miércoles, 12 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima sexagésima novena noche

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Pero cuando llegó la 369ª noche

Ella dijo:

…Tras de lo cual, nos acostamos juntos, en brazos uno del otro y en el límite del júbilo.

Por la mañana fue Schamsa quien se puso primero en pie. Vistióse con su manto de plumas, me despertó, me besó entre los dos ojos, y me dijo: ‘Ya es hora de que vayamos al palacio de los diamantes a ver a mi padre el rey Nassr. ¡Vístete, pues, cuanto antes!’ Obedecí en seguida, y cuando estuve dispuesto, fuimos a besar las manos del jeique gobernador de las aves y le dimos muchas gracias. Entonces me dijo Schamsa: ‘¡Ahora súbete en mis hombros y sostente bien, porque el viaje será un poco largo, aunque me propongo hacerlo a toda velocidad!’ Y me tomó en sus hombros, y después de tributar a nuestro protector las últimas despedidas, me transportó por los aires con la rapidez del rayo, y al poco tiempo me dejó en tierra a alguna distancia de la entrada al palacio de los diamantes. Y desde allí nos encaminamos tranquilamente hacia el palacio, mientras corrían a anunciar nuestra llegada los genn servidores que había instalado el rey por aquellos sitios.

El rey Nassr, padre de Schamsa y, señor de los genn, experimentó una inmensa alegría al verme; me cogió en brazos y me oprimió contra su pecho. Luego ordenó que me vistieran con un magnífico ropón de honor, me puso en la cabeza una corona tallada en un solo diamante, me condujo después a la presencia de la reina, madre de mi esposa, la cual reina me manifestó su júbilo y felicitó a su hija por la elección que de mi persona hizo. Y regaló más tarde a su hija una cantidad enorme de pedrerías, pues el palacio estaba lleno de ellas; y ordenó que a ambos nos llevaran al hammam, en donde nos lavaron y perfumaron con agua de rosas, almizcle, ámbar y aceites aromáticos, que nos refrescaron maravillosamente. Tras de lo cual se dieron en honor nuestro festines que duraron treinta días y treinta noches consecutivas.

Entonces manifesté mis deseos de presentar a mi vez mi esposa a mis padres en mi país. Y aunque muy apenados por tener que separarse de su hija, el rey y la reina aprobaron mi proyecto, pero me hicieron prometer que todos los años iríamos a pasar con ellos una temporada. Después hizo el rey construir un trono de tal magnificencia y tal tamaño, que en sus peldaños podía contener doscientos genios varones y doscientos genios hembras. Subimos al trono los dos, y los cuatrocientos genios de ambos sexos, que se hallaban allí para servirnos, se pusieron de pie en las gradas, mientras actuaban de portadores todo un ejército compuesto por otros genios. Cuando nos despedimos por última vez los portadores se elevaron por los aires con el trono, y empezaron a recorrer el espacio con tanta rapidez, que en dos días hicieron un trayecto de dos años de marcha. Y llegamos sin incidentes al palacio de mi padre en Kabul.

Cuando mi padre y mi madre me vieron llegar después de una ausencia que les había hecho perder toda esperanza de encontrarme, y cuando contemplaron a mi esposa y supieron quién era y en qué circunstancias me case con ella, llegaron al límite de la alegría y lloraron mucho besándome y besando a mi muy amada Schamsa. Y tanto se conmovió mi pobre madre, que cayó desvanecida y no volvió en sí más que gracias al agua de rosas que llevaba en un frasco grande mi esposa Schamsa.

Después de todos los festines y todos los regocijos que se organizaron con motivo de nuestra llegada y del nuestros esponsales, mi padre preguntó a Schamsa: ‘¿Qué quieres que haga para agradarte, hija mía?’

Y Schamsa, que tenía gustos muy modestos, contestó: ‘¡Oh rey afortunado! Solamente anhelo tener para nosotros dos un pabellón en medio de un jardín regado por arroyos’. Y al punto dio mi padre el rey las órdenes necesarias, y al cabo de un corto espacio de tiempo tuvimos nuestro pabellón y nuestro jardín, donde vivimos en el límite de la felicidad.

Pasado de tal suerte un año en un mar de delicias, mi esposa Schamsa quiso volver al palacio de los diamantes para ver de nuevo a su padre y a su madre, y me recordó la promesa que les hice de ir todos los años a pasar con ellos una temporada. No quise contrariarla, porque la amaba mucho; pero ¡ay! la desgracia debía abatirse sobre nosotros por causa de aquel maldito viaje.

Nos colocamos, pues, en el trono llevado por nuestros genios servidores, y viajamos a gran velocidad, recorriendo cada día una distancia de un mes de camino, y deteniéndonos por las tardes para descansar cerca de algún manantial o a la sombra de los árboles. Y he aquí que un día hicimos alto precisamente en este sitio para pasar la noche, y mi esposa Schamsa quiso ir a bañarse en el agua de ese río que corre ante nosotros. Me esforcé cuanto pude por disuadirla, hablándole del fresco excesivo de la tarde y de los perjuicios que la podría ocasionar; no quiso escucharme, y se llevó en su compañía a algunas de sus esclavas para que se bañaran con ella. Se desnudaron en la ribera y se metieron en el agua, donde Schamsa parecía la luna al salir en medio de un cortejo de estrellas. Estaban retozando y jugando entre sí, cuando de repente Schamsa lanzó un grito de dolor y cayó en brazos de sus esclavas, que se apresuraron a sacarla del agua y llevarla a la orilla. Pero cuando quise hablarle y cuidarla, ya estaba muerta. Y las esclavas me enseñaron en el talón de mi esposa una mordedura de serpiente acuática.

Ante aquel espectáculo, caí desmayado, y permanecí en tal estado tanto tiempo que me creyeron muerto también. Pero ¡ay! hube de sobrevivir a Schamsa para llorar por ella y erigirle esta tumba que ves. En cuanto a la otra tumba, es la mía propia, que hice construir junto a la de mi pobre bienamada. ¡Y dejo transcurrir mi vida ahora entre lágrimas y recuerdos crueles, esperando el momento de dormir al lado de mi esposa Schamsa, lejos de mi reino, al que renuncié, lejos del mundo, que es para mí un desierto horrible, en este asilo solitario de la muerte!’

Cuando el hermoso joven triste acabó de contar su historia a Belukia, escondió el rostro entre sus manos y se echó a llorar. Entonces le dijo Belukia: ‘¡Por Alah, oh hermano mío! tu historia es tan asombrosa y tan extraordinaria, que olvidé mis propias aventuras, aunque las creía prodigiosas entre todas las aventuras! ¡Alah te sostenga en tu dolor ¡oh hermano mío! y enriquezca con el olvido tu alma...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y discreta, según su costumbre, se calló.”

Continuará: La tricentésima septuagésima noche

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Valram

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martes, 11 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima sexagésima octava noche

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Pero cuando llegó la 368ª noche

Ella dijo:

...el medio de volver a ver a las jóvenes vestidas de palomas. Entonces el anciano me tendió la mano, me levantó y me dijo: ‘Veo que tu corazón está consumido de pasión por la joven, y voy a indicarte el medio de volver a verla. Vas a ocultarte detrás de los árboles y a esperar pacientemente la vuelta de las palomas. Las dejarás desnudarse y meterse en el estanque, y entonces te precipitarás de repente sobre sus mantas de plumas y te apoderarás de ellas. Entonces verás cómo dulcifican contigo su lenguaje; se acercarán a ti, te harán mil caricias y te suplicarán, con palabras extremadamente gentiles, que les devuelvas sus plumas. Pero guárdate bien de dejarte conmover, porque entonces acabarían por siempre para ti las jóvenes. Por el contrario, rehúsa enérgicamente devolvérselas, y diles: ‘¡Os daré de buen grado vuestros mantos, pero no sin que venga el jeique!’ Y efectivamente, esperarás mi regreso entreteniéndolas con galanterías; ¡y yo encontraré el medio de que las cosas se tornen favorables para ti!’

Al oír estas palabras, di muchas gracias al venerable gobernador de las aves, y enseguida corrí a ocultarme detrás de los árboles, en tanto que se retiraba él a su pabellón para recibir a sus súbditos.

Permanecí bastante tiempo esperando la llegada de las tres palomas. Al fin oí un batir de alas y risas aéreas, y vi que las tres palomas se posaban en el borde del estanque y miraban a derecha y a izquierda para enterarse de si no las observaba nadie. Luego, la que me había hablado se encaró con las otras dos, y les dijo: ‘¿No creéis, hermanas mías, que puede estar escondido alguien en el jardín? ¿Qué habrá sido del joven a quien vimos?’

Pero le dijeron sus hermanas: ‘¡Oh Schamsa, no te preocupes por eso y date prisa a hacer como nosotras!’ Y las tres se despojaron de sus plumas entonces, y se sumergieron en el agua para entregarse enseguida a mil locos juegos, blancas y desnudas cual la plata virgen. Y creí ver tres lunas reflejadas en el agua.

Esperé a que hubiesen nadado hasta la mitad del estanque, y me erguí sobre ambos pies para ponerme de pronto en movimiento con la rapidez del rayo y apoderarme del manto de la joven a quien amaba. Y respondieron a mi ademán raptor tres gritos de espanto, y vi que las jóvenes, avergonzadas por haber sido sorprendidas en sus retozos, se sumergían enteramente, sin dejar fuera del agua más que la cabeza, y corrían hacia mí lanzándome miradas llorosas. Pero seguro entonces de tenerlas a mi arbitrio, me eché a reír, retrocediendo del borde del estanque y ostentando el manto de plumas con aire victorioso.

Al ver aquello, la joven que me había hablado la primera vez, y cuyo nombre era Schamsa, me dijo: ‘¿Cómo te atreves ¡oh joven! a apoderarte de lo que no te pertenece?’ Yo contesté: ‘¡Oh paloma mía, sal del baño y ven a conversar conmigo!’ Ella dijo: ‘Bien quisiera conversar contigo, ¡oh hermoso joven! pero estoy completamente desnuda y no puedo salir así del baño. ¡Devuélveme mi manto y te prometo salir del agua para distraerme contigo, y hasta te dejaré que me acaricies y me beses cuanto quieras!’ Yo dije: ‘¡Oh, luz de mis ojos, eh dueña mía, oh soberana de belleza, oh fruto de mi hígado! ¡Si te devolviera tu manto, sería como darme la muerte con mi propia mano! ¡No puedo, pues, hacerlo, por lo menos mientras no llegue mi amigo el jeique, gobernador de las aves!’ Ella me dijo: ‘Entonces, puesto que no cogiste más que mi manto, aléjate un poco y vuelve la cabeza a otro lado para dejarme salir del baño y dar tiempo a que se cubran mis hermanas; ¡y para ocultar lo más esencial, me prestarán ellas entonces algunas de sus plumas!’ Yo dije: ‘¡Eso sí, puedo hacerlo!’ Y me alejé y me puse detrás del trono de rubí.

Entonces salieron primeramente las dos hermanas mayores y se pusieron con presteza sus mantos; luego arrancaron algunas de las plumas finas e hicieron con ellas una especie de mandilillo; después ayudaron a salir a su vez del agua a su hermana pequeña, la taparon con aquel mandil lo más esencial y me dijeron: ‘¡Ya puedes venir!’ Y yo corrí a presentarme ante aquellas gacelas, y me eché a los pies de la amable Schamsa y le besé los pies, siempre sujetando con fuerza su manto para que no lo cogiese y emprendiese el vuelo. Entonces me hizo ella levantarme, y empezó a decirme mil palabras gentiles y a hacerme mil caricias para decidirme a que le devolviese su manto; pero me guardé mucho de ceder a sus deseos, y logré arrastrarla hacia el trono de rubí, donde me senté colocándola sobre mis rodillas.

Entonces, al ver ella que no podía escaparse, se decidió por fin a corresponder a mis deseos, y me rodeó el cuello con sus brazos, y me devolvió beso por beso y caricia por caricia, en tanto que nos sonreían sus hermanas, mirando a todos lados para ver si llegaba alguien.

Mientras estábamos de aquella manera, mi protector el jeique abrió la puerta y entró. Entonces, nos levantamos en honor suyo, nos adelantamos a recibirle, y le besamos las manos respetuosamente. Nos rogó él entonces que nos sentáramos, y encarándose con la amable Schamsa, le dijo: ‘Estoy encantado, hija mía, de la elección que has hecho correspondiendo a este joven que te ama con locura. ¡Porque has de saber que pertenece a un linaje ilustre! Su padre es el rey Tigmos, señor del Afghanistán. ¡Harás bien, pues, al aceptar esa alianza y al decidir igualmente a tu padre el rey Nassr para que otorgue su consentimiento!’

Ella contestó: ‘¡Escucho y obedezco!’

Entonces le dijo el jeique: ‘Si verdaderamente aceptas esa alianza, ¡júrame y prométeme ser fiel a tu esposo y no abandonarle nunca!’ Y la bella Schamsa se levantó al punto y prestó el consabido juramento entre las manos del venerable jeique. Entonces nos dijo él: ‘Demos gracias al Altísimo por vuestra unión, hijos míos. ¡Y ya podéis ser dichosos! ¡He aquí que invoco la bendición para vosotros! Ahora podéis amaros libremente. ¡Y tú, Janschah, devuélvele su manto pues no ha de dejarte!’

Y dichas estas palabras, el jeique nos introdujo en una sala, donde había colchones cubiertos con tapices, y también fuentes llenas de hermosas frutas y otras cosas exquisitas. Y tras de rogar a sus hermanas que la precedieran en su vuelta al palacio de su padre para anunciarle su matrimonio y prevenirle de su regreso en mi compañía, Schamsa estuvo extremadamente amable, y quiso mondarme ella misma las frutas y repartirlas conmigo. Tras de lo cual, nos acostamos juntos, en brazos uno del otro y en el límite del júbilo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La tricentésima sexagésima novena noche

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