martes, 5 de octubre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima octava noche

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“Y cuando llegó la 808ª noche

Ella dijo:

‘...Verdaderamente, ¡oh vendedor! es preciso ¡por Alah! que, para valer semejante precio, esta alfombra sea admirable por algo que ignoro o que no distingo’. Y dijo el vendedor: ‘¡Tú lo has dicho, señor! ¡Has de saber que, en efecto, esta alfombra está dotada de una virtud invisible que hace que al sentarse en ella sea uno transportado inmediatamente adonde quiera ir, y con tanta rapidez, que se efectúa en menos tiempo del que se tarda en cerrar un ojo y abrir el otro! Y ningún obstáculo es capaz de detenerla en su marcha, porque ante ella se aleja la tempestad, huye la tormenta, se entreabren las montañas y las murallas, y por lo mismo, resultan inútiles y vanos los candados más sólidos. ¡Y tal es ¡oh mi señor! la virtud invisible de esta alfombra de plegaria! ‘

Y tras de hablar así, sin añadir una palabra más, el vendedor comenzaba a doblar la alfombra como para marcharse, cuando exclamó el príncipe Alí, en el límite de la alegría:

‘¡Oh vendedor de bendición! ¡Si esta alfombra es verdaderamente tan extraordinaria como me dan a entender tus palabras, dispuesto estoy a pagarte no solamente los cuarenta mil dinares de oro que pides, sino otros mil más de regalo para ti por el corretaje! ¡Pero es preciso que vea con mis ojos y toque con mis manos!’ Y el vendedor contestó sin inmutarse: ‘¿Dónde están los cuarenta mil dinares de oro, ¡oh mi señor!? ¿Y dónde están los otros mil que me promete tu generosidad?’ Y contestó el príncipe Alí: ‘¡Están en el khan principal de los mercaderes, donde me alojo con mi esclavo! ¡Y allá iré contigo para contártelos, una vez que haya visto y tocado!’ Y contestó el vendedor: ‘¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Pero el khan principal de los mercaderes está bastante lejos, y llegaremos más de prisa en esta alfombra que con nuestros pies!’ Y encarándose con el dueño de la tienda, le dijo: ‘¡Con tu permiso!’ Y se metió en la trastienda, y extendiendo la alfombra, rogó al príncipe que se sentara en ella. Y sentándose junto a él, le dijo: ‘¡Oh mi señor! ¡Desea mentalmente que se te transporte a tu khan y a tu propio domicilio!’ Y el príncipe Alí formuló en su alma el deseo. Y antes de que tuviese tiempo de despedirse del dueño de la tienda, que le había recibido tan finamente, se vio transportado a su propio aposento, sin sacudidas y sin incomodidad, en la misma postura en que estaba, y sin poder darse cuenta de si había surcado los aires o había pasado por debajo de tierra. Y el vendedor continuaba a su lado, sonriente y satisfecho. Y ya había acudido entre sus manos el esclavo para ponerse a sus órdenes.

Al adquirir aquella certeza de la virtud maravillosa de la alfombra, el príncipe Alí dijo a su esclavo: ‘¡Cuenta al instante a este hombre bendito cuarenta bolsas de mil dinares y ponle en la otra mano una bolsa de mil dinares!’ Y el esclavo ejecutó la orden. Y dejando la alfombra al príncipe Alí, le dijo el vendedor: ‘¡Buena adquisición has hecho!, ¡oh mi señor!’ Y se fue por su camino.

En cuanto al príncipe Alí, convertido de tal suerte en poseedor de la alfombra encantada, llegó el límite de la satisfacción y de la alegría al pensar que había encontrado una rareza tan extraordinaria no bien llegó a aquella ciudad y a aquel reino de Bischangar. Y exclamó:

‘¡Maschalah! ¡Alhamdú lillah! ¡He aquí que sin esfuerzo he conseguido lo que me proponía con mi viaje, y ya no dudo de ganar a mis hermanos! ¡Y yo soy quien llegaré a esposo de la hija de mi tío, la princesa Nurennahar! Y además, ¿cuál no será la alegría de mi padre y el asombro de mis hermanos cuando yo les haya hecho comprobar las cosas extraordinarias que puede hacer esta alfombra preciosa? ¡Porque es imposible que mis hermanos, por muy favorable que sea su destino, logren encontrar un objeto que de cerca o de lejos pueda compararse con éste!’ Y así pensando, se dijo: ‘¿Y si partiera en seguida para mi país, ahora que para mí no existen distancias?’ Luego, tras de reflexionar, se acordó del plazo de un año que había convenido con sus hermanos, y comprendió que, si partía al instante, corría el riesgo de tener que esperarles mucho tiempo en el khan de los tres caminos, punto de cita. Y se dijo:

‘Entre espera y espera, prefiero pasar el tiempo aquí y no en el desierto khan de los tres caminos. Voy, pues, a distraerme en este país admirable, y al mismo tiempo a instruirme con lo que conozco’. Y desde el día siguiente, reanudó sus visitas a los zocos y sus paseos por la ciudad de Bischangar.

Y de tal suerte pudo admirar las curiosidades verdaderamente singulares de aquel país de la India. Entre otras cosas notables, vio, en efecto, un templo de ídolos todo de bronce, con una cúpula situada sobre una terraza a cincuenta codos de altura, y esculpida y coloreada con tres franjas de pinturas muy animadas y de gusto delicado; y todo el templo estaba adornado con bajorrelieves de un trabajo exquisito y con dibujos entrelazados; y se hallaba enclavado en medio de un vasto jardín plantado de rosas y otras flores buenas de oler y de mirar. Pero lo que constituía el atractivo principal de aquel templo de ídolos (¡confundidos y rotos sean!) era una estatua de oro macizo, de la altura de un hombre, que tenía por ojos dos rubíes movibles, y dispuestos con tanto arte, que parecían dos ojos con vida y miraban a quien se ponía delante de ellos, siguiendo todos sus movimientos. Y por la mañana y por la noche los sacerdotes de los ídolos celebraban en el templo las ceremonias de su culto descreído, haciéndolas seguir de juegos, de conciertos de instrumentos, de concursos de mimos, de cantos de almeas, danzas de bailarinas y de festines. Y por cierto que aquellos sacerdotes sólo se alimentaban con las ofrendas que continuamente les llevaba la muchedumbre de peregrinos desde el fondo de los países más distantes.

Y durante su estancia en Bischangar, el príncipe Alí pudo también ser espectador de una gran fiesta que se celebraba en aquel país todos los años, y a la cual asistían los walíes de todas las provincias, los jefes del ejército, los brahmanes, que son los sacerdotes de los ídolos, y los jefes del culto descreído y una muchedumbre innumerable de pueblo. Y toda aquella asamblea se congregaba en una llanura inmensa, dominada por un edificio de altura prodigiosa, que albergaba al rey y a su corte, y estaba sostenido por ochenta columnas y pintado por fuera con paisajes, animales, pájaros, insectos y hasta moscas y mosquitos, y todo al natural. Y junto a este edificio había tres o cuatro estrados de una extensión considerable, en donde se sentaba el pueblo. Y lo singular de todas aquellas construcciones consistía en que eran movibles y se las transformaba por momentos, cambiándolas de fachada y de decorado. Y empezó el espectáculo con un concurso de equilibristas de una ingeniosidad extremada, y con juegos de manos y danzas de fakires. Luego se vieron avanzar en orden de batalla, alineados a poca distancia unos de otros, mil elefantes enjaezados suntuosamente y cargado cada uno con una torre cuadrada de madera dorada, con bailarines y tañedoras de instrumentos en cada torre. Y aquellos elefantes tenían la trompa y las orejas pintadas de bermellón y de cinabrio, los colmillos dorados por completo, y en sus cuerpos había dibujadas, con colores vivos, figuras que ostentaban millares de piernas y de brazos en contorsiones terroríficas o grotescas. Y cuando aquel rebaño formidable llegó ante los espectadores, dos elefantes, que no estaban cargados con torres y que eran los mayores de aquel millar, salieron de las filas y avanzaron hasta el centro del círculo que formaban los estrados. Y uno de ellos, al son de los instrumentos, se puso a bailar, sosteniéndose de pie sobre sus patas traseras unas veces y sobre las delanteras otras. Luego trepó con agilidad hasta la parte alta de un poste clavado en tierra perpendicularmente, y agarrándose al extremo con las cuatro patas a la vez, se puso a batir el aire con su trompa y a estirar las orejas y a mover la cabeza en todos sentidos al compás de los instrumentos, mientras el otro elefante se balanceaba agarrado al extremo de otro colocado horizontalmente por en medio sobre un soporte y con una piedra de un tamaño prodigioso sujeta al otro extremo para servir de contrapeso al animal, que subía y bajaba marcando con la cabeza la cadencia de la música.

Y el príncipe Alí quedó maravillado de todo aquello y de otras muchas cosas también. Así es que se dedicó a estudiar con interés creciente las costumbres de aquellos indios, tan distintos a la gente de su país, y continuó paseando y visitando a los mercaderes y a los notables del reino. Pero, como estaba atormentado de continuo por su amor a su prima Nurennahar, aunque no había transcurrido el año, no pudo permanecer alejado de su país por más tiempo y resolvió abandonar la India para acercarse al objeto de sus pensamientos, persuadido de que sería más feliz al no sentirse separado de ella por una distancia tan grande. Y cuando su esclavo se hubo arreglado con el portero sobre el precio de la vivienda, se sentó con él en la alfombra encantada v se recogió en sí mismo deseando con vehemencia ser transportado al khan de los tres caminos. Y como abriera los ojos, que hubo de cerrar por un instante para abstraerse, advirtió que había llegado al khan consabido. Y se levantó de la alfombra y entró en el khan con sus ropas de mercader, y se dispuso a esperar allí tranquilamente el regreso de sus hermanos. ¡Y esto es lo referente a él!

¡En cuanto al príncipe Hassán, segundo de los tres hermanos, he aquí lo que le aconteció! No bien se puso en camino, se encontró con una caravana que iba a Persia. Y se agregó a aquella caravana, y después de un viaje por llanuras y montañas, desiertos y praderas, llegó con ella a la capital del reino de Persia, que era la ciudad de Schiraz. Y por indicación de los mercaderes de la caravana, con los cuales había entablado amistad, fue a parar al khan principal de la ciudad. Y al día siguiente al de su llegada, en tanto que sus antiguos compañeros de viaje abrían los fardos e instalaban sus mercancías, él se apresuró a salir para ver lo que hubiese de ver. Y se hizo conducir al zoco, que en aquel país se llamaba Bazistán, maravillándose de la prodigiosa cantidad de cosas hermosas que descubría en las tiendas. Y por doquiera veía corredores y pregoneros que iban y venían en todos sentidos desenrollando hermosas piezas de seda, alfombras hermosas y otras cosas buenas que vendían en subasta.

Y he aquí que el príncipe Hassán vio, entre todos aquellos hombres tan atareados, a uno que tenía en la mano un canuto de marfil de una longitud de un pie y un dedo de grueso. Y aquel hombre, en vez de tener el aspecto ávido y presuroso de los demás pregoneros y corredores, se paseaba con lentitud y gravedad sosteniendo el canuto de marfil como un rey sostendría el cetro de su imperio, y más majestuosamente aún...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima novena noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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lunes, 4 de octubre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima séptima noche

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“Pero cuando llegó la 807ª noche

La pequeña Doniazada dijo a su hermana: ‘¡Oh hermana mía! ¡Date prisa a empezar la historia prometida, ya que te lo permite nuestro señor, este rey dotado de buenas maneras!’ Y dijo Schehrazada: ‘¡De todo corazón amistoso y como homenaje debido a este rey bien educado!’

Y contó:

Historia de la princesa Nurennahar y de la bella gennia

He llegado a saber ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y el pasado de las edades y de los momentos había un rey valeroso y poderoso, que fue dotado por Alah el Generoso con tres hijos como lunas y que se llamaban: el mayor, Alí; el segundo Hassán, y el pequeño, Hossein. Y estos tres príncipes se educaron en el palacio de su padre con la hija de su tío, la princesa Nurennahar, que era huérfana de padre y madre, y que no tenía par en belleza, en ingenio, en encantos y en perfecciones entre las hijas de los hombres, pues por los ojos era comparable a la gacela asustada; por la boca a las corolas de las rosa y a las perlas; por las mejillas a los narcisos y a las anémonas, y por el talle a la flexible rama del árbol ban. Y creció con los tres jóvenes príncipes, hijos de su tío, entre alegrías y felicidades, jugando con ellos, comiendo con ellos y durmiendo con ellos.

Y el sultán, tío de Nurennahar, tuvo siempre pensado dársela en matrimonio a algún hijo del rey, entre sus vecinos, cuando llegase ella a púber. Pero al tomar la princesa el velo de la pubertad, no tardó en advertir él que sus hijos, los tres príncipes, la amaban apasionadamente con un amor igual y deseaban con su corazón conquistarla y poseerla. Y se le turbó mucho el alma y quedó muy perplejo, y se dijo: ‘Si doy la princesa Nurennahar a uno de sus primos con preferencia a los otros dos, éstos no quedarán contentos y murmurarán de mi decisión; y mi corazón no podrá sufrir el verles entristecidos y dolidos; y si la caso con algún otro príncipe extranjero, mis tres hijos llegarán al límite de la pena y de la angustia, y se les ennegrecerá y resentirá el alma; y quién sabe si en este caso no se matarán de desesperación, o no huirán de nuestra morada a algún país lejano en guerra. ¡En verdad, que el asunto está lleno de escollos y peligros y no es nada fácil de resolver!’

Y el sultán estuvo reflexionando acerca del particular mucho tiempo, y de pronto levantó la cabeza y exclamó: ‘¡Por Alah, que todo está resuelto!’ Y llamó, acto seguido, a los tres príncipes Alí, Hassán y Hossein, y les dijo: ‘¡Oh hijos míos! a mis ojos tenéis exactamente los mismos méritos, y no puedo determinarme a preferir a uno de vosotros, en detrimento de sus hermanos, concediéndole en matrimonio a la princesa Nurennahar; y tampoco puedo casarla con vosotros tres a la vez. Pero he dado con un medio de satisfaceros por igual, sin lesionar a ninguno, y de mantener entre vosotros la concordia y el afecto. A vosotros, pues, cumple ahora escucharme atentamente y ejecutar lo que vais a oír. He aquí el plan que he discurrido: que cada uno de vosotros se vaya a viajar por diferente país, y que me traiga de allá la rareza que le parezca más singular y más extraordinaria. ¡Y daré la princesa, hija de nuestro tío, a quien vuelva con la maravilla más asombrosa! ¡Si consentís en ejecutar este plan que someto a vuestro criterio, estoy dispuesto a daros cuanto oro sea necesario para vuestro viaje y para la compra del objeto de vuestra elección!’

Los tres príncipes, que siempre fueron hijos sumisos y respetuosos, se adhirieron de común acuerdo a aquel proyecto de su padre, persuadido cada cual de que sería él quien llevara la rareza más maravillosa y llegaría a ser esposo de su prima Nurennahar. Y al verles el sultán tan bien dispuestos, les condujo al tesoro, y les dio cuantos sacos de oro quisieron. Y después de recomendarles que no prolongaran demasiado su estancia en los países extranjeros, se despidió de ellos abrazándoles e invocando sobre sus cabezas las bendiciones. Y disfrazados de mercaderes ambulantes, y seguidos de un solo esclavo cada cual, salieron ellos de su morada en la paz de Alah, montados en sus caballos de noble raza.

Y comenzaron juntos su viaje, yendo a parar a un khan situado en un paraje en que el camino se dividía en tres. Y tras de regalarse con una comida que hubieron de prepararles los esclavos, quedó concertado entre ellos que su ausencia duraría un año, ni un día más ni un día menos. Y se dieron cita en el mismo khan para la vuelta, con la condición de que el que llegara primero esperaría a sus hermanos, a fin de que se presentaran los tres juntos ante su padre el sultán. Y terminada que fue su comida, se lavaron las manos; y después de abrazarse y desearse recíprocamente un retorno feliz, montaron a caballo, y cada cual tomó un camino diferente.

El príncipe Alí, que era el mayor de los tres hermanos, luego de tres meses de viaje por llanuras y montañas, praderas y desiertos, llegó a un país de la India marítima, que era el reino de Bischangar. Y se fue a habitar en el khan principal de los mercaderes, y alquiló la vivienda mayor y más limpia para él y para su esclavo. Y en cuanto descansó de las fatigas del viaje, salió para examinar la ciudad, que tenía tres murallas, y era de una amplitud de dos parasangas a la redonda.

Y sin tardanza se encaminó al zoco, que le pareció admirable, formado como estaba por varias calles importantes que desembocaban en una plaza central con un hermoso estanque de mármol en medio. Y todas aquellas calles estaban abovedadas y frescas y bien alumbradas por las aberturas que tenían en su parte alta. Y cada calle la ocupaban mercaderes de distinta especie, pero que tenían oficios análogos. Porque en una no se veían más que telas finas de las Indias, estofas pintadas de colores vivos y puros con dibujos que representaban animales, paisajes, bosques, jardines y flores, brocatos de Persia y sedas de la China. Mientras que en otra se veían hermosas porcelanas, lozas brillantes, vasos de lindas formas, bandejas labradas y tazas de todos tamaños. En tanto que en la de al lado se veían grandes chales de Cachemira, que doblados cabrían en el hueco de la mano, de tan fino y delicado como era su tejido; alfombras para plegaria y tapices de todos tamaños. Y más hacia la izquierda por ambos lados con puertas de acero, estaba la calle de los plateros y joyeros, relampagueante de pedrerías, de diamantes y de filigranas de oro y plata en prodigiosa confusión. Y al pasearse por aquellos zocos deslumbradores, observó con sorpresa que entre la multitud de indios y de indias que se agrupaban ante los escaparates de las tiendas, incluso las mujeres del pueblo llevaban collares, brazaletes y adornos en las piernas, en los pies, en las orejas y hasta en la nariz, y que cuanto más blanco era el color de las mujeres, más elevado era su rango y más preciosas y espléndidas sus preseas, aun cuando el color negro de las otras tuviese la ventaja de hacer resaltar mejor el brillo de las joyas y la blancura de las perlas.

Pero lo que sobre todo encantó al príncipe Alí fue la gran cantidad de mozalbetes que vendían rosas y jazmines, y el mohín insinuante con que ofrecían estas flores, y la fluidez con que se escurrían entre la compacta muchedumbre de las calles. Y admiró la predilección singular de los indios por las flores, que llegaba hasta el punto de que no solamente las llevaban en el pelo y en la mano, sino también en las orejas y en las narices. Y además, todas las tiendas estaban provistas de búcaros llenos de aquellas rosas y de aquellos jazmines; y el zoco estaba embalsamado con su olor, y se paseaba uno por allí como por un jardín colgante. Cuando el príncipe Alí se regocijó de aquel modo los ojos con el espectáculo de todas aquella cosas hermosas, quiso descansar un poco, y aceptó la invitación de un mercader que estaba sentado delante de su tienda y con el gesto y la sonrisa le incitaba a que entrara a descansar. Y en cuanto entró, el mercader le cedió el sitio de honor, y le ofreció refrescos, y no le hizo ninguna pregunta ociosa o indiscreta, y no le comprometió a hacer ninguna compra, que tan lleno de cortesía y dotado de buenas maneras estaba. Y el príncipe Alí apreció en extremo todo aquello, y se dijo: ‘¡Qué encantador país! ¡Y qué habitantes tan deliciosos!’ Y quiso comprarle en el momento todo lo que tenía en su tienda, de tanto como le sedujo la finura y el don de gentes del mercader. Pero luego reflexionó que no sabría qué hacer después con todas aquellas mercancías, y se limitó, por el pronto, a entablar más amplio conocimiento con el mercader.

Y he aquí que, mientras conversaba con él y le interrogaba acerca de los usos y costumbres de los indios, vio pasar por delante de la tienda a un subastador que llevaba al brazo un alfombrín de seis pies cuadrados. Y parándose de repente, el vendedor aquel volvió la cabeza de derecha a izquierda, y voceó: ‘¡Oh gente del zoco! ¡Oh compradores! ¡No perderá quien compre! ¡En treinta mil dinares de oro la alfombra! ¡La alfombra de plegaria ¡oh compradores! en treinta mil dinares de oro! ¡No perderá quien compre!’

Al oír este pregón, el príncipe Alí se dijo: ‘¡Qué país tan prodigioso! ¡Una alfombra de plegaria en treinta mil dinares de oro! ¡He ahí una cosa como jamás la oí! ¿No querrá bromear este vendedor?’ Luego, al ver que el vendedor repetía su pregón volviéndose hacia él, como quien habla en serio, le hizo seña de que se aproximara y le dijo que le mostrase la alfombra más de cerca. Y el vendedor extendió la alfombra sin decir palabra; y el príncipe Alí la examinó con detenimiento, y acabó por decir: ‘¡Oh vendedor! ¡Por Alah que no veo por qué puede valer esta alfombra el precio exorbitante a que la voceas!’ Y el vendedor sonrió, y dijo:

‘¡Oh mi señor! ¡No te asombres tan pronto de este precio, que no es excesivo en comparación con lo que realmente vale la alfombra! ¡Y mayor aún será tu asombro cuando te diga que tengo orden de hacer subir tal precio en subasta hasta cuarenta mil dinares de oro, y de no entregar la alfombra más que a quien me pague esta suma al contado!’ Y el príncipe Alí exclamó: ‘Verdaderamente, ¡oh vendedor! es preciso ¡por Alah! que, para valer semejante precio, esta alfombra sea admirable por algo que ignoro o que no distingo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima octava noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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