viernes, 23 de enero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima sexagésima primera noche

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"Pero cuando llegó la 161ª noche

Ella dijo:

'...el secreto que se me ha confiado. Al contrario, si mis palabras han podido convenceros, no hay sacrificio al cual no esté dispuesto para seros grato, pues emplearé todos los medios que pueda para proporcionaros la satisfacción que deseáis, y hasta os ofrezco mi casa para que recibáis en ella, ¡oh mi señor! a la hermosa Schamsennahar'.

Cuando el joven joyero hubo dicho estas palabras, el príncipe Alí sintió tal alegría que notó que las fuerzas le reanimaban el alma, e incorporándose besó al joyero, y le dijo: '¡Alah te ha enviado, ¡oh Amín! ¡Por eso me confío a ti enteramente y sólo espero mi salvación de tus manos!' Volvió a repetirle las gracias, y se despidió de él llorando de alegría.

Entonces el joyero se retiró con la joven. La condujo a su casa, y le dijo que en lo sucesivo allí tendrían sus entrevistas los dos, lo mismo que la que proyectaba entre el príncipe Alí y Schamsennahar. Y la joven, después de haber aprendido el camino de la casa, no quiso diferir por más tiempo el enterar a su ama de lo ocurrido. Prometió, pues, al joyero volver al día siguiente con la contestación de Schamsennahar.

Y efectivamente, al otro día llegó a casa de Amín, y le dijo: '¡Oh Amín! ¡mi señora ha llegado al límite de la alegría al saber lo bien dispuesto que estás en nuestro favor! ¡Y me encarga que venga en tu busca para llevarte a sus aposentos de palacio, donde quiere darte personalmente las gracias por tu espontánea generosidad, y por tu interés hacia unas personas cuyos designios nada te obligaba a proteger!'

El joyero, al oír estas palabras, en vez de demostrar prisa por satisfacer el deseo de la favorita se sintió sobrecogido de un gran temblor, se puso muy pálido, y acabó por decir a la joven: '¡Oh hermana mía! ya veo que ni Schamsennahar ni tú habéis pensado bien el paso que me pedís. Olvidáis que soy un hombre del vulgo, y que carezco de la amistad que poseía Abalhassan con los eunucos de palacio.

Yo no conozco para nada las costumbres de esas gentes. ¿Cómo he de atreverme a marchar a palacio, cuando me asombraba el oír los relatos de las visitas de Abalhassan? ¡Me falta valor para desafiar ese peligro! ¡Pero puedes decirle a tu ama que mi casa es el sitio más a propósito para las entrevistas; y que si se digna venir, podremos conversar a gusto, sin riesgo alguno!'

Pero como la joven instase para que la siguiera, y hasta le había decidido a levantarse, le sobrecogió de pronto tal temblor que se le doblaban las piernas. Y entonces la esclava tuvo que ayudarle para que se sentase de nuevo, y le dio a beber un vaso de agua fresca a fin de que se tranquilizase.

Y cuando vio que era imprudente insistir, la esclava dijo: '¡Tienes razón! Mucho mejor es, en interés de todos, decidir a Schamsennahar a que venga aquí. Voy a intentarlo, y seguramente la traeré. ¡Aguárdanos sin moverte para nada!'

Y como lo había previsto, en cuanto la confidente manifestó a la favorita la imposibilidad en que se encontraba el joyero de ir a palacio, Schamsennahar se levantó, y envolviéndose en su gran velo de seda, siguió a su esclava, olvidando la debilidad que hasta entonces la había paralizado en los almohadones. La confidente fue la primera que entró en la casa para enterarse de si su señora se expondría a que la viesen los esclavos o gente extraña, y preguntó a Amín: '¿Habrás echado fuera a los criados?'

Y él contestó: 'Vivo solo aquí, con una negra vieja que me arregla la casa'. Ella dijo: '¡De todos modos, hay que evitar que entre aquí ahora!' Y ella misma fue cerrando todas las puertas, y corrió después a buscar a la favorita.

Schamsennahar entró, y a su paso las salas y corredores se llenaban milagrosamente con el perfume de sus vestidos. Y sin decir palabra ni mirar en derredor, fue a sentarse en el diván, y se apoyó en los cojines que el joven joyero se apresuraba a colocar detrás de ella. Y así permaneció inmóvil, durante un buen rato, muy débil y sin poder apenas respirar. Por fin, cuando hubo descansado de aquella larga caminata, pudo levantarse el velillo y despojarse del manto. Y el joven joyero, deslumbrado, creyó que el mismo sol había entrado en su casa. Schamsennahar le miró un instante y le preguntó al oído a la esclava: '¿Este es el joven de quién me has hablado?' Y cuando la esclava le contestó afirmativamente, la favorita dirigió un expresivo saludo al joyero.

Y éste contestó: '¡Loado sea Alah! ¡Plegue a Alah guardarte y conservarte como el perfume en el oro!'

Ella le preguntó: '¿Eres casado o soltero?' El contestó: '¡Por Alah! ¡Soltero, o mi señora! Y no tengo padre, ni madre, ni pariente alguno. De modo que no tendré más ocupación que consagrarme a servirte; y tus menores deseos los pondré sobre mi cabeza y sobre mis ojos.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La centésima sexagésima segunda noche...

Saludos
Valram

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jueves, 22 de enero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima sexagésima noche

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"Pero cuando llegó la 160ª noche

Ella dijo:

... se despidió de Abalhassan, y se fue por su camino.

Y he aquí que a los tres días se dispuso a visitarle, pero encontró, la casa completamente vacía. Entonces preguntó a los vecinos, y le contestaron: 'Se ha ido a Bassra, pero nos ha dicho que su ausencia será corta, pues apenas cobre el dinero que le deben unos parroquianos volverá a Bagdad'. Comprendió entonces que Abalhassan había acabado por ceder a sus terrores, y había creído más prudente desaparecer por si la aventura amorosa llegaba a oídos del califa. Y he aquí que al principio no supo Amín qué era lo más conveniente, hasta que al fin se dirigió hacia la casa de Ben-Bekar. Allí rogó a uno de los esclavos que le llevase a presencia de su señor, y el esclavo le hizo entrar en el salón en donde estaba Ben-Bekar tendido en unos almohadones y muy pálido.

Le deseó la paz, y Ben-Bekar le devolvió el saludo. Entonces le dijo: '¡Oh mi señor! aunque mis ojos no hayan tenido el gusto de conocerte hasta ahora, vengo en primer lugar a pedirte perdón por no haber venido antes a saber de tu salud. ¡Y después he de enterarte de una cosa que te será desagradable, pero también traigo el remedio que te lo hará olvidar todo!'

Y Ben-Bekar, trémulo de emoción, le preguntó: '¡Por Alah! ¿Qué cosas más desagradables pueden sorprenderme ahora?' Y el joven joyero dijo: '¡Sabe, oh mi señor! que he sido el confidente de tu amigo Abalhassan, y que nunca me ocultaba cuanto le ocurría. Y he aquí que hace tres días, Abalhassan, quien generalmente venía a verme todas las noches, ha desaparecido. ¡Y como sé que eres amigo suyo, vengo a preguntarte si sabes dónde está y por qué se ha marchado sin decir nada a sus amigos!'

Al oír estas palabras, el pobre Ben-Bekar llegó al límite más extremo de la palidez, de tal modo, que por poco pierde el conocimiento.

Al fin pudo decir: '¡Pues también para mí es nueva la noticia! ¡Ignoraba que se hubiera marchado Ben-Taher! ¡Pero si enviase a uno de mis esclavos a preguntar por él, acaso supiéramos la verdad!' Entonces ordenó a un esclavo: 'Ve a casa de Abalhassan ben-Taher, y pregunta si está de viaje. Y en este caso que te digan adónde se marchó'.

El esclavo salió en busca de noticias, y volvió al cabo de un rato, y dijo a su amo: 'Los vecinos me han contado que Abalhassan se ha marchado a Bassra. En aquella calle he encontrado a una joven que también preguntaba por Abalhassan, y que me ha dicho: '¿Eres de la servidumbre del príncipe Ben- Bekar?' y al contestarle afirmativamente, me ha dicho que tenía que comunicarte una cosa, y me ha acompañado hasta aquí'. Entonces Ben-Bekar exclamó: '¡Que entre en seguida!'

Y a los pocos momentos entró la joven, y Ben-Bekar conoció a la confidente de Schamsennahar. La esclava se acercó, y después de las acostumbradas zalemas, le dijo al oído algunas palabras que le iluminaron y le ensombrecieron el semblante sucesivamente.

Entonces el joven joyero creyó oportuno pronunciar algunas palabras, y dijo: '¡Oh mi señor, y tú, joven esclava! sabed que Abalhassan, antes de partir, me ha revelado cuanto sabía, y me ha expresado todo su terror al pensar que el asunto pudiese llegar a descubrirlo el califa. Pero yo, que no tengo mujer, ni hijos, ni familia, estoy dispuesto con toda el alma a reemplazarle junto a vosotros, pues me han conmovido profundamente los pormenores que me ha referido acerca de vuestros amores desgraciados. Si aceptáis mis servicios, os juro por nuestro Santo Padre (¡sean con él la plegaria y la paz!) que os seré tan fiel como mi amigo Ben-Taher, pero más firme y constante. Y aunque no aceptarais mi ofrecimiento, no temáis que no sepa callar el secreto que se me ha confiado.

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La centésima sexagésima primera noche...

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