tu alma se precipite desconsideradamente sobre lo que le gusta!'

Y el califa, que generalmente es tan escaso de palabras y caricias para las demás mujeres, siguió hablando a su favorita con muchos miramientos, y la veló hasta la mañana. Pero al ver que su estado no mejoraba mucho, mandó llamar a todos los médicos del palacio y de la ciudad, que, como era natural, estuvieron muy lejos de adivinar la verdadera enfermedad que padecía mi ama, y cuya agravación era debida a lo cohibida que estaba en presencia del emir.

Y los tales sabios prescribieron una receta tan complicada, que a pesar de mi buena voluntad, ¡oh Ben-Taher! no puedo repetirte una palabra de ella.

'Finalmente, el califa, seguido de los médicos y de todos los demás, acabó por retirarse, y entonces pude acercarme a mi ama, y le cubrí de besos las manos, y le dije tales palabras de consuelo, asegurándole que corría de mi cuenta hacerle ver de nuevo al príncipe Alí ben-Bekar, que acabó por dejar que la cuidara. Le di a beber un 'vaso de agua fresca con agua de flores, que le sentó muy bien. Y olvidándose de sí misma, me mandó que corriese a tu casa para saber de su amado, cuyo gran dolor le referí minuciosamente.

Oídas estas palabras, Abalhassam ben-Taher exclamó: '¡Oh, joven! ¡Ahora que ya nada me queda que decirte acerca del estado de nuestro amigo, apresúrate a volver junto a tu ama, transmítele mis saludos de paz, y dile que he experimentado mucha pena al saber lo que le ha ocurrido, y dile también que no dejo de reconocer que ha sido una prueba muy dura, pero que la exhorto a la paciencia, y sobre todo a la más estricta reserva en palabras, por temor de que las cosas acaben por llegar a oídos del califa! ¡Y mañana volverás a mi tienda; y si Alah quiere, las noticias que nos transmitiremos serán más consoladoras!'

Entonces la joven le dio expresivas gracias por sus palabras y por todas sus atenciones, y le dejó. Y Abalhassan se pasó el resto del día en la tienda, pero la cerró más temprano que de costumbre para correr a casa de su amigo Ben-Bekar.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente."

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