viernes, 17 de septiembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima nonagésima noche

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“Pero cuando llegó la 790ª noche

Ella dijo:

‘...Al undécimo día por la mañana llegamos a una llanura inmensa, cuyo suelo brillante parecía formado de pepitas de plata. Y en medio de aquella llanura se elevaba una alta columna de granito. Y en lo alto de la columna se erguía un joven de cobre rojo, que tenía la mano derecha extendida y abierta, con una llave colgando de cada uno de sus cinco dedos. Y la primera llave era de oro, la segunda de plata, la tercera de cobre chino, la cuarta de hierro y la quinta de plomo. Y cada una de estas llaves era un talismán. Y el hombre que se apropiara de cada una de aquellas llaves tenía que sufrir la suerte que iba aneja a ella. Porque eran las llaves del Destino: la llave de oro era la llave de las miserias, la llave de plata la de los sufrimientos, la llave de cobre chino la de la muerte, la llave de hierro la de la gloria y la llave de plomo la de la sabiduría y de la dicha.

Pero yo ¡oh mi señor! en aquel tiempo ignoraba estas cosas que mi amo era solo en conocer. Y mi ignorancia fue causa de todas mis desventuras. Pero las desventuras, como las venturas, nos vienen de Alah el Retribuidor. Y la criatura debe aceptarlas con humildad.

El caso es ¡oh rey del tiempo! que, cuando llegamos al pie de la columna, mi amo el beduino hizo arrodillarse a su camella y echó pie a tierra. Y yo hice lo que él. Y allá mi amo sacó de su carcaj un arco de forma extraña, y puso en él una flecha. Y tendió el arco y lanzó la flecha al joven de cobre rojo. Pero, sea por torpeza real, sea por torpeza fingida, la flecha no dio en el blanco. Y entonces me dijo el beduino: ‘Ya Hassán Abdalah, ahora es cuando puedes rescatarte conmigo, y si quieres, comprar tu libertad. Porque sé que eres fuerte y listo, y sólo tú podrás dar en el blanco. ¡Coge, pues, este arco y procura tirar esas llaves!’

Entonces, ¡oh mi señor! feliz yo de poder pagar mi deuda y rescatar mi libertad a aquel precio, no vacilé en obedecer a mi amo. Y cogí el arco, y al examinarle, observé que era de fabricación india y había salido de manos de un obrero hábil. Y deseoso de mostrar a mi amo mi saber y mi destreza, estiré el arco con fuerza y di en la mano del joven de la columna. Y a la primera flecha hice caer una llave: y era la llave de oro. Y muy orgulloso y alegre, la recogí y se la presenté a mi amo. Pero no quiso cogerla, y me dijo, rechazándola: ‘¡Guárdatela para ti ¡oh pobre! como premio por tu destreza!’ Y le di las gracias, y me metí en el cinturón la llave de oro. Y no sabía que era la llave de las miserias.

Luego, al segundo tiro, hice caer otra llave, que era la llave de plata. Y el beduino no quiso tocarla, y yo me la guardé en el cinturón con la primera. Y no sabía que era la llave de los sufrimientos.

Tras de lo cual, con otras dos flechas, descolgué dos llaves más: la llave de hierro y la llave de plomo. Y una era la de la gloria, y otra la de la sabiduría y la dicha. Pero yo no lo sabía. Y sin darme tiempo a recogerlas, mi amo se apoderó de ellas, lanzando exclamaciones de alegría y diciendo: ‘¡Bendito sea el seno que te ha llevado!, ¡oh Hassán Abdalah! ¡Bendito sea quien adiestró tu brazo y ejercitó tu golpe de vista!’ Y me estrechó en sus brazos, y me dijo: ‘¡En adelante eres tu propio amo!’ Y le besé la mano, y de nuevo quise devolverle la llave de oro y la llave de plata. Pero las rehusó, diciendo: ‘¡Para ti!’

Entonces saqué del carcaj la quinta flecha, y me apercibí a tirar la última llave, la de cobre chino, que no sabía era la llave de la muerte. Pero mi amo se opuso vivamente a mi propósito, deteniéndome el brazo y exclamando: ‘¿Qué vas a hacer, desgraciado?’ Y muy aturdido, dejé caer inadvertidamente la flecha a tierra. Y precisamente se me clavó en el pie izquierdo y me le atravesó, haciéndome una herida dolorosa. ¡Y aquello fue el principio de mis desventuras!

Cuando mi amo, afligido por aquel accidente que hubo de sobrevenirme, me curó la herida como mejor pudo, ayudóme a montar en mi camella. Y proseguimos nuestro camino.

Después de tres días y tres noches de una marcha muy penosa a causa del pie herido, llegamos a una pradera, donde nos detuvimos para pasar la noche. Y en aquella pradera había árboles de una especie que yo no había visto nunca. Y aquellos árboles ostentaban hermosos frutos maduros, cuya apariencia, fresca y encantadora, excitaba la mano a cogerlos. Y yo, acuciado por la sed, me arrastré hasta uno de aquellos árboles, y me apresuré a coger uno de aquellos frutos. Y era de un color rojo dorado y de un perfume delicioso. Y me lo llevé a la boca y lo mordí. Y he aquí que clavé los dientes con tanta fuerza, que no pude desencajar las mandíbulas. Y quise gritar, pero de mi boca no salió más que un sonido inarticulado y sordo. Y sufría horriblemente. Y eché a correr de un lado para otro con mi pierna coja y con el fruto cogido entre mis mandíbulas encajadas, y empecé a gesticular como un loco. Luego me tiré al suelo con los ojos fuera de las órbitas.

Entonces mi amo el beduino, al verme en aquel estado, se asustó mucho al principio. Pero cuando comprendió la causa de mi tormento, se acercó a mí e intentó desencajarme las mandíbulas. Pero sus esfuerzos sólo sirvieron para aumentar mi mal. Y al ver aquello, me dejó y fue a recoger al pie de los árboles algunos de los frutos caídos. Y los contempló atentamente, y acabó por escoger uno y tirar los demás. Y volvió conmigo y me dijo: ‘¡Mira este fruto, Hassán Abdalah! ¡Ya ves los insectos que lo roen y lo destruyen! Pues bien; estos insectos van a servir de remedio para tu mal. ¡Pero se necesitan calma y paciencia!’ Y añadió: ‘¡Porque he calculado que, poniendo en el fruto que obstruye tu boca alguno de estos insectos, se dedicarán o roerlo, y en dos o tres días, a lo más, estarás libre!’ Y como se trataba de un hombre de experiencia, le dejé hacer, pensando: ‘¡Ya Alah! ¡Tres días y tres noches de semejante suplicio! ¡Oh! ¡Preferible la muerte!’ Y sentándose a la sombra junto a mí, mi amo hizo lo que había dicho, llevando al fruto maldito los insectos salvadores. Y en tanto que los insectos roedores comenzaban su obra, mi amo sacó de su saco de provisiones dátiles y pan seco, y se puso a comer. Y de cuando en cuando se interrumpía para recomendarme paciencia, diciéndome: ‘¿Ves, ya Hassán, cómo tu glotonería me detiene en mi camino y retrasa la ejecución de mis proyectos? ¡Pero soy prudente y no me atormento con exceso por este contratiempo! ¡Haz como yo!’ Y se dispuso a dormir, y me aconsejó que hiciese lo propio.

Pero ¡ay! que me pasé sufriendo la noche y el día siguiente. Y aparte los dolores de mis mandíbulas y de mi pie, estaba torturado por la sed y el hambre. Y para consolarme, el beduino me aseguraba que adelantaba el trabajo de los insectos. Y de tal suerte me hizo tener paciencia hasta el tercer día. Y por la mañana de aquel tercer día al fin sentí que se me desencajaban las mandíbulas. E invocando y bendiciendo el nombre de Alah, tiré el fruto maldito con los insectos salvadores.

Entonces, libre ya, mi primer cuidado fue registrar el saco de provisiones y palpar el odre que contenía el agua. Pero observé que mi amo lo había agotado todo en los tres días que duró mi suplicio, y me eché a llorar, acusándole de mis sufrimientos. Pero él, sin alterarse, me dijo con dulzura: ‘Eres injusto, Hassán Abdalah. ¿Acaso también yo iba a dejarme morir de hambre y de sed? ¡Pon, pues, tu confianza en Alah y en Su Profeta, y levántate en busca de un manantial donde aplacar tu sed!’

Y entonces me levanté y me dediqué a buscar agua o alguna fruta que me fuese conocida. Pero no había allí otros frutos que los de la especie perniciosa cuyos efectos hube de experimentar. Por fin, a fuerza de pesquisas, acabé por descubrir en el hueco de una roca un pequeño manantial de agua brillante y fresca, que invitaba a aplacar la sed.

Y me puse de rodillas, ¡y bebí, y bebí, y bebí! Y me detuve un instante, y seguí bebiendo. Tras de lo cual, un poco calmado, consentí en ponerme en camino, y seguí a mi amo, que ya se había alejado en su camella roja. Pero no habría dado cien pasos mi cabalgadura, cuando sentí que me acometían retorcijones tan violentos, que creí tener en las entrañas todo el fuego del infierno. Y me puse a gritar: ¡Oh madre mía! ¡Ya Alah! ¡Oh madre mía!’ Y en vano traté de moderar el paso de mi camella que, a grandes zancadas, corría con toda su velocidad en pos de su rápida compañera. Y con los saltos que daba y el vaivén de su paso, se hizo tan intenso mi suplicio que empecé a dar aullidos espantosos y a lanzar tales imprecaciones contra mi camella contra mí mismo y contra todo, que acabó por oírme el beduino, y retrocediendo hasta mí, me ayudó a parar mi camella y a echar pie a tierra. Y me acurruqué en la arena, y -dispensa esta confianza a tu esclavo, ¡oh rey del tiempo!- di libre curso al torrente que llevaba dentro. Y sentí como si se me desgarrasen todas las entrañas. Y en mi pobre vientre se levantó una tempestad completa, con todos los truenos de la Creación, mientras mi amo el beduino me decía: ‘¡Ya Hassán Abdalah, ten paciencia!’ Y a consecuencia de todo aquello, caí desmayado en el suelo.

No sé cuánto tiempo duró mi desmayo. Pero cuando volví en mí, me vi otra vez a lomos de la camella, que seguía a su compañera. Y era por la tarde. Y se ponía el sol detrás de una montaña alta, al pie de la cual llegábamos. Y nos paramos a descansar. Y mi amo dijo:

‘¡Loado sea Alah, que no permite que nos quedemos en ayunas hoy! ¡Pero no te preocupes tú de nada, y estate tranquilo, pues mi experiencia del desierto y de los viajes me hará encontrar un alimento sano y refrescante donde tú no podrías recoger más que venenos!’ Y tras de hablar así, fue al matorral formado por plantas de hojas apretadas, carnosas y cubiertas de espinas, poniéndose a cortar con un sable algunas de ellas. Y las mondó, y extrajo una pulpa amarilla y azucarada, parecida, en el sabor, a la de los higos. Y me dio cuanta quise; Y comí hasta que estuve harto y refrescado.

Entonces empecé a olvidar un poco mis sufrimientos; y confié en pasar por fin la noche tranquilamente en un sueño, de cuyo sabor hacía tanto tiempo que no me acordaba. Y al salir la luna, extendí en tierra mi capote de pelo de camello, y ya me aprestaba a dormir, cuando me dijo mi amo el beduino: ‘¡Ya Hassán Abdalah, ahora es cuando tienes ocasión de probarme si realmente me guardas alguna gratitud...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima nonagésima primera noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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jueves, 16 de septiembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La septingentésima octogésima novena noche

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“Pero cuando llegó la 789ª noche

Ella dijo:

‘...Y cogí el vestido de la mujer, y salí para ir a venderlo a la salud de nuestros hijos. Y cuando me dirigía al zoco, me encontré con un beduino montado en una camella roja. Y al verme, el beduino paró de repente a su camella, la hizo arrodillarse, y me dijo: ‘La zalema contigo, ¡oh hermano mío! ¿No podrías indicarme la casa de un rico mercader que se llama el jeique Hassán Abdalah, hijo de Al-Achar?’ Y Yo ¡oh mi señor! tuve vergüenza de mi pobreza, aunque la pobreza, como la riqueza, nos viene de Alah, y contesté, bajando la cabeza: ‘Y contigo la zalema y la bendición de Alah, ¡oh padre de los árabes! ¡Pero en El Cairo, que yo sepa, no hay ningún hombre con el nombre que acabas de pronunciar!’ Y quise continuar mi camino. Pero el beduino se apeó de su camella, y tomando mis manos en las suyas, me dijo, con acento de reproche: ‘Alah es grande y generoso, ¡oh hermano mío!

¿Acaso no eres tú el jeique Hassán Abdalah, hijo de Al-Achar? ¿Y es posible que te desentiendas del huésped que Alah te envía, ocultando tu nombre?’ Entonces yo, en el límite de la confusión, no pude contener mis lágrimas, y rogándole que me perdonara, le cogí las manos para besárselas; pero no quiso dejarme hacer, y me estrechó en sus brazos, como haría un hermano con su hermano. Y le conduje a mi casa.

Y mientras de aquel modo caminaba con el beduino, que llevaba del ronzal a su camella, mi corazón y mi espíritu estaban torturados por la idea de no tener nada para agasajar al huésped. Y cuando llegué, me apresuré a contar a la hija de mi tío el encuentro que acababa de tener; y ella me dijo: ‘¡El extranjero es el huésped de Alah, y para él será incluso el pan de los hijos! Vuélvete, pues, a vender el traje que te di, y con el dinero que por ello saques compra con qué alimentar a nuestro huésped. ¡Y si deja sobras, nos las comeremos nosotros!’ Y para salir, tenía yo que pasar por el vestíbulo en que había dejado al beduino. Y como ocultara yo el traje, me dijo él: ‘¿Qué llevas entre la ropa, hermano mío?’ Y contesté, bajando la cabeza, confuso: ‘¡Nada!’ Pero él insistió, diciendo: ‘¡Por Alah sobre ti, ¡oh hermano mío! te suplico me digas qué llevas escondido entre las vestiduras!’ Y contesté, muy azorado: ‘¡Es el traje de la hija de mi tío, que se lo llevo a nuestra vecina, la cual tiene el oficio de remendar trajes!’ Y el beduino insistió aún, y me dijo: ‘Déjame ver ese traje, ¡oh hermano mío!’ Y ruborizándome, le enseñé el traje; y exclamó él: ‘¡Alah es clemente y generoso, oh hermano mío! ¡Lo que ibas a hacer ahora era vender en subasta el traje de tu esposa, madre de tus hijos, para cumplir con el extranjero los deberes de hospitalidad!’ Y me abrazó, y me dijo: ‘¡Toma, ya Hassán Abdalah, aquí tienes diez dinares de oro, que proceden de Alah, a fin de que los gastes y nos compres con ellos lo preciso para nuestras necesidades y las de tu casa!’ Y no pude rechazar la oferta del huésped, y cogí las monedas de oro. Y en mi casa entraron el bienestar y la abundancia.

Y he aquí que, a diario, me entregaba el beduino la misma suma, y por orden suya la gastaba yo de la misma manera. Y duró aquello quince días.

Y glorifiqué al Retribuidor por sus beneficios.

Y he aquí que, a la mañana del decimosexto día, mi huésped el beduino me dijo, después de las zalemas: ‘Ya Hassán Abdalah, ¿quieres venderte a mí?’ Y yo le contesté: ‘¡Oh mi señor! ¡Ya soy tu esclavo, y te pertenezco por agradecimiento!’ Pero me dijo él: ‘¡No Hassán Abdalah, no es eso lo que quiero decirte! Al preguntarte si te vendes a mí, es porque deseo comprarte realmente. ¡Así es que no voy a regatear tu venta, y te dejo que tú mismo fijes el precio en que quieres venderte!’

Ni por un instante dudé de que hablara en broma, y contesté, burlándome: ‘El precio de un hombre libre ¡oh mi señor! está fijado por el Libro en mil dinares, si se le mata de un solo golpe. ¡Pero si se hacen varias intentonas para matarle, produciéndole dos o tres o cuatro heridas o si se le corta en pedazos, entonces su precio llega a mil quinientos dinares!’

Y me dijo el beduino: ‘¡No hay inconveniente, Hassán Abdalah! ¡Te pagaré esta última suma, si consientes en tu venta!’ Y comprendiendo entonces que mi huésped no bromeaba, sino que estaba seriamente decidido a comprarme, pensé para mi ánima: ‘Alah es quien te envía este beduino para salvar a tus hijos del hambre y de la miseria, ya jeique Hassán! ¡Si tu destino es ser cortado en pedazos, no te escaparás de él!’ Y contesté: ‘¡Oh hermano árabe, acepto mi venta! ¡Pero permíteme solamente consultar acerca de ello a mi familia!’ Y me contestó: ‘¡Está bien!’ Y me dejó y salió para dedicarse a sus asuntos.

Y he aquí ¡oh rey del tiempo! que fui en busca de mi madre, de mi esposa y de mis hijos, y les dije: ‘¡Alah os salva de la miseria!’ Y les conté la proposición del beduino. Y al oír mis palabras, mi madre y mi esposa se maltrataron el rostro y el pecho, exclamando: ‘¡Oh calamidad sobre nuestra cabeza! ¿Qué quiere hacer de ti ese beduino?’ Y corrieron a mí los niños y se cogieron a mis ropas. Y lloraban todos. Y añadió mi esposa, que era prudente y de buen consejo: ‘¿Quién sabe si ese beduino maldito, como te opongas a tu venta, reclamará lo que ha gastado aquí? Así es que, para que no te pille desprevenido, es preciso que vayas cuanto antes en busca de alguien que consienta en comprar esta miserable casa, última hacienda que te queda, y con el dinero que te produzca pagarás a ese beduino. Y de tal suerte no le deberás nada, y quedará libre tu persona’. Y estalló en sollozos; pensando ver ya a nuestros hijos sin asilo, en la calle. Y yo me puse a reflexionar acerca de la situación, y ya estaba en el límite de la perplejidad. Y pensaba de continuo: ‘¡Oh Hassán Abdalah! ¡No desaproveches la ocasión que Alah te depara! ¡Con la suma que te ofrece el beduino por tu venta aseguras el pan de tu casa!’

Luego pensé: ‘¿Pero por qué quiere él comprarte? ¿Y qué quiere hacer de ti? ¡Si aun fueras joven e imberbe! ¡Pero si tienes la barba como la cola de Agar, y ni siquiera tentarías a un indígena del Alto Egipto! ¡Por lo visto, quiere matarte poco a poco, ya que te paga con arreglo a la segunda condición!’

Sin embargo, cuando, al caer la tarde, regresó a casa el beduino, yo había tomado mi partido y tenía decidido lo que había de hacer. Y le recibí con cara sonriente, y después de las zalemas, le dije: ‘¡Te pertenezco!’ Entonces se desató el cinturón, sacó de él mil quinientos dinares de oro, y me los contó, diciendo: ‘¡Ruega por el Profeta, ya Hassán Abdalah!’ Y contesté: ‘¡Con él la plegaria, la paz y las bendiciones de Alah!’ Y me dijo: ‘Pues bien, hermano mío, ahora que te vendiste, puedes estar sin temor, porque tu vida será salva y tu libertad completa. Al hacer tu adquisición solamente deseé tener un compañero agradable y fiel en el largo viaje que quiero emprender. Porque ya sabes que el Profeta (¡Alah lo tenga en su gracia!) ha dicho: ‘¡Un compañero es la mejor provisión para el camino!’

Entonces entré muy alegre en el aposento donde se hallaban mi madre y mi esposa, y puse delante de ellas, en la estera, los mil quinientos dinares de mi venta. Y al ver aquello, sin querer escuchar mis explicaciones, empezaron ellas a lanzar gritos estridentes, mesándose los cabellos y lamentándose, como se hace junto al ataúd de los muertos. Y exclamaban: ‘¡Es el precio de la sangre! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! ¡Jamás tocaremos el precio de tu sangre!

¡Antes morir de hambre con los niños!’ Y al ver la inutilidad de mis esfuerzos para calmarlas, las dejé un rato para que desahogaran su dolor. Luego me puse a hacerles razonamientos, jurándoles que el beduino era un hombre de bien con intenciones excelentes; y acabé por conseguir que amenguaran un poco sus lamentos. Y me aproveché de aquella calma para besarlas, así como a los niños, y decirles adiós. Y con el corazón dolorido, las dejé bañadas en las lágrimas de la desolación. Y abandoné la casa en compañía de mi amo el beduino.

Y en cuanto estuvimos en el zoco de las acémilas, por indicación suya compré una camella conocida por su rapidez. Y por orden de mi amo llené los sacos de provisiones necesarias para un viaje largo. Y terminados todos nuestros preparativos, ayudé a mi amo a montar en su camella, monté yo en la mía, y después de invocar el nombre de Alah nos pusimos en camino.

Y viajamos sin interrupción, y pronto ganamos el desierto, en donde no había más presencia que la de Alah, y en donde no se veía huella de viajeros en la movible arena. Y mi amo el beduino se guiaba, en aquellas inmensidades, por indicaciones conocidas sólo de él y de su cabalgadura. Y así caminamos, bajo un sol abrasador, durante diez días, cada uno de los cuales me pareció más largo que una noche de pesadillas.

Al undécimo día por la mañana llegamos a una llanura inmensa, cuyo suelo brillante parecía formado de pepitas de plata...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La septingentésima nonagésima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
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Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
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¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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