martes, 25 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima octogésima segunda noche

_______________________________

“Pero cuando llegó la 382ª noche

Ella dijo:

...Entonces, aprovechando la ocasión que se le presentaba, exclamó Schirín: ‘¡Mira el pescador! ¡Qué ignominia la suya! ¡Se le cae un dracma, y en vez de dejarlo para que se lo lleve algún pobre, es tan vil que lo recoge a despecho del menesteroso!’

Estas palabras impresionaron mucho a Khosrú, que hizo llamar de nuevo al pescador y le dijo: ‘¡Oh ser abyecto! ¡Parece mentira que seas un hombre con alma tan pequeña! ¡Te pierde esa avaricia que te impulsa a dejar un saco lleno de oro por recoger un solo dracma que ha caído para suerte del menesteroso!’

Entonces el pescador besó la tierra y contestó: ‘¡Alah prolongue la vida del rey! Si recogí ese dracma, no es porque me seduzca su importe, sino porque tiene otro gran valor a mis ojos! ¿No lleva, en efecto, sobre una de sus caras la imagen del rey y su nombre sobre la otra? No he querido dejarlo expuesto a que, por inadvertencia, lo pisaran los pies de alguno. ¡Y me apresuré a recogerlo, siguiendo así el ejemplo del rey que me sacó del polvo, aunque apenas valgo lo que un dracma!’

Tanto gustó esta respuesta al rey Khosrú, que hizo que dieran cuatro mil dracmas más al pescador, y ordenó a los pregoneros públicos que gritaran por todo el Imperio: ‘No hay que dejarse guiar nunca por el consejo de las mujeres. ¡Porque quien las escucha comete dos faltas cuando quiere evitar la mitad de una!’

Al oír esta anécdota, dijo el rey Schahriar: ‘Apruebo completamente la conducta de Khosrú y su desconfianza con respecto a las mujeres. ¡Ellas son la causa de muchas calamidades!’

Pero ya decía Schehrazada. sonriendo:


El reparto

Una noche, el califa Harún Al-Raschid se quejaba de insomnios ante su visir Giafar y su portaalfanje Massrur, cuando de pronto soltó Massrur una carcajada. El califa le miró fruciendo las cejas, y le dijo: ‘¿De qué te ríes así? ¿Es que estás loco, es que te burlas?’ Massrur contestó: ‘¡No, por Alah ¡oh Emir de los Creyentes! te juro por el parentesco que te une al Profeta que mi risa no obedece a ninguna de esas causas, sino sencillamente a que me he acordado de las buenas ocurrencias de un tal Ibn Al-Karabí, alrededor del cual hacían corro ayer en el Tigris para escucharle’.

El califa dijo: ‘En tal caso, ve enseguida a buscar a ese Ibn Al-Karabí. ¡Acaso consiga dilatarme un poco el pecho!’

Al punto corrió Massrur en busca del chistoso Ibn Al-Karabí, y habiéndole encontrado, le dijo: ‘Le hablé de ti al califa, y me ha enviado a buscarte para que le hagas reír’.

El otro contestó: ‘Escucho y obedezco’. Massrur añadió entonces: ‘¡Sí, te conduzco muy gustoso a presencia del califa; pero ha de ser con la condición de que desde luego me darás las tres cuartas partes de lo que el califa te regale como remuneración!’ lbn Al-Karabí dijo: ‘¡Eso es demasiado! Te daré dos terceras partes por tu corretaje. ¡Creo que es bastante!’

Después de algunas dificultades respecto al pago, Massrur acabó por aceptar el convenio, y condujo al hombre a presencia del califa.

Al verle entrar, le dijo Al-Raschid: ‘Parece ser que tienes ocurrencias muy divertidas. ¡A ver cómo las hilvanas! ¡Pero has de saber que si no consigues hacerme reír te espera una paliza!’

El resultado de esta amenaza fue helar completamente el ingenio de Ibn Al-Karabí, que no supo encontrar entonces más que banalidades de efecto desastroso; porque, en vez de reír, Al- Raschid sentía aumentar su irritación, y exclamó por último:

‘¡Que le administren cien bastonazos en las plantas de los pies, para desviar la sangre que le obstruye el cerebro!’

Al punto acostaron al hombre y le fueron administrando por cuenta bastonazos en las plantas de los pies. De repente, cuando pasaron del número treinta, exclamó el hombre: ‘¡Que remuneren ahora a Massrur con las dos terceras partes que quedan de bastonazos, porque así lo hemos convenido entre nosotros!’

Entonces, a una señal del califa, se apoderaron de Massrur los guardias, le acostaron y comenzaron a hacerle sentir en las plantas de los pies el compás del bastón. Pero, a los primeros golpes, exclamó Massrur: ‘¡Por Alah, que me contento muy gustoso con la tercera parte, y aun con la cuarta, y le cedo todo lo demás!’

Al oír estas palabras, el califa se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero, e hizo que a cada uno de los dos pacientes le dieran mil dinares.

Luego no quiso Schehrazada dejar transcurrir la noche sin contar la siguiente anécdota:


El maestro de escuela

Una vez, un hombre cuyo oficio consistía en vagabundear y vivir a costa de los demás, tuvo la idea de hacerse maestro de escuela aunque no sabía leer ni escribir, porque aquel era el único oficio capaz de permitirle ganar dinero sin tener que hacer nada porque es notorio que se puede ser maestro de escuela, e ignorar completamente las reglas y rudimentos de la lengua; basta con ser un taimado que haga creer a los demás que es un gran gramático; y ya se sabe que el gramático sabio es, por lo general, un pobre hombre de ingenio corto, mezquino, humillante, incompleto e impotente. Así, pues, nuestro vagabundo se erigió en maestro de escuela sin necesitar más que aumentar el número de vueltas y el volumen de su turbante, y de esta guisa abrió al final de una callejuela una sala que decoró con muestras de escritura y otras cosas semejantes, y esperó allá a que llegasen los clientes.

Y he aquí que al ver un turbante tan imponente, los vecinos del barrio no dudaron por un instante de la ciencia de su convecino, y se apresuraron a enviarle sus hijos...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discreta.”

Continuará: La tricentésima octogésima tercera noche…

Para los nuevos suscriptores:
La primera entrada está en Las mil noches y una noche. Antecedentes, de donde pueden navegar dando click en la opción “Entrada más reciente“, al pié de la página.

Saludos
Valram

¡Recibe la colección competa en tu e-mail!, suscríbete aquí, ¡es completamente gratis!

lunes, 24 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima octogésima primera noche

_______________________________

“Pero cuando llegó la 381ª noche

Ella dijo:

‘¡... Es licor de hombre, ¡oh Emir de los Creyentes!’ El califa preguntó: ‘¿Y cuál puede ser su origen inmediato?’

Muy perplejo y sin querer afirmar una cosa que le hubiera atraído la enemistad de Sett Zobeida, el kadí se puso a mirar al techo como si reflexionase, y divisó en una grieta el ala de un murciélago que se había metido allí.

Y le iluminó el entendimiento una idea salvadora, y dijo: ‘¡Dame una lanza, oh Emir de los Creyentes!’ El califa le entregó una lanza, y Abi-Yussuf pinchó con ella al murciélago, que hubo de caer pesadamente. Entonces dijo el kadí: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! ¡Los libros de medicina nos enseñan que el murciélago tiene un licor que se parece de un modo asombroso al del hombre. Sin duda que el delito lo cometió él mirando a Sett Zobeida dormida! ¡Ya ves que acabo de castigarle con la muerte!’

Aquella explicación satisfizo completamente al califa, que sin dudar ya de la inocencia de su esposa, colmó de presentes al kadí en prueba de gratitud. Y por su parte, Sett Zobeida, en el límite del júbilo, le hizo suntuosos regalos y le invitó a quedarse con ella y el califa para comerse algunos frutos y primicias que les habían llevado. El kadí se sentó en la alfombra entre el califa y Sett Zobeida, y Sett Zobeida mondó un plátano y le dijo, ofreciéndoselo: ‘En mi jardín tengo otras frutas raras en esta época del año; ¿las prefieres a los plátanos?’

El kadí contestó: ‘Tengo por norma ¡oh mi señora! no sentenciar nunca acerca de lo que no conozco. ¡Es preciso, pues, que vea esas primicias para compararlas con estas primicias y dar luego mi opinión sobre sus respectivas excelencias!’ Sett Zobeida hizo que cogieran las primicias de su jardín y se las trajeran enseguida, y cuando las probó el kadí, le preguntó: ‘¿Qué frutas prefieres ahora?’ El kadí sonrió con suficiencia, miró al califa, después a Sett Zobeida, y les dijo: ‘¡Por Alah, que es muy difícil la respuesta! ¡Porque si prefiero una de estas frutas, condenaré la otra, y me expongo así a la indigestión que el rencor de esta última me ocasionaría!’

¡Y al oír semejante respuesta, Al-Raschid y Sett Zobeida se echaron a reír de tal modo, que se cayeron de espaldas!

Y como Schehrazada notó por ciertos indicios que el rey Schahriar parecía condenar sin misericordia a Sett Zobeida; culpándola a ella sola del delito, se apresuró a contarle, para distraerle, la siguiente anécdota:


¿Macho o hembra?

Entre diversas anécdotas del gran Khosrú, rey de Persia, cuentan que este rey era muy aficionado al pescado. Un día en que estaba sentado en su terraza, con su esposa la bella Schirín, llegó un pescador que le llevaba como presente un pez de tamaño y hermosura extraordinarios. Maravillado quedó el rey con aquel presente, y ordenó que dieran al pescador cuatro mil dracmas. Pero la bella Schirín, que jamás aprobada la generosa prodigalidad del rey, esperó a que el pescador se fuera, y dijo: ‘No conviene ser pródigo hasta el punto de dar a un pescador cuatro mil dracmas por un solo pez. Deberías hacer que te devolviera esa suma, porque si no, en lo sucesivo, cuantos te traigan un presente regularán sus pretensiones tomando como punto de partida ese precio; ¡y no podrás entonces complacerles!’

El rey Khosrú contestó: ‘¡Pero sería indigno de un rey admitir de nuevo lo que dio! ¡Olvidemos, pues, lo pasado!’ Pero Schirín contestó: ‘¡No, no es posible dejar así la cosa! Hay un medio de recuperar la suma sin que el pescador ni nadie tenga nada que decir. No tienes más que hacer venir otra vez al pescador y preguntarle: ‘¿Es macho o hembra el pez que me has traído?’ Si te contesta es macho, se lo devuelves, diciendo: ‘¡Lo que yo quiero es una hembra!’; y si te dice que es hembra, se lo devuelves también, diciendo: ‘¡Lo que yo quiero es un macho!’

El rey Khosrú, que amaba con un amor extremado a la bella Schirín, no quiso contrariarla, y aunque a disgusto; se apresuró a hacer lo que le aconsejaba ella. Pero el pescador era un hombre dotado precisamente de un ingenio muy fino, y cuando Khosrú, después de llamarle, le preguntó: ‘¿Es macho o hembra el pez?’, besó la tierra y contestó: ‘¡Ese pez ¡oh rey! es hermafrodita!’

Al oír estas palabras, Khosrú se sintió satisfecho y se echó a reír: luego ordenó a su intendente que diera al pescador ocho mil dracmas en lugar de cuatro mil. El pescador se fue con el intendente, que le contó los ocho mil dracmas, y los puso en el saco que le había servido para llevar el pez, y salió.

Cuando pasaba por el patio del palacio, dejó caer del saco, inadvertidamente, un dracma de plata. Enseguida se apresuró a poner su saco en el suelo, buscando aquel dracma y recogiéndolo con verdadera satisfacción.

Y he aquí que Khosrú y Schirín le observaban desde la terraza y vieron lo que acababa de ocurrir. Entonces, aprovechando la ocasión que se le presentaba, exclamó Schirín...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana v se calló discretamente.”

Continuará: La tricentésima octogésima segunda noche…

Para los nuevos suscriptores:
La primera entrada está en Las mil noches y una noche. Antecedentes, de donde pueden navegar dando click en la opción “Entrada más reciente“, al pié de la página.

Saludos
Valram

¡Recibe la colección competa en tu e-mail!, suscríbete aquí, ¡es completamente gratis!