sábado, 22 de enero de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima decimoquinta noche

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“Y cuando llegó la 915ª noche

Ella dijo:

‘...te diré lo que llevo en el corazón!’ Y añadió: ‘¡Oh mi señor! bien dichosos son los sordos y los ciegos por no estar expuestos a las calamidades, las cuales nos entran por los ojos y por los oídos. ¡Porque en mi caso fueron mis oídos los que atrajeron sobre mí la mala suerte! Porque ¡oh asilo del mundo! desde el día nefasto en que oí mencionar delante de mí lo que voy a contarte, ya no he tenido reposo ni sueño’ Y le contó toda su historia con los menores detalles. Y no hay utilidad en repetirla. Luego añadió: ‘Y ahora que el Destino me ha gratificado con la vista de tu presencia luminosa, ¡oh rey del tiempo! y que quieres concederme, como favor insigne, la merced que me permites solicitarte, te pediré sencillamente que me digas exactamente qué clase de relaciones hay entre nuestro señor rey Ciprés y nuestra señora la reina Piña, y que me digas también qué tiene que ver en el asunto el negro sombrío que a la hora de ahora está tendido debajo del lecho de marfil de la princesa Mohra, hija del del rey Tammuz ben Qamús, soberano de las comarcas de Sinn y de Massin’.

Así habló Diamante al rey Ciprés, señor de la ciudad de Wakak. Y a medida que hablaba Diamante, el rey Ciprés cambiaba sensiblemente de color y de intenciones. Y cuando Diamante acabó su discurso Ciprés se había puesto como una llama; y en sus ojos ardía un incendio. Y en su pecho le roncaba el hervidero interior, de todo punto semejante al furor de la caldera en el brasero. Y permaneció un momento sin poder emitir sonidos. Y de improviso estalló, diciendo: ‘Mal hayas, ¡oh extranjero! ¡Por vida de mi cabeza, que si no fueras sagrado para mí después del juramento que hice de dejar a salvo tu vida, en este mismo instante te separaría del cuerpo la cabeza!’ Y Diamante dijo: ‘¡Oh rey del tiempo! ¡Perdona a tu esclavo su indiscreción! Pero la he cometido porque me lo permitiste. Y ahora, por mucho que digas, no puedes menos de ceder a mi demanda, después de tu promesa. Porque me has ordenado que formule un deseo entre tus manos, y lo único que me interesa es precisamente la cosa que sabes’.

Y el rey Ciprés, al oír este discurso de Diamante, llegó al límite de la perplejidad y de la desesperación. Y tan pronto se inclinaba su alma a desear la muerte de Diamante como a mantener sus propios compromisos. Pero el primer deseo era mucho más violento. Sin embargo, consiguió dominarse temporalmente, y dijo a Diamante: ‘¡Oh hijo del rey Schams-Schah! ¿Por qué quieres obligarme a echar inútilmente por el aire tu vida? ¿No te valdrá más que renuncies a la idea peligrosa que te preocupa, y que me pidas otra cosa en cambio, aunque sea la mitad de mi reino?’ Pero Diamante insistió, diciendo: ‘Mi alma no anhela nada más, ¡oh rey Ciprés!’ Entonces le dijo el rey: ‘No hay inconveniente en complacerte. ¡No obstante, ten presente que, cuando te haya revelado lo que quieres saber, haré que sin remisión te corten la cabeza!’ Y Diamante dijo: ‘Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh rey del tiempo! ¡Cuando me haya enterado de la solución que anhelo, o sea de la clase de relaciones que hay entre nuestro señor el rey Ciprés y nuestra señora la reina Piña, y qué tiene que ver el negro con la princesa Mohra, haré mis abluciones y moriré con la cabeza cortada!’

Entonces el rey Ciprés se mostró muy pesaroso, no solamente porque se veía obligado a revelar un secreto que estimaba más que su alma, sino a causa de la muerte segura de Diamante. Permaneció, pues, con la cabeza baja y la nariz alargada durante una hora de tiempo. Tras de lo cual hizo evacuar la sala del trono por los guardias, a los cuales dio, por señas, algunas órdenes. Y salieron los guardias, y volvieron al cabo de un momento, llevando atado con una correa de cuero rojo enriquecida de pedrerías a un hermoso perro lebrel de la especie de los lebreles de color castaño claro. Y luego extendieron ceremoniosamente un gran tapiz de brocado de forma cuadrada. Y el lebrel fue a sentarse en una esquina del tapiz, tras de lo cual entraron en la sala algunas esclavas, en medio de las cuales iba una maravillosa joven de cuerpo delicado, con las manos atadas a la espalda, bajo la mirada vigilante de doce etíopes sanguinarios. Y las esclavas hicieron sentarse a aquella joven en la esquina opuesta del tapiz, y pusieron delante de ella una bandeja con la cabeza de un negro. Y aquella cabeza estaba conservada en sal y hierbas aromáticas y parecía recién cortada. Después el rey hizo una nueva seña. Y al punto entró el cocinero mayor de palacio, seguido de portadores de toda clase de manjares agradables a la vista y al gusto; y colocó todos aquellos manjares en un mantel delante del perro lebrel. Y cuando el animal comió y se sació, colocaron las sobras en un plato sucio, de mala calidad, delante de la hermosa joven que tenía atadas las manos. Y ella se puso primero a llorar y luego a sonreír, y las lágrimas que caían de sus ojos se convertían en perlas, y las sonrisas de sus labios en rosas. Y los etíopes recogieron delicadamente las perlas y las rosas y se las dieron al rey.

Tras de lo cual el rey Ciprés dijo a Diamante: ‘¡Ha llegado el momento de tu muerte con el alfanje o con la cuerda!’ Pero Diamante dijo: ‘Sí, ciertamente, ¡oh rey! pero no antes de que me expliques lo que acabo de ver. ¡Cuando lo hagas, moriré!’

Entonces el rey Ciprés recogió la orla de su traje real sobre su pie izquierdo, y apoyando la barba en la palma de su mano derecha, habló así:

‘Has de saber, pues, ¡oh hijo del rey Schams-Schah! que la joven que estás viendo con las manos atadas a la espalda, y cuyas lágrimas y sonrisa son perlas y rosas, se llama Piña. Es mi esposa. Y yo, el rey Ciprés, soy señor de este país y de esta ciudad, que es la ciudad de Wakak...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima decimosexta noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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viernes, 21 de enero de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima decimocuarta noche

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“Y cuando llegó la 914ª noche

Ella dijo:

‘…Al propio tiempo, el gigante renovaba su provisión de fuerzas volátiles, acostándose unas horas para reponerse de las fatigas del viaje. Y al cabo de siete días de travesía aérea, llegaron una mañana encima de una ciudad toda blanca que dormía en medio de sus jardines. Y el Volador dijo a Diamante: ‘En lo sucesivo serás un hijo para mí, y no me arrepiento de las fatigas que he soportado para traerte hasta aquí. Ahora voy a dejarte en la terraza más alta de esta ciudad, que es precisamente la ciudad de Wakak, y en la que sin duda hallarás la solución del problema que buscas y dice así: ‘¿Qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés?’ Sí, ésta es la ciudad del negro sombrío que se encuentra debajo del lecho de marfil de la princesa Mohra. Y aquí es donde podrás saber por qué ese negro es el padre de todo este asunto tan complicado’. Y tras de hablar así descendió, desinflándose poco a poco, y depositó dulcemente y sin sacudidas al príncipe Diamante en la terraza consabida. Y al despedirse de él, le entregó un mechón de pelos de su barba diciéndole: ‘Guarda cuidadosamente estos pelos de mi barba y no te separes de ellos nunca. Y cuando estés apurado y tengas necesidad de mí para que te saque del apuro o para que te lleve al sitio donde te encontré, no tendrás más que quemar uno de estos pelos, y me verás sin tardanza ante ti’. Y acto seguido volvió a inflarse y se remontó por los aires, bogando con soltura y rapidez en pos de su morada.

Y Diamante, sentado en aquella terraza, se puso a reflexionar en lo que tenía que hacer. Y se preguntaba cómo se arreglaría para bajar de aquella terraza sin ser notado por las gentes que habitaban la casa, cuando vio salir de la escalera y avanzar hacia él un joven de una belleza sin par y que era precisamente el dueño de aquella morada. Y el joven le abordó con la zalema, sonriéndole, y le deseó la bienvenida, diciendo: ‘¡Qué mañana tan luminosa la que trae para mí tu llegada a mi terraza, ¡oh el más hermoso de los humanos! ¿Eres un ángel, un genni o un ser humano?’ Y Diamante contestó: ‘¡Oh caro jovenzuelo! soy un ser humano encantado de inaugurar este día con tu contemplación deliciosa. Y me hallo aquí porque me ha conducido mi destino. Y esto es cuanto puedo decirte acerca de mi presencia en tu morada bendita’. Y tras de hablar así estrechó al jovenzuelo contra su pecho. Y se juraron ambos amistad. Y bajaron juntos a la sala de los amigos, y comieron y bebieron en compañía. ¡Loores al que une a dos seres hermosos y allana en su camino las dificultades y simplifica las complicaciones!

Cuando estuvo consolidada la amistad entre Diamante y el jovenzuelo, que se llamaba Farah, y era precisamente el favorito del sultán de la ciudad de Wakak, Diamante le dijo: ‘¡Oh amigo mío Farah!, ya que eres tan querido del sultán y compañero íntimo suyo, en vista de lo cual no podrá permanecer oculto para ti ningún asunto de este reino, ¿puedes hacerme, en nombre de la amistad, un servicio que no te ocasionará ningún gasto?’ Y contestó el joven Farah: ‘Por encima de mi cabeza y de mis ojos, ¡oh amigo mío Diamante! Habla, y si es preciso que venda mi piel para hacerte sandalias con ella, me someteré con alegría y contento’. Y entonces le dijo Diamante: ‘¿Puedes decirme sencillamente qué clase de relaciones hay entre Piña y Ciprés? ¿Y puedes explicarme también por qué el negro sombrío está echado debajo del lecho de marfil de la princesa Mohra, hija del rey Tammuz ben Qamús, señor de las comarcas de Sinn y de Masinn?’

Al oír esta pregunta de Diamante, al joven Farah se le demudó mucho el semblante y se le puso muy amarilla la tez y turbada la mirada. Y empezó a temblar como si estuviese delante del ángel Asrail. Y al verle en aquel estado, Diamante le prodigó las más dulces palabras para calmar su alma y lavarla del susto. Y el joven Farah acabó por decirle: ‘¡Oh Diamante! sabe que el rey ha ordenado se haga morir a todo habitante o a todo viajero que pronuncie el nombre de Ciprés o de Piña. Porque Ciprés es precisamente el nombre de nuestro rey y Piña es el de nuestra reina. Y he aquí todo lo que se acerca de tan temible cuestión.

En cuanto a la clase de relaciones que haya entre el rey Ciprés y la reina Piña, las ignoro, de la propia manera que mi lengua no puede decir nada respecto a lo que tenga que ver en tan peligroso asunto el negro consabido. Todo lo que puedo decirte para darte gusto ¡oh Diamante!, es que nadie más que el propio rey Ciprés conoce este secreto oculto. Y me ofrezco a conducirte a palacio y a ponerte en presencia del rey. Y no dejarás de entrar en su gracia, y acaso puedas desanudar directamente entonces tan difícil nudo’.

Y Diamante dio las gracias a su amigo por aquella intervención, y convino con él respecto al día en que harían aquella visita al rey Ciprés. Y cuando llegó el momento esperado, fueron juntos a palacio; e iban cogidos de la mano, y parecían dos ángeles. Y el rey Ciprés se dilató y se holgó al ver entrar a Diamante. Y después de admirarle una hora de tiempo, le ordenó que se acercara. Y Diamante avanzó entre las manos del rey, y tras de los homenajes y deseos, le ofreció como presente una perla roja que llevaba colgada de un rosario de ámbar amarillo, tan preciosa, que no se hubiera podido pagar su valor con todo el reino de Wakak, y los reyes más poderosos no hubieran podido procurarse otra igual. Y Ciprés quedó muy contento, y aceptó el regalo, diciendo: ‘Lo admito de corazón’. Luego añadió: ‘¡Oh jovenzuelo circundado de gracia! en justa correspondencia, puedes pedirme cualquier favor, que de antemano te está concedido’. Y no bien oyó estas palabras que esperaba, contestó Diamante: ‘¡Oh rey del tiempo! ¡Alah me libre de pedir otro favor que el de ser tu esclavo! ¡Sin embargo, si quieres permitírmelo y consientes en dejar a salvo mi vida, te diré lo que llevo en el corazón!’ Y añadió...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima decimoquinta noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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