domingo, 13 de marzo de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima sexagésima quinta noche

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“Y cuando llegó la 965ª noche

Ella dijo:

...Y a la caída de la noche, cuando la princesa, como de costumbre, fue a refocilarse al lado de Maruf, y él se refociló al lado de la joven, ella le puso la mano en la axila para interrogarle, y más dulce que la miel, y mimosa y lagotera y tierna y acariciadora como todas las mujeres que tienen algo que pedir y que obtener, le dijo:

‘¡Oh luz de mis ojos! ¡Oh fruto de mi hígado! ¡Oh núcleo de mi corazón y vida y delicias de mi alma! los fuegos de tu amor han invadido por completo mi seno. Y estoy dispuesta a sacrificar por ti mi vida y compartir tu suerte, sea cual sea. Pero ¡por mi vida sobre ti! no ocultes nada a la hija de tu tío. Dime, pues, por favor, a fin de que lo guarde yo en lo más secreto de mi corazón, por qué motivo no ha llegado todavía esa gran caravana de que están hablando siempre mi padre y su visir. Y si tienes cualquier vacilación o cualquier duda sobre el particular, confíate a mí con toda sinceridad, y yo me dedicaré a buscar la manera de alejar de ti todo sinsabor’. Y tras de hablar así, le besó, y le estrechó contra su pecho, y se dejó derretir en sus brazos. Y Maruf de pronto se echó a reír a carcajadas, y contestó: ‘¡Oh querida! ¿Por qué andar con tantos rodeos para preguntarme una cosa tan sencilla? Porque estoy dispuesto a decirte la verdad, sin poner dificultad ninguna, y a no ocultarte nada’.

Y se calló por un instante para tragar saliva, y prosiguió: ‘Has de saber, en efecto, ¡oh querida mía! que no soy mercader, ni dueño de caravanas, ni poseedor de riqueza alguna u otra calamidad parecida. Porque en mi país no era yo más que un pobre zapatero remendón, casado con una apestosa mujer llamada Fattumah, la -Boñiga caliente, que era un emplasto para mi corazón y un azote negro para mis ojos. Y me sucedió con ella tal y cual cosa’. Y se dedicó a contar a la princesa toda la historia de lo que le pasó con su esposa en El Cairo, y lo que le ocurrió como consecuencia del incidente de la kenafa hilada con miel de abejas. Y no le ocultó nada, y no omitió ningún detalle de cuanto le había sucedido a partir de aquel momento hasta su naufragio y el encuentro con su camarada de infancia, el generoso mercader Alí.

Pero no hay ninguna utilidad en repetirlo.

Cuando la princesa hubo oído el relato de aquella historia de Maruf, se echó a reír de tal manera, que se cayó de trasero. Y Maruf también se echó a reír, y dijo:

‘Alah es el Dispensador de los destinos. Y tú estabas escrita en mi suerte, ¡oh dueña mía!’ Y ella le dijo: ‘En verdad ¡oh Maruf! que estás ducho en astucias, y nadie puede compararse a ti en listeza, en sagacidad, en delicadeza y en buen humor. Pero qué dirá mi padre, y sobre todo qué dirá su visir, enemigo tuyo, si llegan a saber la verdad de tu historia y la invención de la caravana? Indudablemente, te harán morir; y yo moriré de dolor junto a ti. Por lo pronto, pues, vale más que abandones el palacio y te retires a cualquier país lejano, mientras yo veo la manera de arreglar las cosas y explicar lo inexplicable’.

Y añadió: ‘Por consiguiente, toma estos cincuenta mil dinares que poseo, monta a caballo y vete a vivir en un paraje escondido, dándome a conocer tu retiro, a fin de que a diario pueda yo despacharte un correo que te dé noticias mías y me traiga las tuyas. Y ése es ¡oh querido mío! el partido mejor que podemos tomar en esta ocasión’. Y Maruf contestó: ‘En ti confío, ¡oh dueña mía! y me pongo bajo su protección’. Y ella le besó e hizo con él la cosa acostumbrada hasta media noche. Entonces le dijo que se levantara, le puso un traje de mameluco, y le dio el mejor caballo de las caballerizas de su padre. Y Maruf salió de la ciudad, aparentando ser un mameluco del rey, y se marchó por su camino. Y eso es lo que aconteció por el momento.

Pero he aquí ahora lo relativo a la princesa, al rey, al visir y a la caravana invisible.

Al día siguiente, muy temprano, el rey sentóse en la sala de reunión, con el visir a su lado. Y mandó llamar a la princesa para informarse por ella de lo que le había recomendado que se enterara. Y como la víspera, la princesa se puso detrás de la cortina que la separaba de los hombres, y preguntó: ‘¿Qué ocurre, ¡oh padre mío!?’ El rey preguntó: ‘Y bien, hija mía. ¿Qué has sabido y qué tienes que decirnos?’ Y ella contestó: ‘¿Qué tengo que decir, ¡oh padre mío!? ¡Ah! ¡Que Alah confunda al Maligno, al Lapidado! ¡Y ojalá maldijera al propio tiempo a los calumniadores, y ennegreciera el rostro de brea de tu visir, que ha querido ennegrecer mi rostro y el de mi esposo el emir Maruf!’ Y el rey preguntó: ‘¿Y cómo es eso? ¿Y por qué?’ Ella dijo: ‘¡Por Alah! ¿Cómo es posible que otorgues tu confianza a ese hombre nefasto que lo ha puesto en juego todo para desacreditar en tu espíritu al hijo de mi tía?’ Y se calló un instante, como sofocada de indignación, y añadió: ‘Has de saber, en efecto, ¡oh padre mío! que sobre la faz de la tierra no hay otro hombre tan íntegro, tan recto y tan verídico como el emir Maruf (¡Alah le colme con sus gracias!). He aquí lo ocurrido desde el instante en que te dejé: A la caída de la noche, en el momento en que mi bienamado esposo entraba en mi aposento, ocurrió que el eunuco que tengo a mi servicio solicitó hablarnos para comunicarnos una cosa que no admitía dilación. Y se le introdujo, y llevaba una carta en la mano. Y nos dijo que acababan de entregarle aquella carta diez mamalik extranjeros, ricamente vestidos, que deseaban hablar con su amo Maruf. Y mi esposo abrió la carta y la leyó; luego me la dio y yo la leí también. Era el propio jefe de la gran caravana que esperáis con tanta impaciencia. Y el jefe de la caravana, que tiene a sus órdenes, para acompañar al convoy, quinientos jóvenes mamalik, semejantes a los diez que esperaban a la puesta, explicaba en aquella carta que durante el viaje habían tenido la mala suerte de encontrarse con una horda de beduinos desvalijadores, asaltadores de caminos, que les habían salido al paso. De ahí proviene el primer motivo del retraso en llegar la caravana. Y decía que después de triunfar de aquella horda, algunos días más tarde les atacó de noche otra banda de beduinos mucho más numerosa y mejor armada. Y de ello resultó un combate, en que la caravana, desgraciadamente, perdió cincuenta mamalik muertos, doscientos camellos y cuatrocientos fardos de mercancías valiosas.

‘Al saber tan desagradable noticia, mi esposo, lejos de mostrarse conmovido, rompió la carta, sonriendo, sin pedir más explicaciones a los diez esclavos que esperaban a la puerta, y me dijo: ‘¿Qué suponen esos cuatrocientos fardos y esos doscientos camellos perdidos? Si eso apenas representa una pérdida de novecientos mil dinares de oro. En verdad que no merece que se hable de ello, y sobre todo que te preocupes tú por semejantes cosas, querida mía. La única molestia que nos ocasiona se reduce a que tengo que ausentarme unos días para apresurar la llegada del resto de la caravana’. Y se levantó, riendo, y me estrechó contra su pecho, y se despidió de mí, mientras yo derramaba las lágrimas de la separación. Y se fue, recomendándome de nuevo que tranquilizara mi corazón y refrescara mis ojos. Y al ver desaparecer a aquel núcleo de mi corazón, asomé la cabeza por la ventana que da al patio y vi a mi bienamado charlando con los diez jóvenes mamalik, hermosos como lunas, que habían llevado la carta. Y montó a caballo, y salió del palacio al frente de ellos, para apresurar la llegada de las caravanas’.

Y tras de hablar así, la joven princesa se sonó ruidosamente, como una persona que ha llorado una ausencia, y añadió con voz repentinamente irritada: ‘Está bien, padre mío; dime qué habría sucedido si hubiese tenido yo la indiscreción de hablar a mi esposo, como me habías aconsejado que hiciera, impulsado por tu visir de brea. Sí, ¿qué habría sucedido? ¡Mi esposo me miraría en adelante con ojos despectivos y desconfiados, y no me amaría ya, y hasta me odiaría, y con justicia, ciertamente! ¡Y todo por culpa de las suposiciones ofensivas y de las sospechas injuriosas de tu visir, esa barba de mal agüero!’ Y habiendo hablado así detrás de la cortina, la princesa se levantó, y se marchó haciendo mucho ruido y demostrando mucha ira. Y entonces se encaró el rey con su visir, y le gritó: ‘¡Ah, hijo de perro! ¿Ves lo que nos sucede por culpa tuya? ¡Por Alah, que no sé lo que me detiene aún para dejarte más ancho que largo! ¡Pero atrévete una sola vez siquiera a volver a sospechar de mi yerno Maruf, y ya verás lo que te espera!’ Y le lanzó una mirada atravesada, y levantó el diwán. ¡Y esto es lo referente a ellos!

Pero he aquí lo que atañe a Maruf.

Cuando salió de la ciudad de Khaitán, que era la capital del rey, padre de la princesa, y viajó unas horas por las llanuras desiertas, empezó a sentir que le rendía la fatiga, pues no estaba acostumbrado a montar en caballos de reyes, y su oficio de zapatero no era el más a propósito para tornarse un día en jinete tan espléndido como a la sazón era. Y además, no dejaban de inquietarle las consecuencias de la cosa; y empezaba a arrepentirse amargamente de haber dicho la verdad a la princesa. Y se decía: ‘He aquí que ahora te ves reducido a errar por los caminos, en vez de deleitarte en los brazos de tu mantecosa esposa, cuyas caricias te habían hecho olvidar a la calamitosa Boñiga caliente de El Cairo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La noningentésima sexagésima sexta noche…

Noticias de referencia:
Las mil y una noches, denunciado por indecente
http://www.eluniversal.com.mx/notas/678635.html

Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61906.html

¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
http://www.eluniversal.com.mx/cultura/61873.html

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sábado, 12 de marzo de 2011

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La noningentésima sexagésima cuarta noche

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“Pero cuando llegó la 964ª noche

Ella dijo:

...la joven sacó la cabeza por el mosquitero, y dijo a Maruf: ‘¡Oh mi hermoso señor! ¿Por qué te quedas ahí lejos de mí, presa de la tristeza?’ Y lanzando un suspiro, contestó Maruf con esfuerzo: ‘¡No hay recurso ni poder más que en Alah el Todopoderoso!’ Y ella le preguntó, emocionada: ‘¿A qué viene esa exclamación, ¡oh mi señor!? ¿Me encuentras fea o contrahecha, o acaso es otra la causa de tu pena? ¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti! ¡Habla y no me ocultes nada, ya sidi!’ Y Maruf contestó, lanzando un nuevo suspiro: ‘¡Todo esto, ya lo ves, es culpa de tu padre!’. Y ella preguntó: ‘¿Qué es eso? ¿Y de qué tiene culpa mi padre?’ El dijo:

‘¿Cómo? ¿No has notado que me he mostrado avaro, de una avaricia sórdida, contigo y con las damas de palacio? ¡Ay! ¡Muy culpable es tu padre por no haberme permitido esperar a la llegada de mi caravana para casarme! Entonces te habría regalado algunos collares de cinco o seis sartas de perlas gordas como huevos de paloma, algunos hermosos trajes como no los tienen las hijas de los reyes, y algunas joyas no del todo indignas de tu rango. Además, hubiera podido mostrar una mano menos cerrada a tus padres y a tus invitados. Pero ¿cómo ha de ser? tu padre me ha comprometido con su idea de llevar las cosas demasiado de prisa; y con ello ha cometido para conmigo una acción análoga a la que comete el que quema la hierba verde aún’. Pero la joven le dijo: ‘Por vida tuya, no te apenes así por esas pequeñeces; y no te desazones más. Levántate ya, quítate la ropa, y ven pronto a mi lado para que nos deleitemos juntos. Y desecha todas esas ideas de regalos y otras cosas parecidas que nada tienen que ver con lo que debemos hacer esta noche. En cuanto a la caravana y a las riquezas, me tienen sin cuidado. ¡Lo que yo te pido ¡oh galán! es mucho más sencillo y más interesante que eso! Animo, pues, y consolida tus riñones para el combate’. Y Maruf contestó: ‘¡Está bien! ¡Allá va! ¡Allá va!’

Y así diciendo, se desnudó prestamente y avanzó, apuntando a la princesa por debajo del mosquitero. Y se echó al lado de aquella tierna joven, pensando: ‘¡Soy yo mismo, Maruf, soy yo mismo, el antiguo remendón de calzado de la calle Roja de El Cairo! ¿Dónde estaba y dónde estoy?’

Y acto seguido tuvo lugar la refriega de piernas y de brazos, de muslos y de manos. Y se inflamó el combate. Y Maruf puso la mano en las rodillas de la joven, que se irguió al punto y refugióse en su regazo. Y el labio habló en su lengua a su hermano; y llegó la hora que hace olvidarse al niño de su padre y de su madre. Y la estrechó con fuerza contra él para exprimir toda la miel y que todas las libaciones fuesen directas. Y le deslizó la mano por debajo de la axila izquierda, y al punto se enderezaron los músculos vitales de él y se ofrecieron las partes vitales de ella. Y apoyó él su mano izquierda en el pliegue de la ingle derecha de ella, y al punto gimieron todas las cuerdas de ambos arcos. Entonces la golpeó entre los dos senos, y de repente el golpe repercutió entre los dos muslos, no se sabe cómo. Y en seguida se ciñó a la cintura las dos piernas de la princesa, y apuntó al atrevido en las dos direcciones, gritando: ‘A mí, ¡oh padre de los besadores!’ Y rellenó lo que tenía que rellenar, y encendió la mecha, y enhebró la aguja e hizo deslizarse a la anguila en el fuego que chisporrotea, utilizando todas las tranquillas, mientras sus ojos decían: ‘¡Brilla!’, su lengua decía: ‘¡Chilla!’, sus dientes decían ‘¡Desportilla!’, su mano derecha decía: ‘¡Haz cosquillas!’, su mano izquierda decía: ‘¡Pilla!’ sus labios decían: ‘¡Chiquilla!’ y su barrenilla decía: ‘Menea tu quilla, ¡oh mimosilla muchachilla! ¡Oh perla en la orilla! estírate y encógete en tu silla, ¡oh bienamada costilla!’ Y así diciendo, la ciudadela quedó agujereada por las cuatro junturas, y se desarrolló la heroica aventura, sin mataduras, pero con anchas desgarraduras; sin amarguras, pero con mordeduras; sin fisuras, pero con rompeduras, ensanchaduras y rozaduras; sin pavura ni dolorosa cura ni curvatura, pero con rechinar de coyunturas del cabalgador de buena estatura y de la montura de hermosa figura, y todo se llevó a cabo con desenvoltura y con mucha premura. ¡Loores al Dueño de las criaturas que a la joven la madura para todas las posturas, y al joven le hace don de su fuerte natural con vistas a la futura progenitura!

Y tras de una noche pasada enteramente en las delicias de los abrazos, de las succiones y de los restregones, Maruf se decidió por fin a ir al hammam, acompañado por los suspiros de contento y de sentimiento de la joven. Y después de tomar su baño, y ponerse un traje magnífico, se fue al diván, y se sentó a la diestra de su tío el rey, padre de su esposa, para recibir los cumplimientos y felicitaciones de los emires y de los grandes. Y con la propia autoridad mandó buscar a su enemigo el visir, y le ordenó que distribuyera ropones en honor a todos los presentes e hiciera dádivas innumerables a los emires y a las esposas de los emires, a los grandes de palacio y a sus esposas, a los guardias y a sus esposas, y a los eunucos, grandes y pequeños, jóvenes y viejos. Además, hizo traer sacos de dinares, y se puso a sacar de ellos el oro a puñados y a repartirlo entre cuantos le deseaban. Y de este modo todo el mundo le bendijo y le amó e hizo votos por su prosperidad y su larga vida.

Y de tal suerte transcurrieron veinte días, empleados por Maruf en hacer dádivas incalculables de día, y en refocilarse a su antojo de noche con su esposa la princesa, que estaba prendada apasionadamente de él.

Al cabo de aquellos veinte días, durante los cuales no se tuvo la menor noticia de la caravana de Maruf, las prodigalidades y locuras de Maruf habían ido tan lejos, que una mañana quedó completamente agotado el tesoro, y al abrir el armario de los sacos, el visir observó que estaba absolutamente vacío y que ya no quedaba nada que coger. Entonces, en el límite de la perplejidad, y con el alma llena de furor reconcentrado, fue a presentarse entre las manos del rey, y le dijo: ‘Alah aleje de nosotros las malas noticias, ¡oh rey! Pero a fin de no incurrir, con mi silencio, en tus reproches justificados, debo decirte que el tesoro del reino está completamente exhausto, y que la maravillosa caravana de tu yerno el emir Maruf no ha llegado todavía para llenar los sacos vacíos’. Y el rey, al oír estas palabras, dijo un poco preocupado: ‘¡Sí, por Alah! la verdad es que esa caravana se retrasa un tanto. Pero llegará, ¡inschalah!’ Y el visir sonrió, y dijo: ‘¡Alah te colme con sus gracias, ¡oh mi señor! y prolongue tus días! ¡Pero el caso es que hemos caído en las calamidades peores desde que llegó a nuestro país el emir Maruf! Y en el estado actual de cosas, no veo puerta de salida para nosotros. ¡Porque, de un lado, está vacío el tesoro, y de otro, tu hija es ya la esposa de ese extranjero, de ese desconocido! ¡Alah nos guarde del Maligno, del Lejano, del Maldito, del Lapidado! ¡Nuestra situación es una situación muy mala!’ Y el rey, que ya empezaba a inquietarse y a impacientarse, contestó: ‘Tus palabras me cansan y me pesan sobre mi entendimiento. En lugar de discurrir de ese modo, harías mejor en indicarme el medio de remediar la situación, y sobre todo, en probarme que mi yerno, el emir Maruf, es un impostor o un embustero’. Y el visir contestó: ‘Verdad dices, ¡oh rey! y ésa es una idea excelente. Hay que probar antes de condenar. Pero, para saber la verdad, nadie podrá prestarnos un concurso más precioso que tu hija la princesa. Porque nadie está tan cerca del secreto del marido como la esposa. Hazla, pues, venir aquí, con el fin de que yo pueda interrogarla desde el otro lado de la cortina que nos separa, e informarme así acerca de lo que nos interesa’. Y el rey contestó ‘No hay inconveniente. ¡Y por vida de mi cabeza, que si llega a probarse que mi yerno nos ha engañado, le haré morir con la muerte peor y le daré a gustar la defunción más negra!’

Y al punto mandó que rogaran a su hija la princesa que se presentase en la sala de reunión. Y ordenó correr entre ella y el visir una ancha cortina, detrás de la cual se sentó ella. Y todo esto se dijo, combinó y ejecutó en ausencia de Maruf.

Y cuando hubo reflexionado en sus preguntas y combinado su plan, el visir dijo al rey que estaba dispuesto. Y por su parte, la princesa dijo a su padre, desde detrás de la cortina: ‘Heme aquí, ¡oh padre mío! ¿Qué deseas de mí?’ El rey contestó: ‘Que hables con el visir’. Y preguntó ella entonces al visir: ‘Pues bien, visir, ¿qué quieres?’ El visir dijo: ‘¡Oh mi señora! debes saber que el tesoro del reino está completamente vacío, debido a los gastos y prodigalidades de tu esposo el emir Maruf. Además, no tenemos noticias de la asombrosa caravana, cuya llegada nos ha anunciado con tanta frecuencia. Así es que tu padre el rey, inquieto por tal estado de cosas, ha creído que sólo tú podrías ilustrarnos respecto al particular, diciéndonos lo que piensas de tu esposo, y el efecto que ha producido en tu espíritu, y las sospechas que hayan concebido acerca de él durante estas veinte noches que ha pasado contigo’.

Al oír estas palabras del visir, la princesa contestó desde detrás de la cortina:

‘¡Alah colme con sus gracias al hijo de mi tío, el emir Maruf! ¿Qué pienso de él? Pues ¡por mi vida! nada más que cosas buenas. No hay en la tierra nervio de confitura que sea comparable al suyo en dulzura, sabor y gusto. Desde que soy su esposa engordo y me hermoseo, y todo el mundo, maravillado de mi buena cara, dice a mi paso:

‘¡Alah la preserve del mal de ojo y la libre de los envidiosos y de los embaucadores!’

¡Ah! Maruf, el hijo de mi tío, es una pasta de delicias, constituye mi alegría y yo constituyo la suya. ¡Alah nos deje al uno para el otro!’

Y al oír aquello, el rey se encaró con el visir, a quien se le alargaba la nariz, y le dijo: ‘¡Ya lo ves! ¿Qué te había dicho yo? ¡Mi yerno Maruf es un hombre admirable, y tú, por tus sospechas, mereces que te empale!’ Pero el visir, volviéndose hacia la cortina, preguntó: ‘¿Y la caravana, ¡oh mi señora!? ¿Y la caravana que no llega?’ Ella contestó: ‘¿Y a mí qué me importa eso? Llegue o no llegue, ¿aumentaría o disminuiría mi dicha?’ Y el visir dijo: ‘¿Y quién te alimentará ahora que los armarios del tesoro están vacíos? ¿Y quién atenderá a los gastos del emir Maruf?’ Ella contestó: ‘Alah es generoso y no abandona a sus adoradores’. Y el rey dijo al visir:

‘Tiene razón mi hija. Cállate’. Luego dijo a la princesa: ‘No obstante, ¡oh amada de tu padre! procura saber, por el hijo de tu tío, el emir Maruf, la fecha aproximada en que cree que llegará su caravana. Quisiera saberlo sencillamente para reglamentar nuestros gastos y ver si ha lugar a crear nuevos impuestos que llenen el vacío de nuestros armarios’. Y la princesa contestó: ‘¡Escucho y obedezco! Los hijos deben obediencia y respeto a sus padres. Esta misma noche interrogaré al emir Maruf, y te contaré lo que me diga’.

Y a la caída de la noche, cuando la princesa, como de costumbre, fue a refocilarse al lado de Maruf, y él se refociló al lado de la joven, ella le puso la mano en la axila para interrogarle, y más dulce que la miel, y mimosa y lagotera y tierna y acariciadora como todas las mujeres que tienen algo que pedir y que obtener...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

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Las mil y una noches, denunciado por indecente
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Editan “Las mil y una noches” de Vargas Llosa
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¿Y si “Las mil y una noches” lo escribió una mujer?
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