sábado, 6 de febrero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima cuadragésima séptima noche

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“Y cuando llegó la 547ª noche

Ella dijo:

‘...Y le contó la operación nocturna que hubo de efectuar la maga.

Al oír estas palabras, el jeique Abderrahmán sintió gran cólera, y exclamó: ‘¡Ah maldita! ¡Maldita, pérfida, perjura, que no quiere cumplir su juramento! ¡Nada, por lo visto, la corregirá de su magia funesta!’ Luego añadió: ‘¡Ya es hora de que termine yo con sus maleficios!’ Y fue a un armario, sacó de él una torta en un todo semejante a la confeccionada por la maga, la envolvió en un pañuelo y se la entregó a Sonrisa-de-Luna, diciéndole: ‘Merced a esta torta que te doy, recaerá sobre ella el mal que quiera hacerte. Porque al cabo de cuarenta días de estar con sus amantes, les da a comer tortas confeccionadas por ella, que les transforman en esos animales de cuatro patas que llenan la isla. ¡Pero tú, hijo mío, guárdate bien de tocar la torta que te presente! ¡Intenta, por el contrario, hacerle tragar a ella un pedazo de la que yo te doy! Luego le harás exactamente lo que ella haya intentado hacer contigo para sus hechicerías, pronunciando sobre ella las mismas palabras que ella haya pronunciado sobre ti. ¡Y de ese modo la convertirás en el animal que te plazca! Y te montarás encima y vendrás a verme. Y entonces sabré yo lo que tengo que hacer’. Y después de dar gracias al jeique por el afecto y el interés que le mostraba, Sonrisa-de-Luna le dejó y regresó al palacio de la maga.

Y encontró a Almanakh esperándole en el jardín, sentada ante un mantel puesto y en medio del cual estaba la torta preparada a medianoche. Y al quejársele ella por su ausencia, dijo él: ‘¡Oh dueña mía! como hacía tiempo que no veía a mi tío, he ido a visitarle; y me ha recibido efusivamente y me ha dado de comer; y entre otras cosas excelentes, me ha dado pasteles tan deliciosos, que no he podido por menos de traerte uno para que lo pruebes’.

Y sacó el pequeño envoltorio, desenvolvió el pastel, y la dio a comer un pedazo. Y para no desairarle, Almanakh partió el pastel y cogió un pedazo, tragándoselo. Luego ofreció a su vez del suyo a Sonrisa-de-Luna, quien para no desairarla, cogió un pedazo, pero lo dejó caer por la abertura de su traje, fingiendo que se lo tragaba.

Como creía que realmente habíase tragado el pedazo de pastel, la maga al punto levantóse con viveza, cogió de una pila cercana un poco de agua en el hueco de la mano y le roció con ella, gritándole: ‘¡Oh joven debilitado, conviértete en asno potente!’

Pero cuál no sería el asombro de la maga al ver que el joven, lejos de transformarse en asno, se levantaba a su vez y se aproximaba con viveza a la pila, de donde tomó un poco de agua para rociarla con ella, gritándole: ‘¡Oh pérfida, abandona tu forma humana y conviértete en burra!’

Y en el mismo momento, antes de que tuviese tiempo para volver de su sorpresa, la maga Almanakh quedó convertida en burra. Y Sonrisa-de-Luna montó en ella y se apresuró a ir en busca del jeique Abderrahmán, al cual contó lo que acababa de pasar. Luego le entregó la burra, que se mostraba reacia a ello.

Entonces el jeique puso al pescuezo de la burra Almanakh una cadena doble que sujetó a una anilla de la muralla. Luego dijo a Sonrisa-de-Luna: ‘Ahora, hijo mío, voy a dedicarme a poner en orden los asuntos de nuestra ciudad, y voy a comenzar por romper el encanto que tiene convertidos a tantos jóvenes en animales de cuatro patas. ¡Pero antes, aunque me cueste mucho trabajo separarme de ti, quiero hacerte regresar a tu reino para que cesen las inquietudes de tu madre y de tus súbditos! ¡Y a tal fin voy a facilitarte el camino más corto!’

Y diciendo estas palabras, el jeique se metió dos dedos entre los labios y lanzó un silbido prolongado y penetrante, y al punto apareció ante él un gran genni de cuatro alas, que se irguió sobre la punta de los pies y le preguntó por qué motivo le había llamado. Y le dijo el jeique: ‘¡Oh genni Relámpago! ¡Vas a echarte a hombros al rey Sonrisa-de-Luna, que es este que aquí ves y le transportarás inmediatamente a su palacio de la Ciudad-Blanca!’

Y el genni Relámpago se dobló bajando la cabeza y después de besar la mano a su libertador el jeique y de haberle dado las gracias, Sonrisa-de-Luna se subió a los hombros de Relámpago, y dejando colgar sus piernas sobre el pecho del genni, se le montó a horcajadas en el cuello. Y el genni se elevó por los aires y voló con la rapidez de la paloma mensajera, haciendo con sus alas un ruido como el de un molino de viento...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima cuadragésima octava noche…

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Valram

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viernes, 5 de febrero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima cuadragésima sexta noche

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“Y cuando llegó la 546ª noche

Ella dijo:

‘...Luego se sentó en el diván y miró a Sonrisa-de-Luna con los ojos entornados. ¡Y qué mirada! ¡Larga, perforadora, ardorosa y relampagueante! Y Sonrisa-de-Luna se sintió como atravesado por una azagaya o abrasado por un carbón ardiendo. Y la joven reina se encaró con el jeique, y le dijo: ‘¡Oh jeique Abderrahmán! ¿De dónde has sacado semejante joven?’ El jeique contestó: ‘Es hijo de mi hermano. Acaba de llegar de viaje a casa.’ Ella dijo: ‘Es muy hermoso, ¡oh jeique! ¿Querrías prestármele solamente por una noche? ¡Sólo hablaré con él, y nada más, y te lo devolveré intacto mañana por la mañana!’ El jeique dijo: ‘¿Me juras que jamás tratarás de hechizarle?’ Ella contestó: ‘¡Lo juro ante el señor de los magos y ante ti, venerable tío!’

E hizo dar como regalo al jeique mil dinares de oro para mostrarle su gratitud, y mandó que montaran a Sonrisa-de-Luna en un maravilloso caballo cubierto de pedrerías, y le llevó con ella al palacio. Y aparecía en medio del cortejo cual la luna en medio de estrellas.

Y he aquí que Sonrisa-de-Luna, que se resignaba a dejar obrar el Destino en adelante, no decía una palabra y se dejaba conducir sin exteriorizar sus sentimientos en manera alguna.

Y la maga Almanakh, que sentía arder sus entrañas por aquel joven mucho más de lo que nunca habían ardido por sus pasados amantes, se apresuró a conducirle a una sala que tenía las paredes de oro y el ambiente refrescado por un salto de agua que brotaba de una pila de turquesa. Y fue a echarse con él en un lecho amplio de marfil, donde empezó a acariciarle de una manera tan extraordinaria, que se puso él a cantar y a bailar entre todos los pájaros. ¡Y no tenía ella nada de brutal, sino al contrario! ¡Era verdaderamente tan delicada!... ¡Tanto, que fueron incalculables los asaltos que el gallo prodigó a la infatigable gallina!

Y se dijo él: ‘¡Por Alah, que es infinitamente experta! ¡Y no me atropella! ¡Se toma su tiempo, y yo lo mismo! ¡Así es que, como creo imposible que la princesa Gema sea tan maravillosa como esta encantadora, quiero permanecer aquí toda mi vida, y no pensar más en la hija de Salamandra, ni en mis parientes, ni en mi reino!’

Y el hecho fue que permaneció allí cuarenta días y cuarenta noches, pasando todo su tiempo con la joven maga, entre festines, bailes, cantos, caricias, movimientos, asaltos, copulaciones y otras cosas análogas, en el límite del placer y del júbilo.

Y de cuando en cuando, Almanakh le preguntaba en broma: ‘¡Oh ojos míos! ¿Te encuentras conmigo mejor que con tu tío en la tienda?’ Y contestaba él: ‘¡Por Alah! ¡Oh mi señora, mi tío es un pobre vendedor de drogas, pero tú eres la propia triaca!’

Y he aquí que, estando en la cuadragésima noche, la maga Almanakh, tras un número infinito de asaltos con Sonrisa-de-Luna, parecía más agitada que de costumbre, y se echó a dormir. Pero hacia la medianoche, Sonrisa-de-Luna, que fingía dormir, la vio levantarse del lecho con el rostro encendido. Y se puso ella en medio de la sala y cogió de una bandeja de cobre un puñado de granos de cebada, que arrojó al agua de la pila. Y al cabo de unos instantes germinaron los granos de cebada, y salieron del agua sus tallos, y maduraron y se doraron sus espigas. Entonces la maga recogió los granos nuevos, los machacó en un mortero de mármol, los mezcló con ciertos polvos que fue sacando de diferentes cajas, e hizo con ello una pasta redonda como una torta. Luego puso el pastel preparado de aquella manera en la lumbre de una estufilla, y lo coció lentamente. Entonces lo retiró del fuego, lo envolvió en una servilleta y fue a ocultarlo en un armario, tras de lo cual volvió a acostarse en el lecho al lado de Sonrisa-de-Luna, y se durmió.

Pero por la mañana, Sonrisa-de-Luna, que desde que entró en el palacio de la maga se había olvidado del viejo jeique Abderrahmán, se acordó de él a tiempo, y pensó en la necesidad de ir en su busca, para ponerle al corriente de lo que había visto hacer a Almanakh durante la noche. Y fue a la tienda del jeique, que se alegró mucho de verle, le besó con efusión, le hizo sentarse, y le dijo:

‘¡Creo, hijo mío, que no habrás tenido queja de la maga Almanakh, por muy infiel que sea!’ El joven contestó: ‘¡Por Alah, mi buen tío! me ha tratado todo este tiempo con mucha delicadeza y no me ha atropellado lo más mínimo. ¡Pero esta noche la sentí levantarse, y al verla con el rostro encendido, fingí que dormía, y la he visto hacer cosas que me inducen a temerlo todo de ella! Por eso, ¡oh venerable tío mío! vengo a consultarte’.

Y le contó la operación nocturna que hubo de efectuar la maga...

En ese momento de su narración. Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima cuadragésima séptima noche…

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