domingo, 30 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima octogésima séptima noche

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“Y cuando llegó la 387ª noche

Ella dijo:

... Entonces dijo el emir El-Hadj: ‘!Que le cuelguen!’ Pero el hombre se echó a los pies del emir y le dijo: ‘!Oh emir! Por los méritos del Enviado de Alah (¡con él la plegaria y la paz) te conjuro que escuches mi historia, y luego harás de mí lo que juzgues equitativo hacer!’ Accedió el emir con un signo de cabeza, y el condenado la horca dijo:

‘Has de saber ¡oh emir nuestro! que tengo por oficio recoger las inmundicias de las calles, y además limpio tripas de carnero, para venderlas y ganarme la vida. Pero he aquí que un día iba yo tranquilamente detrás de mi borrico, cargado con tripas sin vaciar aún, que acababa de sacar del matadero, cuando me encontré con una muchedumbre de personas asustadas que huían por todas partes o se ocultaban detrás de las puertas; y un poco más lejos vi unos esclavos armados con largas varas, para dispersar a su paso a todos los transeúntes. Me informé de lo que podría ser aquello, y me contestaron que iba a pasar el harén de un gran personaje, y era preciso que no subiese por la calle ningún transeúnte. Entonces, como sabía que me exponía a un verdadero peligro si me obstinaba en continuar mi camino, paré mi borrico y me metí con él en el rincón de una muralla procurando que no me advirtieran y volviendo la cara al muro para no sentir la tentación de mirar a las mujeres de aquel gran personaje. No tardé en oír que pasaba el harén, al cual no me atrevía a mirar, y ya pensaba en volverme y continuar mi camino, cuando me sentí cogido bruscamente por dos brazos de negro, y vi mi asno entre las manos de otro negro que se alejó con él. Y aterrado volví la cabeza, y vi en la calle, mirándome todas, treinta jóvenes, en medio de las cuales se hallaba otra, comparable por sus miradas lánguidas a una gacela a quien la sed hiciese menos huraña, y por su talle frágil y elegante a la rama flexible del bambú. Y con las manos atadas a la espalda por el negro, me arrastraron a la fuerza los otros eunucos, a pesar de mis protestas y a pesar de los gritos y testimonios de todos os transeúntes que me vieron adosado al muro y que decían a mis raptores: ‘¡Pero si no ha hecho nada! ¡Es un pobre hombre que barre basuras y limpia tripas! ¡Es ilícito ante Alah detener y maniatar a un inocente!’ Pero sin querer escuchar nada, continuaron arrastrándome en pos del harén.

‘En tanto, yo pensaba para mí: «¿Qué delito he podido cometer? Sin duda todo se debe al olor bastante desagradable de las tripas que ha herido el olfato de esa dama, la cual acaso esté encinta y haya sentido entonces algún trastorno interno. Creo que tal será el motivo, quizá también mi aspecto un tanto repugnante y mi traje roto, que deja ver las vergüenzas de mi persona. ¡No hay recurso más que en Alah!»

‘Siguieron, pues, arrastrándome los eunucos, entre las protestas de los transeúntes apiadados de mí, hasta que llegamos todos a la puerta de una casa grande, y me hicieron entrar en una antesala cuya magnificencia no sabría yo describir nunca.

Y pensé en mi ánima «He aquí el sitio que se reserva para mi suplicio. ¡Me matarán, y nadie de mi familia sabrá la causa de mi desaparición!» Y en aquellos instantes también pensé en mi pobre borrico, que era tan servicial y que jamás coceaba ni derribaba las tripas o las banastas de basura.

Pero pronto me sacó de mis aflictivos pensamientos la llegada de un guapo esclavito, que fue a rogarme dulcemente que le siguiera, y me condujo a un hammam, donde me recibieron tres hermosas esclavas, que me dijeron: «¡Date prisa a quitarte esos andrajos!» Así lo hice, y al punto me introdujeron ellas en la sala caldeada, en la cual me bañaron con sus propias manos, encargándose una de mi cabeza, otra de mis piernas, otra de mi vientre: me dieron masaje, me friccionaron, me perfumaron y me secaron. Tras de lo cual lleváronme ropas magníficas y me rogaron que me las pusiese. Pero yo estaba muy perplejo y no sabía por dónde cogerlas ni cómo ponérmelas, porque nunca en mi vida las había visto iguales; y dije a las jóvenes: «¡Por Alah, oh mis señoras! ¡Creo que voy a seguir desnudo, pues jamás conseguiré yo solo vestirme con estas ropas tan extraordinarias!»

Entonces se acercaron ellas a mí riendo, y me ayudaron a vestirme, haciéndome al mismo tiempo cosquillas, y pellizcándome, y tomando a peso mi mercancía, que encontraron enorme y de buena calidad...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y sé calló discretamente.”

Continuará: La tricentésima octogésima octava noche…

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Valram

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sábado, 29 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima octogésima sexta noche

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“Pero cuando llegó la 386ª noche

Ella dijo:

‘...el tercero y último día de tu hospitalidad encantadora?’ Ella me contestó: ‘Ya empiezas a ser indiscreto. ¡Pero, puesto que tan agradable es tu primo, puedes traérmele!’ Le di las gracias y me fui por el mismo camino que la víspera.

Al llegar a mi casa, encontré allí a los guardias del califa, que me abrumaron con injurias, se apoderaron de mí y me arrastraron a la presencia de El-Mamúm. Le vi sentado en el trono como en sus peores días de cólera, con los ojos llameantes y terribles. Y apenas me divisó, exclamó: ‘¡Ah hijo de perro, osaste desobedecerme!’ Yo le dije: ‘¡No, por Alah! ¡Oh Emir de los Creyentes! ¡Puedo justificarme!’ Dijo él: ‘¿Y cómo?’ Yo contesté: ‘¡No te lo puedo decir más que en secreto!’ Ordenó al punto a todos los circunstantes que se retiraran, y me dijo: ‘¡Habla!’ Entonces le conté la aventura con todos sus detalles y añadí: ‘¡Y ahora la joven nos espera a los dos para esta noche, porque así se lo he prometido!’

Cuando oyó El-Mamúm estas palabras, se serenó y me dijo: ‘¡Cierto que es excelente la razón que alegas! ¡Y estuviste muy inspirado al pensar en mí para esta noche!’ Y desde aquel instante ya no supo qué hacer para esperar con paciencia la llegada de la noche. Y le recomendé mucho que tuviese cuidado de no descubrirse y descubrirme llamándome por mi nombre delante de la joven. Me lo prometió formalmente, y en cuanto llegó el momento oportuno se disfrazó de mercader y me acompañó a la callejuela.

Encontramos en el sitio de costumbre dos cestos en lugar de uno, y cada cual nos colocamos en uno de ellos. Subimos así, y ya en la terraza, bajamos a la magnífica sala consabida, donde fue a reunirse con nosotros la joven, más bella que nunca aquella noche.

Al verla, noté que el califa quedaba locamente prendado de ella. Pero cuando se puso a cantar, llegó él al delirio, tanto más cuanto que los vinos que nos servía la joven graciosamente nos habían ya turbado la razón. En su alegría y su entusiasmo, el califa olvidó de pronto la resolución tomada, y me dijo: ‘Bueno, Ishak, ¿a qué esperas para responderle con algún cántico basado en un aire nuevo de tu invención?’

Entonces, muy azorado, me vi en la obligación de contestar: ‘¡Escucho y obedezco, oh Emir de los Creyentes!’

No bien hubo oído estas palabras la joven, nos contempló un instante y se levantó a toda prisa para cubrirse el rostro y desaparecer, como cumple a cualquier mujer que se halle en presencia del Emir de los Creyentes. Entonces, El-Mamúm, un poco contrariado por la marcha de la joven a causa del olvido que tuvo él, me dijo: ‘¡Infórmate al instante quién es el dueño de esta casa!’ Entonces hice llamar a la vieja nodriza y se lo pregunté de parte del califa. Me contestó ella: ‘¡Qué calamidad cae sobre nosotros! ¡Qué oprobio se cierne sobre nuestra cabeza! ¡Esa joven es la hija del visir Hassán ben-Sehl!’ Enseguida dijo El-Mamúm: ‘¡A mí el visir!’ La vieja desapareció temblando, y algunos momentos después hacía su entrada entre las manos del califa el visir Hassán ben-Sehl en el límite de la estupefacción.

Al verle, se echó a reír El-Mamúm, y le dijo: ‘¿Tienes una hija?’ El otro contestó: ‘¡Sí! ¡Oh Emir de los Creyentes!’ el califa preguntó: ‘¿Cómo se llama?’ El visir contestó: ‘¡Khadiga!’ El califa preguntó: ‘¿Está casada o es virgen?’ El visir contestó: ‘Es virgen, ¡oh Emir de los Creyentes!’ El califa dijo: ‘¡Quiero que me la des por esposa legítima!’

El visir exclamó: ‘¡Mi hija y yo somos los esclavos del Emir de los Creyentes!’ El califa dijo: ‘¡Le asigno cien mil dinares de dote, que tú mismo cobrarás del tesoro en palacio mañana por la mañana! ¡Y al propio tiempo harás conducir a tu hija a palacio, con toda la magnificencia adecuada a la ceremonia del matrimonio, y sortearás entre todas las personas del cortejo de la recién casada mil poblados y mil tierras de mis propiedades particulares, como regalo de mi parte!’

Tras de lo cual se levantó el califa, y le seguí. Salimos por la puerta principal aquella vez, y me dijo él: ‘Guárdate bien, Ishak, de hablar de la aventura a nadie. ¡Tu cabeza me responderá de tu discreción!’

Y guardé el secreto hasta la muerte del califa y de Sett Khadiga, que sin duda era la mujer más bella que han visto mis ojos entre las hijas de los hombres. ¡Pero Alah es más sabio!’

Cuando Schehrazada acabó de contar esta anécdota, la pequeña Doniazada exclamó desde el sitio en que permanecía acurrucada: ‘¡Oh hermana mía, cuán dulces y sabrosas, y gentiles son tus palabras!’

Y Schehrazada sonrió, y dijo: ‘¿Pues qué será cuando oigas la anécdota del Mondonguero?’ Y dijo en seguida:


El parterre florido del ingenio y el Jardín de la Galantería
(Continuación) (sic)

El mondonguero

Cuentan que un día, en la Meca, en la época de la peregrinación anual, cuando la multitud compacta de los hadjs daba las siete vueltas alrededor de la Kaaba, se destacó del grupo un hombre, que se acercó a la pared de la Kaaba, y cogiendo con las dos manos el velo sagrado que cubría todo el edificio, se puso en actitud de orar, y exclamó con acento que le salía del fondo del corazón: ‘¡Haga Alah que de nuevo se enfade con su marido esa mujer, para que pueda yo acostarme con ella!’

Cuando los hadjs oyeron formular tan extraña plegaria en aquel lugar santo, se escandalizaron de tal manera, que se precipitaron sobre el hombre, lo arrojaron a tierra y lo molieron a golpes. Tras de lo cual lo arrastraron a presencia del emir El-Hadj, que tenía amplios poderes para ejercer su autoridad sobre todos los peregrinos, y le dijeron: ‘Hemos oído a este hombre, ¡oh emir! proferir palabras impías mientras tenía cogido el velo de la Kaaba’. Y le repitieron las palabras pronunciadas.

Entonces dijo el emir El-Hadj: ‘¡Que le cuelguen! ...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”

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