lunes, 15 de marzo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima octogésima cuarta noche

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“Pero cuando llegó la 584ª noche

Ella dijo:

‘¡...Oh hermano mío bienamado ! ¡Oh querido, cuya llegada hace bailar de alegría a las piedras de la casa! ¿Quieres decirnos el nombre encantador por qué te llaman y el motivo que te trajo a la puerta de nuestra morada?’

El contestó: ‘Sabe, ¡oh hermana que me interrogas, y tú también, nuestra hermana mayor! que me llamo Hassán. ¡Respecto al motivo que me trajo a este palacio, no fue otro que mi dichoso destino! ¡No obstante, es verdad que, si estoy aquí, fue después de haber sufrido tribulaciones muy grandes!’ Y contó desde el principio hasta el fin lo que le había ocurrido con el mago Bahram el Gauro. Pero no hay utilidad en repetirlo. E indignadas por la conducta del persa, exclamaron a la vez las dos hermanas: ‘¡Oh perro maldito! ¡Se tenía muy merecida la muerte, y has hecho bien ¡oh hermano nuestro! en impedirle por siempre respirar el aire de la vida!’

Tras de lo cual se encaró la mayor con la más joven, y le dijo: ‘¡Oh Botón-de-Rosa! ¡Ahora te corresponde a ti contarle a nuestro hermano nuestra historia, a fin de que la retenga en su memoria!’ Y la encantadora Botón-de-Rosa dijo:

‘¡Has de saber, ¡oh hermano mío, oh el más hermoso! que nosotras somos princesas! Yo me llamo Botón-de-Rosa, y esta hermana mía que ves aquí se llama Grano-de-Mirto; pero también tengo otras cinco hermanas, más bellas todavía que nosotras, que están de caza en este momento y que no tardarán en regresar. La mayor de todas nosotras se llama Estrella-de-la-Mañana, la segunda se llama Estrella-dela-Tarde, la tercera Cornalina, la cuarta Esmeralda, y la quinta Anémona. Pero yo soy la más joven de las siete. Y somos hijas del mismo padre, pero no de la misma madre; yo y Grano-de-Mirto somos hijas de la misma madre. Y nuestro padre, que es uno de los poderosos reyes de los genn y de los mareds, es un tirano tan orgulloso, que no juzgando a nadie digno de convertirse en esposo de una de sus hijas, juró que no nos casaría nunca. Y para tener la certeza de que jamás se defraudaría su voluntad, hizo comparecer a sus visires, y les preguntó: ‘¿Sabéis de algún lugar que no lo frecuenten ni los hombres ni los genn, y que pueda servir de vivienda a mis siete hijas?’ Los visires contestaron: ‘¿Y para qué, ¡oh rey nuestro!?’ El dijo: ‘¡Para poner a mis siete hijas al abrigo de los hombres y de los genn de especie masculina!’ Ellos dijeron: ‘¡Oh rey nuestro, creemos que las mujeres y las jóvenes sólo fueron creadas por el Bienhechor para que se unieran a los hombres por los órganos delicados! Y por cierto que ha dicho el Profeta (¡con El la plegaria y la paz!): ‘¡Ninguna mujer envejecerá virgen en el Islam!’ ¡Así, pues, caería un gran oprobio sobre la cabeza de nuestro rey si sus hijas envejecieran con su virginidad! Además, ¡por Alah! ¡Qué lástima para su juventud!’

Pero nuestro padre contestó: ‘¡Antes quiero verlas morir que casarlas!’ Y añadió: ‘¡Si no me indicáis ya, el paraje porque os pregunto, saltará de vuestro cuello vuestra cabeza!’ Entonces los visires contestaron: ‘En ese caso, ¡oh rey! sabe que hay un paraje muy a propósito para resguardar a tus hijas: la Montaña-de-las-Nubes, que en los tiempos antiguos estaba habitada por los efrits rebeldes a las órdenes de Soleimán.

Allá se yergue un palacio de oro levantado antaño por los efrits rebeldes para que les sirviera de refugio, pero que está abandonado desde entonces y permanece desierto. ¡Y la región en que se halla situado se ve favorecida por un clima admirable y abundante en árboles, en frutas y en aguas deliciosas más frescas que el hielo y más dulces que la miel!’ Al oír estas palabras, nuestro padre se apresuró a enviarnos aquí con una escolta formidable de genns y de mareds, los cuales, una vez que nos pusieron en seguridad, retornaron al reino de nuestro padre.

‘¡Y he aquí que, desde que llegamos, vimos que, efectivamente, esta comarca aislada de todas las criaturas de Alah, era una comarca florida, rica en selvas, en pastos lozanos, en vergeles y en manantiales de aguas corrientes que se deslizaban en abundancia, comparables a collares de perlas y a lingotes de plata; que los arroyos se empujaban unos a otros para contemplar y mirarse en las flores que les sonreían; que el aire estaba encantado con trinos y perfumes; que los palomos de collar y las tórtolas salmodiaban desde las ramas por la primavera y cantaban loas al Creador; que los cisnes nadaban gloriosamente en los lagos, y que los pavos reales, con sus espléndidas vestiduras incrustadas de coral y pedrerías de color a millares, eran semejantes a recién casadas; que la tierra era una tierra pura y alcanforada, hermosa con todas las bellezas del Paraíso; y en fin, que éste era un país elegido por las bendiciones!

‘Así es ¡oh hermano mío! que de ningún modo nos creemos desgraciadas por vivir en semejante país, dentro de este palacio de oro; y dando siempre las gracias al Retribuidor por sus favores, no sentimos más que una cosa, y es no tener, para que nos haga compañía, ningún hombre de rostro agradable a la vista cuando nos despertamos por la mañana, y de corazón amante y bien intencionado. ¡Por eso ¡oh Hassán! nos ves ahora tan alegres con tu llegada!’

Y tras de hablar así, la encantadora Botón-de-Rosa colmó a Hassán de agasajos y regalos, como se hace entre hermanos y entre amigos, y continuó charlando con él afectuosamente.

Entretanto, llegaron las otras cinco princesas, hermanas de Botón-de-Rosa y de Grano-de- Mirto; y encantadas y satisfechas de ver a un joven tan hermoso y a un hermano tan delicioso, le hicieron la acogida más graciosa y más cordial. Y después de las zalemas y las fórmulas y frases preliminares, le hicieron jurar que permanecería con ellas un largo transcurso de tiempo. Y Hassán, que no veía en ello ningún inconveniente...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima octogésima quinta noche…

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Valram

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domingo, 14 de marzo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima octogésima tercera noche

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“Y cuando llegó la 583ª noche

Ella dijo:

‘...Entonces el persa miró a Hassán de tan mala manera como en la playa, y lanzando una carcajada estridente, exclamó: ‘¡Ahora, Hassán estás definitivamente en mi poder; y ninguna criatura podría socorrerte! ¡Prepárate, pues, a satisfacer todos mis caprichos con corazón sumiso, y empieza ante todo por abjurar de tu religión y reconocer como único poder al Fuego, padre de la Luz!’

Al oír estas palabras, Hassán retrocedió, exclamando: ‘¡No hay más Dios que Alah! ¡Y Mohamed es el Enviado de Alah! ¡En cuanto a ti, ¡oh vil persa! sólo eres un impío y un descreído! ¡Y el Dueño de la Omnipotencia va a castigarte por mediación mía!’

Y rápido como el relámpago, Hassán se abalanzó al mago y le quitó de las manos el tambor, luego le empujó al borde de la montaña a pico, y haciendo fuerza con ambos brazos, le precipitó al abismo. Y girando sobre sí mismo, el mago perjuro e impío fue a estrellarse contra las rocas del mar, y exhaló su alma en el descreimiento. Y Eblis recogió su último aliento para atizar con él el fuego del infierno.

Tal fue la muerte de que murió Bahram el Gauro, mago engañoso y alquimista.

En cuanto a Hassán, libre así del hombre que quería hacerle cometer todas las abominaciones, comenzó primeramente por examinar en todas sus partes el tambor mágico en que estaba extendida la piel de gallo. Pero, como no sabía de qué manera servirse de él, prefirió abstenerse de manejarlo y se lo colgó del cinturón. Tras de lo cual volvió los ojos en torno suyo, y vio que, efectivamente, la cima en que se encontraba era tan alta, que dominaba las nubes acumuladas en su base. Y sobre aquel elevado monte se extendía una llanura inmensa, formando cual un mar sin agua entre el cielo y la tierra. Y muy lejos brillaba una llamarada chispeante. Y pensó Hassán: ‘¡Allá donde hay fuego hay algún ser humano!’

Y echó a andar en aquella dirección, internándose por aquella llanura donde no había más presencia que la presencia de Alah. Y cuando se acercaba ya al final, acabó por advertir que la llamarada chispeante era sólo el brillo que daba el sol a un palacio de oro con cúpula de oro soportada por cuatro altas columnas de oro.

Al ver aquello, Hassán se preguntó: ‘¿Qué rey o qué genni habitará en estos lugares?’ Y como estaba muy cansado por todas las emociones que acababa de experimentar y por la caminata que acababa de emprender, se dijo: ‘Voy a entrar, con la gracia de Alah, en este palacio, y a pedir al portero que me dé un poco de agua y algún alimento para no morirme de hambre. ¡Y si es un hombre de bien, quizá me albergue en un rincón por una noche!’ Y confiándose al Destino, llegó ante la gran puerta, que estaba tallada en un bloque en el patio de entrada.

Pero apenas había dado Hassán algunos pasos por aquel primer patio, cuando advirtió sentadas en un banco de mármol a dos jóvenes resplandecientes de belleza que jugaban al ajedrez. Y como estaban muy atentas a su juego, no notaron en el primer momento la entrada de Hassán. Pero, al oír ruido de pasos, la más joven levantó la cabeza y vio al hermoso Hassán, que también sorprendióse al divisarlas. Y se levantó ella, rápidamente, y dijo a su hermana: ‘¡Mira, hermana mía, que joven tan hermoso! ¡Debe ser sin duda el último de los infortunados a quienes el mago Bahram trae cada año a la Montaña-de-las-Nubes! ¿Pero cómo habrá podido arreglarse para escapar de entre las manos de ese demonio?’ Al oír estas palabras, Hassán, que en un principio no se atrevió a moverse de su sitio, se adelantó hacia las jóvenes, y arrojándose a los pies de la más pequeña, exclamó: ‘¡Sí, ¡oh mi señora! soy ese infortunado!’

Al ver a sus pies aquel joven tan hermoso que tenía gotas de llanto en el borde de sus ojos negros, la joven se conmovió hasta el fondo de sus entrañas; y se levantó con semblante compasivo, y dijo a su hermana, mostrándole al joven Hassán: ‘¡Sé testigo, hermana mía, de que juro ante Alah y ante ti que desde este instante adopto como hermano mío a este joven, y quiero compartir con él los placeres y alegrías de los días buenos y las penas y aflicciones de los días menos dichosos!’ Y cogió de la mano a Hassán y le ayudó a levantarse, y le besó como una hermana amante besaría a su hermano querido. Después, teniéndole cogido de la mano siempre, le condujo al interior del palacio, donde, ante todo, empezó por darle en el hammam un baño que le refrescara perfectamente; luego le vistió con trajes magníficos, tirando sus ropas viejas y sucias del viaje, y ayudada por su hermana, que fue a reunirse con ellos en el hammam, le condujo a su propio aposento, sosteniéndole por debajo de un brazo, mientras su hermana le sostenía por debajo del otro. Y ambas jóvenes invitaron a su joven huésped a sentarse entre las dos para tomar algún alimento. Tras de lo cual le dijo la más joven: ‘¡Oh hermano mío bienamado ! ¡Oh querido, cuya llegada hace bailar de alegría a las piedras de la casa...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima octogésima cuarta noche…

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