sábado, 23 de enero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima trigésima tercera noche

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“Y cuando llegó la 533ª noche

Ella dijo:

‘...la reina Flor-de-Granada dio a su hijo el nombre de Sonrisa-de-Luna, con el asentimiento de su esposo, de su madre y de sus primas.

Entonces el príncipe Saleh, cogió al pequeñuelo en sus brazos, y empezó a besarle y a acariciarle de mil maneras, paseándole por la habitación y sosteniéndole en el aire con las manos; y de pronto tomó impulso, y desde la altura del palacio saltó al mar, sumergiéndose y desapareciendo con el niño.

Al ver aquello, el rey Schahramán empezó a lanzar gritos desesperados y a golpearse la cabeza, poseído de espanto y de dolor, hasta el punto de que parecía que se iba a morir. Pero la reina Flor-de-Granada, lejos de mostrarse asustada o afligida por semejante cosa, dijo al rey con seguro acento: ‘¡Oh rey del tiempo! no te desesperes por tan poco y estate sin ningún temor por tu hijo, pues yo, que sin duda quiero a ese niño mucho más que tú, estoy tranquila sabiendo que se encuentra con mi hermano, el cual no hubiera hecho lo que acaba de hacer si el pequeño fuese a sufrir la menor incomodidad o a enfriarse o a mojarse solamente. ¡Ten la seguridad de que el niño no corre ningún riesgo ni peligro por parte del mar, aunque sea tuya la mitad de su sangre! Porque a causa de la otra mitad de su sangre, que es mía, puede impunemente vivir en el agua como en la tierra. ¡No te alarmes más, por tanto, y persuádete de que mi hermano no tardará en volver con el niño en buena salud!’

Y la reina Langosta y las jóvenes parientes del niño confirmaron al rey las palabras de su esposa. Pero el rey no empezó a calmarse hasta no ver que el mar se conmovía y agitaba y que de su seno entreabierto salía con el pequeñuelo en brazos el príncipe Saleh, que de un salto se elevó por el aire y entró en la sala superior por la misma ventana por donde había salido. Y el pequeño estaba tan tranquilo como si se hallase en el regazo de su madre, y sonreía cual la luna en su decimocuarto día.

Al ver aquello, el rey se tranquilizó por completo y quedóse maravillado; y el príncipe Saleh le dijo: ‘Por lo visto, ¡oh rey! te asustaste mucho al verme saltar y hundirme en el mar con el pequeñuelo’. Y contestó el rey: ‘Sí, por cierto, ¡oh hijo del tío! ¡Fue extremado mi espanto, y hasta desesperaba de volver a verle nunca sano y salvo!’ El príncipe Saleh dijo: ‘En adelante, no tengas por él ningún temor, porque está para siempre al abrigo de los peligros del agua, del ahogo, de asfixia, de la humedad y de otras cosas parecidas, y durante toda su vida podrá sumergirse en el mar y pasearse por él a su antojo; pues le hice adquirir el mismo privilegio que tienen nuestros propios hijos nacidos en el mar, y para ello le he frotado las pestañas y los párpados con cierto kohl que conozco, pronunciando sobre él las palabras misteriosas grabadas en el sello de Soleimán ben-Daúd (¡con ambos la plegaria y la paz!)

Después de pronunciado este discurso, el príncipe Saleh entregó el pequeñuelo a su madre, que le dio de mamar; luego sacó de su cinturón el príncipe un saco que tenía la boca sellada, e hizo saltar el sello, y habiéndolo abierto, lo cogió por la parte de abajo y vertió sobre la alfombra el contenido. Y el rey vio titilar diamantes grandes como huevos de paloma, barras de esmeralda de medio pie de longitud, sartas de perlas gordas, rubíes de talla y color extraordinarios y toda clase de joyas a cual más maravillosas. Y todas estas piedras lanzaban mil fulgores multicolores que alumbraban la sala con una armonía de luces semejantes a las que se ven en sueños. Y el príncipe Saleh dijo al rey: ‘Esto es un regalo que traigo, para que me dispenséis de haber venido aquí la vez primera con las manos vacías. ¡Pero entonces no sabía yo dónde se encontraba mi hermana Flor-de-Granada, y no podía figurarme que su feliz destino la hubiese puesto en el camino de un rey como tú! ¡Este regalo, sin embargo, no es nada en comparación de los que pienso hacerte en días venideros!’ Y el rey no supo cómo dar gracias a su cuñado por aquel regalo, y encaróse con Flor-de-Granada, y le dijo: ‘¡Verdaderamente, estoy en extremo confuso por la generosidad de tu hermano para conmigo, y por la magnificencia de este regalo, que no tiene igual en la tierra y una de cuyas piedras sola vale tanto como mi reino entero!’

Y Flor-de-Granada dio las gracias a su hermano por haber pensado en cumplir con los deberes de parentesco; pero él encaróse con el rey, y le dijo: ‘¡Por Alah, ¡oh rey! que no es digno de tu rango esto! En cuanto a nosotros, jamás podremos pagar lo bastante las deudas que tu bondad nos hizo contraer contigo; y aunque mil años pasáramos todos nosotros sirviéndote por encima de nuestras caras y de nuestros ojos, no podríamos devolverte lo que te debemos; porque todo es poco en proporción de los derechos que sobre nosotros tienes’.

Al oír estas palabras, el rey abrazó al príncipe Saleh, y le dio gracias calurosamente. Luego le obligó a permanecer todavía en el palacio con su madre y sus primas cuarenta días, transcurridos entre fiestas y regocijos. Pero al cabo de este tiempo, el príncipe Saleh se presentó al rey y besó la tierra entre sus manos. Y el rey le dijo: ‘Habla, ¡oh Saleh! ¿Qué deseas?’ El príncipe contestó:

‘¡Oh rey del tiempo! en verdad que nos has anegado con tus favores, pero venimos a pedirte permiso para partir, ¡porque nuestra alma anhela vivamente volver a ver nuestra patria, a nuestros parientes y a nuestras moradas, de la que estuvimos alejados tanto tiempo! ¡Y además, una estancia demasiado prolongada en tierra es dañosa para nuestra salud, pues estamos acostumbrados al clima submarino...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima trigésima cuarta noche…

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Valram

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viernes, 22 de enero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima trigésima segunda noche

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“Pero cuando llegó la 532ª noche

Ella dijo:

‘...Pero desde el momento en que nos afirmas que eres dichosa, ¿qué cosa mejor podríamos desearte? Y sin duda, sería tentar al Destino el querer casarte con uno de nuestros príncipes del mar, a despecho de la suerte contraria’. Y contestó Flor-de-Granada: ‘¡Sí, ¡por Alah! aquí estoy en el límite de la tranquilidad, de las delicias, de los honores, de la felicidad y de mis aspiraciones todas!’

¡Eso fue todo!

Y el rey oía lo que decía Flor-de-Granada; y se regocijaba en su corazón, y la agradecía en el alma estas buenas palabras; y la amó entonces mil millares de veces más que antes; y el amor que la tenía se consolidó para siempre en el núcleo de su corazón; y se prometió darle nuevas pruebas de afecto y de pasión en todas las ocasiones posibles.

Tras de lo cual Flor-de-Granada llamó con una palmada a sus esclavas, y les dio orden de que pusieran el mantel y sirvieran los manjares, cuyo condimento fue ella misma a vigilar en la cocina.

Y las esclavas llevaron bandejas grandes cubiertas de carnes asadas, de pasteles y de frutas; y Flor-de-Granada invitó a sus parientes a que se sentaran con ella alrededor del mantel y comieran. Pero ellos contestaron: ‘¡No, ¡por Alah! no lo haremos de ningún modo antes de que hayas ido a prevenir de nuestra llegada a tu esposo, el rey! ¡Porque hemos entrado en su morada sin su permiso, y no nos conoce! ¡Sería una falta de educación comer en su palacio y aprovecharnos de su hospitalidad sin saberlo él!

¡Ve, pues a prevenirle, y dile cuán dichosos nos sentimos al verle y compartir con él el pan y la sal!’

Entonces Flor-de-Granada fue en busca del rey, que se mantenía escondido en la estancia contigua, y le dijo: ‘¡Oh dueño mío! ¡sin duda oirías que te elogié ante mis parientes, y que estaban decididos a llevarme con ellos si les hubiese dicho la menor cosa que les hiciera creer que no era feliz contigo!’

Y contestó el rey: ‘¡Ya lo he oído y lo he visto! ¡En esta hora bendita tuve la prueba de tu adhesión a mí, y ya no puedo dudar de tu afecto!’ Flor-de-Granada dijo: ‘De modo que, en vista de las alabanzas que de ti les hice, mi madre, mi hermano y mis primas experimentan por ti un afecto considerable, y puedo asegurarte que te quieren mucho. ¡Me han dicho que no se conformaban con volver a su país sin haberte visto, haberte presentado sus homenajes y formulado sus deseos de paz, y haber charlado contigo amistosamente! ¡Así, pues, te ruego que te prestes a sus deseos, a fin de que les veas y te vean, y reine entre vosotros el afecto puro y la amistad!’

Y el rey contestó: ‘¡Escuchar es obedecer, porque también es ése mi deseo!’ Y al instante se levantó y acompañó a Flor-de-Granada a la sala en que se hallaban sus parientes.

Y en cuanto entró les deseó la paz de la manera más cordial, y le devolvieron ellos la zalema; y besó él la mano de la vieja reina Langosta, y abrazó al príncipe Saleh, y los invitó a todos a sentarse. Entonces le cumplimentó el príncipe Saleh, y le manifestó la alegría que experimentaban todos por ver a Flor-de-Granada convertida en la esposa de un gran rey, en vez de haber caído en las manos de un bruto que la habría desflorado para dársela luego en matrimonio a algún chambelán o a su cocinero. Y le expresó cuánto querían todos a Flor-de-Granada, y que antiguamente, antes de que ella fuese púber, habían pensado en casarla con algún príncipe del mar; pero empujada por su destino, se escapó de los países submarinos para casarse a su gusto. Y contestó el rey: ‘¡Sí! Alah me la tenía destinada. ¡Y os doy las gracias a ti, suegra mía, reina Langosta, y a ti, príncipe Saleh, y también a mis amables primas, por vuestros votos y cumplimientos y por haber dado vuestro consentimiento para mi matrimonio!’

Luego el rey les invitó a sentarse con él alrededor del mantel, y estuvo charlando con ellos mucho tiempo con toda cordialidad, y después condujo a cada uno por sí mismo a su aposento. Así es que los parientes de Flor-de-Granada permanecieron en el palacio, en medio de fiestas y regocijos dados en su honor, hasta el parto de la reina, que no tardó en llegar. Porque al cabo del término fijado, parió ella, entre las manos de la reina Langosta y de sus primas, un hijo varón igual que la luna llena, y sonrosado y rollizo. Y envuelto en mantillas magníficas, se lo presentaron a su padre, el rey, que le recibió con los transportes de una alegría que ni la pluma ni la lengua sabrían describir. Y en acción de gracias, hizo él muchas dádivas a los pobres, a las viudas y a los huérfanos, y mandó abrir las cárceles y dar libertad a todos sus esclavos de ambos sexos; pero los esclavos no quisieron libertad, de tan dichosos como se encontraban dependiendo de un amo semejante.

Más tarde, al cabo de siete días de regocijos continuos, en medio de las felicidades todas, la reina Flor-de-Granada dio a su hijo el nombre de Sonrisa-de-Luna, con el asentimiento de su esposo, de su madre y de sus primas...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima trigésima tercera noche…

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