martes, 23 de noviembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima quincuagésima séptima noche

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“Y cuando llegó la 857ª noche

Ella dijo:

‘...Y por mi parte, sé decir que, entre los clientes cuyos honorables pies calzo, tengo varios ciegos más clarividentes, merced al ojo que tienen en la punta de cada dedo, que el maldito barbero que me afeita la cabeza todos los viernes acuchillándome el cuero cabelludo atrozmente. (¡Que Alah se lo haga expiar!’) Y el derviche ladrón exclamó: ‘Bendito sea el seno que te ha lactado, y ojalá puedas por mucho tiempo todavía enhebrar la aguja y calzar pies honorables, ¡oh jeique de buen augurio! ¡En verdad que no anhelo otra cosa que someterme a tus indicaciones, con el objeto de que procures buscar la casa en cuya bodega pasan cosas tan prodigiosas!’

Entonces el jeique Mustafá se decidió a levantarse, y el derviche le vendó los ojos y le llevó de la mano por la calle, y marchó a su lado, conduciéndole unas veces y guiado por él otras, a tientas, hasta la misma casa de Alí Babá. Y dijo el jeique Mustafá: ‘Es aquí, sin duda, y no en otra parte. ¡Conozco la casa por el olor a estiércol de asno, que se exhala de ella y por este poyo con que tropecé la vez primera!’ Y el ladrón, en el límite de la alegría, antes de quitar la venda al zapatero remendón, se apresuró a hacer en la puerta de la casa una señal con un trozo de tiza que llevaba consigo. Luego devolvió la vista a su acompañante, le gratificó con una nueva moneda de oro, y le despidió después de darle las gracias y de prometerle que no dejaría de comprar babuchas en su casa durante el resto de sus días. Y se apresuró a emprender otra vez el camino de la selva para anunciar al jefe de los cuarenta su descubrimiento. Pero no sabía que corría derecho a hacer saltar de sus hombros su cabeza, como se va a ver.

En efecto, cuando la diligente Luz Nocturna salió para ir a la compra, notó en la puerta, al regresar del zoco, la señal blanca que había hecho el derviche ladrón. Y la examinó atentamente, y pensó para su alma escrupulosa: ‘Esta señal no se ha hecho sola en la puerta. Y la mano que la ha hecho no puede ser más que una mano enemiga. ¡Hay que conjurar, pues, los maleficios, parando el golpe!’ Y corrió a buscar un trozo de tiza, y puso la misma señal, y en el mismo sitio exactamente, en las puertas de todas las casas de la calle, a derecha y a izquierda. Y cada vez que marcaba una señal decía mentalmente, dirigiéndose al autor de la señal primera: ‘¡Mis cinco dedos en tu ojo izquierdo y mis otros cinco dedos en tu ojo derecho!’ Porque sabía que no había fórmula más poderosa para conjurar las fuerzas invisibles, evitar los maleficios y hacer recaer sobre la cabeza del maleficador las calamidades perpetradas o inminentes.

Así es que, al siguiente día, cuando los ladrones, informados por su camarada, entraron de dos en dos en la ciudad para invadir la casa con el signo, se encontraron en el límite de la perplejidad y del embarazo al observar que todas las puertas de las casas del barrio tenían la misma marca exactamente. Y a una seña de su jefe se apresuraron a regresar a su caverna de la selva para no llamar la atención de los transeúntes. Y cuando de nuevo estuvieron juntos, arrastraron al centro del círculo que formaban al ladrón guía que tan mal había tomado sus precauciones, le condenaron a muerte acto seguido, y a una señal dada por su jefe le cortaron la cabeza.

Pero como la venganza que había que tomar del principal autor de todo aquello se hacía más urgente que nunca, un segundo ladrón se ofreció para ir a informarse. Y admitida por el jefe su pretensión, entró en la ciudad, se puso al habla con el jeique Mustafá, se hizo conducir ante la casa que presumían era la casa de los seis despojos cosidos, e hizo una señal roja sobre la puerta en un sitio poco visible. Luego regresó a la caverna. Pero no sabía que cuando una cabeza está marcada para el salto fatal no puede menos de dar ese mismo salto y no otro. En efecto, cuando los ladrones, guiados por su camarada, llegaron a la calle de Alí Babá, se encontraron con que todas las puertas estaban señaladas con el signo rojo, exactamente en el mismo sitio. Porque la astuta Luz Nocturna, sospechándose algo, había tomado sus precauciones, como la vez primera. Y al regreso a la caverna, la cabeza del guía tuvo que sufrir la misma suerte que la de su predecesor. Pero aquello no contribuyó a hacer luz en el asunto para los ladrones, y sólo sirvió para rebajar de la partida a los dos jayanes más valerosos.

Así es que, cuando el jefe hubo reflexionado durante un buen rato acerca de la situación, levantó la cabeza y se dijo: ‘¡En adelante no me fiaré más que de mí mismo!’ Y completamente solo partió para la ciudad.

Y he aquí que no obró como los otros. Porque, cuando se hizo indicar la casa de Alí Babá por el jeique Mustafá, no perdió el tiempo en marcar la puerta con tiza roja, blanca o azul, sino que se estuvo contemplándola atentamente para fijar bien en la memoria su emplazamiento, ya que por fuera tenía la misma apariencia que todas las casas vecinas. Y una vez terminado su examen volvió a la selva, congregó a los treinta y siete ladrones supervivientes, y les dijo: ‘Ya está descubierto el autor del daño que se nos ha causado, pues bien conozco ahora su casa. ¡Y por Alah que su castigo será un castigo terrible! En cuanto a vosotros, valientes míos, apresuraos a traerme aquí treinta y ocho tinajas grandes de barro, barnizado por dentro, de cuello ancho y de vientre redondo. Y han de estar vacías las treinta y ocho tinajas, excepción de una sola, que llenaréis con aceite de oliva. Y cuidad de que no tengan ninguna raja. Y volved sin demora’. Y los ladrones, acostumbrados a ejecutar sin discutirlas las órdenes de su jefe, contestaron con el oído y la obediencia, y se apresuraron a ir a procurarse en el zoco de los cacharreros las treinta y ocho tinajas consabidas, y a llevárselas a su jefe de dos en dos sobre sus caballos.

Entonces el jefe de los ladrones dijo a sus hombres: ‘¡Quitaos vuestras ropas y que cada uno de vosotros se meta en una tinaja sin conservar consigo más que sus armas, su turbante y sus babuchas!’ Y los treinta y siete ladrones, sin decir una palabra, subieron de dos en dos a lomos de los caballos que llevaban las tinajas. Y como cada caballo llevaba dos tinajas, una a la derecha y otra a la izquierda, cada ladrón se deslizó en una tinaja, desapareciendo por completo. Y de tal suerte se encontraron replegados sobre sí mismos, en las tinajas, las pantorrillas tocando con las nalgas y las rodillas a la altura del mentón, como deben estar los polluelos en el huevo al vigesimoprimer día. Y así instalados, sostenían una cimitarra en una mano y una estaca en la otra mano, con las babuchas cuidadosamente guardadas debajo del trasero.

Y el trigésimo séptimo ladrón hacía pareja y contrapeso a la única tinaja llena de aceite. Cuando los ladrones acabaron de colocarse dentro de las tinajas en la posición menos incómoda, avanzó el jefe, les examinó a uno tras de otro y tapó las bocas de las tinajas con fibras de palmera, de modo que ocultase el contenido y al mismo tiempo que permitiese a sus hombres respirar libremente. Y para que no pudiera asaltar al espíritu de los transeúntes ninguna duda acerca del contenido, tomó aceite de la tinaja que estaba llena y frotó con él cuidadosamente las paredes exteriores de las tinajas nuevas. Y así dispuesto todo, el jefe de los ladrones se disfrazó de mercader de aceite, y guiando hacia la ciudad a los caballos portadores de la mercancía improvisada, actuó de conductor de aquella caravana.

Y he aquí que Alah le escribió la seguridad, y llegó él sin contratiempo, por la tarde, a casa de Alí Babá. Y como si todas las cosas estuviesen dispuestas a favorecerle, no tuvo que tomarse el trabajo de llamar a la puerta para ejecutar el propósito que le llevaba, pues en el umbral estaba sentado Alí Babá en persona, que tomaba el fresco tranquilamente antes de la plegaria de la tarde...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima quincuagésima octava noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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lunes, 22 de noviembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima quincuagésima sexta noche

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“Y cuando llegó la 856ª noche

Ella dijo:

...se había llevado la triaca consabida, de la que, en realidad ya no podía hacer uso Kassim, y había ido a reunirse con su amo Alí Babá. Y en pocas palabras le puso al corriente de lo que pensaba hacer. Y él aprobó su plan, y le manifestó cuánta admiración sentía por su ingeniosidad.

En efecto, al día siguiente, la diligente Luz Nocturna fue a casa del mismo mercader de drogas, y con el rostro bañado en lágrimas y con muchos suspiros e hipos que entrecortaban los suspiros, le pidió cierto electuario que por lo general no se da más que a los moribundos sin esperanza. Y se marchó diciendo: ‘¡Ay de nosotros! ¡Si no surte efecto este remedio todo se ha perdido!’ Y al mismo tiempo tuvo cuidado de poner a todas las gentes del barrio al corriente del supuesto caso desesperado de Kassim, hermano de Alí Babá.

Así es que, cuando al día siguiente por el alba las gentes del barrio se despertaron sobresaltadas por gritos penetrantes y lamentables, no dudaron de que aquellos gritos los daban la esposa de Kassim, la joven Luz Nocturna y todas las mujeres de la familia para anunciar la muerte de Kassim.

Entretanto, Luz Nocturna continuaba poniendo en ejecución su plan.

En efecto, ella se había dicho: ‘¡Hija mía, no consiste todo en hacer pasar una muerte violenta por una muerte natural; se trata de conjurar un peligro mayor! ¡Y estriba en no dejar que la gente advierta que el difunto está cortado en seis pedazos! ¡Sin lo cual no quedará el jarro sin alguna raja!’

Y corrió sin tardanza a casa de un viejo zapatero remendón del barrio, que no la conocía, y mientras le deseaba la zalema le puso en la mano un dinar de oro, y le dijo: ‘¡Oh jeique Mustafá, tu mano nos es necesaria hoy!’ Y el viejo zapatero remendón, que era un buen hombre, lleno de simpatía y de alegría, contestó: ‘¡Oh jornada bendita por tu blanca llegada! ¡Oh rostro de luna! ¡Habla, ¡oh mi señora! y te contestaré por encima de mi cabeza y de mis ojos!’ Y Luz Nocturna dijo: ‘¡Oh tío mío Mustafá! deseo sencillamente que te levantes y vengas conmigo. ¡Pero antes, si te parece, coge cuanto necesites para coser cuero!’ Y cuando hubo hecho él lo que ella le pedía, cogió ella una venda y le vendó de pronto los ojos, diciéndole: ‘¡Es condición necesaria esto! ¡Sin ella no hay nada de lo dicho!’

Pero él se puso a gritar, diciendo: ‘¿Vas a hacerme renegar, por un dinar, de la fe de mis padres, ¡oh joven! o a obligarme a cometer algún latrocinio o crimen extraordinario?’

Pero ella le dijo: ‘Alejado sea el Maligno, ¡oh jeique! ¡Ten la conciencia tranquila! ¡No temas nada de eso, pues solamente se trata de una pequeña labor de costura!’ Y así diciendo, le deslizó en la mano una segunda moneda de oro, que le decidió a seguirla.

Y Luz Nocturna le cogió de la mano y le llevó, con los ojos vendados, a la bodega de la casa de Alí Babá. Y allí le quitó la venda, y mostrándole el cuerpo del difunto, que había reconstituido poniendo los pedazos en su sitio respectivo, le dijo: ‘¡Ya ves que es para hacer que cosas los seis despojos que aquí tienes por lo que me he tomado la pena de conducirte de la mano!’ Y como el jeique retrocediera asustado, la avisada Luz Nocturna le deslizó en la mano una nueva moneda de oro y le prometió otra más si el trabajo se hacía con rapidez. Lo cual decidió al zapatero remendón a poner manos a la obra. Y cuando hubo acabado, Luz Nocturna le vendó de nuevo los ojos, y tras de darle la recompensa prometida, le hizo salir de la bodega y le condujo hasta la puerta de su tienda, donde le dejó después de devolverle la vista. Y se apresuró a regresar a casa, volviéndose de cuando en cuando para ver si la observaba el zapatero remendón.

Y en cuanto llegó lavó el cuerpo reconstituido de Kassim, le perfumó con incienso y le roció con aguas aromáticas, y ayudada por Alí Babá, le envolvió en el sudario. Tras de lo cual, a fin de que no pudiesen sospechar de nada los hombres que llevaban las angarillas encargadas, fue a hacerse cargo ella misma de las tales angarillas, y las pagó liberalmente. Luego, ayudada siempre por Alí Babá, puso el cuerpo en la madera mortuoria y lo cubrió todo con cendales y telas compradas para la circunstancia.

Mientras tanto, llegaron el imam y los demás dignatarios de la mezquita y se cargaron a hombros las angarillas cuatro de los vecinos que acudieron. Y el imam se puso a la cabeza del cortejo, seguido por los lectores del Corán. Y detrás de los portadores echó a andar Luz Nocturna, arrasada en llanto, lanzando gritos lamentables, golpeándose el pecho con mucha fuerza y mesándose los cabellos, en tanto que Alí Babá cerraba la marcha, acompañado de los vecinos, que se separaban por turno, de vez en vez, para sustituir y dar descanso a los otros portadores, y así hasta que llegaron al cementerio, mientras en la casa de Alí Babá las mujeres que acudieron a la ceremonia fúnebre mezclaban sus lamentos y llenaban de gritos espantosos todo el barrio. Y de tal suerte la verdad de aquella muerte quedó cuidadosamente al abrigo de toda divulgación, sin que nadie pudiese tener la menor sospecha con respecto a la funesta aventura. ¡Y esto es lo referente a todos ellos!

En cuanto a los cuarenta ladrones, que a causa de la putrefacción de los seis fragmentos de Kassim abandonados en la caverna, se habían abstenido de volver durante un mes a su retiro, al regresar a la caverna llegaron al límite del asombro por no encontrar ni despojos de Kassim, ni putrefacción de Kassim, ni nada que de cerca o de lejos se pareciese a semejante cosa. Y aquella vez reflexionaron seriamente acerca de la situación, y el jefe de los cuarenta dijo: ‘¡Oh hombres! estamos descubiertos, y ya no hay que dudar de ello, y se conoce nuestro secreto. Y si no intentamos poner un pronto remedio, todas las riquezas que nuestros antecesores y nosotros hemos amontonado con tantos trabajos como fatigas nos serán arrebatadas en seguida por el cómplice del ladrón a quien hemos castigado. Es preciso, pues, que, sin pérdida de tiempo, tras de haber hecho perecer al uno hagamos perecer al otro. Sentado esto, no queda más que un medio de lograr nuestro propósito, y es que alguno que sea tan audaz como listo vaya a la ciudad disfrazado de derviche extranjero, ponga en juego todos sus recursos para descubrir si se habla del individuo a quien hemos cortado en seis pedazos, y averigüe en qué casa vivía ese hombre. Pero todas esas pesquisas deberán hacerse con la mayor cautela, porque una palabra escapada podrá comprometer el asunto y perdernos sin remedio. ¡Así es que estimo que quien asuma esta tarea debe comprometerse a sufrir pena de muerte si da prueba de ligereza en el cumplimiento de su misión!’

Y al punto exclamó uno de los ladrones: ‘¡Yo me ofrezco para la empresa y acepto las condiciones!’

Y el jefe y los camaradas le felicitaron y le colmaron de elogios. Y se marchó disfrazado de derviche.

Y he aquí que entró en la ciudad cuando todas las casas y tiendas estaban cerradas todavía a causa de la hora temprana, excepto la tienda del jeique Mustafá, el zapatero remendón. Y el jeique Mustafá, con la lezna en la mano, se dedicaba a confeccionar una babucha de cuero azafranado. Y alzó los ojos y vio al derviche, que le miraba trabajar, admirándole, y que se apresuró a desearle la zalema. Y el jeique Mustafá le devolvió la zalema, y el derviche se maravilló de verle, a su edad, con tan buenos ojos y con los dedos tan expertos. Y el viejo, muy halagado, se pavoneó y contestó: ‘¡Por Alah, ¡oh derviche! que todavía puedo enhebrar la aguja al primer intento, y hasta puedo coser las seis partes de un muerto en el fondo de una bodega sin luz!’

Y el derviche ladrón, al oír estas palabras, creyó volverse loco de alegría, y bendijo su destino, que le conducía por el camino más corto al fin deseado. Así es que no dejó escapar la ocasión, y fingiendo asombro, exclamó: ‘¡Oh rostro de bendición! ¿Las seis partes de un muerto? ¿Qué quieres decir con estas palabras? ¿Acaso en este país tienen costumbre de cortar a los muertos en seis partes y de coserlos luego? ¿Y hacen eso para ver qué tienen dentro?’

A estas palabras el jeique Mustafá se echó a reír, y contestó: ‘¡No, por Alah! aquí no hay esa costumbre. ¡Pero yo sé lo que sé, y lo que yo sé no lo sabrá nadie! ¡Para ello tengo varias razones, cada una más seria que las otras! ¡Y además, se me ha acortado la lengua esta mañana y no obedece a mi memoria!’ Y el derviche ladrón se echó a reír a su vez, tanto a causa de la manera que tenía de pronunciar sus sentencias el jeique zapatero remendón, como para atraerse al buen hombre. Luego, simulando que le estrechaba la mano, le deslizó en ella una moneda de oro, y añadió: ‘¡Oh hijo de hombres elocuentes! ¡Oh tío! Alah me guarde de querer mezclarme en lo que no me incumbe. Pero sí en calidad de extranjero que quiere ilustrarse pudiera dirigirte un ruego, sería el de que me hicieras el favor de decirme dónde se encuentra la casa en cuya bodega estaban las seis partes del muerto que remendaste’.

Y el viejo zapatero remendón contestó: ‘¿Y cómo voy a hacerlo, ¡oh jefe de los derviches! si ni yo mismo conozco esa casa? Has de saber, en efecto, que he sido conducido con los ojos vendados por una joven hechicera que ha hecho marchar las cosas con una celeridad sin par. Claro es, sin embargo, hijo mío, que, si me vendaran los ojos de nuevo, quizá pudiera encontrar la casa guiándome por ciertas observaciones que hice al paso y palpando todo en mi camino. Porque debes saber ¡oh sabio derviche! que el hombre ve con sus dedos tanto como con sus ojos, sobre todo si no tiene la piel tan dura como el lomo del cocodrilo. Y por mi parte, sé decir que, entre los clientes cuyos honorables pies calzo, tengo varios ciegos más clarividentes, merced al ojo que tienen en la punta de cada dedo, que el maldito barbero que me afeita la cabeza todos los viernes acuchillándome el cuero cabelludo.

(¡Que Alah se lo haga expiar!)...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente”

Continuará: La octingentésima quincuagésima séptima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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