sábado, 10 de julio de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima vigésima primera noche

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“Y cuando llegó la 721ª noche

La pequeña Doniazada, hermana de Schehrazada, se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada y exclamó: ‘¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y amables y sabrosas en su frescura son tus palabras!’ Y dijo Schehrazada, besando en los ojos a su hermana: ‘¡Sí! pero ¿qué es lo anterior comparado con lo que voy a contar esta noche, siempre que me lo permita este rey bien educado y dotado de buenas maneras? Y dijo el rey Schahriar: ‘¡Permitido!’

Entonces Schehrazada continuó así:

‘...El joven Zein cogió un azadón y fue al subterráneo, situado debajo del palacio. Y encendió una antorcha, y a aquella claridad empezó por golpear el suelo del subterráneo con el mango de su azadón, y de tal suerte acabó por percibir una resonancia profunda. Y se dijo ‘¡Ahí es donde tengo que cavar!’ Y se puso a cavar de firme; y levantó más de la mitad de las baldosas del pavimento sin dar con la menor apariencia del tesoro. Y dejó la tarea para descansar, y apoyándose contra el muro, pensó: ‘¡Por Alah! ¿Y desde cuándo, sultán Zein, necesitas correr detrás de tu destino y buscarlo hasta en las profundidades de la tierra, en vez de esperarlo sin preocupaciones, sin fatigas y sin trabajo? ¿Es que no sabes que lo que pasó, pasado está y lo que se escribió, escrito está y deberá ocurrir?’

Sin embargo, cuando descansó un poco, continuó su tarea, quitando las baldosas sin muchas esperanzas; y he aquí que de repente dejó al descubierto una piedra blanca, que hubo de levantar; y debajo encontró una puerta que tenía puesto un candado de acero. Y rompió aquel candado a azadonazos y abrió la puerta.

Entonces se vio en lo alto una magnífica escalera de mármol blanco que daba acceso a una amplia sala cuadrada, toda de porcelana blanca de China y de cristal, y cuyo artesonado y techo y columnata eran de lapislázuli celeste. Y vio en aquella sala cuatro estrados de nácar, sobre cada uno de los cuales había diez ánforas grandes de alabastro y de pórfido alternadas. Y se preguntó:

‘¿Quién sabe qué contendrán estas hermosas ánforas? ¡Es muy probable que mi difunto padre hiciera que las llenaran de vino añejo, el cual ahora debe alcanzar los límites extremos de la excelencia!’ Y así pensando, subió uno de los cuatro estrados, se acercó a una de las ánforas y quitó la tapa. Y ¡oh sorpresa! ¡Oh alegría! ¡Oh danza! vio que estaba llena de polvo de oro hasta el borde. Y para cerciorarse de ello mejor, metió el brazo sin poder llegar al fondo, y lo sacó todo dorado y reluciente de sol. Y se apresuró a quitar la tapa a otra ánfora y vio que estaba llena de dinares de oro y de zequíes de oro de todos tamaños. Y examinó una tras otra las cuarenta ánforas, y vio que todas las de alabastro estaban repletas de dinares y de zequíes de oro.

Al ver aquello, el joven Zein se dilató y se esponjó y se tambaleó y se convulsionó; luego se puso a gritar de alegría, y dejando su antorcha en una cavidad de la pared de cristal, inclinó hacia él una de las ánforas de alabastro, y se echó por la cabeza, por los hombros, por el vientre y por todas partes polvo de oro; y se bañó en ello con una voluptuosidad que no sintió nunca en los hammams más deliciosos. Y exclamó: ‘¡Vaya, vaya, sultán Zein! ¿Con que querías coger el báculo del derviche y ya te disponías a recorrer los caminos de Alah mendigando? ¡Y he aquí que la bendición ha descendido sobre tu cabeza, porque no dudaste de la generosidad del Donador y derrochaste a mano abierta los primeros bienes que te dio! Refréscate, pues, los ojos y tranquiliza tu alma. ¡Y no temas poder agotar de nuevo los dones incesantes de Quien te ha creado!’ Y al mismo tiempo inclinó todas las demás ánforas de alabastro, y vertió en la sala de porcelana el contenido. E hizo lo propio con las ánforas de pórfido, cuyos dinares y zequíes hacían estremecerse con sus caídas sonoras y sus tintineos los ecos de la porcelana y el armonioso cristal. Y sumergió su cuerpo amorosamente en medio de aquel amontonamiento de oro, en tanto que, a la luz de la antorcha, la sala blanca y azul unía el resplandor de sus paredes milagrosas a las fulgurantes chispas y las llamaradas gloriosas que escapábanse del seno de aquel incendio frío.

Cuando el joven sultán se bañó en oro de aquel modo, recreándose en ello para olvidar el recuerdo de la miseria que había amenazado su vida y le tuvo a punto de abandonar el palacio de sus padres, se levantó chorreando cascadas inflamadas, y más calmado ya, se puso a examinarlo todo con extremada curiosidad, asombrándose de que su padre el rey hubiese hecho abrir aquel subterráneo y construir en él aquella sala admirable tan secretamente, que nadie en el palacio oyó nunca hablar de semejante cosa. Y sus ojos atentos acabaron por notar en un rincón, escondido entre dos columnas, un minúsculo cofrecillo, semejante en un todo, aunque más pequeño, al que había encontrado en el armario del archivo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima vigésima segunda noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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viernes, 9 de julio de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima vigésima noche

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“Pero cuando llegó la 720ª noche

Ella dijo:

‘¡...Guárdate, pues, esos doscientos mil dracmas, como recompensa por la feliz noticia que me traes!’

Entonces el califa Abd Al-Malek ben-Merwán, que había oído hablar de la incomparable belleza y del ingenio de Hind, la deseó, y envió a pedirla en matrimonio. Pero ella le contestó con una carta en que, después de las alabanzas a Alah y de las fórmulas de respeto, le decía: ‘¡Sabe ¡oh Emir de los Creyentes! que el perro ha manchado el vaso al tocarlo con el hocico para olerlo!’

Y cuando recibió esta carta, el califa se echó a reír a carcajadas, y al punto escribió esta respuesta: ‘¡Oh Hind! ¡Si el perro manchó el vaso al tocarlo con el hocico, lo lavaremos siete veces, y con el uso que hagamos de él, lo purificaremos! ‘

Y al ver que el califa, a pesar de los obstáculos que ella le oponía, continuaba deseándola ardientemente, Hind no pudo por menos de inclinarse. Aceptó, pues, pero poniendo una condición, como se lo escribió en otra carta en que, después de las alabanzas y las fórmulas, decía: ‘¡Sabe ¡oh Emir de los Creyentes! que no partiré más que con una condición: que Al- Hajage, con los pies descalzos, conduzca de la brida, durante todo este viaje, mi camello hasta tu palacio!’

Esta carta hizo reír al califa aún más que la primera. Y transmitió a Al-Hajage la orden de conducir de la brida el camello de Hind. Y no obstante todo su despecho, como Al-Hajage sabía bien que no podía hacer más que obedecer las órdenes del califa, fue con los pies descalzos hasta la morada de Hind, y cogió al camello por la brida. Y montó Hind en su litera, y durante todo el camino no dejó de divertirse con toda el alma a costa de su conductor. Y llamó a su nodriza, y le dijo: ‘¡Oh nodriza mía! ¡Descorre un poco las cortinas del palanquín!’ Y la nodriza separó las cortinas, y sacó Hind la cabeza por la portezuela, y tiró a tierra un dinar de oro que fue a caer en medio del barro. Y se encaró con su antiguo esposo, y le dijo: ‘¡Oh canciller, devuélveme esa moneda de plata!’ Y Al-Hajage recogió la moneda y se la entregó a Hind, diciéndole: ‘¡Es un dinar de oro y no una moneda de plata!’ Y echándose a reír, exclamó Hind: ‘¡Loores a Alah, que hace convertirse la plata en oro, a pesar de la suciedad del barro!’ Y Al-Hajage, al oír estas palabras, comprendió que aquello era una nueva burla de Hind para humillarle. Y se puso muy colorado de vergüenza y de cólera. ¡Pero bajó la cabeza y se vio obligado a ocultar su rencor contra Hind, convertida en esposa del califa!

Cuando Schehrazada hubo contado esta historia, se calló. Y le dijo el rey Schahriar: ‘Me gustan esas anécdotas, Schehrazada. Pero querría oír ahora una historia maravillosa. ¡Y si es que no sabes más, dímelo para que me entere!’

Y Schehrazada exclamó: ‘¿Y dónde hay una historia más maravillosa que la que precisamente voy a contar en seguida al rey, siempre que me lo permita?’

Y dijo Schahriar: ‘¡Te lo permito!’

Historia maravillosa del espejo de las vírgenes

Y Schehrazada dijo al rey Schahriar:

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! ¡Oh dotado de ideas excelentes! que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los momentos, había en la ciudad de Bassra un sultán que era un joven admirable y delicioso, lleno de generosidad y de valentía, de nobleza y de poderío, y se llamaba el sultán Zein. Pero, a pesar de las grandes cualidades y de los dones de todas clases, que hacían que no tuviese par a lo largo ni a lo ancho del mundo, el tal joven y encantador sultán Zein era un extraordinario disipador de riquezas, un pródigo que no tenía freno ni orden, y que, con las liberalidades de su mano abierta a jóvenes favoritos glotones en extremo, y con lo que gastaba en las mujeres innumerables de todos colores y de todas estaturas que mantenía en palacios suntuosos, y con la compra no interrumpida de nuevas jóvenes que a diario le procuraban, en estado de virginidad, por precios exorbitantes, para que las metiese el diente, había acabado por agotar completamente los inmensos tesoros acumulados desde hacía siglos por sus abuelos los sultanes y los conquistadores. Y un día su visir fue a anunciarle, después de besar la tierra entre sus manos, que las arcas del oro estaban vacías y que no había con qué pagar al día siguiente a los proveedores del palacio; y no bien le hubo anunciado aquella mala noticia, por miedo al palo se apresuró a marcharse como había venido.

Cuando el joven sultán Zein se enteró así de que habíanse consumido todas sus riquezas, se arrepintió de no haber pensado en reservarse una parte para los días negros del destino; y se entristeció en el alma hasta el límite de la tristeza. Y se dijo: ‘Ya no te queda, sultán Zeid, más que huir de aquí y dejar el trono decadente del reino de tus padres, a quien quiera apoderarse de él, abandonando a su suerte a tus favoritos tan queridos, a tus concubinas jóvenes, a tus mujeres y tus asuntos de gobierno. Porque es preferible ser un mendigo en el camino de Alah, a ser un rey sin riquezas y sin prestigio, y ya conoces el proverbio que dice: ‘¡Más vale estar en la tumba que en la pobreza!’

Y así pensando, esperó que llegara la noche para disfrazarse y salir por la puerta secreta de su palacio sin ser visto por nadie. Y se disponía a coger un báculo y a ponerse en camino cuando Alah el Omnividente, el Omnioyente, le trajo a la memoria las últimas palabras y recomendaciones de su padre. Porque, antes de morir, su padre le había llamado, y entre otras cosas le había dicho:

‘¡Y sobre todo iOh hijo mío! ¡No olvides que, si el destino se vuelve un día contra ti, encontrarás en el armario del archivo un tesoro que te permitirá hacer frente a todos los embates de la suerte!’

Cuando Zein recordó estas palabras, que habíanse borrado completamente de su memoria, corrió sin tardanza al armario del archivo y lo abrió, temblando de alegría. Pero por más que miró, hojeó y examinó, revolviendo papeles y registros y desordenando los anales del reino, no encontró en aquel armario ni oro, ni olor de oro, ni plata, ni olor de plata, ni joyas, ni pedrerías, ni nada que de cerca o de lejos se pareciese a aquellas cosas. Y desesperado hasta no poder contener más desesperación su pecho, y muy furioso por haber visto defraudada su esperanza, empezó a sacarlo todo y a tirar los papeles del reino en todas direcciones, y a pisotearlos con rabia, cuando de pronto sintió que resistía a su mano devastadora un objeto duro como de metal. Y lo cogió, y cuando lo hubo mirado, vio que era un pesado cofrecillo de cobre rojo. Y se apresuró a abrirlo; y no encontró dentro más que un billete doblado y sellado con el sello de su padre. Entonces, aunque estaba muy descorazonado, rompió el precinto y leyó en el papel estas palabras trazadas de puño y letra de su padre: ‘¡Ve, hijo mío, a tal sitio del palacio, llévate un azadón y cava por ti mismo la tierra con tus manos, invocando a Alah!’

Cuando hubo leído este billete, Zein se dijo: ‘¡He aquí que tengo que hacer ahora el trabajo penoso de los labradores! ¡Pero ya que tal es la voluntad de mi padre, no quiero desobedecerlo!’ Y bajó al jardín, cogió el azadón que estaba apoyado contra el muro de la casa del jardinero y fue al sitio designado, que era un subterráneo situado debajo del palacio...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima vigésima primera noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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