viernes, 13 de agosto de 2010

mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima quincuagésima sexta noche

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“Pero cuando llegó la 756ª noche

Ella dijo:

‘...Y por tu parte, no pienses más que en preparar la comida, pues tengo hambre. ¡Y deja para mí el cuidado de complacer al rey! Y he aquí que, en cuanto la madre salió para ir al zoco a comprar las provisiones necesarias, Aladino se apresuró a encerrarse en su cuarto. Y cogió la lámpara y la frotó en el sitio que sabía. Y al punto apareció el genni, quien después de inclinarse ante él dijo: ‘¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla.

¡Soy el servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro!’ Y Aladino le dijo: ‘Sabe, ¡oh efrit! que el sultán consiente en darme a su hija, la maravillosa Badrú'l-Budur, a quien ya conoces; pero lo hace a condición de que le envíe lo más pronto posible cuarenta bandejas de oro macizo, de pura calidad, llenas hasta los bordes de frutas de pedrerías semejantes a las de la fuente de porcelana, que las cogí en los árboles del jardín que hay en el sitio donde encontré la lámpara de que eres servidor. ¡Pero no es eso todo! Para llevar esas bandejas de oro llenas de pedrerías, me pide, además, cuarenta esclavas jóvenes, bellas como lunas, que han de ser conducidas por cuarenta negros jóvenes, hermosos, fuertes y vestidos con mucha magnificencia. ¡Eso es lo que, a mi vez exijo de ti!

¡Date prisa a complacerme, en virtud del poder que tengo sobre ti como dueño de la lámpara!’ Y el genni contestó: ‘¡Escucho y obedezco!’ Y desapareció, pero para volver al cabo de un momento.

Y le acompañaban los ochenta esclavos consabidos, hombres y mujeres, a los que puso en fila en el patio, a lo largo del muro de la casa. Y cada una de las esclavas llevaba en la cabeza una bandeja de oro macizo lleno hasta el borde de perlas, diamantes, rubíes, esmeraldas, turquesas y otras mil especies de pedrerías en forma de frutas de todos colores y de todos tamaños. Y cada bandeja estaba cubierta con una gasa de seda con florones de oro en el tejido. Y verdaderamente eran las pedrerías mucho más maravillosas que las presentadas al sultán en la porcelana. Y una vez alineados contra el muro los cuarenta esclavos, el genni fue a inclinarse ante Aladino, y le preguntó: ‘¿Tienes todavía ¡oh mi señor! que exigir alguna cosa al servidor de la lámpara?’ Y Aladino le dijo: ‘¡No, por el momento nada más!’ Y al punto desapareció el efrit.

En aquel instante entró la madre de Aladino cargada con las provisiones que había comprado en el zoco. Y se sorprendió mucho al ver su casa invadida por tanta gente; y al punto creyó que el sultán mandaba detener a Aladino para castigarle por la insolencia de su petición. Pero no tardó Aladino en disuadirla de ello, pues sin darle lugar a quitarse el velo del rostro, le dijo: ‘¡No pierdas el tiempo en levantarte el velo, ¡oh madre! porque vas a verte obligada a salir sin tardanza para acompañar al palacio a estos esclavos que ves formados en el patio! ¡Como puedes observar, las cuarenta esclavas llevan la dote reclamada por el sultán como precio de su hija! ¡Te ruego, pues, que antes de preparar la comida, me prestes el servicio de acompañar al cortejo para presentárselo al sultán!’

Inmediatamente la madre de Aladino hizo salir de la casa por orden a los ochenta esclavos, formándolos en hilera por parejas: una esclava joven precedida de un negro, y así sucesivamente hasta la última pareja. Y cada pareja estaba separada de la anterior por espacio de diez pies. Y cuando traspuso la puerta la última pareja, la madre de Aladino echó a andar detrás del cortejo. Y Aladino cerró la puerta, seguro del resultado, y fue a su cuarto a esperar tranquilamente el regreso de su madre.

En cuanto salió a la calle la primera pareja comenzaron a aglomerarse los transeúntes; y cuando estuvo completo el cortejo, la calle habíase llenado de una muchedumbre inmensa, que prorrumpía en murmullos y exclamaciones. Y acudió todo el zoco para ver el cortejo y admirar un espectáculo tan magnífico y tan extraordinario. ¡Porque cada pareja era por sí sola una cumplida maravilla; pues su atavío admirable de gusto y esplendor, su hermosura, compuesta de una belleza blanca de mujer y una belleza negra de negro, su buen aspecto, su continente aventajado, su marcha reposada y cadenciosa, a igual distancia, el resplandor de la bandeja de pedrerías que llevaba en la cabeza cada joven, los destellos lanzados por las joyas engastadas en los cinturones de oro de los negros, las chispas que brotaban de sus gorros de brocato en que balanceábanse airones, todo aquello constituía un espectáculo arrebatador, a ningún otro parecido, que hacía que ni por un instante dudase el pueblo de que se trataba de la llegada a palacio de algún asombroso hijo de rey o de sultán.

Y en medio de la estupefacción de todo un pueblo, acabó el cortejo por llegar a palacio. Y no bien los guardias y porteros divisaron a la primera pareja, llegaron a tal estado de maravilla que, poseídos de respeto y admiración, se formaron espontáneamente en dos filas para que pasaran. Y su jefe, al ver al primer negro, convencido de que iba a visitar al rey el sultán de los negros en persona, avanzó hacia él y se prosternó y quiso besarle la mano, pero entonces vio la hilera maravillosa que le seguía. Y al mismo tiempo le dijo el primer negro, sonriendo, porque había recibido del efrit las instrucciones necesarias: ‘¡Yo y todos nosotros no somos más que esclavos del que vendrá cuando llegue el momento oportuno!’ Y tras de hablar así, franqueó la puerta seguido de la joven que llevaba la bandeja de oro y de toda la hilera de parejas armoniosas. Y los ochenta esclavos franquearon el primer patio y fueron a ponerse en fila por orden en el segundo patio, al cual daba el diwán de recepción.

En cuanto el sultán, que en aquel momento despachaba los asuntos del reino, vio en el patio aquel cortejo magnífico, que borraba con su esplendor el brillo de todo lo que él poseía en el palacio, hizo desalojar el diwán inmediatamente, y dio orden de recibir a los recién llegados. Y entraron éstos gravemente, de dos en dos, y se alinearon con lentitud, formando una gran media luna ante el trono del sultán. Y cada una de las esclavas jóvenes, ayudada por su compañero negro, depositó en la alfombra la bandeja que llevaba. Luego se prosternaron a la vez los ochenta y besaron la tierra entre las manos del sultán, levantándose en seguida, y todos a una descubrieron con igual diestro ademán las bandejas rebosantes de frutas maravillosas. Y con los brazos cruzados sobre el pecho permanecieron de pie, en actitud del más profundo respeto.

Sólo entonces fue cuando la madre de Aladino, que iba la última, se destacó de la media luna que formaban las parejas alternadas, y después de las prosternaciones y las zalemas de rigor, dijo al rey, que había enmudecido por completo ante aquel espectáculo sin par: ‘¡Oh rey del tiempo! ¡Mi hijo Aladino, esclavo tuyo, me envía con la dote que has pedido como precio de Sett Badrú'l-Budur, tu hija honorable! ¡Y me encarga te diga que te equivocaste al apreciar la valía de la princesa, y que todo esto está muy por debajo de sus méritos! ¡Pero cree que le disculparás por ofrecerte tan poco, y que admitirás este insignificante tributo en espera de lo que piensa hacer en lo sucesivo!’

Así habló la madre de Aladino. Pero el rey, que no estaba en estado de escuchar lo que ella le decía, seguía absorto y con los ojos muy abiertos ante el espectáculo que se ofrecía a su vista. Y miraba alternativamente las cuarenta bandejas, el contenido de las cuarenta bandejas, las esclavas jóvenes que habían llevado las cuarenta bandejas y los jóvenes negros que habían acompañado a las portadoras de las bandejas. ¡Y no sabía que debía admirar más, si aquellas joyas, que eran las más extraordinarias que vio nunca en el mundo, o aquellas esclavas jóvenes, que eran como lunas, o aquellos esclavos negros, que se dirían otros tantos reyes! Y así se estuvo una hora de tiempo, sin poder pronunciar una palabra ni separar sus miradas de las maravillas que tenía ante sí. Y en lugar de dirigirse a la madre de Aladino para manifestarle su opinión acerca de lo que le llevaba, acabó por encararse con su gran visir y decirle: ‘¡Por mi vida! ¿Qué suponen las riquezas que poseemos y qué supone mi palacio ante tal magnificencia? ¿Y qué debemos pensar del hombre que, en menos tiempo del preciso para desearlos, realiza tales esplendores y nos los envía? ¿Y qué son los méritos de mi hija comparados con semejante profusión de hermosura?’ Y no obstante el despecho y el rencor que experimentaba por cuanto le había sucedido a su hijo, el visir no pudo menos de decir: ‘¡Sí, por Alah, hermoso es todo esto; pero, aún así, no vale lo que un tesoro único como la princesa Badrú'l-Budur!’ Y dijo el rey: ‘¡Por Alah! ya lo creo que vale tanto como ella y la supera con mucho en valor. ¡Por eso no me parece mal negocio concedérsela en matrimonio a un hombre tan rico, tan generoso y tan magnífico como el gran Aladino, nuestro hijo!’ Y se encaró con los demás visires y emires y notables que le rodeaban, y les interrogó con la mirada. Y todos contestaron inclinándose profundamente hasta el suelo por tres veces para indicar bien su aprobación a las palabras de su rey. Entonces no vaciló más el rey...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima quincuagésima séptima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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Valram

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jueves, 12 de agosto de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima quincuagésima quinta noche

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“Pero cuando llegó la 755ª noche

Ella dijo:

‘...E hizo proclamar el divorcio de su hija Badrú'l-Budur con el hijo del gran visir, dando a entender que no se había consumado nada y que la perla continuaba virgen y sin perforar. En cuanto al hijo del gran visir, el sultán, por consideración a su padre, le nombró gobernador de una provincia lejana de China, y le dio orden de partir sin demora. Lo cual fue ejecutado. Cuando Aladino, al mismo tiempo que los habitantes de la ciudad, se enteró, por la proclama de los pregoneros públicos, del divorcio de Badrú'l-Budur sin haberse consumado el matrimonio y de la partida del burlado, se dilató hasta el límite de la dilatación, y se dijo:

‘¡Bendita sea esta lámpara maravillosa, causa inicial de todas mis prosperidades! ¡Preferible es que haya tenido lugar el divorcio sin una intervención más directa del genni de la lámpara, el cual, sin duda, habría acabado con ese cretino!’ Y también se alegró de que hubiese tenido éxito su venganza sin que nadie, ni el rey, ni el gran visir, ni su misma madre sospechara la parte que había tenido él en todo aquel asunto. Y sin preocuparse ya, como si no hubiese ocurrido nada anómalo desde su petición de matrimonio, esperó con toda tranquilidad a que transcurriesen los tres meses del plazo exigido, enviando a palacio, en la mañana que siguió al último día del plazo consabido, a su madre, vestida con sus trajes mejores, para que recordase al sultán su promesa.

Y he aquí que, en cuanto entró en el diwán la madre de Aladino, el sultán, que estaba dedicado a despachar los asuntos del reino, como de costumbre, dirigió la vista hacia ella y la reconoció en seguida. Y no tuvo ella necesidad de hablar, porque el sultán recordó por sí mismo la promesa que le había dado y el plazo que había fijado. Y se encaró con su gran visir, y le dijo: ‘¡Aquí está ¡oh visir! la madre de Aladino! Ella fue quien nos trajo, hace tres meses, la maravillosa porcelana llena de pedrerías. ¡Y me parece que, con motivo de expirar el plazo, viene a pedirme el cumplimiento de la promesa que le hice concerniente a mi hija!

¡Bendito sea Alah, que no ha permitido el matrimonio de tu hijo, para que así haga honor a la palabra dada cuando olvidé mis compromisos por ti!’ Y el visir, que en su fuero interno seguía estando muy despechado por todo lo ocurrido, contestó: ‘¡Claro ¡oh mi señor! que jamás los reyes deben olvidar sus promesas! ¡Pero el caso es que, cuando se casa a la hija, debe uno informarse acerca del esposo, y nuestro amo el rey no ha tomado informes de este Aladino y de su familia! ¡Pero yo sé que es hijo de un pobre sastre muerto en la miseria, y de baja condición! ¿De dónde puede venirle la riqueza al hijo de un sastre?’ El rey dijo: ‘La riqueza viene de Alah, ¡oh visir!’ El visir dijo: ‘Así es, ¡oh rey! ¡Pero no sabemos si ese Aladino es tan rico realmente como su presente dio a entender! Para estar seguros no tendrá el rey más que pedir por la princesa una dote tan considerable que sólo pueda pagarla un hijo de rey o de sultán. ¡Y de tal suerte el rey casará a su hija sobre seguro, sin correr el riesgo de darle otra vez un esposo indigno de sus méritos!’ Y dijo el rey: ‘De tu lengua brota elocuencia, ¡oh visir! ¡Di que se acerque esa mujer para que yo le hable!’ Y el visir hizo una seña al jefe de los guardias, que mandó avanzar hasta el pie del trono a la madre de Aladino.

Entonces la madre de Aladino se prosternó y besó la tierra por tres veces entre las manos del rey, quien le dijo: ‘¡Has de saber ¡oh tía! que no he olvidado mi promesa ¡Pero hasta el presente no hablé aún de la dote exigida por mi hija, cuyos méritos son muy grandes! Dirás, pues, a tu hijo, que se efectuará su matrimonio con mi hija El Sett Badrú'l-Budur cuando me haya enviado lo que exijo como dote para mi hija, a saber: cuarenta fuentes de oro macizo llenas hasta los bordes de la mismas especies de pedrerías en forma de frutas de todos colores y todos tamaños, como las que me envió en la fuente de porcelana; y estas fuentes las traerán a palacio cuarenta esclavas jóvenes, bellas como lunas, que serán conducidas por cuarenta esclavos negros, jóvenes y robustos; e irán todos formados en cortejo, vestidos con mucha magnificencia, y vendrán a depositar en mis manos las cuarenta fuentes de pedrerías. ¡Y eso es todo lo que pido, mi buena tía! ¡Pues no quiero exigir más a tu hijo, en consideración al presente que me ha entregado ya!’

Y la madre de Aladino, muy aterrada por aquella petición exorbitante, se limitó a prosternarse por segunda vez ante el trono; y se retiró para ir a dar cuenta de su misión a su hijo. Y le dijo: ‘¡Oh! ¡Hijo mío, ya te aconsejé desde un principio que no pensaras en el matrimonio con la princesa Badrú'l-Budur!’ Y suspirando mucho contó a su hijo la manera, muy afable desde luego, que tuvo de recibirla el sultán, y las condiciones que ponía antes de consentir definitivamente en el matrimonio. Y añadió: ‘¡Qué locura la tuya!, ¡oh hijo mío! iAdmito lo de las fuentes de oro y las pedrerías exigidas, porque imagino que serás lo bastante sensato para ir al subterráneo a despojar a los árboles de sus frutas encantadas! Pero, ¿quieres decirme cómo vas a arreglarte para disponer de las cuarenta esclavas jóvenes y de los cuarenta jóvenes negros? ¡Ah! ¡hijo mío, la culpa de esta pretensión tan exorbitante la tiene también ese maldito visir, porque le vi inclinado al oído del rey, cuando yo entraba, y hablarle en secreto! ¡Créeme, Aladino, renuncia a ese proyecto que te llevará a la perdición sin remedio!’ Pero Aladino se limitó a sonreír, y contestó a su madre: ‘¡Por Alah, ¡oh madre! que al verte entrar con esa cara tan triste creí que ibas a darme una mala noticia! ¡Pero ya veo que te preocupas siempre por cosas que verdaderamente no valen la pena! ¡Porque has de saber que todo lo que acaba de pedirme el rey como precio de su hija no es nada en comparación con lo que realmente podría darle! Refresca, pues, tus ojos y tranquiliza tu espíritu. Y por tu parte, no pienses más que en preparar la comida, pues tengo hambre. ¡Y deja para mí el cuidado de complacer al rey...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima quincuagésima sexta noche…

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Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
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