sábado, 20 de junio de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima décima sexta noche

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"Pero cuando llegó la 316ª noche

Concluida la cosa entre el rey y Schehrazada, la pequeña Doniazada exclamó desde el lugar en que estaba acurrucada:

'¡Te ruego, hermana, me digas a qué esperar para empezar la historia prometida de la bella Zumurrud y Alischar, hijo de Gloria!'

Y contestó Schehrazada sonriendo: '¡No espero más que la venia de este rey bien educado y dotado de buenos modales!' Entonces contestó el rey Schahriar: '¡Concedida!

Y dijo Schehrazada:

Historia de la bella Zumurrud y Alischar, hijo de Gloria

Se cuenta que en la antigüedad del tiempo, en lo pasado de la edad y del momento, había en el país del Khorasán un mercader muy rico que se llamaba Gloria, y tenía un hijo llamado Alischar, hermoso como la luna llena.

Y un día el rico mercader Gloria, ya de muy avanzada edad, se sintió atacado de mortal dolencia. Y llamó a su hijo junto a sí y le dijo: '¡Oh hijo mío! Como está muy próximo el término de mi destino, deseo hacerte un encargo'. Muy apesadumbrado, dijo Alischar: '¿Y cuál es, ¡oh padre mío!?'

El mercader Gloria le dijo: 'He de encargarte que no te crees nunca relaciones ni frecuentes la sociedad, porque el mundo se puede comparar a un herrero: si no te quema con el fuego de la fragua, o no te saca un ojo o los dos con las chispas del yunque, seguramente te ahogará con el humo. Y además, ha dicho el poeta:

¡Ilusión! ¡No creas que, cuando el Destino te traicione, encontrarás amigos de corazón fiel en tu camino negro!

¡Oh soledad! ¡Cara soledad bendita, al que te cultiva enseñas la fuerza del que no se desvía y el arte de no fiarse más que de sí mismo!

'Otro dijo:

¡Si lo examina tu atención, verás que el mundo es nefasto por sus dos caras: una la constituye la hipocresía, y la otra la traición!

'Otro dijo:

¡En futilidades, tonterías y frases absurdas suele consistir el dominio del mundo! ¡Pero si el Destino coloca en tu camino un ser excepcional, trátale con frecuencia sólo para mejorarte!

Cuando el joven Alischar oyó estas palabras de su padre moribundo, contestó: '¡Oh padre mío, te escucho para obedecerte! ¿Qué más me aconsejas?'

Y dijo Gloria el mercader: 'Haz bien, si puedes. Y no esperes que te recompensen con la gratitud o un bien parecido. ¡Oh hijo mío! ¡Desgraciadamente, no todos los días hay ocasión de hacer el bien!' Y Alischar respondió: '¡Escucho y obedezco! ¿Son esos todos tus encargos?' Gloria el mercader dijo: 'No derroches las riquezas que te dejo; sólo te considerarán con arreglo al poder que tengas en la mano. Y ha dicho el poeta:

¡Cuando yo era pobre, no tenía amigos; y ahora pululan a mi puerta y me quitan el apetito!

¡Oh! ¡A cuántos feroces enemigos les domó mi riqueza, y cuántos enemigos tendría si mi riqueza disminuyese!'

Después prosiguió el anciano: 'No descuides los consejos de la gente de experiencia, ni creas inútil pedir consejo a quien pueda dártelo, pues el poeta ha dicho:

¡Junta tu idea con la idea del consejero, para asegurar mejor el resultado! ¡Cuando quieras mirarte el rostro, te bastará con un espejo, pero si quieres mirar tu oscuro trasero, no podrás verlo sino con la combinación de dos espejos!

'Además, hijo mío, ¡tengo que darte un último consejo!: ¡huye del vino! Es causa de todos los males. Te expones a perder la razón y a ser objeto de befa y de desdén.

'Tales son mis encargos en el umbral de la muerte. ¡Oh hijo mío, acuérdate de mis palabras! Sé un hijo excelente, y acompáñete mi bendición toda la vida'.

Y tras de hablar así, el anciano mercader Gloria cerró un momento los ojos y se recogió. Luego levantó el índice hasta la altura de los ojos y pronunció su acto de fe. Después de lo cual falleció en la misericordia del Altísimo.

Fue llorado por su hijo y por toda su familia, y le hicieron funerales, a los cuales asistieron los más altos y los más bajos, los más ricos y los más pobres. Y cuando se le enterró, inscribieron estos versos en la losa de su tumba:

¡Nací del polvo, al polvo vuelvo y polvo soy! ¡Nadie sabrá nada de mis sentimientos ni experiencias! ¡Es como si no hubiera vivido nunca!

Hasta aquí en cuanto al mercader Gloria. Ocupémonos ahora de Alischar, hijo de Gloria.

Muerto su padre, siguió Alischar comerciando en la tienda principal del zoco, y cumplió a conciencia los encargos paternales, especialmente en lo que se refería a sus relaciones con los demás. Pero al cabo de un año y un día, que transcurrieron con exactitud hora tras hora, se dejó tentar por jóvenes pérfidos, hijos de zorra, adulterinos sin vergüenza. Y alternó hasta el frenesí con ellos, y conoció a sus astutas madres y hermanas, hijas de perro. Y se sumergió hasta el cuello en el libertinaje, y nadó en el vino y en el despilfarro, caminando por vía bien opuesta al camino recto. Porque como no estaba a la sazón sano de espíritu, se hacía este menguado razonamiento: 'Ya que mi padre me ha dejado todas sus riquezas, me conviene utilizarlas para que no las hereden otros. Y quiero aprovechar el momento y el placer que pasan, pues no he de vivir dos veces'.

Y le pareció tan bien este razonamiento, y siguió Alischar juntando con tanta regularidad la noche y el día por sus extremos, sin escatimar ningún exceso, que pronto vióse reducido a vender la tienda, la casa, los muebles y hasta la ropa, y no le quedó más que lo que llevaba encima.

Entonces pudo ver claro y evidente cómo había procedido, y cerciorarse de la excelencia de los consejos de su padre Gloria. Todos los amigos a quienes trató con fastuosidad antes y a cuya puerta fue a llamar sucesivamente, encontraron algún motivo para despedirle. Así es que, reducido al límite extremo de la miseria, se vio obligado, un día en que no había comido nada desde la víspera, a salir del miserable khan en que se alojaba, y a mendigar de puerta en puerta por las calles.

De este modo llegó a la plaza del mercado, en la cual vio una gran muchedumbre formando corro. Quiso acercarse para averiguar lo que ocurría, y en medio del círculo formado por mercaderes, corredores y compradores, vio...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La tricentésima décima séptima noche...

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viernes, 19 de junio de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima décima quinta noche

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"Pero cuando llegó la 315ª noche

Ella dijo:

'...lo mejor que podemos hacer ahora que mi padre ha muerto es abandonar esta ciudad impía, no sin haber vendido nuestros bienes, casa y posesiones. Realiza eso lo mejor que puedas, compra buenas mercancías con parte de la cantidad que cobres, y vámonos juntos a Bagdad, tu patria, a ver a tus parientes y amigos, viviendo en paz y seguros, con el respeto debido a Alah el Altísimo'.

Entonces contesté oyendo y obedeciendo.

Enseguida empecé a vender lo mejor que pude, pieza por pieza y cada cosa en su tiempo, todos los bienes de mi tío el jeique, padre de mi esposa, ¡difundo a quien Alah haya recibido en su paz y misericordia! Y así realicé en monedas de oro cuanto nos pertenecía, como muebles y propiedades, y gané un ciento por uno.

Después de lo cual me llevé a mi esposa y las mercancías que había cuidado de comprar, fleté por mi cuenta un barco, que con la voluntad de Alah tuvo navegación feliz y fructuosa, de modo que de isla en isla, y de mar en mar, acabamos por llegar con seguridad a Bassra, en donde paramos poco tiempo. Subimos el río y entramos en Bagdad, ciudad de paz.

Me dirigí entonces con mi esposa y mis riquezas hacia mi calle y mi casa, en donde mis parientes nos recibieron con grandes transportes de alegría, y quisieron mucho a mi esposa, la hija del jeique.

Yo me apresuré a poner en orden definitivo mis asuntos, almacené mis magníficas mercaderías, encerré mis riquezas, y pude por fin recibir en paz las felicitaciones de mis parientes y amigos, que calculando el tiempo que estuve ausente, vieron que este séptimo y último viaje mío había durado exactamente veintisiete años desde el principio hasta el fin.

Y les conté con pormenores mis aventuras durante esta larga ausencia, e hice el voto, que cumplo escrupulosamente, como veis, de no emprender en toda mi vida ningún otro viaje ni por mar ni por tierra. Y no dejé de dar gracias al Altísimo que tantas veces, a pesar de mis reincidencias, me libró de tantos peligros y me reintegró entre mi familia y mis amigos'.

Cuando Sindbad el Marino terminó de esta suerte su relato entre los convidados silenciosos y maravillados, se volvió hacia Sindbad el Cargador y le dijo:

'Ahora, Sindbad terrestre, considera los trabajos que pasé y las dificultades que vencí, gracias a Alah, y dime si tu suerte de cargador no ha sido mucho más favorable para una vida tranquila que la que me impuso el Destino.

Verdad es que sigues pobre y yo adquirí riquezas incalculables; pero ¿no es verdad también que a cada uno de nosotros se le retribuyó según su esfuerzo?'

Al oír estas palabras, Sindbad el Cargador fue a besar la mano de Sindbad el Marino, y le dijo: '¡Por Alah sobre ti!, ¡oh mi amo! ¡perdona lo inconveniente de mi canción!'

Entonces Sindbad el Marino mandó poner el mantel para sus convidados, y les dio un festín que duró treinta noches. Y después quiso tener a su lado, como mayordomo de su casa, a Sindbad el Cargador. Y ambos vivieron en amistad perfecta y en el límite de la satisfacción, hasta que fue a visitarlos aquella que hace desvanecerse las delicias, rompe las amistades, destruye los palacios y levanta las tumbas, la amarga muerte. ¡Gloria al Eterno, que no muere jamás!

Cuando Schehrazada, la hija del visir, acabó de contar la historia de Sindbad el Marino, sintióse un tanto fatigada, y como veía acercarse la mañana y no quería, por su discreción habitual, abusar del permiso concedido, se calló sonriendo.

Entonces la pequeña Doniazada, que maravillada y con los ojos muy abiertos había oído la historia pasmosa, se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y corrió a abrazar a su hermana, diciéndole: '¡Oh Schehrazada, hermana mía! ¡Cuán suaves, y puras, y gratas, y deliciosas para el paladar, y cuán sabrosas en su frescura, son tus palabras! ¡Y qué terrible, y prodigioso, y temerario era Sindbad el Marino!'

Y Schehrazada sonrió y dijo: '¡Sí, hermana mía; pero eso no es nada comparado con lo que os contaré a los dos la próxima noche, si vivo todavía por la gracia de Alah y la voluntad del rey!'

Y el rey Schahriar, que había encontrado los viajes de Sindbad mucho más largos que el que él había hecho con su hermano Schahzamán por la pradera al borde del mar, cuando se les apareció el genio cargado con el cajón, se volvió hacia Schehrazada y le dijo:

'¡Verdaderamente, Schehrazada, no sé qué más historias me podrás contar! ¡De todos modos, quiero una que esté repleta de poemas! ¡Ya me la habías prometido, y parece que olvidas que, si difieres más el cumplimiento de tu promesa, tu cabeza irá a juntarse con las cabezas de tus antecesoras!'

Y Schehrazada dijo: '¡Sobre mis ojos! Precisamente la que te reservo, ¡oh rey afortunado! te satisfará por completo, y en verdad que es mucho más agradable que las que has oído. Puedes juzgar por el título, que es: Historia de la bella Zumurrud (Esmeralda) y alischar, hijo de Gloria.

Entonces el rey Schahriar dijo para sí: '¡No la mataré hasta después!' Y la cogió en brazos y pasó con ella el resto de la noche. Por la mañana salió y se fue a la sala de justicia. Y el diwán se llenó con la muchedumbre de visires, emires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el último que entró fue el gran visir, padre de Schehrazada, que llevaba debajo del brazo el sudario destinado a su hija, a la cual creía aquella vez muerta de veras; pero el rey no le dijo nada de tal asunto, y siguió juzgando y nombrando para los empleos, y destituyendo, y gobernando, y despachando los asuntos pendientes hasta terminar el día. Luego se levantó el diwán, y el rey volvió a palacio, mientras el gran visir seguía perplejo y en el límite extremo del asombro.

Y cuando fue de noche, el rey penetró en la habitación de Schehrazada e hicieron juntos lo que solían."

Continuará: La tricentésima décima sexta noche...

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