lunes, 17 de enero de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima décima noche

_______________________________

“Pero cuando llegó la 910ª noche

Ella dijo:

…Y acto seguido hizo las abluciones rituales, se puso siete trajes de lino recién planchados y tomó de la cajita un poco del electuario que contenía. Y dio de comer al gamo aquel electuario. Y en el mismo momento le tiró con fuerza del cordón mágico que le rodeaba el cuello. Y al punto el gamo dio una sacudida, y abandonando su forma de animal, recobró su apariencia de hijo de Adán.

Luego fue a besar la tierra entre las manos de la joven Gamila, y en acción de gracias, le dijo: ‘He aquí ¡oh princesa! que me has salvado de las garras de la desdicha y me has devuelto mi vida de ser humano. ¿Cómo podría, pues, mi lengua darte gracias con arreglo a tus méritos, cuando todos los pelos de mi cuerpo celebran con alabanzas tu benevolencia y tu generosidad, ¡oh bienhechora!?’ Pero Gamila se apresuró a ayudarle a incorporarse, y después de ponerle vestiduras reales, le dijo:

‘¡Oh joven príncipe cuya blancura se manifiesta a través de tus vestidos y cuya belleza ilumina nuestra morada y este jardín! ¿Quién eres y cuál es tu nombre? ¿Qué motivo nos hace el honor de tu venida y cómo has sido preso en las redes de mi hermana Latifa?’

Entonces el príncipe Diamante contó a su libertadora toda su historia. Y cuando hubo acabado de hablar él, le dijo ella: ‘¡Oh Diamante! renuncia, por favor, a la idea peligrosa y sin fruto que te asalta y no expongas a los poderes desconocidos tu juventud encantadora y tu vida que tan preciosa es. Porque está fuera de toda sabiduría el exponerse a perecer sin motivo. Mejor será que te quedes aquí y llenes la copa de tu vida, con el vino de la voluptuosidad. ¡Porque aquí me tienes dispuesta a servirte conforme a tu deseo, y a poner tu bienestar por encima del mío, obedeciéndote como un niño a la voz de su madre!’ Y Diamante contestó: ‘¡Oh princesa! el agradecimiento que hacia ti siento pesa tanto sobre las alas de mi alma, que sin tardanza debería hacer con mi piel sandalias y calzarlas en tus pequeños pies. Porque me has revestido con la vestidura de la forma humana, sacándome de mi piel de gamo y librándome de los artificios de la hechicería de tu hermana. Pero, hoy por hoy, si tu generosidad quiere llegar hasta mí, te suplico que me concedas sin tardanza licencia por algunos días, a fin de que consiga yo realizar mi deseo. Y cuando, merced a la seguridad que espero de Alah el Altísimo, regrese de la ciudad de Wakak, únicamente me ocuparé de darte gusto y de volver a ver tus pies mágicos. Y con ello no haré más que cumplir los deberes de un corazón que sabe el agradecimiento’.

Cuando la joven vio que Diamante, a pesar de que ella seguía insistiendo para ablandarle, no accedía a lo que le proponía ella, y permanecía apegado a su idea desesperante, no pudo por menos de permitirle partir. Así es que, lanzando quejas, suspiros y gemidos, le dijo: ‘¡Oh ojos míos! ¡Ya que nadie puede rehuir el destino que lleva atado al cuello, y puesto que tu destino es abandonarme a raíz de nuestro encuentro, quiero darte, para ayudarte en tu empresa, asegurar tu regreso y resguardar tu alma cara, tres cosas que me tocaron en herencia!’ Y cogió un cajón que había en otro agujero del muro, lo abrió y sacó de él un arco de oro con sus flechas, una espada de acero chino y un puñal con el puño de jade, y se los entregó a Diamante, diciéndole: ‘Este arco y sus flechas han pertenecido al profeta Saleh (¡con él la plegaria y la paz!). Esta espada que es conocida bajo el nombre de Escorpión de Soleimán, es tan excelente que si se golpeara con ella una montaña la partiría como jabón. Y por último, este puñal, fabricado en otro tiempo por el sabio Tammuz, es inapreciable para quien lo posee, porque preserva de todo ataque la virtud oculta en su hoja’. Luego añadió: ‘Sin embargo, ¡oh Diamante! no podrás llegar a la ciudad de Wakak, que está separada de nosotros por siete océanos, como no te ayude mi tío Al-Simurg. Por eso acerco mis labios a tu oído para que escuches bien las instrucciones que van a salir de ellos en tu honor’. Y se calló un momento, y dijo: ‘Has de saber, en efecto, ¡oh amigo Diamante! que a una jornada de marcha de aquí hay una fuente; y muy cerca de esa fuente se encuentra el palacio de un rey negro llamado Tak-Tak. Y este palacio de Tak-Tak está guardado por cuarenta etíopes sanguinarios, cada uno de los cuales manda un ejército de cinco mil negros feroces. Pero el tal rey Tak-Tak, será benévolo contigo a causa de los objetos de que te hago entrega; e incluso se portará contigo muy amistosamente, aunque de ordinario acostumbra a mandar asar a los transeúntes del camino y a comérselos sin pan ni condimentos. Y permanecerás dos días en su compañía. Tras de lo cual hará que te acompañen al palacio de mi tío Al-Simurg, gracias al cual acaso puedas llegar a la ciudad de Wakak y resolver el problema de la clase de relaciones que hay entre Piña y Ciprés’. Y como conclusión, dijo: ‘¡Sobre todo, oh Diamante, guárdate bien de desviarte ni en un pelo siquiera de lo que te digo!’ Luego le besó, llorando, y le dijo: ‘Y ahora que a causa de tu ausencia mi vida se convierte en desdicha para mi corazón, hasta tu regreso no sonreiré más, no hablaré más y abriré sin cesar a mi espíritu la puerta de la tristeza. De mi corazón se elevarán suspiros constantemente, y ya no tendré noticias de mi cuerpo. Porque, sin fuerza y sin sostén interior, mi cuerpo no será en lo sucesivo más que el espejo de mi alma’. Luego se puso a recitar estas estrofas:

¡No rechaces mi corazón lejos de esos ojos de quienes está enamorado el narciso!

¡Oh abstemio! ¡No se deben desoír las quejas de los beodos, sino conducirlos de nuevo a la taberna!

¡Mi corazón no podrá librarse del ejército de tu bozo; y como una rosa rota, la abertura de mi traje no podrá zurcirse!

¡Oh tiránica belleza! ¡Oh hermoso, moreno y encantador! ¡Mi corazón yace a tus pies de jazmín!

¡Mi corazón de muchacha sencilla, en la tierna edad de la adolescencia, yace a los pies del raptor de corazones!

Después la joven dijo adiós a Diamante, invocando sobre él las bendiciones y deseándole la seguridad. Y se apresuró a entrar de nuevo en el palacio para ocultar las lágrimas que le cubrían el rostro.

En cuanto a Diamante, se marchó, montado en su caballo hermoso como un hijo de los genn, y prosiguió su camino, etapa tras de etapa, preguntando por la ciudad de Wakak.

Y cabalgando de este modo acabó por llegar sin contratiempo a una fuente. Aquella era precisamente la fuente de que le había hablado la joven. Y allí era donde se alzaba el castillo fortificado del rey de los negros, el terrible Tak-Tak. Y Diamante vio que, en efecto, las cercanías del castillo estaban guardadas por etíopes de diez codos de altos, con caras espantosas...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima undécima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

Para los nuevos suscriptores:
La primera entrada está en Las mil noches y una noche. Antecedentes, de donde pueden navegar dando click en la opción “Entrada más reciente”, al pié de la página.

Saludos
Valram

¡Recibe la colección competa en tu e-mail!, suscríbete aquí, ¡es completamente gratis!

domingo, 16 de enero de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima novena noche

_______________________________

“Pero cuando llegó la 909ª noche

Ella dijo:

...Así habló a Diamante la joven, que se llamaba Latifa y era bella hasta constituir el alboroto del tiempo. Y Diamante se inclinó hasta besar la tierra entre sus manos, y tras de incorporarse luego, contestó: ‘¡Oh retoño del jardín de la perfección! ¡Oh mi señora! ¡Soy Fulano, hijo de Mengano, y he venido aquí para tal y cual cosa!’ Y le contó su historia desde el principio hasta el fin, sin omitir un detalle. Pero no hay utilidad de repetirla.

Y Latifa, cuando oyó su historia, le cogió de la mano y le hizo sentarse al lado de ella en la alfombra tendida bajo la parra trepadora de la entrada. Luego, empleando palabras dulces, le dijo: ‘¡Oh ciprés ambulante del jardín de la belleza! ¡Lástima de juventud la tuya!’ Después dijo: ‘¡Qué malhadada idea tuviste! ¡Qué proyecto tan difícil de ejecutar meditaste! ¡Cuántos peligros corres!’ Y aun dijo: ‘Hay que renunciar a eso, si en algo estimas tu alma cara. Y quédate aquí conmigo; a fin de que tu mano bendita acaricie el cuello de mi deseo. Porque la unión con una hermosa que tiene cara de hada, como yo, es más deseable que la busca de lo desconocido’. Pero Diamante contestó: ‘Mientras no vaya a la ciudad de Wakak y no resuelva el problema que me trae, a saber: ‘¿Qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés?’, me están prohibidos los placeres y la dicha. Pero cuando haya ejecutado mi proyecto, ¡oh encantadora! pondré el collar de la unión al cuello de tu deseo, casándome contigo’. Y Latifa suspiró, diciendo: ‘¡Oh corazón abandonado! Luego hizo seña de que se acercaran a unas escanciadoras con mejillas de rosa. E hizo llegar a unas jóvenes cuya contemplación asombraba al sol y a la luna, y cuyos cabellos ondulados hacían experimentar una torsión involuntaria a los corazones de los amantes. Y circularon las copas de bienvenida para festejar al huésped encantador con música y cánticos. Y las delicias de las mujeres, unidas a las de la armonía, seducían y arrebataban los corazones, fuesen abiertos o cerrados.

Pero, cuando se vaciaron las copas, el príncipe Diamante se irguió sobre ambos pies para despedirse de la jovenzuela. Y le dijo, después de formularle sus votos y darle las gracias: ‘¡Oh princesa el mundo! tengo que despedirme de ti ahora; porque ya sabes que el camino que he de recorrer es largo, y si permaneciese un momento más, el fuego de tu amor prendería llamas en las mieses de mi alma. Pero si Alah quiere; cuando logre mi propósito volveré a cortar aquí las rosas del deseo y a apagar la sed de mi sediento corazón’.

Cuando la jovenzuela vio que el príncipe Diamante, por quien se abrasaba, persistía en su resolución de abandonarla, se irguió también sobre ambos pies, y cogió un báculo en forma de serpiente, sobre el cual murmuró algunas palabras en una lengua incomprensible. Y de improviso lo enarboló y con él golpeó en el hombro al príncipe de modo tan violento, que le hizo girar sobre sí mismo por tres veces y caer a tierra para perder al punto su figura humana. Y se convirtió en un gamo entre los gamos.

Y en seguida Latifa hizo que le pusiesen en los cuernos adornos semejantes a los que llevaban los otros gamos, y le ató al pescuezo un pañuelo de seda bordada, y le soltó por el jardín, gritándole: ‘¡Vete con tus semejantes, ya que no has querido a una hermosa con cara de hada!’ Y Diamante el gamo echó a andar con sus cuatro patas, animal por la forma, pero semejante a los hijos de Adán en cualidades interiores y en las sensaciones.

Y caminando así con sus cuatro patas por las avenidas donde erraban los demás animales metamorfoseados, Diamante el gamo se dedicó a reflexionar profundamente acerca de su nueva situación y del modo de recobrar su libertad y evadirse de las manos de aquella hechicera. Y vagando de tal suerte, llegó a un rincón del jardín en que la tapia era mucho más baja que en ningún sitio. Y tras de elevar su alma hacia el dueño de los destinos, tomó impulso y franqueó la tapia de un salto. Pero no tardó en advertir que seguía encontrándose en el mismo jardín, exactamente igual que si no hubiese franqueado la tapia; y entonces se convenció de que continuaban los efectos del encanto. Por otra parte, saltó la tapia de la propia manera siete veces seguida; pero sin mejor resultado, pues siempre se encontraba en el mismo sitio. Entonces llegó a los límites extremos su perplejidad, y el sudor de la impaciencia transpiró en sus cascos. Y dedicóse a ir y venir a lo largo de la tapia, como haría un león encerrado, hasta que se encontró frente a una abertura en forma de ventana abierta en la tapia y que había permanecido invisible a sus miradas. Y se deslizó por aquella abertura, y tras de mil trabajos se encontró fuera del recinto del jardín aquella vez.

Y fue a parar a un segundo jardín que perfumaba el cerebro con su buen olor. Y se le apareció un palacio al final de las avenidas de aquel jardín. Y en una ventana de aquel palacio vio una joven y encantadora cara con tiernos colores de tulipán, cuyas pupilas habrían dado envidia a la gacela de China. Sus cabellos, color de ámbar, habían retenido todos los rayos del sol, y su tez era de jazmín persa. Y la joven mantenía erguida la cabeza, y sonreía en dirección a Diamante.

Cuando Diamante el gamo estuvo muy próximo a su ventana, ella se levantó a toda prisa y bajó al jardín. Y arrancó algunos puñados de hierba, y como para atraerle e impedirle que huyera al acercársele, le tendió la hierba desde lejos muy cariñosamente, chasqueando la lengua. Y Diamante el gamo, que no esperaba otra cosa que ver cómo salía de aquel segundo paso, se acercó a la joven, acudiendo como los animales hambrientos. Y al punto la joven, que se llamaba Gamila, y que era hermana de padre de Latifa, pero no de la misma madre, cogió el cordón de seda que llevaba al cuello el príncipe gamo y lo utilizó de ronzal para conducirle al interior del palacio. Y se apresuró a ofrecerle frutas y refrescos exquisitos. Y bebió él hasta que estuvo harto.

Y hecho lo cual, inclinó la cabeza y la apoyó en el hombro de la joven, y se echó a llorar. Y Gamila, muy conmovida al ver que de tal suerte fluían lágrimas de los ojos de aquel gamo, le acarició delicadamente con su dulce mano. Y al sentir que le compadecía, el gamo humilló su cabeza a los pies de la joven, y lloró aún más. Y ella dijo: ‘¡Oh gamo mío querido! ¿Por qué lloras? ¡Te quiero más que a mí misma!’ Pero él redobló en su llanto y lagrimeo, y restregó su cabeza contra los pies de la dulce y compasiva Gamila, que a la sazón comprendió, sin género de duda, que le suplicaba le devolviese su figura humana.

Entonces, aunque tenía mucho miedo a su hermana mayor, la maga Latifa, se levantó ella y cogió de un agujero del muro una cajita enriquecida con pedrerías. Y acto seguido hizo las abluciones rituales, se puso siete trajes de lino recién planchados y tomó de la cajita un poco del electuario que contenía...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima décima noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

Para los nuevos suscriptores:
La primera entrada está en Las mil noches y una noche. Antecedentes, de donde pueden navegar dando click en la opción “Entrada más reciente”, al pié de la página.

Saludos
Valram

¡Recibe la colección competa en tu e-mail!, suscríbete aquí, ¡es completamente gratis!