viernes, 20 de noviembre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La cuadringentésima sexagésima novena noche

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“Pero cuando llegó la 469ª noche

Ella dilo:

‘...El moghrabín le preguntó: ‘¿Has visto pasar moghrabines por aquí?’ El pescador contestó: ‘¡Dos!’ El otro preguntó: ‘¿Por dónde han ido?’ El pescador dijo: ‘¡Les até los brazos y les tiré a este lago, en donde se ahogaron! ¡Y si te conviene seguir su suerte, puedo hacer contigo lo mismo!’

Al oír estas palabras, el moghrabín se echó a reír y contestó: ‘¡Oh, pobre! ¿No sabes que toda vida tiene fijado de antemano su término?’

Y se apeó de su mula, y añadió tranquilamente: ‘¡Oh Juder, deseo que hagas conmigo igual que hiciste con ellos!’ Y sacó de sus alforjas unos cordones gordos de seda y se los entregó; y le dijo Juder: ‘¡Entonces deja que te coja las manos para atártelas a la espalda; y date prisa, porque estoy muy atareado y el tiempo apremia! ¡Por lo demás, estoy muy al corriente del oficio, y puedes tener confianza en mi habilidad de ahogador!’

Entonces el moghrabín le presentó los brazos. Juder se los ató a la espalda; luego lo levantó en alto y lo arrojó al lago, en donde le vio hundirse y desaparecer. Y antes de marcharse con la mula, esperó a que saliesen del agua los pies del moghrabín; pero con gran sorpresa por su parte, vio que surgían del agua las dos manos precediendo a la cabeza y al moghrabín entero, que le gritó: ‘¡No sé nadar! ¡Cógeme en seguida con tu red, oh pobre!’ Y Juder le echó la red y consiguió sacarle a la orilla. A la sazón vio en las manos de aquel hombre, sin que lo hubiese notado antes, dos peces de color rojo como el coral, un pez en cada mano. Y el moghrabín se apresuró a coger de su mulo los dos botes de cristal, metió un pez en cada bote, los tapó, y colocó de nuevo los botes en las alforjas. Tras de lo cual volvió hacia Juder, y cogiéndole en brazos, se puso a besarle con mucha efusión en la mejilla derecha y en la mejilla izquierda; y le dijo: ‘¡Por Alah! ¡Sin ti no estaría vivo yo ahora, y no hubiera podido atrapar estos dos peces!’ ¡Eso fue todo!

Y he aquí que Juder, que estaba inmóvil de sorpresa, acabó por decirle: ‘¡Por Alah, oh mi señor peregrino! ¡Si verdaderamente crees que intervine algo en tu liberación y en la captura de esos peces, cuéntame pronto, como única prueba de gratitud, lo que sepas con respecto de los dos moghrabines ahogados, y la verdad acerca de los dos peces consabidos y acerca del judío Schamayaa el del zoco!’

Entonces dijo el moghrabín:

‘¡Oh Juder! Sabe que los dos moghrabines que se ahogaron eran hermanos míos. Uno se llamaba Abd Al-Salam y el otro se llamaba Abd Al-Abad. En cuanto a mí me llamo Abd Al-Samad. Y el que tú crees judío no tiene nada de judío, pues es un verdadero musulmán del rito malekita; su nombre es Abd Al-Rahim, y también es hermano nuestro. Y he aquí ¡ya Juder! que nuestro padre, que se llamaba Abd Al-Wadud, era un gran mago que poseía a fondo todas las ciencias misteriosas, y nos enseñó a sus cuatro hijos la magia, la hechicería y el arte de descubrir y abrir los tesoros más ocultos. Así es que hubimos de dedicarnos incesantemente al estudio de esas ciencias en las que logramos alcanzar tal grado de sabiduría, que acabamos por someter a nuestras órdenes a los genn, a los mareds y a los efrits.

‘Cuando murió nuestro padre, nos dejó muchos bienes y riquezas inmensas. Entonces nos repartimos equitativamente los tesoros que nos dejó, los talismanes y los libros de ciencia; pero no nos pusimos de acuerdo sobre la posesión de ciertos manuscritos. El más importante de aquellos manuscritos era un libro titulado Anales de los Antiguos, verdaderamente inestimable de precio y de valor, que ni siquiera podría pagarse con su peso en pedrerías. Porque en él se encontraban indicaciones precisas acerca de la solución de los enigmas y los signos misteriosos. Y en aquel manuscrito precisamente había agotado nuestro padre toda la ciencia que poseía.

‘Cuando comenzaba a acentuarse entre nosotros la discordia, vimos entrar en nuestra casa a un venerable jeique, el mismo que había educado a nuestro padre y le había enseñado la magia y la adivinación. Y aquel jeique, que se llamaba El Profundísimo Cohén, nos dijo: ‘¡Traedme ese libro!’ Y le llevamos los Anales de los Antiguos, que cogió él y nos dijo: ‘¡Oh hijos míos, sois hijos de mi hijo, y no puedo favorecer a uno de vosotros en detrimento de los demás! ¡Es necesario, pues, que aquel de vosotros que desee poseer este libro vaya a abrir el tesoro llamado Al- Schamardal, y me traiga la esfera celeste, la redomita de kohl, el alfanje y el anillo, que todos estos objetos contiene el tesoro! ¡Y son extraordinarias sus virtudes! En efecto, el sello está guardado por un genni, cuyo sólo nombre da miedo pronunciarlo: se llama el Efrit Trueno-Penetrante. Y el hombre que se haga dueño de este anillo, puede afrontar sin temor el poderío de los reyes y sultanes; y cuando quiera podrá ser el dominador de la tierra en todo lo que tiene de ancha y larga. Quien posea el alfanje, podrá destruir a su albedrío ejércitos sin más que blandirlo, pues al punto saldrán de él llamas y relámpagos, que reducirán a la nada a todos los guerreros. Quien posea la esfera celeste, podrá viajar a su antojo por todos los puntos del universo sin molestarse ni cambiar de sitio, y visitar todas las comarcas de Oriente a Occidente. Para ello, le bastará tocar con el dedo el punto adonde quiere ir y las regiones que desea recorrer, y la esfera empezará a dar vueltas, haciendo desfilar ante sus ojos todas las cosas interesantes del país en cuestión, así como sus pobladores, todo cual si lo tuviese entre las manos. Y si a veces está quejoso de la hospitalidad de los indígenas de cualquier país o el recibimiento que le dispensó una ciudad entre las ciudades, le bastará dirigir el sol hacia el punto en que se encuentra la región enemiga, e inmediatamente será la tal presa de las llamas y arderá con todos sus habitantes. En cuanto a la redomita de kohl, quien se frota los párpados con el kohl que contiene, ve al instante todos los tesoros ocultos en la tierra. ¡Ya lo sabéis! Así, pues, el libro no le pertenecerá de derecho más que a quien realice la empresa; y quienes fracasen, no podrán hacer reclamación ninguna. ¿Aceptáis estas condiciones?’ Contestamos: ‘Las aceptamos, ¡oh jeique de nuestro padre! ¡Pero no sabemos nada relativo a ese tesoro de Schamardal!’ Entonces nos dijo: ‘Sabed, hijos míos, que el tal tesoro de Schamardal se encuentra...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La cuadringentésima septuagésima noche…

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Valram

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jueves, 19 de noviembre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La cuadringentésima sexagésima octava noche

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“Pero cuando llegó la 468ª noche

Ella dijo:

‘¡...Pero has de guardar el secreto de todo esto!’ Entonces contestó Juder: '¡Escucho y obedezco!’ Y ató los brazos al moghrabín, que le decía: ‘¡Más fuerte todavía!’ Y cuando acabó la cosa, lo levantó y lo tiró al lago. Luego esperó algunos instantes para ver qué pasaba.

Pero al cabo de cierto tiempo vio de pronto surgir del agua los dos pies del moghrabín.

Entonces comprendió que había muerto el hombre, y sin inquietarse más por él cogió la mula y fue al zoco de los mercaderes, donde, efectivamente, vio sentado en una silla, a la puerta de su tienda, al consabido judío, que exclamó al ver la mula: ‘¡No hay duda! ha perecido el hombre!’ Luego prosiguió: ‘¡Ha sido víctima de la codicia!’ Y sin añadir una palabra, tomó de manos de Juder la mula, y le contó cien dinares de oro, recomendándole que guardara el secreto. Juder cogió, pues, el dinero del judío, y se apresuró a ir en busca del panadero, al cual tomó el pan de costumbre, y dándole un dinar, le dijo: ‘¡Esto es para pagarte lo que te debo, oh mi amo!’ Y el panadero echó la cuenta, y le dijo: ‘¡Todavía con lo que sobra, tienes pagado en mi casa el pan de dos días!’

Juder le dejó y fue en busca del carnicero y del verdulero, y dándoles un dinar a cada uno, les dijo: ‘¡Dadme lo que necesito y quedaos con el resto del dinero a cuenta de lo que compre más adelante!’ Y compró carne y verduras y lo llevó todo a su casa, donde encontró a sus hermanos con mucha hambre y a su madre que les decía que tuviesen paciencia hasta la vuelta del hermano. Entonces dejó ante ellos las provisiones, sobre las cuales se precipitaron como ghuls, y empezaron por devorar todo el pan mientras se hacía la comida.

Al día siguiente, antes de marcharse, Juder entregó a su madre todo el oro que tenía, diciéndole: ‘¡Guárdalo para ti y para mis hermanos, a fin de que nunca carezcan de nada!’

Y cogió su red de pesca, y volvió al lago Karún; y ya iba a comenzar su trabajo, cuando vio avanzar hacia él a un segundo moghrabín que se parecía al primero e iba vestido con más riqueza y montado en una mula: ‘¡La zalema contigo, oh Juder, hijo de Omar!’

El pescador contestó: ‘¡Y contigo la zalema, oh mi señor peregrino!’

El otro dijo: ‘¿Viste ayer a un moghrabín montado en una mula como ésta?’ Pero Juder, que tenía miedo que le acusaran por la muerte del hombre, se dijo que valdría más negar absolutamente, y contestó: ‘¡No, no vi a nadie!’

El segundo moghrabín sonrió y dijo: ‘¡Oh pobre Juder! ¿Acaso no sabes que no ignoro nada de lo que ha pasado? ¡El hombre a quien tiraste al lago y cuya mula vendiste al judío Schamayaa por cien dinares es mi hermano! ¿Por qué intentas negar?’

El pescador contestó: ‘Si sabías todo eso, ¿para qué me lo preguntas?’

El otro dijo: ‘Porque necesito ¡oh Juder! que me hagas el mismo servicio que a mi hermano’. Y sacó de sus alforjas preciosas unos cordones gordos de seda, que entregó a Juder, diciéndole:

‘¡Átame todo lo sólidamente que puedas y arrójame al agua! ¡Si ves salir mi pie antes que nada, es que habré muerto! ¡Entonces cogerás la mula y se la venderás al judío por cien dinares!’ Juder contestó: ‘¡Acércate, entonces!’

Y se acercó el moghrabín y Juder le ató los brazos, y levantándolo en alto lo tiró al fondo del lago.

Y he aquí que al cabo de algunos instantes vio salir del agua dos pies. Y comprendió que había muerto el moghrabín; y se dijo:

‘¡Ha muerto! ¡Que no vuelva y quédese con su calamidad! ¡Inschalah! ¿Vendrá a mí cada día un moghrabín para que le tire al agua, haciéndome ganar cien dinares?

Y cogió la mula y se fue en busca del judío, que exclamó al verle: ‘¡Ha muerto el segundo!’

Juder contestó: ¡Ojalá viva tu cabeza!’ Y añadió el judío: ‘¡Esa es la recompensa de los ambiciosos!’ Y se quedó con la mula y dio cien dinares a Juder, que volvió con su madre y se los entregó. Y le preguntó su madre: ‘¿Pero de dónde sacas tanto dinero, ¡oh hijo mío!?’ Entonces le contó él lo que le había pasado; y su madre le dijo muy asustada: ‘¡No debes volver al lago Karún! ¡Tengo miedo que los moghrabines te acarreen alguna desgracia!’

El contestó: ‘¡Pero si los tiro al agua con su consentimiento! ¡Oh madre! Además, ¿por qué no hacerlo, si el oficio de ahogador me reporta cien dinares diarios? ¡Por Alah! ¡Que ahora quiero ir todos los días al lago Karún hasta que con mis manos ahogue al último de los moghrabines y no quede la menor señal de moghrabines!’

Al tercer día, pues, volvió Juder al lago Karún, y en el mismo instante vio llegar a un tercer moghrabín, que se parecía asombrosamente a los dos primeros, pero que les superaba aún en la riqueza de sus vestidos y en la hermosura de los jaeces con que estaba adornada la mula en que montaba; y detrás de él, en cada lado de las alforjas, había un bote de cristal con su tapadera. Se acercó aquel hombre a Juder, y le dijo: ‘¡La zalema contigo, oh, Juder, hijo de Omar!’

El pescador le devolvió la zalema, pensando: ‘¿Cómo me conocerán y sabrán mi nombre todos?’

El moghrabín le preguntó...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”

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