jueves, 18 de marzo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima octogésima séptima noche

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“Y cuando llegó la 587ª noche

Ella dijo:

‘...Y así era la joven que había subido a sentarse, real y desnuda, en el trono de oro a orillas del lago.

Cuando hubo reposado de su baño, dijo a sus compañeras, echadas junto a ella en el estrado: ‘¡Dadme mis ropas interiores!’ Y las jóvenes se acercaron, y por todo vestido le pusieron a los hombros un chal de oro, una gasa verde en los cabellos y un cinturón de brocado en torno del talle. ¡Y quedó ataviada de este modo! Y parecía una recién casada y estaba más maravillosa que una maravilla. Y Hassán la miraba, oculto tras los árboles de la terraza, y no obstante el deseo que le impulsaba a avanzar, no lograba hacer un movimiento, de tan inmóvil como le tenía su entusiasmo y de tan aniquilado como le tenía la emoción.

Y dijo la joven: ‘¡Oh princesas! ¡He aquí que llega la mañana, y ya es hora de que pensemos en marcharnos, pues nuestro país está lejos y ya hemos descansado bastante!’ Entonces la vistieron con su traje de plumas, se vistieron ellas de la misma manera, y echaron todas juntas a volar, iluminando el cielo de la mañana.

¡Eso fue todo!

Y Hassán, estupefacto, las seguía con la vista, y mucho rato después de desaparecer ellas, continuaba con los ojos fijos en el horizonte lejano, presa de la violencia de una pasión que jamás había encendido en su alma la contemplación de ninguna hija de la tierra. Y a lo largo de sus mejillas deslizáronse lágrimas de deseo y de amor, y exclamó: ‘¡Ah! ¡Hassán, infortunado Hassán! ¡He aquí que en adelante tendrás el corazón entre las manos de las hijas de los genn, tú a quien ninguna belleza pudo retenerte en tu patria!’

Y sumido en un profundo ensueño, y apoyada la mejilla en la mano, improvisó:

¿Qué mañana te acogerá, ¡oh desaparecida! bajo su rocío? ¡Vestida de luz y de belleza, te apareces a mí para torturarme el corazón y desaparecer!

¿Osaron afirmar que el amor está lleno de dulzura? ¡Ah! si es dulce este martirio, ¿qué no será, pues, la amargura de la mirra?

Y continuó suspirando de tal suerte, sin pegar los ojos, hasta que salió el sol. Luego bajó a orillas del lago y empezó a errar de aquí para allá, respirando en el aire fresco los efluvios que dejaron ellas. Y siguió consumiéndose durante todo el día en espera de la noche, para entonces subir a la terraza, aguardando que volvieran los pájaros.

Pero no vio nada aquella noche ni las demás noches. Y Hassán, desesperado, ya no quiso comer, ni beber, ni dormir, y no hizo otra cosa que enervarse más cada vez con su pasión por la desconocida. Y se desmejoró y palideció; y poco a poco le abandonaron sus fuerzas; y se dejó caer al suelo, diciéndose: ‘¡La propia muerte es preferible a esta vida de sufrimiento!’

Entretanto, las siete princesas, hijas del rey del Gennistán, regresaron de las fiestas a que las había convidado su padre. Y sin quitarse la ropa de viaje siquiera, la más joven corrió en busca de Hassán. Y le encontró en su habitación, tendido en el lecho, muy pálido y muy angustiado; y tenía cerrados los párpados, y a lo largo de sus mejillas corrían lágrimas lentamente. Y al ver aquello, la joven lanzó un grito doloroso, y se abalanzó a él y le rodeó con sus brazos, cual la hermana haría con el hermano, y le besó en la frente y en los ojos, diciéndole: ‘¡Oh bienamado hermano mío! ¡Por Alah, que mi corazón se derrite al verte en este estado! ¡Ah! ¡Dime qué mal sufres, para que dé yo con el remedio!’ Y con el pecho hinchado por sollozos, Hassán hizo con la cabeza y con la mano una seña que significaba: ‘¡No!’ Y no pronunció ni una sola palabra. Y bañada en lágrimas, y con caricias infinitas en la voz, le dijo la joven: ‘¡Créeme, hermano mío Hassán, alma de mi alma, delicia de mis párpados, que al ver tus ojos hundidos en sus órbitas por la delgadez, y borradas las rosas de tus mejillas queridas, la vida se me ha hecho odiosa y sin encanto!

¡Por la afección sagrada que nos une, te conjuro a que no ocultes tus penas y tu mal a una hermana que quisiera rescatar tu vida a costa de mil suyas!’ Y enloquecida, le cubría de besos y le tenía ambas manos apoyadas contra su pecho, y le suplicaba así, de rodillas junto a su cama. Y al cabo de algún tiempo, Hassán dejó escapar varios suspiros desgarradores, y con voz apagada improvisó estos versos:

¡Si miraras atentamente, sin que te explicaran, darías con la causa de mis sufrimientos!

¿Mas para qué enterarse de una enfermedad que no tiene remedio?

¡Mi corazón cambió de sitio y mis ojos no saben ya dormir! ¡Y lo que el amor ha transformado, sólo el amor lo puede restaurar!

Luego corrieron en abundancia las lágrimas de Hassán; y añadió él: ‘¡Ah, hermana mía! ¿cómo podrás socorrer a quien sufre por culpa suya? ¡Y, además, mucho me temo que tengas que dejarme morir de pena y de infortunio!’ Pero la joven exclamó: ‘¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti, oh Hassán! ¿Qué dices? ¡Aunque tuviera mi alma que abandonar mi cuerpo, no podría evitar el venir en tu ayuda!’ Entonces dijo Hassán con sollozos en la voz: ‘¡Sabe, pues, ¡oh hermana mía Botón-de-Rosa! que hace diez días que no he tomado alimento, y fue por causa de tales y cuales cosas que me han sucedido!’ ¡Y le contó toda su aventura sin olvidar un detalle!

Cuando Botón-de-Rosa hubo oído el relato de Hassán, lejos de mostrarse enfadada, ya que tenía motivo para ello, se compadeció mucho de la pena del joven, y se echó a llorar con él...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima octogésima octava noche…

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Valram

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miércoles, 17 de marzo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima octogésima sexta noche

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“Y cuando llegó la 586ª noche

Ella dijo:

‘Entonces Hassán subió a la terraza, que estaba cubierta de plantas y de arbustos cual un jardín, y allá, bajo la claridad milagrosa de la luna, en medio del silencio de la tierra, vio extenderse el paisaje más hermoso que encantó nunca a ojos humanos. A sus pies, dormido en la serenidad, aparecía un gran lago donde se miraba toda la belleza del cielo, y en los rizos deliciosos del agua, sonreía la orilla con ramajes temblorosos de laureles, con mirtos en flor, con almendros coronados por su nieve, con guirnaldas de glicinas, y cantaba el himno de la noche con todas las lenguas de sus pájaros. Y el cendal de seda, rodeado de arbolados, iba a bañar más lejos los cimientos de un palacio de extraña arquitectura, de cúpulas diáfanas, surgido en la transparencia y el cristal de los cielos. Y desde aquel palacio avanzaba hasta el agua, por una escalera de mármol y mosaico, un estrado real construido con franjas alternadas de piedras de rubí, piedras de esmeralda, piedras de plata y piedras de oro. Y encima de este estrado se estiraba, sostenido por cuatro ligeros pilares de alabastro rosa, un velo grande de seda verde que protegía con la dulzura de su sombra un trono de madera de áloe y de oro, de un trabajo exquisito, a lo largo del cual trepaba una parra con pesados racimos cuyos granos eran perlas gruesas como huevos de paloma.

Y todo estaba rodeado por un enrejado de chapas de oro y de plata. Y vivían en aquellas cosas puras tal armonía y tal belleza, que ningún hombre, aunque fuese Khosroes o Kaissar, hubiese podido adivinar o realizar análogos esplendores.

Así es que Hassán, deslumbrado, no osaba moverse por temor de turbar la paz deliciosa de aquellos lugares, cuando, de improviso, vio destacarse del cielo y acercarse visiblemente al lago una bandada de pájaros muy grandes. Y he aquí que fueron a posarse en la orilla del agua; y eran diez; y arrastraban por la hierba sus hermosas plumas blancas y espesas, mientras ellos se balanceaban con indolencia al andar. Y en todos sus movimientos parecían obedecer a un pájaro mayor y más hermoso que todos ellos, que se había dirigido lentamente al estrado y se había subido al trono. Y de pronto los diez a la vez se despojaron de sus plumas con un gracioso ademán. Y cuando arrojaron aquellos mantos, salieron de ellos diez lunas de belleza pura bajo la forma de diez jóvenes desnudas por completo. Y saltaron risueñas al agua, que las recibió con un cabrillear de pedrerías. Y se bañaron con entusiasmo, retozando entre sí; y la más hermosa las perseguía, las atrapaba y se enlazaba con ellas en mil caricias, y las hacía cosquillas y las mordisqueaba con mil risas y mimos.

Cuando acabaron su baño, salieron del lago; y la más bella subió al estrado y fue a sentarse en el trono, sin tener más vestido que su cabellera. Y al contemplar sus encantos, sintió Hassán que se le huía la razón, y pensó: ‘¡Ah! ¡Bien sé ahora por qué me prohibió mi hermana Botón-de- Rosa abrir esa puerta! ¡He aquí que perdí mi reposo para siempre!’ Y continuó detallando las diversas bellezas de la joven desnuda. ¡Qué maravillas no vio! ¡Ah! ¡En verdad que era, a no dudar, la cosa más perfecta salida de los dedos del Creador! ¡Oh su espléndida desnudez! Superaba a las gacelas en la hermosura de su nuca y en el brillo de sus ojos negros, y a la araka en la esbeltez de su talle. Su cabellera de tinieblas era una noche de invierno, espesa y negra. Su boca, que emulaba a la rosa, era el sello de Soleimán. Sus dientes de marfil joven eran un collar de perlas o de granizos de igual tamaño; su cuello era un lingote de plata; su vientre tenía rincones y escondrijos, y su grupa hoyuelos y protuberancias; su ombligo poseía la capacidad suficiente para contener una onza de almizcle negro; sus muslos eran pesados y a la vez firmes y elásticos cual cojines rellenos de plumas de avestruz, y sobre ellos, en su nido cálido y encantador, semejante a un conejo sin orejas, aparecía una historia llena de gloria, con su terraza y su territorio, y sus cañadas en declive, para dejarse caer allá a fin de olvidar las penas negras. Y también se la hubiera podido tomar por una cúpula de cristal, redonda por todos lados y asentada sobre una base sólida, o por una taza de plata colocada al revés.

Y a una joven así se le podrían aplicar estos versos del poeta:

¡Vino a mí la joven!, vestida con su belleza cual el rosal con sus rosas, y con los senos firmes, ¡oh granadas! Y exclamé: ‘¡He aquí la rosa y las granadas!’

¡Me había equivocado! ¡Qué error ¡oh joven! fue comparar tus mejillas a las rosas y tus senos a las granadas! ¡Pues ni las rosas de los rosales ni las granadas de los jardines merecen la comparación!

¡Porque se puede aspirar las rosas y coger las granadas! pero a ti, ¡oh virginal! ¿Quién puede envanecerse de olerte o de tocarte?

Y así era la joven que había subido a sentarse, real y desnuda, en el trono a orillas del lago...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima octogésima séptima noche…

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