domingo, 5 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima sexagésima octava noche

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“Pero cuando llegó la 868ª noche

Ella dijo:

‘...Y ya la oigo gritar con su voz aborrecible en el patio del palacio. Por favor, ayúdame, ¡oh amigo mío! ¡Vengo a implorar tu concurso!’

Cuando el genni hubo oído mis palabras, sintió que le poseía un terror indescriptible, y exclamó: ‘¡Mi concurso! ¡Ya Alah! ¡Mi concurso! ¡Que mis hermanos los genn me preserven de encontrarme nunca cara a cara con una mujer semejante! ¡Amigo Ahmad, arréglate como puedas! En cuanto a mí nada podría hacer. Y me voy al instante’.

Dijo, y salió con estrépito del cuerpo de la princesa para echar a correr y devorar a su paso la distancia: parecía un navío grande ahuyentado en el mar por la tempestad.

Y la princesa china volvió a la razón. Y llegó a ser mi segunda esposa.

Y desde entonces viví con las dos jóvenes reales entre delicias de todas clases y placeres delicados.

Y a la sazón pensé, antes de ser sultán de la India o de la China y de encontrarme en la imposibilidad de viajar, en volver a ver el país en que nací como leñador, esta ciudad de Bagdad, ciudad de paz.

Y ya sabes ¡oh Emir de los Creyentes! por qué me has encontrado en el puente de Bagdad a la cabeza de mi cortejo, seguido del palanquín que llevaba a mis dos esposas, las princesas de la India y de la China, en honor de las cuales los músicos tocaban en sus instrumentos aires indios y chinos.

¡Pero Alah es más sabio!’

Cuando el califa hubo oído el relato del noble jinete, se levantó en honor suyo y le invitó a sentarse junto a él en el lecho del trono. Y le felicitó por haber sido escogido por los decretos del Todopoderoso para convertirse, de pobre leñador que era, en heredero del trono de la India y del trono de la China. Y añadió: ‘¡Alah selle nuestra amistad y te guarde y te conserve para dicha de tus futuros reinos!’

Tras de lo cual, Al-Raschid se encaró con el tercer personaje, que era el venerable jeique de mano generosa, y le dijo: ‘¡Oh jeique! te he encontrado ayer en el puente de Bagdad, y lo que he visto de tu generosidad, de tu modestia y de tu humildad ante Alah me ha incitado a tratarte más de cerca. Y estoy convencido de que las vías de que plugo al Retribuidor servirse para gratificarte con Sus dones deben ser extraordinarias. Tengo mucha curiosidad por saberlas por ti mismo, y para darme esa satisfacción, te he hecho venir. Háblame, pues, con sinceridad, a fin de que me regocije participando de tu dicha con más conocimiento. ¡Y ten la seguridad de que, digas lo que digas, de antemano estás cubierto con el pañuelo de mi protección y de mi salvaguardia!’

Y después de besar la tierra entre las manos del califa, contestó el jeique de mano generosa: ‘¡Oh Emir de los Creyentes! te haré el relato fiel de lo que merece ser contado en mi vida. ¡Y si mi historia es asombrosa, más asombrosos todavía son el poderío y la munificencia del Dueño del Universo!’

Y contó su historia como sigue:

Historia del jeique de mano generosa

‘Has de saber ¡oh mi señor y señor de todo beneficio! que toda mi vida ejercí el oficio de pobre cordelero, trabajando en el cáñamo, como antes que yo habían trabajado mi padre y mis antepasados. Y lo que ganaba con mi oficio apenas bastaba para alimentarnos a mí, a mi esposa y a mis hijos. Pero, exento de capacidades para ejercer otra profesión, me contentaba, sin renegar demasiado, con lo poco que nos deparaba el Retribuidor, y sólo atribuía mi miseria a mi falta de maña y a la pesadez de mi espíritu. Y en eso no me equivocaba; debo declararlo con toda humildad ante el Dueño de la inteligencia. Pero ¡oh mi señor! la inteligencia no ha sido nunca patrimonio de los cordeleros que trabajan en cáñamo y su sitio predilecto no iba a estar debajo del turbante de un cordelero que trabajara en cáñamo. Por eso, al fin y al cabo, no me quedaba más que comer el pan de Alah sin emitir aspiraciones más irrealizables que pasar de un salto la cumbre de la montaña Kaf.

Un día entre los días, estando yo sentado en mi tienda con una cuerda de cáñamo sujeta al dedo gordo del pie y acabando de confeccionarla, vi acercarse dos ricos habitantes de mi barrio que tenían costumbre de ir a sentarse delante de mi tienda, para charlar de unas cosas y de otras, tomando el aire de la tarde. Y aquellos dos notables de mi barrio estaban unidos por la amistad, y les gustaba discutir entre sí, tan pronto sobre una cosa como sobre otra, desgranando su rosario de ámbar. Pero jamás, en la animación de sus charlas, habían llegado a pronunciar una palabra más alta que otra ni a salirse de la cortesía que los amigos deben tener con los amigos en las relaciones de la vida. Bien al contrario, cuando uno hablaba el otro escuchaba, y viceversa. Con lo cual sus discursos eran siempre sensatos, y yo mismo, no obstante mi poca inteligencia, solía sacar provecho de tan buenas palabras.

Y aquel día, una vez que me hicieron la zalema y yo se la devolví como es debido, fueron a su sitio habitual delante de mi tienda y continuaron una charla que ya habían iniciado, en su paseo. Y uno de ellos que se llamaba Si Saad, dijo a otro, que se llamaba Si Saadi: ‘¡Oh amigo mío Saadi! no es por contradecirte; pero, por Alah, un hombre no puede ser dichoso en este mundo más que teniendo bienes y grandes riquezas para vivir con toda independencia. Y por otra, parte, los pobres no son pobres más que porque han nacido en la pobreza, transmitida de padres a hijos, o porque, nacidos con riquezas, las han perdido a causa de la prodigalidad, de la relajación, de algún mal negocio o sencillamente por una de esas fatalidades contra las cuales es impotente la criatura. De todos modos, ¡oh Saadi! mi opinión es que los pobres sólo son pobres porque no pueden llegar a acumular una cantidad de dinero lo bastante importante para permitirles enriquecerse definitivamente con algún negocio comercial emprendido a tiempo. Y entiendo que si, enriquecidos de tal suerte, hacen un uso conveniente de su riqueza, no solamente serán ricos, sino que llegarán a ser más opulentos por el tiempo’.

A lo cual respondió Si Saadi, diciendo: ‘¡Oh amigo mío Saad! no es por contradecirte; pero por Alah que estoy contrariado por no ser de tu opinión. Por lo pronto, claro que más vale, generalmente, vivir con desahogo que con pobreza. Pero la riqueza por sí misma no tiene nada que pueda tentar a un alma sin ambición. A lo más, es útil para sembrar dádivas, en torno nuestro. ¡Pero cuántos inconvenientes tiene! ¿No sabemos algo de eso por nosotros mismos, que a diario tenemos que aguantar tantos ajetreos y sinsabores? ¿Y no es, en suma, preferible a la nuestra la suerte de nuestro amigo Hassán el cordelero? Y además, ¡oh Saad! el medio que propones para que un pobre se vuelva rico no me parece tan seguro como a ti. Considera, en efecto, que ese medio es muy problemático, porque depende de una porción de circunstancias y coincidencias tan problemáticas como él mismo, y que sería demasiado prolijo discutir. Por mi parte, creo que un pobre desprovisto de todo dinero en un principio tiene, por lo menos, tantas probabilidades de hacerse rico como si poseyera algo; quiero decirte, pues, que sin un ahorro inicial puede llegar a ser inmensamente rico sin tomarse el menor trabajo, sencillamente porque tal sea su destino. Por eso entiendo que es del todo inútil hacer economías en previsión de los días malos, pues los días malos como los buenos nos vienen de Alah, y hacemos mal en escatimar los bienes que nos depara el Retribuidor en el presente, tratando de apartar lo que nos sobre. Este exceso, ¡oh Saad! si existe, debe ir a parar a los pobres de Alah; y reservárnoslo supone falta de confianza en la generosidad del Retribuidor. En cuanto a mí, ¡oh amigo mío! no se pasa día en que no me despierte diciéndome: ‘¡Regocíjate, ya Si Saadi, porque quien sabe en qué consistirá hoy el beneficio que te haga tu Señor!’ Y jamás ha sido defraudada mi fe en el Retribuidor. Y por eso en mi vida he trabajado ni me he preocupado nunca del mañana. Y ésta es mi opinión’.

Al oír estas palabras de su amigo, el notable Si Saad contestó: ‘¡Oh Saadi! bien se me alcanza que por hoy sería verdaderamente inútil persistir en sostener mi opinión en contra de la tuya. Por eso, en vez de discutir sin objeto, prefiero intentar una experiencia que pueda convencerte de la excelencia de mi manera de considerar la vida. Quiero, pues, ir sin tardanza en busca de un hombre verdaderamente pobre, nacido de un padre tan miserable como él, a quien daré sin más ni más una suma importante que le sirva de ahorro inicial. Y como el hombre que escogeré tendrá que haber dado prueba de honradez, la experiencia nos probará quién de nosotros dos tiene razón, si tú, que todo lo esperas del Destino, o yo, que entiendo es preciso que cada uno edifique por sí mismo la propia casa’.

Y contestó Si Saadi: ‘Está muy bien, ¡oh amigo mío! Y para dar con el hombre pobre y honrado de que hablas, no tenemos necesidad de ir a buscarle lejos. He aquí a nuestro amigo Hassán el cordelero, que, verdaderamente, reúne las condiciones requeridas. ¡Y no podrá caer tu liberalidad sobre cabeza más digna...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima sexagésima novena noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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sábado, 4 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima sexagésima séptima noche

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“Pero cuando llegó la 867ª noche

Ella dijo:

…Y cuál no sería mi espanto ¡oh Emir de los Creyentes! al ver atado a aquella cuerda, en lugar de la hija de mi tío, un genni gigante de aspecto poco tranquilizador, que, en cuanto hubo tocado tierra, se inclinó ante mí y me dijo: ‘¡Cuántas gracias tengo que darte, ya Sidi Ahmad, por el servicio que acabas de hacerme! Has de saber, en efecto, que me cuento en el número de los genn que no tienen la facultad de volar por los aires y sólo pueden arrastrarse por la tierra, por más que de esta manera sea grande su velocidad y les permita andar tan de prisa como los genn aéreos. Y he aquí que desde hace años yo, genni terrestre, había elegido este pozo antiguo para hacer de él mi morada. Y acá vivía muy en paz, cuando, hace dos días, bajó a mi mansión la peor mujer del Universo. No ha cesado de atormentarme desde que me tocó por compañera, y durante todo este tiempo me ha obligado a maniobrar con ella sin descanso, a mí, que hace años que vivía en el celibato y había perdido la costumbre de la copulación. ¡Ya Alah, cuán agradecido te estoy por haberme librado de esa calamitosa! ¡Ah! ciertamente, un servicio tan importante no quedará sin recompensa, porque ha caído en el alma de quien sabe su valor. He aquí, pues, lo que puedo y quiero hacer por ti’.

Y se interrumpió un momento para tomar aliento, en tanto que yo, tranquilizado por sus buenas intenciones para conmigo, pensaba: ‘¡Por Alah! esa mujer es cosa tan espantosa, que ha conseguido asustar a los mismos genn y a los más gigantescos de entre los genn. ¿Cómo pude resistir tanto tiempo su malicia y su maldad?’ Y lleno de conmiseración para mí mismo y para mi compañero de infortunio, le escuché entonces, prosiguiendo él de este modo: ‘Sí, ya Sidi Ahmad; de leñador que eres, voy a hacer de ti un igual de los reyes más poderosos. Y he aquí cómo. Sé que el sultán de la India tiene una hija única, que es una adolescente como la luna en su décimo cuarto día. Y es púber precisamente, con catorce años y cuarto de edad y virgen como la perla en su nácar. Y quiero hacer que te la dé en matrimonio su padre el sultán de la India, que la quiere más que a su propia vida. Y para realizar este proyecto, voy a ir a buen paso, lo más de prisa que pueda, al palacio del sultán, en la India, y entraré en el cuerpo de la joven princesa y tomaré posesión de su espíritu momentáneamente. Y de tal suerte, convertida en posesa, parecerá loca a cuantos la rodean, y su padre, el sultán, procurará que la curen los médicos más hábiles de la India. Pero ninguno podrá adivinar la verdadera causa del mal, que será mi presencia en el cuerpo de la joven; y todos los cuidados que con ella tengan fracasarán bajo mi aliento y por mi voluntad. Y entonces te presentarás tú, y serás quien cure a la princesa. ¡Y voy a indicarte los medios para ello!’ Y tras de hablar así, el genni se sacó del pecho algunas hojas de un árbol desconocido, las cuales me entregó, añadiendo: ‘Una vez que se te haya introducido a presencia de la princesa enferma, la examinarás como si ignorases completamente su mal, tomarás actitudes cabizbajas y pensativas para imponer con ellas a tu alrededor, y acabarás por coger una de estas hojas que empaparás en agua y con la cual frotarás el rostro de la joven. Y al punto me veré forzado a salir de su cuerpo, y en aquella hora y en aquel instante recobrará ella la razón y tornará a su estado prístino. Y en vista de ello, como recompensa a la curación verificada, serás esposo de la joven, hija del rey.

Ésta es, ya Sidi Ahmad, la manera como quiero corresponder al servicio capital que me has hecho librándome de esa mujer aterradora que ha venido a hacerme imposible la estancia en mi pozo, el tranquilo paraje donde esperaba yo que transcurriesen mis días en el retraimiento. ¡Y Alah maldiga a la calamitosa!’

Y tras de hablar así, el genni se despidió de mí, apremiándome para que me pusiese en camino hacia el país de la India; me deseó buen viaje y desapareció a mis ojos, corriendo por la superficie de la tierra como un navío empujado por la tempestad.

Entonces, ¡oh mi señor! al saber que en la India me esperaba mi destino, no vacilé en seguir las instrucciones del genni y en ponerme al punto en camino para aquel país lejano. Y Alah me escribió la seguridad, y después de un largo viaje lleno de fatigas, de privaciones y de peligros que no hay ninguna utilidad en narrar a nuestro amo, llegué sin contratiempo al país de la India, donde reinaba el sultán padre de mi futura esposa la princesa.

Y llegado de tal suerte al término de mi viaje, me enteré de que, en efecto, hacía ya algún tiempo que habíase declarado la locura de la princesa, la cual tenía sumidos en la mayor consternación a la corte y a todo el país, y que, después de haber empleado en vano la ciencia de los médicos más hábiles, el sultán había prometido en matrimonio la princesa al que la curara.

Entonces yo, ¡Oh Emir de los Creyentes! seguro de las instrucciones que me había dado el genni y sin ninguna inquietud respecto al éxito, me presenté a la audiencia que una vez al día concedía el sultán a los que querían ensayar una cura para el espíritu de la princesa. Y entré con toda confianza en el aposento donde estaba encerrada la joven, y no dejé de poner en práctica la lección del genni, adoptando todo género de actitudes importantes para que se me tomase completamente en serio. Luego, una vez que impuse a cuantos me rodeaban, y sin hacer ninguna pregunta acerca del estado de la enferma, mojé una de las hojas que poseía y froté con ella el rostro de la princesa.

Y al instante, la joven fue presa de convulsiones, lanzó un grito estridente y cayó desvanecida. Era que el genni, con la impetuosidad de su salida del cuerpo de la joven, había producido aquel estado que hubiera podido asustar a cualquier otro que no fuese yo. Pero, lejos de mostrarme alarmado, rocié con agua de rosas el rostro de la joven y la hice volver en sí. Y se despertó en su cabal razón, y se puso a hablar a todo el mundo con cordura, dulzura y aplomo, reconociendo a quienes la rodeaban y llamando por su nombre a cada cual.

Y fue inmenso el júbilo en palacio y en toda la ciudad. Y el sultán de la India, en agradecimiento al servicio prestado, no renegó de su promesa, y me concedió a su hija. Y aquel mismo día se celebraron nuestras bodas con la mayor pompa, en medio del regocijo y la felicidad de todo el pueblo.

En cuanto a la segunda princesa, a quien viste sentada en el lado izquierdo del palanquín, ¡oh Emir de los Creyentes! he aquí lo que pasó.

Cuando el genni gigante hubo abandonado el cuerpo de la princesa de la India, en virtud del pacto concertado entre nosotros, torturó su espíritu para saber adónde iría a habitar en lo sucesivo, pues que ya no tenía albergue y el pozo seguía ocupado por la calamitosa hija de mi tío. Por otra parte, durante su estancia en el cuerpo de la joven, había acabado por tomarle el gusto a aquella especie de retiro, y se había prometido, a su salida de allí, ir a escoger el cuerpo de otra joven. Tras de reflexionar, pues, un instante, hizo su composición de lugar, y a toda velocidad se dirigió al reino de la China como un gran navío ahuyentado por la tempestad.

Y no encontró nada mejor que ir a alojarse en el cuerpo de la hija del sultán de la China, una joven princesa de catorce años y cuarto y virgen como la perla en su nácar. Y de repente, la princesa se entregó a una serie de contorsiones y movimientos desordenados y a un desbordamiento de palabras incoherentes que hicieron creer en su locura. Y por más que el desdichado sultán de la China llamó a presencia de su hija a los más hábiles médicos chinos, no consiguió que su hija volviera a su estado anterior. Y con su palacio y su reino, quedó sumido en la desolación y la desesperación, pues la princesa era su única hija y era tan amable como encantadora y hermosa. Pero al fin Alah se apiadó de él, e hizo llegar hasta sus oídos el rumor de la curación maravillosa, merced a mis cuidados, de la princesa india que había llegado a ser mi esposa. Y al punto envió un embajador al padre de mi esposa para que me rogara que fuese a curar a su hija, la princesa de la China, prometiéndomela en matrimonio, caso de éxito.

Entonces fui en busca de mi joven esposa, hija del sultán de la India, y la puse al corriente de la demanda y de la proposición que se me hacía. Y logré convencerla de que podía muy bien aceptar por hermana a la princesa de la China que me ofrecían por esposa en caso de curación. Y partí para la China.

Pero ¡oh Emir de los Creyentes! todo lo que acabo de contarte acerca de la posesión de la princesa china por el genni sólo hube de saberlo al llegar a la China, y de los propios labios del genni en cuestión. Porque hasta entonces yo no conocía con exactitud la naturaleza del mal que sufría la princesa china, y suponía que mis hojas llegarían a curar cualquier dolencia. Por eso hube de partir lleno de confianza, sin sospechar que era mi antiguo amigo, el genni gigante, quien había causado el daño eligiendo para domicilio el cuerpo de la hija del sultán. Así es que, una vez que entré en el aposento de la princesa china, adonde había pedido que me dejaran solo con la enferma, fue extremado mi asombro al reconocer la voz de mi amigo el genni gigante, que me decía por boca de la princesa: ‘¡Cómo! ¿Eres tú, ya Sidi- Ahmad? ¿Eres tú, a quien he colmado de beneficios, quien viene a echarme de la morada que he escogido para mi vejez? ¿No te da vergüenza corresponder al bien con el mal? ¿Y no temes que, si me fuerzas a salir de aquí, vaya yo derecho a las Indias para entregarme, durante tu ausencia, a diversas copulaciones extremadas con la persona de tu esposa india, y la mate luego?’

Y como no era poco lo que me asustaba aquella amenaza, se aprovechó de ello para contarme su historia a partir del día en que había salido del cuerpo de mi esposa india, y por mi bien me abjuró a que le dejara vivir tranquilamente en el nuevo alojamiento que había escogido.

Entonces, yo, muy perplejo, y sin querer caer en falta de gratitud con aquel excelente genni que, en suma, había sido el causante de mi fortuna, ya iba a decidirme a volver al lado del sultán de la China para declararle que me sentía incapaz de librar, con mi ciencia, de su mal a la princesa, cuando Alah infundió en mi espíritu una estratagema. Me encaré, pues, con el genni, y le dijo: ‘¡Oh jefe de los genn y corona suya, oh excelente! no es para curar a la princesa de China por lo que he venido aquí, sino que hice todo este viaje para rogarte, por el contrario, que vengas en mi socorro. Sin duda te acordarás de aquella mujer con quien pasaste en el pozo algunos malos ratos. Pues bien; aquella mujer era mi esposa, la hija de mi tío. Y fui yo quien la arrojó a aquel pozo para tener paz. Y he aquí que la calamidad me persigue, porque no sé quién ha podido sacar de allí a esa hija de perro. Pero el caso es que está en libertad y me persigue los pasos. Va detrás de mí por todas partes, y ¡qué desgracia la nuestra! dentro de un instante estará aquí mismo. Y ya la oigo gritar con su voz aborrecible en el patio del palacio. Por favor, ayúdame, ¡oh amigo mío! ¡Vengo a implorar tu concurso...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima sexagésima octava noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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