martes, 3 de febrero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima septuagésima segunda noche

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"Pero cuando llegó la 172ª noche

Ella dijo:

'...y te contestará oyendo y sometiéndose'.

Tanto satisfizo al rey este discurso del visir, que exclamó: '¡Por Alah! ¡Es una idea realizable!'

Y demostró su alegría ofreciendo al visir uno de los más bellos ropones de honor. Después de lo cual tuvo paciencia el tiempo indicado, y mandó reunir entonces la asamblea, ordenando que asistiese a ella su hijo Kamaralzamán. Y el joven entró en la sala, iluminándola con su presencia.

¡Y qué lunar en su barbilla! ¡Y qué perfume, ¡ya Alah! cuando pasaba! Y cuando se vio delante de su padre, besó tres veces la tierra entre sus manos, y se quedó de pie aguardando que su padre le dirigiera la palabra.

El rey le dijo: '¡Oh hijo mío! ¡Sabe que te mandé asistir a esta asamblea sólo para expresarte mi resolución de casarte con una princesa digna de tu categoría, y alegrarme así con mi posteridad antes de fallecer!'

Cuando Kamaralzamán oyó estas palabras de su padre, sintióse de improviso atacado por una especie de locura, que le dictó cierta respuesta tan poco respetuosa, que todos los circunstantes bajaron los ojos, cohibidos, y el rey quedó mortificado hasta el límite extremo de la mortificación; y como estaba obligado a poner coto a tamaña insolencia en público, gritó a su hijo con voz terrible: '¡Ahora verás lo que cuesta a los hijos desobedecer a sus padres y no guardarles la consideración debida!' E inmediatamente mandó a los guardias que ataran a Kamaralzamán los brazos a la espalda y le encerraran en la torre vieja de la ruinosa ciudadela contigua al palacio. Lo cual se ejecutó inmediatamente. Y uno de los guardias se quedó a la puerta para vigilar al príncipe, y acudir a su llamamiento en caso de necesidad.

Cuando Kamaralzamán se vio encerrado de aquel modo, se entristeció mucho, y dijo para sí: 'Acaso más me habría valido obedecer a mi padre y casarme contra mi gusto para complacerle. ¡Siquiera así habría evitado darle tal pena, y que me encerraran en esta especie de calabozo, en lo más alto de esta torre vieja! ¡Ah, malditas mujeres, hasta de mi infortunio sois la principal causa!'

Esto en cuanto a Kamaralzamán.

Pero con respecto a Schahramán, se retiró a sus aposentos, y al pensar que su hijo, al cual quería tanto, estaba en aquel momento solo, triste y encerrado, y quizá desesperado, empezó a lamentarse y a llorar. Porque su cariño al hijo era grandísimo, y le hacía olvidar la insolencia de que en público habíase hecho reo.

Y se enfureció mucho contra el visir, que fue quien le instigó a reunir la asamblea, por lo que le mandó llamar y le dijo: '¡Tú eres el mayor culpable! ¡A no ser por tu malhadado consejo, no me habría visto obligado a ser riguroso con mi hijo! ¡Vamos, habla! ¿Qué tienes que contestarme? Y dime cómo nos conduciremos en lo sucesivo. ¡Porque yo no puedo acostumbrarme a la idea del castigo que a estas horas está sufriendo todavía mi hijo, la llama de mi corazón!'

Entonces el visir le dijo: '¡0h rey, ten paciencia, dejándole solo quince días encerrado, y verás cómo se apresura a someterse a tu deseo!' El rey dijo: '¿Estás bien seguro?'

El visir dijo: '¡Ciertamente!' Entonces el rey exhaló varios suspiros, y fue a tenderse en la cama, y pasó una noche de insomnio, por lo mucho que penaba su corazón a causa de aquel único hijo que era su mayor alegría. Y durmió menos, porque estaba acostumbrado a que su hijo durmiera a su lado, en la misma cama, y a ponerle su propio brazo por almohada, velándole así personalmente el sueño. De modo que aquella noche, por más vueltas y revueltas que dio en todos sentidos, no pudo cerrar los ojos. Eso en cuanto al rey Schahramán.

Y volvamos al príncipe Kamaralzamán.

Al caer la noche, el esclavo encargado de guardar la puerta entró con un candelabro encendido que dejó a los pies del lecho, pues había cuidado de arreglar en aquella habitación una cama bien acondicionada para el hijo del rey; y verificado esto, se retiró.

Entonces Kamaralzamán se levantó, hizo sus abluciones, recitó algunos capítulos del Korán, y pensó en desnudarse para pasar la noche. Se quitó, pues, toda la ropa, sin dejar puesta más que la camisa encima del cuerpo, y se puso a la cabeza un pañuelo de seda azul. Y más que nunca parecía así tan hermoso como la luna de la noche. Se tendió entonces en la cama y aunque desconsolado con la idea de haber enojado a su padre, no tardó en dormirse profundamente.

Pero no sabía, ni podía figurárselo, lo que iba a ocurrir aquella noche, en aquella torre vieja, frecuentada por los genios del aire y de la tierra.

En efecto...

En este punto de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: Las centésima septuagésima tercera-sexta (173ª-176ª) noches...

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Valram

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lunes, 2 de febrero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima septuagésima primera noche

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"Pero cuando llegó la 171ª noche

Ella dijo:

...con los ojos bajos y en modesta actitud, como cuadra a un hijo sumiso para su padre.

Entonces el rey Schahramán le dijo: '¡Oh hijo mío Kamaralzamán: mucho desearía no morirme sin verte casado, para alegrarme contigo y ensancharme el corazón con tu boda!'

Al oír estas palabras de su padre, Kamaralzamán cambió de color, y contestó con voz alterada: '¡Sabe ¡oh padre! que en realidad no siento inclinación alguna al matrimonio, y mi alma no tiene afecto a las mujeres! ¡Pues además de la aversión instintiva que les tengo, he leído en los libros de los sabios tantos ejemplos de sus maldades y perfidias, que llegué a preferir la muerte a su proximidad! Y por otra parte, ¡oh padre mío! escucha lo que a tal respecto dicen nuestros más estimados poetas:

¡Desdichado aquel a quien el destino dota de una mujer! ¡Está perdido, aunque para encerrarse edifique mil fortalezas de piedras unidas con garfios de acero! ¡Como cañas las sacudirían los ardides de esas criaturas!

¡Ah! ¡Desgraciado de ese hombre! ¡La perfidia posee ojos hermosos, alargados con kohl negro, y bellas trenzas abundantes, pero le hará pasar por la garganta tantos pesares, que le cortarán la respiración!

Otro dice:

¡Me interrogáis acerca de esas criaturas que llamáis mujeres! ¡Sabéis que estoy versado en el conocimiento de sus fechorías, y gastado por toda la experiencia que he adquirido!

¿Qué os diré, ¡oh jóvenes!? ¡Huid de ellas! ¡Ya veis que mi cabeza ha encanecido! ¡Ya podéis adivinar cuáles fueron los resultados de su amor!

Y ha dicho otro:

¡Hasta la virgen que se llama nueva, no es más que un cadáver que ni los buitres querrían!

¡De noche crees poseerla, porque ha cuchicheado junto a ti mimosamente secretos que no lo son! ¡Qué error! ¡Mañana pertenecerán a otro sus muslos y sus partes mejor guardadas!

¡Créeme, ¡oh amigo mío! que es una posada abierta para todo el que llega! ¡Penetra en ella si quieres; pero al día siguiente sal y vete sin volver la cabeza! ¡Deja para otros el sitio que a su vez habrán de abandonar, si conocen la cordura!

'¡De modo, ¡oh padre! que aunque haya de apenarte mucho, no vacilaré en suicidarme si me quieres obligar a que me case!'

Cuando el rey Schahramán oyó estas palabras de su hijo, quedó en extremo confuso y afligido, y la luz se convirtió en tinieblas ante sus ojos. Pero como quería excesivamente a su hijo, y deseaba no ocasionarle penas, se contentó con decirle: 'Kamaralzamán, no he de insistir sobre un asunto que, por lo que veo, no te agrada. ¡Pero todavía eres joven, tienes tiempo para reflexionar, así como para pensar en la alegría que me produciría verte casado y con hijos!'

Y aquel día no volvió a hablarle del asunto, sino que le mimó y le hizo buenos regalos, y procedió del mismo modo con él durante un año.

Pero pasado el año, le mandó llamar como la primera vez, y le dijo: '¿Recuerdas, Kamaralzamán, mi ruego, y has reflexionado sobre lo que te pedí, sobre la felicidad que me causaría que te casaras?'

Entonces Kamaralzamán se prosternó delante del rey, su padre, y le dijo: '¡Oh, padre mío! ¿Cómo olvidar tus consejos, ni dejar de obedecerte, cuando el mismo Alah me ordena el respeto y la sumisión? Pero por lo que afecta al matrimonio, he reflexionado todo este tiempo, y estoy más resuelto que nunca a no contraerlo, y más que nunca los libros de antiguos y modernos me enseñan a evitar las mujeres a toda costa, ¡pues son taimadas, necias y repugnantes! ¡Líbreme Alah de ellas, aunque sea preciso que me mate!'

Oídas estas palabras, el rey Schahramán comprendió que sería contraproducente todavía insistir más u obligar a la obediencia a aquel hijo querido. Pero su pesar fue tan grande, que se levantó desolado y mandó llamar aparte al gran visir, a quien dijo: '¡Oh mi visir! ¡Qué locos son los padres que desean tener hijos! ¡Sólo dan penas y decepciones! ¡He aquí que Kamaralzamán está más resuelto aún que el año pasado a huir de las muchachas y del matrimonio! ¡Qué desdicha la mía, oh mi visir! ¿Y cómo la remediaremos? Entonces el visir inclinó la frente y recapacitó largo rato. Y luego levantó la cabeza, y dijo al rey: '¡Oh rey del siglo! he aquí el remedio que vamos a emplear: ten paciencia un año más, y entonces, en vez de hablarle de eso en secreto, reúne a todos los emires, visires y grandes de la corte, así como a todos los oficiales de palacio, y delante de todos ellos declárale tu resolución de casarle sin demora.

Y entonces no se atreverá a desobedecerte ante la respetable asamblea, y te contestará oyendo y sometiéndose...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La centésima septuagésima segunda noche...

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