domingo, 16 de enero de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima novena noche

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“Pero cuando llegó la 909ª noche

Ella dijo:

...Así habló a Diamante la joven, que se llamaba Latifa y era bella hasta constituir el alboroto del tiempo. Y Diamante se inclinó hasta besar la tierra entre sus manos, y tras de incorporarse luego, contestó: ‘¡Oh retoño del jardín de la perfección! ¡Oh mi señora! ¡Soy Fulano, hijo de Mengano, y he venido aquí para tal y cual cosa!’ Y le contó su historia desde el principio hasta el fin, sin omitir un detalle. Pero no hay utilidad de repetirla.

Y Latifa, cuando oyó su historia, le cogió de la mano y le hizo sentarse al lado de ella en la alfombra tendida bajo la parra trepadora de la entrada. Luego, empleando palabras dulces, le dijo: ‘¡Oh ciprés ambulante del jardín de la belleza! ¡Lástima de juventud la tuya!’ Después dijo: ‘¡Qué malhadada idea tuviste! ¡Qué proyecto tan difícil de ejecutar meditaste! ¡Cuántos peligros corres!’ Y aun dijo: ‘Hay que renunciar a eso, si en algo estimas tu alma cara. Y quédate aquí conmigo; a fin de que tu mano bendita acaricie el cuello de mi deseo. Porque la unión con una hermosa que tiene cara de hada, como yo, es más deseable que la busca de lo desconocido’. Pero Diamante contestó: ‘Mientras no vaya a la ciudad de Wakak y no resuelva el problema que me trae, a saber: ‘¿Qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés?’, me están prohibidos los placeres y la dicha. Pero cuando haya ejecutado mi proyecto, ¡oh encantadora! pondré el collar de la unión al cuello de tu deseo, casándome contigo’. Y Latifa suspiró, diciendo: ‘¡Oh corazón abandonado! Luego hizo seña de que se acercaran a unas escanciadoras con mejillas de rosa. E hizo llegar a unas jóvenes cuya contemplación asombraba al sol y a la luna, y cuyos cabellos ondulados hacían experimentar una torsión involuntaria a los corazones de los amantes. Y circularon las copas de bienvenida para festejar al huésped encantador con música y cánticos. Y las delicias de las mujeres, unidas a las de la armonía, seducían y arrebataban los corazones, fuesen abiertos o cerrados.

Pero, cuando se vaciaron las copas, el príncipe Diamante se irguió sobre ambos pies para despedirse de la jovenzuela. Y le dijo, después de formularle sus votos y darle las gracias: ‘¡Oh princesa el mundo! tengo que despedirme de ti ahora; porque ya sabes que el camino que he de recorrer es largo, y si permaneciese un momento más, el fuego de tu amor prendería llamas en las mieses de mi alma. Pero si Alah quiere; cuando logre mi propósito volveré a cortar aquí las rosas del deseo y a apagar la sed de mi sediento corazón’.

Cuando la jovenzuela vio que el príncipe Diamante, por quien se abrasaba, persistía en su resolución de abandonarla, se irguió también sobre ambos pies, y cogió un báculo en forma de serpiente, sobre el cual murmuró algunas palabras en una lengua incomprensible. Y de improviso lo enarboló y con él golpeó en el hombro al príncipe de modo tan violento, que le hizo girar sobre sí mismo por tres veces y caer a tierra para perder al punto su figura humana. Y se convirtió en un gamo entre los gamos.

Y en seguida Latifa hizo que le pusiesen en los cuernos adornos semejantes a los que llevaban los otros gamos, y le ató al pescuezo un pañuelo de seda bordada, y le soltó por el jardín, gritándole: ‘¡Vete con tus semejantes, ya que no has querido a una hermosa con cara de hada!’ Y Diamante el gamo echó a andar con sus cuatro patas, animal por la forma, pero semejante a los hijos de Adán en cualidades interiores y en las sensaciones.

Y caminando así con sus cuatro patas por las avenidas donde erraban los demás animales metamorfoseados, Diamante el gamo se dedicó a reflexionar profundamente acerca de su nueva situación y del modo de recobrar su libertad y evadirse de las manos de aquella hechicera. Y vagando de tal suerte, llegó a un rincón del jardín en que la tapia era mucho más baja que en ningún sitio. Y tras de elevar su alma hacia el dueño de los destinos, tomó impulso y franqueó la tapia de un salto. Pero no tardó en advertir que seguía encontrándose en el mismo jardín, exactamente igual que si no hubiese franqueado la tapia; y entonces se convenció de que continuaban los efectos del encanto. Por otra parte, saltó la tapia de la propia manera siete veces seguida; pero sin mejor resultado, pues siempre se encontraba en el mismo sitio. Entonces llegó a los límites extremos su perplejidad, y el sudor de la impaciencia transpiró en sus cascos. Y dedicóse a ir y venir a lo largo de la tapia, como haría un león encerrado, hasta que se encontró frente a una abertura en forma de ventana abierta en la tapia y que había permanecido invisible a sus miradas. Y se deslizó por aquella abertura, y tras de mil trabajos se encontró fuera del recinto del jardín aquella vez.

Y fue a parar a un segundo jardín que perfumaba el cerebro con su buen olor. Y se le apareció un palacio al final de las avenidas de aquel jardín. Y en una ventana de aquel palacio vio una joven y encantadora cara con tiernos colores de tulipán, cuyas pupilas habrían dado envidia a la gacela de China. Sus cabellos, color de ámbar, habían retenido todos los rayos del sol, y su tez era de jazmín persa. Y la joven mantenía erguida la cabeza, y sonreía en dirección a Diamante.

Cuando Diamante el gamo estuvo muy próximo a su ventana, ella se levantó a toda prisa y bajó al jardín. Y arrancó algunos puñados de hierba, y como para atraerle e impedirle que huyera al acercársele, le tendió la hierba desde lejos muy cariñosamente, chasqueando la lengua. Y Diamante el gamo, que no esperaba otra cosa que ver cómo salía de aquel segundo paso, se acercó a la joven, acudiendo como los animales hambrientos. Y al punto la joven, que se llamaba Gamila, y que era hermana de padre de Latifa, pero no de la misma madre, cogió el cordón de seda que llevaba al cuello el príncipe gamo y lo utilizó de ronzal para conducirle al interior del palacio. Y se apresuró a ofrecerle frutas y refrescos exquisitos. Y bebió él hasta que estuvo harto.

Y hecho lo cual, inclinó la cabeza y la apoyó en el hombro de la joven, y se echó a llorar. Y Gamila, muy conmovida al ver que de tal suerte fluían lágrimas de los ojos de aquel gamo, le acarició delicadamente con su dulce mano. Y al sentir que le compadecía, el gamo humilló su cabeza a los pies de la joven, y lloró aún más. Y ella dijo: ‘¡Oh gamo mío querido! ¿Por qué lloras? ¡Te quiero más que a mí misma!’ Pero él redobló en su llanto y lagrimeo, y restregó su cabeza contra los pies de la dulce y compasiva Gamila, que a la sazón comprendió, sin género de duda, que le suplicaba le devolviese su figura humana.

Entonces, aunque tenía mucho miedo a su hermana mayor, la maga Latifa, se levantó ella y cogió de un agujero del muro una cajita enriquecida con pedrerías. Y acto seguido hizo las abluciones rituales, se puso siete trajes de lino recién planchados y tomó de la cajita un poco del electuario que contenía...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima décima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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sábado, 15 de enero de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima octava noche

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“Pero cuando llegó la 908ª noche

Ella dijo:

‘…y la sensibilidad de mi corazón trabajará en favor tuyo’. Y añadió: ‘¡No lo dudes!’ Y Rama de Coral contestó: ‘¡Oh joven insigne! claro que no dudo de la sensibilidad del gamo de tu corazón; pero si quieres que te responda con respecto a la pregunta obscura, prométeme por la verdad de nuestra fe que me tomarás por esposa y en tu reino me pondrás a la cabeza de todas las damas del palacio de tu padre’. Y el príncipe Diamante cogió la mano de la joven y la besó y la puso sobre su corazón, prometiéndole los desposorios y el rango que pedía.

Cuando la joven Rama de Coral tuvo esta promesa y esta seguridad del príncipe Diamante, se tambaleó de satisfacción y de contento, y le dijo: ‘¡Oh capital de mi vida! has de saber que debajo del lecho de marfil de la princesa Mohra está un negro sombrío. Y el tal negro ha venido a establecer allí su morada, ignorado por todos, excepto por la princesa, después de huir de su país, que es la ciudad de Wakak. Y precisamente ese negro calamitoso es quien ha incitado a nuestra princesa a formular pregunta tan obscura a los hijos de reyes. Por lo tanto, si quieres conocer la verdadera solución del problema es preciso que vayas a la ciudad de Wakak. Y de esta sola manera podrá descubrirse el secreto. ¡Y esto es cuanto sé acerca de la clase de relaciones que hay entre Piña y Ciprés! ¡Pero Alah es más sabio!’

Cuando el príncipe Diamante hubo oído estas palabras de boca de Rama de Coral, dijo para sí: ‘¡Oh corazón mío! conviene tener un poco de paciencia antes de que se haga para nosotros la claridad detrás de la cortina del misterio. Porque, por el pronto, ¡oh corazón mío! sin duda tendrás que experimentar en esta ciudad del negro, o sea en la ciudad de Wakak, muchas cosas enojosas que te pesarán’. Luego se encaró con la joven, y le dijo: ‘¡Oh caritativa! en verdad que mientras no vaya a la ciudad de Wakak, que es la ciudad del negro, y no penetre el misterio de que se trata, me parecerá que me está prohibido el reposo. Pero si Alah me depara la seguridad y me hace obtener el resultado apetecido, cumpliré entonces tu deseo. Si no lo hago, consiento en no volver a levantar la cabeza hasta el día de la resurrección’.

Y tras de hablar así, el príncipe Diamante se despidió de la suspirante, la gemebunda, la sollozante Rama de Coral, y con el corazón derretido, salió del jardín, sin ser visto, y se dirigió al khan en donde había dejado sus efectos de viaje, y montó en un caballo hermoso como un animal feérico, y salió al camino de Alah.

Pero como ignoraba hacia qué lado estaba situada la ciudad de Wakak, y el camino que había que tomar para llegar a ella, por dónde había de pasar para llegar a ella, empezó a girar la cabeza en busca de algún indicio que pudiera orientarle, cuando divisó a un derviche que iba en dirección suya, vestido con un traje verde y calzados los pies con babuchas de cuero amarillo limón, llevando un báculo en la mano, y semejante a Khizr el Guardián, de tan radiante como tenía el rostro y claro el espíritu ante las cosas. Y Diamante fue en busca de aquel derviche venerable, y le abordó con la zalema, apeándose del caballo. Y cuando le devolvió la zalema el derviche, le preguntó el príncipe: ‘¿Hacia qué lado ¡oh venerable! está situada la ciudad de Wakak, y a qué distancia se halla?’ Y el derviche, tras de mirar atentamente al príncipe durante una hora de tiempo, le dijo: ‘¡Oh hijo de reyes! abstente de aventurarte en un camino sin salida y en una ruta espantosa. Renuncia a tan loco proyecto, y ocúpate en otra tarea, porque, aunque te pasaras toda la vida en busca de ese camino, no encontrarías ni vestigios de él. ¡Además, al querer ir a la ciudad de Wakak, entregas, al viento de la muerte, tu existencia y tu vida cara!’ Pero el príncipe Diamante le dijo: ‘¡Oh respetable y venerado jeique! el asunto que me mueve es un asunto decisivo, y mi propósito es un propósito tan importante, que prefiero sacrificar mil vidas como la mía antes que renunciar a ello. Así, pues, si sabes algo referente a ese camino, sírveme de guía como Khizr el Guardián’.

Cuando el derviche vio que Diamante en manera alguna desistía de su idea, no obstante los útiles consejos de todas clases que seguía dándole, le dijo: ‘¡Oh joven bendito! sabe que la ciudad de Wakak está situada en el centro de la montaña Kaf, allí donde los genn, los mareds y los efrits habitan por dentro y fuera. Y para llegar allá hay tres caminos: el de la derecha, el de la izquierda y el del medio; pero es preciso ir por el camino de la derecha, y no por el de la izquierda, como tampoco debe intentarse tomar el de en medio. Además, cuando hayas viajado un día y una noche, y aparezca la verdadera aurora, verás un minarete en el cual se encuentra una losa de mármol con una inscripción en caracteres kúficos. Hay que leer esa inscripción precisamente. ¡Y tendrás que ajustar tu conducta a esa lectura!’

Y el príncipe Diamante dio gracias al anciano y le besó la mano. Luego volvió a montar en su caballo y emprendió el camino de la derecha, que debía conducirle a la ciudad de Wakak.

Y anduvo por aquel camino un día y una noche, y llegó al pie del minarete que le indicó el derviche. Y vio que el minarete era tan grande como el firmamento cerúleo. Y estaba empotrada en él una losa de mármol grabada con caracteres kúficos. Y decían así los tales caracteres: ‘Los tres caminos que tienes ante ti ¡oh caminante! Conducen todos al país de Wakak. Si tomas el de la izquierda, experimentarás gran número de vejaciones. Si tomas el de la derecha, te arrepentirás. Si tomas el de en medio, te ocurrirá algo espantoso’.

Cuando hubo descifrado esta inscripción y comprendido todo su alcance, el príncipe Diamante cogió un puñado de tierra, y echándola por la abertura de su traje, dijo: ‘¡Que yo me vea reducido a polvo, pero que llegue a la meta!’ Y se acomodó de nuevo en la silla, y sin vacilar, tomó por el más peligroso de los tres caminos, el de en medio. Y anduvo por él resueltamente un día y una noche. Y a la mañana, se ofreció a su vista un ancho espacio que estaba cubierto de árboles con ramas que llegaban hasta el cielo. Y los árboles estaban dispuestos en hilera para servir de límite y abrigo contra el viento salvaje a un jardín verdeante. Y la puerta de aquel jardín aparecía cerrada por un bloque de granito. Y para guardar aquella puerta y aquel jardín había un negro cuyo rostro daba un tinte sombrío a todo el jardín y a quien robaba sus tinieblas la noche sin luna. Y aquel producto de brea era gigantesco. Su labio superior se alzaba muy por encima de sus narices, que tenían forma de berenjena, y el labio de abajo le caía hasta el cuello. Llevaba al pecho una muela de molino que le servía de escudo; y una espada de hierro chino iba sujeta a su cinturón, que lo constituía una cadena de hierro tan gorda, que por cada uno de sus anillos hubiera podido pasar con toda facilidad un elefante de guerra.

Y en aquel momento, el tal negro estaba echado cuan largo era sobre pieles de animales, y de su ancha boca abierta salían ronquidos hijos del trueno.

Y el príncipe Diamante echó pie a tierra sin conmoverse, ató la brida de su caballo a la cabecera del negro, y retirando la puerta de granito, entró en el jardín. Y el aire de aquel jardín era tan excelente, que las ramas de los árboles se balanceaban como personas ebrias. Y debajo de los árboles pacían gamos grandes que llevaban sujetos a sus cuernos adornos de oro guarnecidos de pedrerías, cubriéndoles los lomos un ropaje bordado y llevando atados al cuello pañuelos de brocado. Y todos aquellos gamos, con sus patas delanteras y sus patas traseras, con sus ojos y sus cejas, se pusieron a hacer señas expresivas a Diamante para que no entrase. Pero Diamante, sin tener en cuenta sus advertencias, y antes bien, pensando que aquellos gamos sólo agitaban así sus ojos, sus cejas y sus extremidades para manifestarle el gusto que tenían en recibirle, empezó a circular tranquilamente por las avenidas de aquel jardín.

Y paseándose de tal modo, acabó por llegar a un palacio al que no habría igualado el del Kessra o el de Kaissar. Y la puerta de aquel palacio estaba entreabierta como el ojo del amante. Y por la abertura de aquella puerta se mostraba una cabeza encantadora de jovenzuela, que era feérica y que habría hecho retorcerse de envidia a la luna nueva. Y aquella cabecita, cuyos ojos avergonzarían a los del narciso, miraba a un lado y a otro, sonriendo.

Pero, en cuanto advirtió a Diamante, quedó estupefacta a la vez que rendida a su hermosura. Y permaneció algunos instantes en aquel estado; luego le devolvió la zalema, y le dijo: ‘¿Quién eres, ¡oh joven lleno de audacia! que te permites penetrar en este jardín donde ni los pájaros se atreven a agitar sus alas?’

Así habló a Diamante la joven, que se llamaba Latifa y era bella hasta constituir el alboroto del tiempo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima novena noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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