lunes, 9 de febrero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima octogésima cuarta noche

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"Y cuando llegó la 184ª noche

Ella dijo:

Kamaralzamán se tendió, pues, encima de la joven, que dormía boca arriba, sin otra vestidura que su cabellera suelta, y la enlazó con sus brazos; e iba a practicar el primer ensayo de lo que pensaba hacer, cuando de pronto se estremeció, desenlazóse, y pensó meneando la cabeza: 'Seguramente es el rey, mi padre, quien ha mandado traer a esta joven a mi cama para experimentar conmigo el efecto del contacto de las mujeres; y ahora debe de estar detrás de esa pared con los ojos aplicados a algún agujero para ver si esto sale bien. Y mañana entrará aquí y me dirá: '¡Kamaralzamán, decías que te inspiraban horror el matrimonio y las mujeres! Pues ¿qué has hecho esta noche con una joven? ¡Ah, Kamaralzamán! ¡Quieres fornicar secretamente, pero te niegas a casarte, aunque sepas lo feliz que me haría ver mi descendencia asegurada y mi trono transmitido a mis hijos!' Y entonces me considerarán falso y embustero. Más vale que me abstenga esta noche de fornicar, a pesar de la mucha gana que tengo, y aguardar a mañana; y entonces pediré a mi padre que me case con esta bella adolescente. ¡Y así él se pondrá contento, y yo podré usar a gusto ese cuerpo bendito!'

Y en el acto, con gran alegría de Maimuna, que había empezado a sentir terribles inquietudes, y con gran disgusto de Dahnasch, que en cambio había pensado que el príncipe copularía y se puso a bailar de gusto, Kamaralzamán se inclinó otra vez hacia Sett Budur, y después de haberla besado en la boca, le quitó del dedo meñique una sortija adornada con un hermoso diamante, y se la puso en su propio dedo meñique, para denotar que desde aquel momento disputaba a la joven por esposa; y luego de haber puesto en el dedo de la joven su propia sortija, le volvió la espalda, aunque con gran pesar, y no tardó en tornar a dormirse.

Maimuna, al ver aquello, se entusiasmó, y Dahnasch quedó muy confuso; pero no tardó en decir a Maimuna: '¡Esto no es más que la mitad de la prueba; ahora te toca a ti!'

Entonces Maimuna se convirtió en seguida en pulga, y saltó al muslo de Sett Budur; y de allí subió al ombligo, retrocediendo después como unos cuatro dedos, y se paró precisamente en la cumbre del montecillo que domina el valle de las rosas; y allí, con una sola picadura, en la cual puso todos sus celos y su venganza, hizo saltar de dolor a la joven, que abrió los ojos y se incorporó a escape, llevándose las dos manos a la delantera. Pero enseguida lanzó un grito de terror y asombro al ver junto a ella al joven tendido de costado. Pero a la primera mirada que le dirigió, no tardó en pasar del espanto a la admiración, y de la admiración al placer, y del placer a un desahogo de alegría que pronto hubo de llegar al delirio.

Efectivamente; al primer susto, dijo para sí: '¡Desventurada Budur, hete aquí comprometida para siempre! ¡En tu cama hay un extraño a quien no viste nunca! ¡Qué audacia la suya! ¡Ah! ¡Voy a llamar a los eunucos, para que acudan y le arrojen por la ventana al río! Y sin embargo, ¡oh Budur! ¿Quién sabe si éste será el marido que tu padre escogió para ti? ¡Mírale, oh Budur, antes de acudir a la violencia! '

Y entonces fue cuando Budur dirigió al joven una mirada, y con aquel rápido examen quedó deslumbrada por su gentileza, y exclamó: '¡Oh corazón mío! ¡Qué hermoso es!' Y desde aquel mismo instante quedó tan por completo cautivada, que se inclinó hacia aquella boca que sonreía en sueños, y le dio un beso en los labios, exclamando: '¡Qué dulce es! ¡Por Alah! ¡A éste sí que le quiero como esposo! ¿Por qué ha tardado tanto mi padre en traérmelo?'

Después cogió temblando la mano del joven y la conservó entre las suyas, y le habló afablemente para despertarle, diciendo: '¡Gentil amigo! ¡Oh luz de mis ojos! ¡Oh alma mía! ¡Levántate, levántate! ¡Ven a besarme, querido mío, ven, ven! ¡Por mi vida sobre ti! ¡Despierta!'

Pero como Kamaralzamán, a causa del encanto a que le había sometido la vengativa Maimuna, no hacía un movimiento indicador de que se despertara, la hermosa Budur supuso que era por culpa de ella, que no le llamaba con bastante ardor. Y sin preocuparse de que la miraran o no, entreabrió la camisa de seda que al principio se había apresurado a echarse encima, y se deslizó lo más cerca posible del joven, y le rodeó con sus brazos, y juntó los muslos con los suyos, y le dijo frenéticamente al oído: '¡Toma! ¡Poséeme toda! ¡Verás cuán obediente y amable soy! ¡He aquí los narcisos de mis pechos y el vergel de mi vientre, que es muy suave, mira! ¡He aquí mi ombligo, que gusta de la caricia delicada; ven a disfrutar de él! ¡Después saborearás las primicias de la fruta que poseo! ¡La noche no será bastante larga para nuestros juegos! ¡Y gozaremos hasta que sea de día...!

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y como era discreta, hubo de callar."

Continuará: La centésima octogésima quinta noche...

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Valram

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domingo, 8 de febrero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima octogésima tercera noche

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"Y cuando llegó la 183ª noche

Ella dijo:

Oídas estas palabras del efrit Kaschkasch, Maimuna exclamó: '¡Admirable idea!' Y Dahnasch también exclamó: '¡Me parece muy bien!' E inmediatamente se convirtió otra vez en pulga, pero esta vez para picar en el cuello al hermoso Kamaralzamán.

Al sentir tal picadura, que fue terrible, Kamaralzamán se despertó con sobresalto y se llevó la mano rápidamente al sitio picado: pero nada pudo coger, pues el veloz Dahnasch, que se había vengado algo en la piel del adolescente de todas las afrentas de Maimuna, soportadas en silencio, pronto recobró su forma de efrit invisible para ser testigo de lo que iba a suceder.

En efecto, Kamaralzamán, todavía soñoliento, dejó caer la mano que no había podido cazar la pulga, y la mano fue precisamente a tocar el muslo desnudo de la joven. Aquella sensación le hizo abrir los ojos, e inmediatamente los volvió a cerrar, deslumbrado y conmovido. Y sintió junto a él aquel cuerpo más tierno que la manteca y aquel aliento más grato que el perfume del almizcle. De modo que su sorpresa fue extremada, pero no desprovista de atractivos, y acabó por levantar la cabeza y contemplar la incomparable belleza de la desconocida que dormía a su lado.

Apoyó, pues, el codo en las almohadas, y olvidándose en un momento de la aversión que experimentó por el otro sexo hasta entonces, empezó a detallar con miradas de deleite las perfecciones de la joven. Primero la comparó mentalmente con una hermosa ciudadela coronada por una cúpula, después con una perla, luego con una rosa, ya que de primera intención no podía establecer comparaciones muy exactas, porque siempre se había negado a mirar a las mujeres, y era ignorante en cuanto a sus formas y sus gracias. Pero no tardó en comprender que su última comparación era la más precisa y la más cierta la penúltima; y en cuanto a la primera, pronto lo hizo sonreír.

De modo que Kamaralzamán se inclinó hacia la rosa, y vio que el perfume de su carne era tan delicioso, que pasó la nariz por toda su superficie. Y le agradó tanto aquello, que dijo para sí: '¡Voy a tocarla para enterarme!'

Y paseó los dedos por todos los contornos de la perla, y comprobó que aquel contacto le abrasaba el cuerpo, y provocaba movimientos y latidos en diversas partes de su individuo; de tal modo, que experimentó violento deseo de dar libre carrera a aquel instinto natural tan espontáneo.

Y exclamó: '¡Todo sucede mediante la voluntad de Alah!' Y se dipuso a la copulación. Cogió, pues, a la joven, pensando: '¡Cuánto me asombra que esté sin calzón!' Y le dio vueltas y más vueltas, y la palpó, y después dijo maravillado: '¡Ya Alah! ¡Qué trasero tan gordo!' Luego le acarició el vientre, y dijo: '¡Es una maravilla de ternura!' Después le tentó los pechos, y los cogió, y al llenarse las dos manos, sintió tal estremecimiento voluptuoso, que exclamó: '¡Por Alah!' ¡No tengo más remedio que despertarla para hacer bien las cosas! Pero ¿cómo no se ha despertado en el tiempo que llevo tocándola?'

Y lo que impedía despertarse a la joven era la voluntad del efrit Dahnasch, que la había sumido en aquel sueño tan pesado para facilitar la acción de Kamaralzamán.

Y Kamaralzamán puso sus labios en los de la princesa, y le dio un prolongado beso; y como no se despertara, le dio el segundo, y el tercero, sin que ella manifestara percatarse.

Entonces empezó a hablarle, diciendo: '¡Oh corazón mío! ¡Ojos míos! ¡Hígado mío! ¡Despiértate! ¡Soy Kamaralzamán!' Pero la joven no hizo el menor movimiento. Entonces Kamaralzamán, al ver lo inútil de sus llamamientos, dijo para sí: '¡Por Alah! ¡Ya no puedo aguardar más! ¡Todo me impulsa a entrar en ella! ¡Veré si lo puedo lograr mientras duerme!' Y se tendió encima de la joven.

A todo eso, Maimuna, y Dahnasch y Kaschkasch miraban. Y Maimuna empezaba a alarmarse y se apresuraba ya, en caso de consumarse el acto, a decir que aquello no valía.

Kamaralzamán se tendió, pues, encima de la joven, que dormía boca arriba...

En este momento de su narración, Schehrazada vio que aparecía la mañana, y como era discreta, se calló."

Continuará: La centésima octogésima cuarta noche...

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