jueves, 5 de noviembre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La cuadringentésima quincuagésima cuarta noche

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“Y cuando llegó la 454ª noche

Ella dijo:

‘…y aceptar un bocado de comida en mi casa?’ El joven contestó: ‘¡Cuando a uno le invitan, no es posible rehusar!’ Entonces echó a andar ella delante de él, y él la siguió de calle en calle, caminando a cierta distancia.

Y mientras caminaba así detrás de ella, iba pensando él: ‘¡Ya Alí, lo que hiciste resulta una imprudencia en un extranjero recién llegado! ¿Quién sabe si no te vas a ver expuesto al rencor del marido, que puede caer de improviso sobre ti mientras duermes, y cortarte en venganza tu gallo y los huevos que empolla?

Y he aquí que el Sabio ha dicho:

‘¡Al que copula en un país extranjero donde le hospedan, le castigará el Gran Hospitalario!’

Será, por consiguiente, más razonable por parte tuya excusarte cortésmente con ella, diciéndole algunas palabras amables’. Aprovechó, pues, el momento en que llegaban a un lugar retirado, se acercó a ella, y le dijo: ‘Mira, ¡oh jovenzuela! toma este dinar para ti y dejemos nuestra entrevista para otro día’. Ella contestó: ‘¡Por el Nombre Más Grande! es absolutamente preciso que seas hoy mi huésped, porque nunca me he sentido tan predispuesta como hoy a los escarceos múltiples y a los juegos ardorosos’.

Entonces la siguió, y llegó con ella frente a una vasta casa cuya puerta estaba cerrada con fuerte cerradura de madera. Y la joven hizo ademán de buscar en su vestido la llave, y exclamó luego contrariada: ‘¡Pues he perdido mi llave! ¿Cómo vamos a arreglarnos para abrir ahora?’ Después fingió tomar una decisión, y le dijo: ‘¡Abre tú!’. El dijo: ‘¿Cómo voy a abrir sin llave una cerradura? ¡No me atrevo a forzarla!’

Por toda respuesta le lanzó ella bajo el velo dos miradas, que le abrieron sus cerraduras más profundas; luego añadió: ‘¡No tendrás más que tocarla y se abrirá!’ Y Azogue puso su mano en la cerradura, y la puerta se abrió. Entraron ambos, y le condujo ella a una sala llena de armas hermosas y alfombrada con hermosos tapices, donde le hizo sentarse. Extendió sin tardanza el mantel, y sentándose junto al joven, se puso a comer en su compañía y a colocarle ella misma la comida entre los labios, bebiendo luego con él y divirtiéndose sin permitirle siquiera que la tocara, o la diera un beso, o un pellizco, o un mordisco; porque en cuanto se inclinaba él hacia ella para besarla, ella interponía la mano vivamente entre su mejilla y los labios del joven, y el beso iba a darle en la mano solamente. Y a las demandas apremiantes de Alí, contestaba Zeinab:

‘¡La voluptuosidad no llega a su plenitud más que por la noche!’

Terminada de tal suerte su comida, se levantaron para lavarse las manos y salieron al patio, acercándose al pozo; y Zeinab quiso manejar por sí sola la cuerda y la polea y sacar el cubo del fondo del pozo; pero de pronto lanzó un grito y se asomó al brocal, golpeándose el pecho y retorciéndose los brazos presa de una desesperación extremada; y le preguntó Azogue: ‘¿Qué te ocurre, ojos míos?’ Ella contestó: ‘Acaba de escurrírseme y caérseme al fondo del pozo mi sortija de rubíes, que me estaba grande. ¡Me la había comprado mi marido ayer por quinientos dinares! ¡Y como me estaba muy grande, la achiqué con cera; pero no me sirvió de nada, pues acaba de caérseme ahí abajo!’

Luego añadió: ‘¡Ahora mismo voy a ponerme desnuda y a bajar al pozo, que no es profundo, para buscar mi sortija! ¡Vuélvete, pues, de cara a la pared para que pueda desnudarme!’ Pero Azogue contestó: ¡Qué vergüenza para mí ¡oh mi señora! si consintiera yo que en mi presencia te tomaras el trabajo de bajar! ¡Yo solo bajaré a buscar en el fondo del agua tu sortija!’ Y al momento se desnudó completamente, cogióse con las dos manos a la cuerda de fibras de palmera de la garucha, y se dejó bajar en el cubo al fondo del pozo.

Cuando tocó el agua, soltó la cuerda y se sumergió en busca de la sortija; y le llegaba a los hombros el agua fría y negra en la oscuridad. Y en aquel mismo instante Zeinab la Embustera tiró con viveza del cubo y gritó a Azogue: `¡Ya puedes llamar para que te socorra a tu amigo Ahmad-la- Tiña!’ Y se apresuró a salir de la casa llevándose las ropas de Azogue. Luego, sin cerrar detrás de ella la puerta, se volvió con su madre.

Y he aquí que la casa adonde Zeinab había arrastrado a Azogue pertenecía a un emir del diwán, ausente entonces para ir a sus asuntos. Así es que cuando estuvo de regreso en su casa y vio la puerta abierta, no le cupo duda de que allí había entrado un ladrón, y llamó a su palafrenero y empezó a hacer pesquisas por toda la casa; pero al ver que no se habían llevado nada y que no había huellas de ladrones, no tardó en tranquilizarse. Luego, como quería hacer sus abluciones, dijo a su palafrenero: ‘¡Coge el jarro y llénamelo con agua fresca del pozo!’ Y el palafrenero fue al pozo e hizo bajar el cubo, y cuando lo creyó bastante lleno quiso tirar de él; pero lo encontró extraordinariamente pesado. Entonces miró al fondo del pozo y divisó sentada en el cubo una vaga forma negra que le pareció un efrit. Al ver aquello, soltó la cuerda y echó a correr, gritando enloquecido: ‘¡Ya sidi! ¡En el pozo hay un efrit! ¡Está sentado en el cubo!

Entonces le preguntó el emir: ‘¿Y cómo es?’ El palafrenero dijo: ‘¡Es terrible y negro! ¡Y gruñía como un cochino!’ El emir le dijo: ‘¡Corre a buscar a cuatro sabios lectores del Korán para que vengan a leer el Korán en presencia de ese efrit y a exorcizarle...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La cuadringentésima quincuagésima quinta noche…

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Valram

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La cuadringentésima quincuagésima tercera noche

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“Y cuando llegó la 453ª noche

Ella dijo:

...En cuanto a Alí Azogue, tuvo paciencia para permanecer encerrado tres días en casa de su amigo. Pero al cuarto día, sintió que se le contraía el corazón y se le oprimía el pecho, y preguntó a Ahmad si era ya tiempo de comenzar las hazañas que debían ilustrarle y hacerle merecedor de los favores del califa. Ahmad contestó: ‘Cada cosa a su hora, hijo mío. ¡Déjame a mí solo el cuidado de ocuparme de ti y predisponer para contigo al califa antes de que emprendas tus hazañas!’

Pero en cuanto salió Ahmad-la-Tiña, Alí Azogue no pudo estarse quieto, y se dijo: ‘¡Voy a tomar un poco de aire nada más para dilatarme el pecho!’ Y dejó la casa y empezó a recorrer las calles de Bagdad, trasladándose de un lugar a otro y deteniéndose a veces en casa de un pastelero o en la tienda de un cocinero para tomar un bocado o devorar cualquier cosa de pastelería. Y he aquí que divisó un cortejo de cuarenta negros vestidos de seda roja, cubiertos con gorros altos de fieltro blanco y armados de grandes machetes de acero. Iban ordenados de dos en dos; y detrás de ellos, montada en una mula con ricos jaeces; cubierta con un casco de oro coronado por una paloma de plata, y vestida con una cota de malla de acero, avanzaba, en medio de su gloria y su esplendor, la directora de las palomas, Dalila la Taimada.

Precisamente acababa de salir del diwán y volvía al khan. Pero al pasar por delante de Alí Azogue, a quien no conocía y que no la conocía a ella, quedó asombrada de su belleza, de su juventud, de su buen aspecto, de su apostura elegante, de su apariencia agradable y sobre todo de su semejanza en la expresión de la mirada con el propio Ahmad-la-Tiña, su enemigo. Y al punto dijo unas palabras a uno de sus negros, que fue a informarse a hurtadillas, entre los mercaderes del zoco, acerca del nombre y la condición del hermoso joven; pero ninguno pudo decirle nada. Así es que cuando Dalila regresó a su pabellón del khan, llamó a su hija Zeinab y le dijo que le llevara la mesa de la arena adivinatoria; luego añadió: ‘¡Hija mía, acabo de encontrarme en el zoco con un joven tan hermoso, que la belleza le reconocería como uno de sus favoritos! ¡Pero ¡oh hija mía! su mirada se asemeja de un modo muy extraño a la de nuestro enemigo Ahmad-la-Tiña! ¡Y mucho me temo que ese extranjero a quien nadie en el zoco conoce, haya venido a Bagdad para jugarnos alguna mala pasada! ¡Por eso voy a consultar acerca de él a mi mesa adivinatoria!’ Tras estas palabras, agitó la arena a estilo cabalístico, murmurando palabras talismánicas y leyendo al revés unos renglones de escritura hebrea; luego en un libro mágico combinaciones algebraicas y químicas de números y letras, y encarándose con su hija, le dijo: ‘Oh hija mía! ese hermoso joven se llama Alí Azogue y viene de El Cairo! ¡Es amigo de nuestro enemigo Ahmad-la-Tiña, que no le ha hecho venir a Bagdad más que para jugarnos una mala pasada y vengarse así de la que tú misma le jugaste emborrachándole y quitándole el traje a él y a sus cuarenta. Además, sé que vive en casa de Ahmad-la-Tiña’.

Pero le contestó su hija Zeinab: ‘¡Oh madre mía! y después de todo; ¿qué nos importa el tal individuo? ¡No hagas caso de ese jovenzuelo imberbe!’

La vieja contestó: ‘¡La arena adivinatoria acaba de revelarme también que la suerte de ese joven sobrepujará con mucho a mi suerte y a la tuya!’ Zeinab dijo: ‘Ahora vamos a verlo, ¡oh madre!’ Y enseguida se puso su ropa mejor, después de haberse sombreado la mirada con su barrita de kohl y juntado las cejas con su pasta negra fumada, y salió para ver si encontraba al consabido joven.

Empezó a recorrer lentamente los zocos de Bagdad balanceando sus caderas y guiñando los ojos por debajo de su velo, y lanzando miradas destructoras de corazones, y prodigando a su paso sonrisas para unos, promesas tácitas para otros, coqueterías, mimos, arrumacos, respuestas con las pupilas, preguntas con las cejas, asesinatos con las pestañas, despertares con los brazaletes, música con sus cascabeles y fuego en todas las entrañas, hasta que ante el escaparate de un vendedor de kenafa se encontró con el propio Alí Azogue, a quien conoció por su hermosura. Entonces se acercó a él, y como por inadvertencia le dio con él hombro un golpe que le hizo vacilar, y fingiéndose enfadada porque la habían tropezado, le dijo: ‘¡Vivan los ciegos! ¡Oh clarividente!’

Al oír estas palabras, Alí Azogue se limitó a sonreír junto a la bella joven cuya mirada le traspasaba ya de una parte a otra, y contestó: ‘¡Oh, cuán hermosa eres, jovenzuela! ¿A quién perteneces?’ Ella entornó por debajo del velo sus ojos magníficos, y contestó: ‘¡A todo ser bello que se parezca a ti!’ Azogue preguntó: ‘¿Estás casada o eres virgen?’ Ella contestó: ‘¡Casada para suerte tuya!’ El dijo: ‘¿Será, entonces, en mi casa o en tu casa?’ Ella contestó: ‘Prefiero en mi casa. Sabe que estoy casada con un mercader, y soy hija de un mercader. Y hoy es la vez primera que por fin puedo salir de casa, porque mi esposo acaba de ausentarse por una semana. Y he aquí que en cuanto él marchó quise divertirme, y dije a mi servidora que guisara para mí manjares muy apetitosos. ¡Pero como los más apetitosos manjares no serían deliciosos sin la sociedad de los amigos, he salido de casa en busca de alguien tan hermoso y tan bien educado como tú para que comparta mi comida y pase conmigo la noche! Y te he visto, y se me entró en el corazón tu amor. ¿Te dignarás, pues, regocijarte el alma, aliviarte el corazón y aceptar un bocado de comida en mi casa...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La cuadringentésima quincuagésima cuarta noche…

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