lunes, 13 de julio de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima trigésima novena noche

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"Y cuando llegó la 339ª noche

Historia prodigiosa de la Ciudad de Bronce

Dijo Schehrazada:

Cuentan que en el trono de los califas Omníadas, en Damasco, se sentó un rey (¡sólo Alah es rey!) que se llamaba Abdalmalek ben-Merwán. Le gustaba departir a menudo con los sabios de su reino acerca de nuestro señor Soleimán ben-Daúd (¡con él la plegaria y la paz!), de sus virtudes, de su influencia y de su poder ilimitado sobre las fieras de las soledades, los efrits que pueblan el aire y los genios marítimos y subterráneos. Un día en que el califa, oyendo hablar de ciertos vasos de cobre antiguo, cuyo contenido era una extraña humareda negra de formas diabólicas, asombróse en extremo y parecía poner en duda la realidad de hechos tan verídicos, hubo de levantarse entre los circunstantes el famoso viajero Taleb ben-Sehl, quien confirmó el relato que acababan de escuchar, y añadió: 'En efecto, ¡oh Emir de los Creyentes! esos vasos de cobre no son otros que aquellos donde se encerraron, en tiempos antiguos, a los genios que se rebelaron ante las órdenes de Soleimán, vasos arrojados al fondo del mar mugiente, en los confines del Moghreb, en el África occidental, tras de sellarlos con el sello temible. Y el humo que se escapa de ellos es simplemente el alma condensada de los efrits, los cuales no por eso dejan de tomar su aspecto formidable si llegan a salir al aire libre'.

Al oír tales palabras, aumentaron considerablemente la curiosidad y el asombro del califa Abdalmalek, que dijo al Taleb ben-Sehl: '¡Oh Taleb, tengo muchas ganas de ver uno de esos vasos de cobre que encierran efrits convertidos en humo! ¿Crees realizable mi deseo? Si es así, pronto estoy a hacer por mí propio las investigaciones necesarias. Habla'. El otro contestó: '¡Oh Emir de los Creyentes! Aquí mismo puedes poseer uno de esos objetos, sin que sea preciso que te muevas y sin fatigas para tu persona venerada. No tienes más que enviar una carta al emir Muza, tu lugarteniente en el país del Moghreb. Porque la montaña a cuyo pie se encuentra el mar que guarda esos vasos está unida al Moghreb por una lengua de tierra que puede atravesarse a pie enjuto. ¡Al recibir una carta semejante, el emir Muza no dejará de ejecutar las órdenes de nuestro amo el califa!'

Estas palabras tuvieron el don de convencer a Abdalmalek, que dijo a 'Taleb en el instante: '¿Y quién mejor que tú ¡oh Taleb! será capaz de ir con celeridad al país del Moghreb, con el fin de llevar esa carta a mi lugarteniente el emir Muza? Te otorgo plenos poderes para que tomes de mi tesoro lo que juzgues necesario para gastos de viaje, y para que lleves cuantos hombres te hagan falta en calidad de escolta. Pero date prisa, ¡oh Taleb!' Y al punto escribió el califa una carta de su puño y letra para el emir Muza, la selló y se la dio a Taleb, que besó la tierra entre las manos del rey, y no bien hizo los preparativos oportunos, partió con toda diligencia hacia el Moghreb, adonde llegó sin contratiempos.

El emir Muza le recibió con júbilo y le guardó todas las consideraciones debidas a un enviado del Emir de los Creyentes; y cuando Taleb le entregó la carta, la cogió, y después de leerla y comprender su sentido, se la llevó a sus labios, luego a su frente y dijo: '¡Escucho v obedezco!' Y enseguida mandó que fuera a su presencia el jeique Abdossamad, hombre que había recorrido todas las regiones habitables de la tierra, y que a la sazón pasaba los días de su vejez anotando cuidadosamente, por fechas, los conocimientos que adquirió en una vida de viajes no interrumpidos. Y cuando presentóse el jeique; el emir Muza le saludó con respeto y le dijo: '¡Oh jeique Abdossamad! He aquí que el Emir de los Creyentes me transmite sus órdenes para que vaya en busca de los vasos de cobre antiguos, donde fueron encerrados por nuestro Soleimán ben-Daúd los genios rebeldes. Parece ser que yacen en el fondo de un mar situado al pie de una montaña que debe hallarse en los confines extremos del Moghreb. Por más que desde hace mucho tiempo conozco todo el país, nunca oí hablar de ese mar ni del camino que a él conduce; ¡pero tú, ¡oh jeique Abdossamad! que recorriste el mundo entero, no ignorarás sin duda la existencia de esa montaña y de ese mar!

Reflexionó el jeique una hora de tiempo, y contestó: '¡Oh emir Muza ben-Nossair! No son desconocidos para mi memoria esa montaña y ese mar; pero, a pesar de desearlo, hasta ahora no puedo ir donde se hallan; el camino que allá conduce se hace muy penoso a causa de la falta de agua en las cisternas, y para llegar se necesitan dos años y algunos meses, y más aún para volver, ¡suponiendo que sea posible volver de una comarca cuyos habitantes no dieron nunca la menor señal de su existencia, y viven en una ciudad situada, según dicen; en la propia cima de la montaña consabida, una ciudad en la que no logró penetrar nadie y que se llama la Ciudad de Bronce!'

Y dichas tales palabras, se calló el jeique, reflexionando un momento todavía; y añadió: 'Por lo demás, ¡oh emir Muza! no debo ocultarte que ese camino está sembrado de peligros y de cosas espantosas, y que para seguirle hay que cruzar un desierto poblado por efrits y genios, guardianes de aquellas tierras vírgenes de la planta humana desde la antigüedad. Efectivamente, sabe ¡oh Ben-Nossair! que esas comarcas del extremo Occidente africano están vedadas a los hijos de los hombres. Sólo dos de ellos pudieron atravesarlas: Soleimán ben-Daúd, uno, y El-Iskandar de Dos- Cuernos, el otro. ¡Y desde aquellas épocas remotas, nada turba el silencio que reina en tan vastos desiertos! Pero si deseas cumplir las órdenes del califa e intentar, sin otro guía que tu servidor, ese viaje por un país que carece de rutas ciertas, desdeñando obstáculos misteriosos y peligros, manda cargar mil camellos con odres repletos de agua y otros mil camellos con víveres y provisiones; lleva la menos escolta posible, porque ningún poder humano nos preservaría de la cólera de las potencias tenebrosas cuyos dominios vamos a violar, y no conviene que nos indispongamos con ellas alardeando de armas amenazadoras e inútiles. ¡Y cuando esté preparado todo, haz tu testamento, emir Muza, y partamos! ...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La tricentésima cuadragésima noche...

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Valram

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domingo, 12 de julio de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima trigésima octava noche

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"Y cuando llegó la 338ª noche

Ella dijo:

'...Ha dicho un poeta:

¡Las morenas tienen en sí un sentido oculto! ¡Si lo adivinas, tus ojos no se dignarán mirar nunca a las demás mujeres!

¡Las encantadoras saben del arte sutil con todos sus rodeos, y se lo enseñarían hasta al ángel Harut!

Otro ha dicho:

¡Amo a una morena encantadora, cuyo color me hechiza, y cuya cintura es recta como una lanza!

¡Cuántas veces me arrebató la sedosa manchita negra, tan acariciada y tan besada, que adorna su cuello!

¡Por el color de su piel lisa, por el perfume delicioso que exhala, se parece al tallo oloroso del áloe!

¡Y cuando la noche tiende el velo de las sombras, la morena viene a verme. Y la sujeto junto a mí, hasta que las mismas sombras sean del color de nuestros sueños!

'Pero tú ¡oh amarilla! estás marchita como...

las hojas de la mulukhia (Liliácea comestible) de mala calidad que se coge en Bab El-Luk y que es fibrosa y dura.

'Tienes el color de la marmita de barro cocido que utiliza el vendedor de cabezas de carnero.

'Tienes el color del ocre y el de la grama.

'Tienes una cara de cobre amarillo, parecido a la fruta del árbol Zakum, que en el infierno da como frutos cráneos diabólicos.

'Y de ti ha dicho el poeta:

¡La suerte me ha dado una mujer de color amarillo tan chillón, que me da dolor de cabeza, y mi corazón y mis ojos se estremecen de malestar!

¡Si mi alma no quiere renunciar a verla por siempre, para castigarme me daré tan grandes golpes en la cara que me arrancaré las muelas!'

Cuando Ali El-Yamaní oyó estas palabras, se estremeció de placer, y se echó a reír de tal modo, que se cayó de espaldas, después de lo cual dijo a las dos jóvenes que se sentaran en sus sitios; y para demostrarles a todas el gusto que le había dado oírlas, les hizo regalos iguales de hermosos vestidos y pedrerías terrestres y marítimas.

Y tal es, ¡oh Emir de los Creyentes! prosiguió Mohammad El-Bassri, dirigiéndose al califa El- Mamún, la historia de las seis jóvenes, que ahora siguen viviendo muy a gusto unas con otras en la morada de su amo Alí El-Yamaní en Bagdad, nuestra ciudad'.

Extremadamente encantado quedó el califa con esta historia, y preguntó: 'Pero ¡oh Mohammad! ¿Sabes siquiera en dónde está la casa del amo de esas jóvenes, y podrías ir a preguntarle si quiere vendérmelas? ¡Si accede, cómpramelas y tráemelas!'

Mohammad contestó: 'Puedo decir ¡oh Emir de los Creyentes! que estoy seguro que el amo de estas esclavas no querrá separarse de ellas, porque le tienen enamorado hasta el extremo'. Y El-Mamún dijo: 'Lleva contigo como precio de cada una diez mil dinares, o sea sesenta mil en total. Los entregarás de mi parte a ese Alí-El-Yamaní y le dirás que deseo sus seis esclavas'.

Oídas estas palabras del califa, Mohammad El-Bassri se apresuró a coger la cantidad consabida y fue a buscar al amo de las esclavas, al cual manifestó el deseo del Emir de los Creyentes. Alí El-Yamaní, en el primer impulso, no se atrevió a negarse a la petición del califa, y habiendo cobrado los sesenta mil dinares, entregó las seis esclavas a Mohammad El-Bassri, que las condujo enseguida a presencia de El-Mamún.

El califa al verlas, llegó al límite del encanto, tanto por lo vario de sus colores como por sus maneras elegantes, su ingenio cultivado y sus diversos atractivos. Y le dio a cada una en su harem, un sitio escogido, y durante varios días pudo gozar de sus perfecciones y de su hermosura.

A todo esto, el primer amo de las seis, Alí El-Yamaní, sintió pesar sobre sí la soledad, v empezó a lamentar el impulso que le había hecho ceder al deseo del califa. Y un día falto ya de paciencia, envió al califa una carta llena de desesperación, en la cual, entre otras cosas tristes, había los versos siguientes:

¡Llegue mi desesperado saludo a las hermosas de quienes está separada mi alma! ¡Ellas son mis ojos, mis orejas, mi alimento, mi bebida, mi jardín y mi vida!

¡Desde que estoy lejos de ellas, nada distrae mi dolor, y hasta el sueño ha huido de mis párpados!

¿Por qué no las tengo, más celoso que antes, encerradas las seis en mis ojos, y por qué no he bajado mis párpados como tapices encima de ellas?

¡Oh dolor, oh dolor! ¡Preferiría no haber nacido, a caer herido por las flechas -¡sus miradas mortales!- y sacadas de la herida!

Cuando el califa El-Mamún recorrió esta carta, como tenía el alma magnánima, mandó llamar en seguida a las seis jóvenes, les dio a cada una diez mil dinares y vestidos maravillosos y otros regalos admirables, y las mandó devolver a su antiguo amo.

No bien Alí El-Yamaní las vio llegar, más bellas que antes y más ricas y más felices, alcanzó el límite de la alegría, y siguió viviendo con ellas entre delicias y placeres, hasta el día de la última separación.

Pero -prosiguió Schehrazada no creas, ¡oh rey afortunado! que todas las historias que has oído hasta ahora puedan valer de cerca ni de lejos lo que la Historia prodigiosa de la Ciudad de Bronce, que me reservo contarte la noche próxima, si quieres.

Y la pequeña Doniazada exclamó: '¡Oh, qué amable sería, Schehrazada, si entretanto nos dijeras siquiera las primeras palabras!'

Entonces Schehrazada sonrió y dijo:

'Cuentan que había un rey (¡Alah sólo es rey!) en la ciudad de...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

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