viernes, 9 de abril de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La sexcentésima novena noche

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“Pero cuando llegó la 609ª noche

Ella dijo:

‘¡...habla! ¡Heme aquí escuchándote atenta!’. La vieja Madre-de-las-Lanzas contestó: ‘¡Oh reina del siglo y del tiempo! ¡Oh hija mía! vengo a ti para anunciarte un acontecimiento extraordinario que espero te sirva de distracción y de diversión. Has de saber, en efecto, que he encontrado tendido en la playa de nuestra isla a un joven de belleza maravillosa que lloraba con amargura. ¡Y como le interrogara acerca de su estancia allí, me contestó que su destino habíale arrojado a nuestras costas cuando iba en busca de su esposa! ¡Y como yo le rogara que me dijese quién era su esposa, me hizo de ella una descripción que hubo de sumirme en una gran emoción a causa tuya y a causa de tus hermanas las demás princesas! ¡Y para decir toda la verdad, debo revelarte, ¡oh reina mía! que jamás vieron mis ojos entre los genn y los efrits un joven tan hermoso como aquél!’

Cuando la princesa Nur Al-Huda hubo oído estas palabras de la vieja, montó en una cólera terrible, y gritó a la anciana amazona: ‘¡Oh vieja de maldición, oh hija de los mil cornudos de la infamia! ¿Cómo te has atrevido a introducir a un varón en medio de nuestras vírgenes, en nuestros dominios? ¡Ah! ¡Vástago de impudicia! ¿Quién me dará a beber un buche de tu sangre, o comer un bocado de tu carne?’.

Y la anciana guerrera se puso a temblar como una caña en medio de la tempestad, y cayó a las plantas de la princesa, que hubo de gritarle: ‘¿Es que no temes el castigo que atraerán sobre ti mi venganza y mi enojo? ¡Por la cabeza de mi padre, el gran rey de los genn, que no sé qué me retiene en este momento para no hacer que te corten en pedazos, a fin de que en el porvenir sirvas de escarmiento a los guías de infamia que quieran introducir en nuestras islas viajeros!’

Luego añadió: ‘¡Pero, ante todo, date prisa a ir en busca de ese adamita temerario que ha osado violar nuestras fronteras!’ Y levantóse la vieja, sin saber ya en su terror distinguir su mano derecha de su mano izquierda, y salió para ir en busca de Hassán. Y pensaba: ‘¡Esta afrentosa calamidad que Alah me envía por mediación de la reina, me ha sido suscitada sólo por culpa de ese joven Hassán! ¿Por qué no le obligué a abandonar esta isla y a dejarnos ver la anchura de su espalda?’ Y llegó de tal suerte al paraje en que se hallaba Hassán, y le dijo en cuanto le divisó:

‘Levántate, ¡oh tú, cuyo término final está próximo! ¡Y ven a ver a la reina, que tiene que hablarte!’ Y Hassán siguió a la vieja, diciendo: ‘¡Ya salam! ¿En qué abismo voy a ser precipitado?’ Y de aquella manera llegó al palacio, entre las manos de la princesa. Y le recibió ella sentada en su trono y con el rostro enteramente cubierto por su velo. Y Hassán no encontró nada mejor que hacer en tan penosa circunstancia que empezar por besar la tierra ante el trono, y después de la zalema dirigir un cumplimiento en verso a la princesa.

Entonces se encaró ella con la anciana y le hizo una seña que significaba: ‘¡Interrógale!’ Y la anciana dijo a Hassán: ‘¡Nuestra poderosa reina te devuelve la zalema y te pregunta cuál es el nombre de tu esposa y cuál es el nombre de tus hijos!’ Y ayudado por el Destino, contestó Hassán, encarándose con la princesa: ‘Reina del universo, soberana del siglo y del tiempo, ¡oh única de la época y de las edades! por lo que respecta a mi miserable nombre, sabe que me llamo Hassán el atribulado. ¡Pero respecto al nombre de mi esposa, lo ignoro! ¡En cuanto a mis hijos, uno se llama Nasser y otro Manssur!’ La reina le preguntó por mediación de la anciana: ‘¿Y por qué te ha dejado tu esposa?’ El dijo: ‘¡Por Alah, que no lo sé! ¡Pero debió hacerlo a pesar suyo!’ La reina le preguntó: ‘¿De dónde se marchó ¿Y cómo?’ El dijo: ‘¡Se marchó de Bagdad, del propio palacio del califa Harún Al-Raschid, Emir de los Creyentes! ¡Y le bastó ponerse su manto de plumas y elevarse por los aires!’

La reina preguntó: ‘¿Y no te dijo nada al marcharse?’ El contestó: ‘Dijo a mi madre: «¡Si tu hijo, torturado por el dolor de mi ausencia, quiere algún día encontrarme, no tendrá más que ir en busca mía a las islas Wak-Wak! Y ahora, adiós, ¡oh madre de Hassán! ¡En verdad que me aflige mucho tener que marcharme así, y me entristezco con toda el alma, pues los días de la separación le desgarrarán el corazón y ennegrecerán vuestra vida!; pero ¡ay, que ya no puedo más! ¡Siento que invade mi alma la embriaguez del aire, y es preciso que tienda el vuelo por el espacio!» ¡Así habló mi esposa! ¡Y tendió el vuelo! ¡Y desde entonces es negro el mundo ante mis ojos, y en mi pecho habita la desolación!’

La princesa Nur Al-Huda contestó, meneando la cabeza: ‘¡Por Alah! ¡Sin duda que, si tu esposa no quisiera verte más, no habría revelado a tu madre el paraje en que se hallaba! ¡Pero, por otra parte, si te amase, verdaderamente, no te habría abandonado así!’

Entonces juró Hassán con los más firmes juramentos que su esposa le amaba verdaderamente, que le había dado mil pruebas de su afecto y de su abnegación, pero que no pudo resistir a la tentación del aire y a la de su instinto original, que era el vuelo de las aves. Y añadió: ‘¡Oh reina, ya te he contado mi triste historia! ¡Y heme aquí ante ti, suplicando de tu clemencia que me perdones este paso audaz, y me ayudes a buscar a mi esposa y a mis hijos!

¡Por Alah sobre ti, ¡oh soberana mía! no me rechaces!’

Cuando la princesa Nur Al-Huda hubo oído estas palabras de Hassán, reflexionó durante una hora de tiempo; luego levantó la cabeza, y dijo a Hassán: ‘¡Por más que reflexiono acerca del género de suplicio que mereces, no encuentro más que uno suficiente para castigar tu temeridad!’ Entonces, aunque muy aterrada, la vieja se arrojó a los pies de su ama, y le cogió la orla de su traje, cubriéndose con ella la cabeza, y le dijo: ‘¡Oh gran reina...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La sexcentésima décima noche…

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Valram

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jueves, 8 de abril de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La sexcentésima octava noche

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“Pero cuando llegó la 608ª noche

Ella dijo:

‘¡...Escúchame, pues, Hassán! ¡Renuncia a este proyecto temerario, y no te expongas a rendir tu alma!’ Al oír estas palabras de la vieja, Hassán quedóse tan turbado, que se cayó desvanecido; y cuando volvió en sí, lloró tan amargamente, que se le inundaron de lágrimas las vestiduras, y en el límite de la desesperación, exclamó: ‘¡Así, pues, ¡oh mi caritativa tía! es preciso que me vuelva desesperado, después de haber venido de tan lejos, y en el momento en que estoy próximo a conseguir mi propósito! ¿Cómo, tras las seguridades que me diste, iba yo a dudar del éxito de mi empresa y del alcance de tu poder? ¿No eres tú quien manda en las tropas de las Siete Islas, y para quien no es imposible ninguna hazaña de este género?’

Ella contestó: ‘¡Sí, por cierto, hijo mío, tengo mucho ascendiente sobre mis tropas y sobre cada una en particular de las amazonas que las componen! ¡Por eso, para apartarte de tu proyecto insensato, quiero que escojas entre todas estas jóvenes guerreras la que más te guste, y te la daré en vez de tu esposa! ¡Y después regresarás con ella a tu país, y estarás al abrigo de la venganza de nuestro rey! ¡De no hacerlo así, son inevitables mi pérdida y la tuya!’

Pero a este consejo de la vieja, Hassán sólo contestó con nuevas lágrimas y nuevos sollozos. Y conmovida ante el exceso de su dolor, la vieja le dijo: ‘¡Por Alah sobre ti!, ¡oh Hassán! ¿Qué más quieres que haga en favor tuyo? ¡Si llega a descubrirse ya que te he dejado arribar a nuestras islas, no me pertenecerá mi alma!’

Y exclamó Hassán: ‘¡Por Alah, ¡oh mi señora! te aseguro que no he mirado de manera inconveniente a esas jóvenes, ni he prestado mucha atención a su desnudez!’ Y dijo la vieja:

‘¡Pues precisamente has hecho mal, ¡oh Hassán! porque en toda tu vida volverás a disfrutar de un espectáculo semejante! ¡De todos modos, si no te incita ninguna de esas vírgenes a decidirte a regresar a tu país y poner así en salvo tu alma, te cargaré de riquezas y productos preciosos de nuestras islas, y te colmaré de bienes que te harán rico y dichoso para el resto de tus días!’ Pero Hassán se precipitó a los pies de la vieja, le abrazó las rodillas, y le dijo llorando: ‘¡Oh bienhechora mía! ¡Oh pupila de mis ojos! ¡Oh soberana mía! ¿Cómo voy a regresar a mi país después de haber sufrido tantas fatigas y afrontado tantos peligros? ¿Cómo podría dejar esta isla sin haber visto a la bienamada cuyo amor me condujo aquí? ¡Ah! ¡Piensa ¡oh mi señora! que quizá sea la voluntad del Destino que yo encuentre a mi esposa tras de todos los sufrimientos que hube de soportar!’ Y cuando dijo estas palabras, Hassán no pudo reprimir el impulso de su alma, e improvisó estas estrofas:

¡Oh reina de la belleza! ¡Ten piedad del prisionero de dos pupilas que subyugaron a los reyes de los Khosroes!

¡Ni las rosas, ni los nardos, ni las esencias aromáticas podrían substituir con sus virtudes aromáticas a tu aliento!

¡La brisa de las llanuras del paraíso se detiene en tus cabellos para perfumar a los felices que la respiran!

¡Las pléyades que brillan por la noche toman de tus ojos su claridad, y los astros nocturnos son los únicos dignos de servir de collar a tu garganta!, ¡oh blanca joven!

Cuando la anciana amazona oyó estos versos de Hassán, vio que verdaderamente sería cruel arrebatarle para siempre la esperanza de volver a ver a su esposa, y se compadeció de su dolor, y le dijo: ‘Hijo mío, aleja de tu pensamiento la aflicción y la desesperación. ¡Porque ya estoy en absoluto decidida a intentarlo todo para devolverte a tu esposa!’ Luego añadió: ‘Al instante voy a empezar a trabajar en favor tuyo con toda mi alma, ¡oh pobre! ¡Porque bien veo que el enamorado carece de oído y de entendimiento! Te dejo, pues, para ir al palacio de la reina de esta isla en que nos encontramos, que es una de las siete islas Wak-Wak. Porque es preciso que sepas que cada una de estas siete islas está habitada y gobernada por una de las siete hijas de nuestro rey, las cuales son hermanas por el mismo padre, pero no de la misma madre. Y la que aquí nos gobierna es la mayor de las hermanas, y se llama la princesa Nur Al-Huda. Y voy en su busca para hablarle en favor tuyo. ¡Calma, pues, tu alma, refresca tus ojos, y espera mi vuelta con el corazón tranquilo!’ Y se despidió de él y se dirigió al palacio de la princesa Nur Al-Huda.

Llegada que fue a presencia de la princesa, la vieja amazona, que era respetada y querida por las hijas del rey y por el propio rey a causa de su sabiduría y de la educación y los cuidados que había dado y tenido con las jóvenes princesas, se inclinó y besó la tierra entre las manos de Nur-Al-Huda. Y al punto levantóse la princesa en honor suyo, y la besó y la hizo sentarse a su lado, y le dijo: ‘¡Inschalah! ¡Ojalá sean de buen presagio las nuevas que me traes! ¡Y si tienes que hacerme alguna petición o pedirme algún favor habla! ¡Heme aquí escuchándote atenta...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La sexcentésima novena noche…

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