viernes, 26 de marzo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima nonagésima quinta noche

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“Pero cuando llegó la 595ª noche

Ella dijo:

‘...Cuando la bella Esplendor, precedida por la madre de Hassán, que llevaba el paquete de ropa blanca limpia, hubo penetrado en el hammam, las mujeres que había echadas en el salón central de entrada lanzaron un grito de admiración, de tanto como las sedujo la belleza de la joven.

¡Y ya no le quitaron el ojo! ¡Tal fue su deslumbramiento al ver a la joven envuelta en sus velos todavía! ¡Pero cuál no sería su delirio cuando, tras de quitarle la ropa, se quedó desnuda por completo!

¡Oh arpa de Daúd el rey, que encantabas al león Saúl; y tú, hija del desierto, amante de Antara, el guerrero de cabellos crespos, ¡oh virgen Abla! la de hermosas caderas, que sublevaste en todos sentidos a las tribus de Arabia, haciéndolas chocar unas con otras! y tú, Sett Budur, hija del rey Ghayur, señor de El-Budur y de El-Kussus, tú cuyos ojos de incendio turbaron en extremo a los genn y a los efrits; y tú, música de los manantiales, y tú, canto primaveral de los pájaros, ¿a qué quedáis reducidos ante la desnudez de aquella gacela? ¡Loores a Alah, que te creó! ¡oh Esplendor! y mezcló en tu cuerpo de gloria los rubíes y el almizcle, el ámbar puro y las perlas, ¡oh toda de oro!

Así, pues, las mujeres del hammam, para considerarla mejor, prescindieron de su baño y su pereza, y la siguieron paso a paso. Y la fama de sus encantos cundió en seguida desde el hammam por todo el contorno, y en un instante invadieron las salas, hasta el punto de no poderse circular por ellas, mujeres atraídas por la curiosidad de ver tal maravilla de belleza. Y entre aquellas mujeres desconocidas encontrábase precisamente una de las esclavas de Sett Zobeida, esposa del califa Harún Al-Raschid. Y aquella joven esclava, que se llamaba Tohfa, quedó aún más estupefacta que las otras de la belleza perfecta de aquella luna mágica; y con los ojos muy abiertos, se inmovilizó en primera fila mirándola bañarse en la piscina. Y cuando Esplendor hubo terminado su baño y estuvo vestida, la esclava no pudo menos de seguirla fuera del hammam, atraída por ella como por una piedra de imán, y echó a andar detrás de ella por la calle hasta que Esplendor y la madre de Hassán llegaron a su morada. Entonces la joven esclava Tohfa, como no podía entrar en el palacio, se limitó a llevarse los dedos a los labios, lanzando a Esplendor, a la vez que una rosa, un beso sonoro. Pero, desgraciadamente para ella, el eunuco que había a la puerta vio la rosa y el beso, y en extremo enfadado, empezó a dirigirle espantosas injurias, poniendo los ojos en blanco; lo cual la decidió, aunque suspirando, a volver sobre sus pasos. Y entró en el palacio del califa, apresurándose a ir al lado de su ama Sett Zobeida.

Y he aquí que Sett Zobeida vio que su esclava preferida estaba muy pálida y muy emocionada; y le preguntó: ‘¿Dónde estuviste, ¡oh gentil! que vuelves en ese estado de palidez y de emoción?’ La esclava dijo: ‘En el hammam, ¡oh mi señora!’ Sett Zobeida preguntó: ‘¿Y qué viste en el hammam, Tohfa mía, para volver a mí tan trastornada y con los ojos tan lánguidos?’ La esclava contestó: ‘¿Y cómo ¡oh mi señora! no han de languidecer mis ojos y mi alma, y no ha de invadir mi corazón la melancolía, después de ver a la que me ha arrebatado la razón?’

Sett Zobeida se echó a reír, y dijo: ‘¿Qué me cuentas ¡oh Tohfa! y de quién me hablas?’ La esclava dijo: ‘¿Qué adolescente delicada o qué joven, qué pavo real o qué gacela ¡oh mi señora! la igualarán jamás en encantos y en belleza? Sett Zobeida dijo: ‘¡Oh loca Tohfa! ¿Querrás por fin decidirte a decirme su nombre?’

La esclava dijo: ‘No lo sé, ¡oh mi señora! ¡Pero ¡oh mi señora! por los méritos de tus beneficios sobre mi cabeza, te juro que ninguna criatura en la faz de la tierra, en el pasado, en el presente o en el futuro, es comparable a ella! Todo lo que de ella sé es que habita en el palacio situado a orillas del Tigris y que tiene una puerta grande por el lado de la ciudad y otra puerta por el lado del río. ¡Y me han dicho, además, en el hammam, que era esposa de un rico mercader llamado Hassán Al-Bassri! ¡Ah mi señora! si me ves toda temblorosa entre tus manos, no es solamente la emoción suscitada por su belleza, sino del temor extremado que me invade al pensar en las consecuencias funestas que sobrevendrían si, por desgracia, nuestro señor el califa llegara a oír hablar de ella. ¡Seguramente haría que mataran al marido, y despreciando todas las leyes de equidad, se casaría con esa milagrosa joven! ¡Y de tal suerte vendería los bienes inestimables de su alma inmortal por la posesión temporal de una criatura hermosa, pero perecedera!’

Al oír estas palabras de su esclava Tohfa, Sett Zobeida, que sabía cuán prudente y mesurada era de ordinario en sus discursos, quedó estupefacta, y le dijo: ‘Pero ¡oh Tohfa! ¿Estás bien segura, al menos, de que no has visto en sueños solamente semejante maravilla de belleza?’ La esclava contestó: ‘¡Juro por mi cabeza y por el peso del agradecimiento que debo a tus bondades para conmigo, ¡oh mi señora! que no sólo la he visto, sino que acabo de arrojar una rosa y un beso a esa joven que no tiene igual en ninguna tierra y en ningún clima, lo mismo entre los árabes que entre los turcos o los persas!’

Sett Zobeida exclamó entonces: ‘¡Por la vida de mis antepasados los Puros, que es preciso que yo también contemple a esa piedra preciosa única, y que la vea con mis ojos!’

Al punto hizo llamar al porta alfanje Massrur, y después que él hubo besado la tierra entre sus manos, le dijo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima nonagésima sexta noche…

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Valram

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jueves, 25 de marzo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima nonagésima cuarta noche

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“Pero cuando llegó la 594ª noche

Ella dijo:

‘...Tras de lo cual, tocó la piel de gallo del tambor y montó en un dromedario de carrera que hubo de presentarse; y después de reiterar por segunda vez a su madre todas sus recomendaciones, le besó la mano. Luego habló al dromedario, que estaba en cuclillas, y al punto se levantó sobre sus cuatro patas y salió disparando por los aires mejor que por tierra, entregando sus miembros al viento y devorando a su paso la distancia. Y no fue ya más que un punto en la lejanía del espacio.

No tiene utilidad, en verdad, decir la intensidad de alegría con que fue recibido Hassán a su llegada ante las siete princesas, y sobre todo la dicha que sintió Botón-de-Rosa y cómo adornaron el palacio con guirnaldas de flores y lo iluminaron. Mejor será que le dejemos contando a sus hermanas cuanto tenía que contarles, especialmente el nacimiento de sus dos hijos gemelos Nasser y Manssur; dejémosle, además, dedicarse con ellas a la caza y a las diversiones; hacedme el favor, ¡oh mis honorables y generosos oyentes que me rodeáis! de volver conmigo al palacio de Hassán, en Bagdad, donde dejamos a la anciana madre de Hassán y a su esposa Esplendor.

¡Hacedme ese favor, ¡oh mis señores de mano abierta! y veréis y oiréis lo que vuestros oídos honorables y vuestros ojos admirables jamás oyeron, escucharon ni sospecharon! Y desciendan sobre vosotros las bendiciones del Distribuidor y sus favores más escogidos. ¡Escuchadme bien, señores!

Es el caso ¡oh ilustrísimos! que cuando partió Hassán, su esposa Esplendor no se movió ni abandonó un instante a la madre de Hassán en el transcurso de dos días. Pero, a la mañana del tercer día, besó la mano de la anciana señora, dándole los buenos días, y le dijo: ‘¡Oh madre mía, quisiera ir al hammam, pues hace mucho tiempo ya que no tomo baños a causa de estar criando a Nasser y a Manssur!’ Y la anciana señora dijo: ‘¡Ya Alah! ¡Qué palabras tan fuera de lugar, hija mía! ¡Qué calamidad sería ir al hammam! ¿No sabes que tú y yo somos extranjeras que no conocemos para nada los hammams de esta ciudad? ¿Y cómo vas a ir allí sin que te conduzca tu esposo, que te habría de preceder para pedir de antemano una sala y asegurarse de que todo está limpio y de que no caen de la bóveda piojos, chinches y polillas? Pero tu esposo se halla ausente, y yo no conozco a nadie que pueda reemplazarle en una circunstancia tan grave; y no puedo acompañarte yo misma a causa de mi mucha edad y de mi debilidad. ¡No obstante, si quieres, hija mía, haré que te calienten agua aquí mismo, y te lavaré la cabeza y te daré un baño delicioso en el hammam de nuestra casa!

¡Precisamente tengo todo lo necesario para el caso, y hasta he recibido anteayer una caja de tierra perfumada de Alepo, y ámbar y pasta depilatoria, y henné! Así, pues, hija mía, puedes estar tranquila en cuanto a eso. ¡Será un baño excelente!’

Pero Esplendor contestó: ‘¡Oh mi señora! ¿Desde cuándo se niega a las mujeres permiso para ir al hammam? ¡Por Alah, que si hubieses dicho esas cosas a una esclava misma, no las hubiera soportado, y antes que continuar en vuestra casa te hubiera pedido que la subastaras en el zoco!

¡Los hombres ¡oh mi señora! son tan insensatos, que imaginan que todas las mujeres se parecen y que hay que tomar contra ellas mil precauciones, a cuál más tiránica, para impedirles hacer cosas ilícitas! ¡Tú, sin embargo, debes tener muy bien sabido que, cuando una mujer ha resuelto firmemente hacer una cosa, siempre encuentra manera de conseguir su propósito, a despecho de todos los obstáculos, y que nada puede detenerla en sus deseos, aunque sean irrealizables o estén llenos de desastres!

¡Ah! ¡Ay de mi juventud! ¡Se sospecha de mí, y no se tiene fe ninguna en mi castidad! ¡Y ya sólo me resta morir!’ ¡Y habiendo dicho estas palabras, se puso a verter lágrimas, y a llamar sobre su cabeza las más negras calamidades!

Entonces la madre de Hassán acabó por dejarse conmover por sus lloros y gemidos, comprendiendo, por otra parte, que en adelante no habría modo de apartarla de su propósito. Levantóse, pues, a pesar de su mucha edad y de la prohibición expresa de su hijo, y preparó todo lo que se necesitaba para el baño en cuanto a ropa blanca limpia y perfumes. Luego dijo a Esplendor: ‘¡Vamos, hija mía, ven y no te entristezcas más! ¡Pero líbrenos Alah de la cólera de tu esposo!’ Y salió del palacio con ella y la acompañó al hammam más renombrado de la ciudad.

¡Ah! ¡Cuánto mejor hubiera hecho la madre de Hassán en no dejarse conmover por las quejas de Esplendor, y en no franquear el umbral de aquel hammam! ¿Pero quién puede leer en el libro de los Destinos, aparte del Único Vidente? ¿Y quién puede decir de antemano lo que ha de hacer entre dos pasos de camino? ¡No obstante, nosotros, que somos musulmanes, creemos y nos confiamos a la Voluntad Suprema! Y decimos: ‘¡No hay más Dios que Alah y Mahomed es el Enviado de Alah!’ Rogad al Profeta, ¡oh creyentes, ilustres oyentes míos!

Cuando la bella Esplendor, precedida por la madre de Hassán, que llevaba el paquete de ropa blanca limpia, hubo penetrado en el hammam, las mujeres que había echadas en el salón central de entrada lanzaron un grito de admiración, de tanto como las sedujo la belleza de la joven...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima nonagésima quinta noche…

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