sábado, 11 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima septuagésima tercera noche

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“Y cuando llegó la 873ª noche

Ella dijo:

¡...Pero he aquí ahora lo que atañe a Si Saad, a Si Saadi y al destino que me trajo el pez! Cuando de la noche a la mañana me vi más rico de lo que nunca había deseado mi alma, y rodeado de oro y opulencia, no me olvidé de que, al fin y al cabo, sólo era un antiguo cordelero pobre, hijo de cordelero, y di gracias al Retribuidor por Sus beneficios y me puse a pensar en el uso que en adelante habría de hacer de mis riquezas. Pero habría querido primeramente besar la tierra entre las manos de Si Saadi, para demostrarle mi gratitud y hacer lo mismo con Si Saad, a quien, en último término, debía él ser quien era, por más que él no viera realizadas, como Si Saadi, sus buenas intenciones para conmigo. Pero me lo impidió la timidez; y además, yo no sabía con exactitud dónde vivían ambos. Por eso preferí esperar a que fuesen ellos por propio impulso a pedir noticias del pobre cordelero Hassán. (¡Alah le tenga en Su compasión al tal antiguo Hassán, que ya ha fallecido y tuvo una juventud tan miserable!).

Y entretanto, decidí hacer el mejor uso posible de la fortuna que me había sido escrita. Y lo primero que hice no fue comprarme ricos trajes ni cosas suntuosas, sino en ir en busca de todos los cordeleros pobres de Bagdad, que vivían en el mismo estado de miseria en que había vivido yo tanto tiempo, y congregándolos les dije: ‘He aquí que el Retribuidor me ha escrito el bienestar y me ha enviado Sus beneficios, siendo yo el último en merecerlos. Y por eso ¡oh hermanos musulmanes! deseo que los favores del Altísimo no se acumulen sobre la misma cabeza y que os aprovechéis de ellos con arreglo a vuestras necesidades. Así es que desde hoy os tomo a todos a mi servicio, empleándoos en trabajar para mí en la obra de cordelería, en la seguridad de que se os pagará liberalmente, según vuestra habilidad, a fin de la jornada. De esta manera tendréis la certeza de ganar abundantemente el pan de vuestra familia sin tener que preocuparos del día de mañana. Y ya sabéis por qué os he congregado en este local. Y esto es lo que tenía que deciros. ¡Pero Alah es más generoso y más magnánimo!’

Y los cordeleros me dieron gracias y alabaron mis buenas intenciones con respecto a ellos, y aceptaron lo que les propuse. Y desde entonces continúan trabajando por mi cuenta con tranquilidad, contentos de tener asegurada su vida y la de sus hijos. Y yo, merced a esta organización, cada vez aumento más mis rentas y consolido mi situación.

Ya hacía algún tiempo que había abandonado yo mi pobre casa antigua para establecerme en otra que había hecho construir a todo costo entre jardines, cuando Si Saad y Si Saadi pensaron por fin en ir a saber noticias del pobre cordelero Hassán conocido de ellos. Y fue extremado su asombro cuando nuestros antiguos vecinos, a quienes preguntaron al ver mi tienda cerrada como si me hubiese muerto, les aseguraron que no solamente estaba vivo todavía, sino que era uno de los mercaderes más ricos de Bagdad, que habitaba un maravilloso palacio rodeado de jardines y que ya no me llamaba Hassán el cordelero, sino Si Hassán el Magnífico. Entonces, tras de hacer que les dieran señas más precisas acerca del lugar en que se hallaba mi palacio, se dirigieron a él y no tardaron en llegar ante la puerta principal que daba acceso a los jardines. Y el portero les hizo atravesar un bosque de naranjos y de limoneros cargados de frutos y cuyas raíces se refrescaban en el agua que perpetuamente corría por una reguera que partía del río. Y cuando llegaron a la sala de recepción, estaban ya encantados de la frescura, del sombrajo, del murmullo del agua y del canto de los pájaros.

Y no bien me anunció su llegada uno de mis esclavos, les salí al encuentro apresuradamente y quise cogerles la orla del traje para besársela. Pero me lo impidieron y me abrazaron como si fuese su hermano, y les invité a entrar en el kiosco que había en el jardín, rogándoles que se sentaran en el sitio de honor que les correspondía. Y me senté un poco más lejos, como era debido.

Y después de hacer que les sirvieran sorbetes y refrescos, les conté cuanto me había sucedido punto por punto, sin olvidar el menor detalle. Pero no hay utilidad en repetirlo. Y Si Saadi, en el límite de la satisfacción, se encaró con su amigo y le dijo: ‘Ya lo ves, ¡oh Si Saad!’ Y no le dijo nada más.

Y aún no habían vuelto del asombro en que hubo de sumirlos mi historia, cuando dos de mis hijos, que se divertían en el jardín, entraron de improviso, llevando en sus manos un gran nido de ave que acababa de coger para ellos en la copa de una palmera el esclavo que vigilaba sus juegos. Y nos asombramos mucho al ver que aquel nido, que tenía pollos de gavilán, estaba hecho en un turbante. Y al examinar más de cerca aquel turbante, observé, sin que me cupiese duda alguna, que era el mismo que en otro tiempo me había llevado el gavilán ladrón. Y me encaré con mis huéspedes, y les dije: ‘¡Oh mis señores! ¿Os acordáis todavía del turbante que llevaba yo el día en que Si Saad me hizo don de los primeros doscientos dinares?’ Y contestaron: ‘No, por Alah, no nos acordamos con exactitud’. Y Si Saad añadió:

‘¡Pero lo reconoceré, indudablemente, si están en él los ciento noventa dinares!’ Y contesté:

‘¡Oh mis señores, no lo dudéis!’ Y saqué los pajarillos, dándoselos a los niños, y desbaraté el nido, y desenrollé el turbante en toda su longitud. Y de la punta colgaba intacta, y atada como yo la había atado, la bolsa de Si Saad con los dinares que contenía.

Y aún no habían vuelto de su asombro mis dos huéspedes, cuando entró uno de los palafreneros llevando en las manos una cuba de salvado que al punto reconocí como la que mi mujer hacía cedido en otro tiempo al mercader de tierra para limpiar el cabello. Y me dijo:

‘¡Oh mi señor! esta cuba, que he comprado hoy en el zoco, porque se me había olvidado coger pienso para el caballo que montaba, contiene un saco atado que traigo entre tus manos’. Y reconocimos la segunda bolsa de Si Saad.

Y desde entonces ¡oh Emir de los Creyentes! los tres vivimos como amigos, convencidos para siempre del poder del Destino, y maravillados de las vías que utiliza para llevar a cabo sus decretos.

Y como los bienes de Alah deben volver a sus pobres, no dejé de invertirlos en hacer las dádivas y limosnas prescritas. Y por eso me has visto dar esa limosna al mendigo del puente de Bagdad.

¡Y tal es mi historia!’

Cuando el califa hubo oído este relato del jeique generoso, le dijo: ‘¡Ciertamente, ¡oh jeique Hassán! las vías del Destino son maravillosas, y como prueba en apoyo de lo que me has contado, voy a ensefiarte algo!’

Y se encaró con el visir del Tesoro y le dijo unas palabras al oído. Y el visir salió para volver al cabo de algunos instantes con un estuche en la mano. Y el califa lo cogió, lo abrió, y enseñó el contenido al jeique, quien al punto reconoció la gema salomónica cedida al joyero judío. Y Al-Raschid le dijo: ‘Esta gema entró en mi tesoro el mismo día que se la vendiste al judío’.

Luego se encaró con el cuarto personaje, que era el maestro de escuela lisiado y con la boca hendida, y le dijo: ‘Cuenta lo que tengas que contarnos’.

Y tras de besar la tierra entre las manos del califa, el hombre dijo:

Historia del maestro de escuela lisiado y con la boca hendida

‘Sabe ¡oh Emir de los Creyentes! que, por mi parte, empecé a ganarme la vida como maestro de escuela, y tenía bajo mi mano unos ochenta muchachos. Y la historia de lo que me sucedió con estos muchachos es prodigiosa.

Debo empezar por decirte ¡oh mi señor! que yo era para ellos severo hasta el límite de la severidad, e inflexible y riguroso, hasta el punto de exigir que, incluso en las horas de recreo, continuasen trabajando, y no los enviaba a sus casas hasta una hora después de ponerse el sol. Y aun entonces no dejaba de vigilarlos, siguiéndolos por zocos y barrios, para impedirles que jugaran con granujillas que los pervirtieran.

Y he aquí que fue precisamente mi rigor el que atrajo sobre mi cabeza las calamidades, como vas a ver ¡oh Emir de los Creyentes! En efecto, al entrar un día entre los días en la sala de lectura en el momento en que todos mis alumnos estaban reunidos, los vi de pronto erguirse sobre sus piernas a todos y exclamar con una sola voz ‘¡Oh maestro, que amarillo tienes hoy el rostro!’ Y me sorprendió mucho aquello; pero como no sentía ningún dolor interno que pudiese amarillearme de tal suerte el rostro, no me preocupé excesivamente de aquella noticia, y abrí la clase como de costumbre, gritándoles: ‘Empezad, ¡oh granujas! que ha llegado la hora de trabajar’. Pero he aquí que el alumno monitor avanzó hacia mí con un aire preocupado, y me dijo: ‘¡Por Alah, ¡oh maestro! tienes muy amarillo el rostro hoy, y Alah aleje tu mal! Si estás muy enfermo, yo daré la clase en lugar tuyo’. Y al mismo tiempo, todos los alumnos, demostrando gran inquietud, me miraban llenos de conmiseración, como si ya estuviese yo a punto de rendir el alma. Y acabé por impresionarme mucho, y me dije a mí mismo: ‘¡Oh! por lo visto debes estar muy mal sin darte cuenta de ello. Y las peores enfermedades son las que entran en el cuerpo subrepticiamente, sin que su presencia se revele por molestias muy marcadas’. Y me levanté en aquella hora y en aquel instante, confié la dirección de la clase al alumno monitor, y entré en mi harén, donde me acosté cuan largo era, diciendo a mi esposa: ‘¡Prepárame contra la ictericia!’ Y lo dije lanzando muchos suspiros y quejándome, como si ya estuviese bajo la acción de todas las pestes y enfermedades rojas.

A la sazón, el alumno monitor llamó a la puerta y pidió permiso para entrar. Y me entregó la suma de ochenta dracmas, diciéndome: ‘¡Oh maestro! los buenos de tus alumnos acaban de verificar una colecta entre ellos para hacerte este presente, a fin de que nuestra maestra pueda cuidarte bien sin reparar en gastos’.

Y me conmoví mucho con aquel rasgo de mis alumnos, y para demostrarles mi satisfacción, les di un día de asueto, sin sospechar que se había fraguado todo con este único fin. ¿Pero quién puede adivinar toda la malicia que se oculta en el pecho de los niños?

En cuanto a mí, pasé todo aquel día muy apurado, aunque la vista del dinero que habíame venido de manera tan inesperada me daba cierto gusto. Y al día siguiente volvió a verme el alumno monitor, y al encontrarse conmigo exclamó: ‘Alah aleje de ti todo mal, ¡oh maestro!

¡Pero aún tienes la tez más amarilla que ayer! ¡Descansa! ¡Descansa! ¡Y no te preocupes de los demás...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima septuagésima cuarta noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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viernes, 10 de diciembre de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La octingentésima septuagésima segunda noche

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“Pero cuando llegó la 872ª noche

Ella dijo:

...Y con mi gesto más indiferente, de nuevo hice un signo negativo de cabeza. Y me puse a mirar a otra parte.

Entonces la mujer del joyero recogió sus velos como para marcharse, se dirigió a la puerta, hizo ademán de abrirla, y como decidiéndose de pronto, se encaró conmigo y me dijo:

‘¡La última palabra! ¡Cien dinares de oro! ¡Y eso que no sé si mi marido querrá darme tan formidable suma!’

Y entonces accedí a contestar, y le dijo, no sin un aire de profunda indiferencia: ‘No es para que te marches disgustada, ¡oh vecina! pero estás muy lejos de ponerte en razón. Porque este huevo de vidrio, por el que me ofreces el precio irrisorio de cien dinares, es una cosa maravillosa, y su historia es tan maravillosa como él mismo. Por eso, y únicamente para darte gusto a ti y a nuestro vecino, y para no hacer que se reconcentre el deseo de una mujer encinta, me limitaré a reclamar, como precio de ese huevo luminoso, la suma de cien mil dinares de oro, ni uno más, ni uno menos. ¡Y si quieres, lo tomas, y si no, lo dejas, pues más me ofrecerán otros joyeros que están más al corriente que tu marido del valor real de las cosas hermosas y únicas! En cuanto a mí, ante Alah el Omnisciente juro que no variaré de tasación ni para aumentarla ni para disminuirla. ¡Uassalam!’

Cuando la mujer del judío hubo oído estas palabras y comprendido su significado, no supo replicar nada, y me dijo, marchándose: ‘Yo ni vendo ni compro, sino que es mi marido quien manda. Si la cosa le conviene, ya te hablaré de ello. ¡Prométeme, sin embargo, tener paciencia y esperar, antes de entrar en tratos con otros joyeros, a que él vea por sí mismo ese huevo de vidrio!’

Y se lo prometí. Y se marchó.

Después de aquella discusión, ¡oh Emir de los Creyentes! ya no dudé de que el tal huevo, que yo creía de vidrio, era una gema entre las gemas del mar, desprendida de la corona de algún rey marino. Y por otra parte, yo, como todo el mundo, sabía que en las profundidades yacen tesoros con los que se adornan las hijas del mar y las reinas del mar. Y aquel hallazgo sirvió para confirmarme en mi creencia. Y glorifiqué al Retribuidor, que, por conducto del pez del pescador, había puesto entre mis manos aquella maravillosa muestra de los adornos de las jóvenes marinas. Y determiné no desdecirme de la cifra de cien mil dinares que había dicho a la mujer del judío, pensando que mejor habría hecho en no apresurarme a fijar de aquel modo la tasación, cuando tal vez hubiera podido obtener más del joyero judío. Pero como había fijado esta cifra solemnemente, no quise desdecirme, y me prometí mantenerme en lo que hube de indicar.

Y como había yo previsto, no tardó en presentarse en mi casa el joyero judío en persona. Y tenía un aire de redomado que no me anunciaba nada bueno, sino que me advertía que el hijo de cochinos iba a utilizar toda su astucia para escamotearme la gema como el que no quiere la cosa. Y por mi parte, me puse en guardia, adoptando la actitud más sonriente y más amable, y le rogué que tomara asiento en la estera. Y después de las zalemas y salutaciones de rigor, me dijo él: ‘¡Espero ¡oh vecino! que no estará el cáñamo demasiado caro en estos tiempos y que los negocios de tu tienda serán benditos!’ Y yo contesté en el mismo tono: ‘La bendición de Alah no falta a Sus creyentes, ¡oh vecino! Y espero que a ti te serán favorables en el zoco de los joyeros’. Y me dijo él: ‘¡Por vida de Ibrahim y de Yacub, ¡oh vecino! créeme que peligran, créeme que peligran! Y apenas si tenemos para comer un pedazo de pan y de queso’. Y durante un buen rato continuamos hablando de tal suerte, sin abordar la única cuestión que nos interesaba, hasta que el judío, al ver que nada sacaba de mí por ese medio, acabó por ser el primero en decirme: ‘La hija de mi tío ioh vecino! me ha hablado de cierto huevo de vidrio, sin gran valor por lo demás, que sirve de juguete a tus hijos, y ya sabes que cuando una mujer está encinta, como lo está la mía, tiene antojos extraños y estrambóticos. Pero, desgraciadamente, nos vemos precisados a satisfacer tales antojos, hasta cuando son irrealizables, a trueque de que el objeto deseado llegue a imprimirse en el cuerpo del niño y a deformarle. Y en el caso actual, como el deseo de mi mujer se ha cifrado en ese huevo de vidrio, mucho me temo que, si no lo satisfago, se reproduzca ese huevo en tamaño natural sobre la nariz de nuestro hijo, cuando nazca, o sobre cualquier parte más delicada todavía y que la decencia me impide nombrar. Te ruego, pues, ioh vecino! que me enseñes, ante todo, ese huevo de vidrio, y en caso de que viera que me es imposible adquirir uno parecido en el zoco, tengas a bien cedérmelo mediante un precio razonable que tú me indicarás, sin aprovecharte demasiado de mi situación’.

Y a estas palabras del judío, contesté: ‘Escucho y obedezco’.

Y me levanté y fui hacia mis hijos, que jugaban en el patio con el huevo consabido y se lo quité de las manos, a pesar de sus gritos y sus protestas. Luego volví a la estancia donde me esperaba el judío sentado en la estera, y cerré la puerta y las ventanas, de modo que fuese completa la oscuridad, disculpándome por obrar así. Y hecho lo cual, me saqué del seno el huevo y lo puse bien a la vista, sobre un taburete, ante el judío.

Y al punto se iluminó la habitación como si ardieran en ella cuarenta antorchas. Y al ver aquello, el judío no pudo menos de exclamar: ‘¡Es una de las gemas que adornan la corona de Soleimán ben Daud!’ Y tras de asombrarse de tal suerte, comprendió que había hablado demasiado, y se rehizo, diciendo: ‘Pero ya las he tenido semejantes entre mis manos. ¡Y como no eran de fácil venta, me he apresurado a revenderlas con pérdida! ¡Ah! ¿Por qué estará encinta ahora la hija del tío para obligarme a adquirir una cosa invendible?’

Luego me dijo: ‘¿Cuánto pides ¡oh vecino! por este huevo marino?’

Yo contesté: ‘No está en venta, ¡oh vecino! pero te lo daré para no hacer que se reconcentre el deseo de la hija de tu tío. Y ya he marcado el precio de esta cesión. ¡Alah es testigo de que no me desdeciré!’ Y me dijo él: ‘¡Sé razonable, ¡oh hijo de gentes de bien! y no arruines mi casa! ¡Aunque vendiera mi tienda y mi casa y aunque me vendiera yo mismo en el zoco de los subastadores, con mi mujer y mis hijos, no llegaría a realizar la cifra exorbitante que has señalado, en broma sin duda alguna! ¡Cien mil dinares de oro, ya Alah! ¡Cien mil dinares de oro, ¡oh jeique! ni uno más, ni uno menos! ¡Es mi muerte lo que reclamas!’

Y tras de volver a abrir la puerta y las ventanas, contesté tranquilamente: ‘¡Cien mil dinares de oro, ni uno más, que el aumento sería ilícito! ¡Pero ni uno menos! ¡Lo tomas, si quieres, y si no lo dejas!’ Y añadí: ‘Y cuenta que, si yo hubiera sabido que este huevo maravilloso era una gema entre las gemas marinas de la corona de Soleimán ben Daud (¡con ambos la plegaria y la paz!), no hubiese pedido cien mil dinares, sino diez veces cien mil, y además, algunos collares y joyeles de tu tienda como presente para mi mujer, que ha preparado el negocio difundiendo nuestro descubrimiento. Date, pues, por muy contento con pagar ese precio irrisorio, ¡oh hombre! y ve en busca de tu oro’.

Y el joyero judío, con la nariz muy alargada al ver que nada podía hacer, se reconcentró un instante, luego me miró con resolución, y dijo, lanzando un gran suspiro: ‘¡El oro está a la puerta! ¡Dame la gema!’ Y así diciendo, sacó la cabeza por la ventana y gritó a un esclavo negro que permanecía estacionado en la calle y tenía de la brida a un mulo cargado con varios sacos: ‘¡Hola Mubarak! ¡Sube aquí los sacos y la balanza!’

Y el negro subió a mi casa los sacos llenos de dinares, y el judío los abrió uno tras otro y me pesó los cien mil dinares, como yo los había pedido, ni uno más, ni uno menos. Y la hija de mi tío sacó de nuestro cofre grande de madera, único que poseíamos, toda la ropa que contenía, y lo llenamos con el oro del judío. Y sólo entonces me saqué del seno, donde la había guardado para que estuviese segura, la gema salomónica, y se la entregué al judío, diciéndole: ‘¡Ojalá la revendas diez veces más cara de lo que acabas de comprarla!’ Y él se echó a reír con una boca que le llegaba hasta las orejas, diciéndome: ‘¡Por Alah, ¡oh jeique! que no está de venta! La destino a satisfacer el antojo de mi mujer encinta’.

Y se despidió de mí y me hizo ver la anchura de sus hombros.

¡Y esto es lo referente a él!

¡...Pero he aquí ahora lo que atañe a Si Saad, a Si Saadi y al destino que me trajo el pez...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La octingentésima septuagésima tercera noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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