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“Pero cuando llegó la 40ª noche
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, que Ghanem llegó sin contratiempo a su casa, abrió el cajón y ayudó a salir a la joven. Esta examinó la casa, y vio que era muy hermosa, con alfombras de vivos y alegres matices, tapices de mil colores que alegraban la vista, y muebles preciosos, y otras muchas cosas. Y vio también muchos fardos de mercancías y paños de gran valor, y pilas de sedería y brocados, y jarrones llenos de vejigas de almizcle. Entonces comprendió que Ghanem era un mercader de los principales, dueño de numerosas riquezas. Quitóse el velillo con que había cuidado de taparse el rostro, y miró atentamente al joven Ghanem. Y le pareció muy hermoso, y le amó y le dijo: ‘¡Oh Ghanem! Ya ves que delante de ti yo me descubro. Pero tengo mucho apetito, y te ruego que me traigas algo de comer’. Y Ghanem contestó: ‘¡Sobre mi cabeza y mis ojos!’
Y corrió al zoco, compró un cordero asado, una bandeja de pasteles en casa del confitero Hadj Soleimán, el más ilustre de los confiteros de Bagdad, otra bandeja de halaua y almendras, alfónsigos y frutas de todas clases, y cántaros de vino añejo, y por último, flores de todas clases. Lo llevó a su casa, puso la fruta en grandes copas de porcelana y las flores en preciosos jarrones, y todo lo colocó delante de la joven. Entonces ésta le sonrió, y se arrimó mucho a él, y le echó los brazos al cuello, le besó y le hizo mil caricias, y le dijo frases llenas de cariño. Y Ghanem sintió que el amor penetraba cada vez más en su cuerpo y en su corazón.
Después ambos se dedicaron a comer y beber, y se amaron, por ser los dos de la misma edad y de igual belleza. Cuando llegó la noche, se levantó Ghanem y encendió lámparas y candelabros, pero más que la luz de las bujías iluminaba la sala el resplandor de sus rostros. Luego trajo instrumentos musicales, y fue a sentarse al lado de la joven, y siguió bebiendo y jugando con ella juegos muy agradables, riendo muy dichoso y cantando canciones apasionadas y versos inspirados. Y así fue aumentando la pasión que se tenían. ¡Bendito y glorificado sea Aquél que une los corazones y junta a los enamorados!
Y no cesaron los juegos hasta que apareció la aurora, y como el sueño había acabado por pesar sobre sus párpados, se durmieron uno en brazos de otro, pero sin hacer aquel día nada definitivo.
Apenas se despertó, Ghanem corrió al zoco para comprar viandas, legumbres, frutas, flores y vinos, y todo lo necesario para pasar el día. Lo llevó a casa, se sentó al lado de la joven y se pusieron a comer muy a gusto, hasta saciarse. Después llevó Ghanem bebidas, y empezaron a beber, hasta que se colorearon sus mejillas y sus ojos se pusieron más negros y brillantes.
Entonces el alma de Ghanem deseó besar a la joven y acostarse con ella. Y le dijo: ‘¡Oh soberana mía! Permíteme que te bese en la boca, para que refresque el fuego de mis entrañas’.
Y ella contestó: ‘¡Oh Ghanem! aguarda a que esté ebria. y entonces permitiré que me beses la boca, pues no me daré cuenta de lo que hagan tus labios’. Y como empezaba a embriagarse, se puso de pie, se despojó de sus ropas, y sólo dejó sobre su cuerpo una camisa transparente y sobre sus cabellos un finísimo velo de seda blanca con lentejuelas de oro.
Al verla así, creció el deseo de Ghanem, y dijo: ‘¡Oh dueña mía, permíteme gustar tu boca!’
Y la joven contestó: ‘¡Por Alah! Eso no te lo puedo permitir, a pesar de que te amo, pues me lo impide una cosa que está escrita en la cinta de mi calzón, y que no puedo enseñarte ahora’. Pero Ghanem, por la misma dificultad con que tropezaba, sintió que los deseos se desbordaban en su corazón, y acompañándose con el laúd, cantó estas estrofas:
¡Imploré un beso de su boca; de su boca, tormento de mi corazón; un beso que curase mi enfermedad!
Y me dijo: ¡Oh no! ¡Eso nunca! Y yo dije: '¡Pues ha de ser!'
Y ella contestó: ‘¡Un beso! ¡Eso ha de darse voluntariamente! ¿Me darías a la fuerza un beso en mis labios sonrientes?’
Y le dije: '¡No creas que un beso dado a la fuerza carece de voluptuosidad!’ Y me respondió ¡Un beso a la fuerza, no sabe bien más que en la boca de las pastoras de la montaña!
Y después que hubo cantado, sintió Ghanem que aumentaba su locura, y sus transportes, y el fuego de sus entrañas. Y la joven nada le concedía, aunque no dejaba de expresarle que compartía su pasión. Y así siguieron hasta que se hizo de noche: Ghanem enormemente excitado, y ella sin acceder.
Por fin, Ghanem se levantó y encendió las lámparas, alumbrando espléndidamente el salón, y fue a echarse a los pies de la joven. Y pegó los labios a aquellos pies tan maravillosos, que le parecieron dulces como la leche y tiernos como la manteca. Y luego subió hasta las piernas, y aun más arriba, entre los muslos. Y parecía comerse toda aquella carne sabrosa, que olía a almizcle, a rosa y a jazmín. Y la joven se estremecía toda, como se estremece la gallina dócil agitando las alas.
Y Ghanem gritó enloquecido: ‘¡Oh dueña mía! ¡Ten piedad de este esclavo tuyo, vencido por tus ojos, muerto por tu carne! Desde que viniste he perdido la tranquilidad’. Y sintió que las lágrimas bañaban sus ojos.
Entonces la joven contestó: ‘¡Por Alah ! ¡Oh dueño mío, oh luz de mis ojos! ¡Te quiero con toda la pulpa de mi carne! Pero sabe que nunca podré entregarme a ti, ni que me poseas del todo’. Y Ghanem exclamó: ‘¿Y quién te lo impide?’ Y ella dijo: ‘Esta noche te explicaré el motivo, y entonces me disculparás’. Pero al hablar así, se dejó caer a su lado, y le echó los brazos al cuello, y le dio millares de besos, prometiéndole mil locuras. Y estos juegos duraron hasta el amanecer, pero la joven nada dijo respecto a la causa que le impedía entregarse.
Siguieron haciendo las mismas cosas incompletas todos los días y todas las noches, durante un mes. Y su amor aumentaba. Pero cierta noche entre las noches, estando tendido Ghanem al lado de la joven, ebrios de vino y de excitación, Ghanem aventuró la mano por debajo de la fina camisa, y pasándola suavemente por el vientre de la joven, le acariciaba la piel, que se estremecía a cada contacto. Luego deslizó la mano lentamente hasta el ombligo, que se abría como una copa de cristal, y con los dedos le hizo cosquillas en los armoniosos pliegues. Y la joven se estremeció toda, y se incorporó bruscamente, repuesta de su embriaguez, y llevándose la mano al calzón, vio que estaba bien sujeto con la cinta de borlas de oro. Ya tranquilizada, se quedó otra vez medio dormida. Y Ghanem paseó de nuevo su mano a lo largo de aquel vientre juvenil, aquella maravilla de carne, y llegó a la cinta del calzón, y tiró de ella rápidamente para libertar de su prisión al jardín de delicias.
Pero la joven se despertó entonces, se sentó en la cama, y dijo a Ghanem: ‘¿Qué intentas, oh luz de mis entrañas?’ Y él respondió: ‘Poseerte, amor mío, tenerte por completo, ver cómo compartes mis delicias’. Y ella contestó: ‘Escúchame, ¡oh Ghanem! Voy a explicarte al fin mi situación, revelándote mi secreto. Ahora comprenderás por qué me he resistido a que me atravesaras deliciosamente con tu virilidad’. Y Ghanem dijo: ‘Te escucho’.
Y la joven, recogiéndose un poco la camisa, sacó la cinta del calzón y dijo: ‘¡Oh mi señor! lee lo que ahí está escrito’.
Y Ghanem cogió el extremo de la cinta, y en la trama vio bordadas unas letras de oro que decían: ‘¡Soy tuya y tú eres mío, descendiente del tío del profeta!’
Y al leer estas palabras bordadas con letras de oro en el extremo de la cinta, retiró en seguida la mano y dijo: ‘Explícate qué significa todo esto’.
Y la joven dijo:
‘Sabe, ¡oh mi señor! que soy la favorita del califa Harún Al-Raschid. Las palabras escritas en la cinta de mi calzón prueban que pertenezco al Emir de los Creyentes, al cual debo reservar el sabor de mis labios y el misterio de mi carne. Me llamo Kuat Al-Kulub, (Fuerza de los corazones) y desde mi infancia me criaron en el palacio del califa. Llegué a ser tan hermosa, que el califa se fijó en mí y comprobó mis perfecciones debidas a la generosidad del Señor. Y le impresionó tanto mi belleza, que sintió un gran amor hacia mí, y me destinó un aposento en palacio para mí sola, poniendo a mis órdenes diez esclavas muy simpáticas y serviciales. Y me regaló todas las alhajas y joyas con que me encontraste en el cajón. Y me prefirió a todas las mujeres de palacio, y hasta olvidó a su esposa El Sett-Zobeida. Así es que Sett-Zobeida me tomó un odio inmenso.
Habiéndose ausentado un día el califa para luchar con uno de sus lugartenientes que se había rebelado, se aprovechó de ello Zobeida para combinar un plan contra mí. Sobornó a una de mis doncellas, y llamándola un día a sus habitaciones, le dijo: ‘Cuando tu señora Kuat Al-Kulub esté durmiendo, le pondrás en la boca este pedazo de banj, después de haberle echado otra dosis en la bebida. Si lo haces te recompensaré, y te daré la libertad y muchas riquezas’. Y la esclava, que antes lo había sido de Zobeida, contestó: ‘Lo haré, porque la adhesión que te tengo es tan grande como mi cariño’. Y muy alegre por la recompensa que la aguardaba, vino a mi aposento y me dio una bebida compuesta con banj. Y apenas la hube probado, caí en tierra, y me dieron convulsiones, y me sentí transportada a otro mundo. Y al verme dormida, fue la esclava a buscar a Sett-Zobeida, que me metió en ese cajón y mandó llamar a los tres eunucos. Y los gratificó espléndidamente, lo mismo que a los porteros del palacio. Y así me sacaron de noche para llevarme a la turbeh, adonde Alah te había conducido. Porque a ti, ¡oh amor de mis ojos! debo el haberme salvado de la muerte. Y también gracias a ti me encuentro en esta casa tan generosa.
Pero lo que más me preocupa es lo que el califa haya pensado al volver y no encontrarme. Y también me atormenta no poder entregarme a ti completamente, a pesar de sentirte palpitar en mis entrañas. Y todo por estar sujeta por lo que dice esta cinta de oro. Tal es mi historia. Ahora sólo te pido discreción y que nadie conozca mi secreto’.
Cuando Ghanem hubo oído la historia de Kuat-Al-Kulub, y supo que era favorita y propiedad del Emir de los Creyentes, retrocedió hasta el fondo de la sala y ya no se atrevió a levantar sus miradas hacia la joven, pues se había convertido para él en cosa sagrada.
Y así fue a sentarse en un rincón y comenzó a reconvenirse, pensando cuán poco le había faltado para ser un criminal y lo audaz que había sido sólo con tocar la piel de Kuat. Y comprendió lo imposible de su amor, y cuán desgraciado era. Y acusó al Destino por los golpes tan injustos que le reservaba. Pero no dejó de someterse a los designios de Alah, y dijo:
‘¡Glorificado sea Aquel que tiene razones para herir con el dolor el corazón de los buenos y apartar la aflicción del corazón de los viles!’
Y después recitó estos versos del poeta:
¡El corazón enamorado, no disfrutará la alegría del reposo mientras lo posea el amor!
¡El enamorado no tendrá segura su razón mientras viva la belleza en la mujer!
Me han preguntado: ‘¿Qué es el amor?’ Y yo he dicho: ‘!El amor es un dulce de sabroso jugo, pero de pasta amarga!’
Entonces la joven se acercó a Ghanem, le estrechó contra su seno, le besó, y por todos los medios, menos uno, procuró consolarle. Pero Ghanem ya no se atrevía a corresponder a las caricias de la favorita del Emir. Se sometía a lo que ella le hiciese, pero sin devolver beso por beso ni abrazo por abrazo. Y la favorita, que no esperaba este cambio tan rápido, al ver a Ghanem tan excitado antes y ahora tan respetuoso y tan frío, multiplicó sus caricias. Y con la mano quiso iniciarle a que compartiese su pasión, que se encendía más cada vez con aquel apartamiento.
Y así les sorprendió la mañana. Ghanem se apresuró a marchar al zoco, para comprar las provisiones del día. Y permaneció allí una hora comprando mejores cosas que los demás días, por haberse enterado del rango de su invitada. Compró todas las flores del mercado, los mejores carneros, los pasteles más frescos, los dulces más finos, los panes más dorados, las cremas más exquisitas y las frutas más sabrosas, y todo lo llevó a la casa y se lo presentó a Kuat Al-Kulub. Pero apenas le vio, corrió a él la joven, y llena de deseos, restregó su cuerpo contra el suyo, le miró con ojos negros de pasión y húmedos de ansiedad, y le sonrió insinuante, diciéndole: ‘¡Cuánto has tardado, querido mío, deseado de mi corazón! ¡Por Alah! La hora de tu ausencia me ha parecido un año. Comprendo que ya no me puedo reprimir. Mi pasión ha llegado a su límite, y me consume toda. ¡Oh Ghanem! ¡Cógeme! ¡Poséeme! ¡Me muero!’
Pero Ghanem se resistió, y le dijo: ‘¡Alah me libre, mi buena señora! ¿Cómo el perro ha de usurpar el sitio del león? ¡Lo que es del amo no puede pertenecer al esclavo!’ Y se escapó de entre las manos de la joven, y se acurrucó en un rincón, muy triste y preocupado. Pero ella fue a cogerle de la mano, y le llevó a la alfombra, obligándole a sentarse a su lado y a comer y a beber con ella. Y tanto le dio de beber, que le embriagó, y entonces ella se echó encima de él, y se pegó a su cuerpo, y ¡quién sabe lo que haría con Ghanem sin que él se enterase!
Luego cogió el laúd, y cantó estas estrofas:
¡Mi corazón está destrozado, hecho trizas! ¡Rechazado en mi amor! ¿podré vivir así mucho tiempo?
¡Oh tú, amigo, que huyes como la gacela sin que yo sepa la causa ni haya cometido delito! ¿Ignoras que la gacela se vuelve a veces para mirar?
¡Ausencia! ¡Separación! ¡Todo se ha juntado contra mí! ¿Podrá soportar mucho tiempo mi corazón la pesadumbre de tanto infortunio?
Al oír estas palabras, se despertó Ghanem y lloró muy conmovido, y ella también lloró, pero no tardaron en ponerse a beber de nuevo, y estuvieron recitando poesías hasta la noche.
Y Ghanem fue a sacar los colchones de las alacenas de la pared, y se dispuso a hacer la cama. Pero en vez de hacer una, como las demás noches, cuidó de hacer dos, distante una de otra. Y Kuat AI-Kulub, muy contrariada, le dijo: ‘¿Para quién es ese segundo lecho?’ Y él contestó: ‘Uno es para mí y otro para ti; y desde esta noche hemos de dormir de esta manera, pues lo que es del amo no puede pertenecer al esclavo, ¡oh Kuat Al-Kulub!’
Pero ella replicó:
‘Amor mío, desprecia esa moral atrasada. Disfrutemos del placer que pasa junto a nosotros y que mañana ya estará lejos. Todo lo que ha de suceder, sucederá, pues cuanto escribió el Destino, tiene que cumplirse’.
Pero Ghanem no quiso someterse, y Kuat Al-Kulub sintió que aumentaba su pasión, más ardiente. Y dijo: ‘¡Por Alah! No acabará esta ‘noche sin que nos hayamos acostado juntos’.
Pero Ghanem contestó: ‘¡Líbreme Alah de ello!’ Y ella suplicó: ‘¡Ven, Ghanem; toda mi carne se abre para ti; mi deseo te llama a gritos!
¡Ghanem de mis entrañas! ¡Toma esta boca florida, toma este cuerpo que maduraste con tu deseo!’ Y Ghanem decía: ‘¡Alah me libre!’ Y ella gritaba: ‘¡Oh Ghanem! ¡Toda mi piel está bañada del deseo, y mi desnudez se ofrece a tus caricias! ¡Oh Ganem! ¡El olor de mi piel es más dulce que el del jazmín! ¡Toca y huele, huele y te embriagarás!’
Pero Ghanem insistía: ‘Lo que es del amo no puede pertenecer al esclavo’. Entonces lloró la joven, cogió el laúd y se puso a cantar:
¡Soy hermosa y esbelta! ¿Por qué huyes de mí? ¡Nada falta a mi hermosura, pues estoy llena de maravillas! ¿Por qué me abandonas?
¡He incendiado todos los corazones y he quitado el sueño a todos los párpados! ¡Soy la flor de fuego, y nadie me ha cogido!
¡Soy una rama y las ramas han nacido para que las cojan, las ramas flexibles y floridas! ¡Yo soy una rama florida y flexible! ¿No quieres cogerme?
¡Soy una gacela, y las gacelas nacieron para la caza, las gacelas finas y amorosas! ¡Soy la gacela fina y amorosa, oh cazador! ¡Nací para tus redes! ¿Por qué no me coges en ellas?
¡Soy la flor, y las flores nacieron para ser aspiradas, las flores delicadas y olorosas! ¡Soy la flor delicada y olorosa! ¿Por qué no quieres aspirarme?
Pero Ghanem, aunque más enamorado que nunca, no quiso faltar al respeto debido al califa, y a pesar de los grandes deseos de la joven, todo siguió lo mismo durante un mes. Esto en cuanto Ghanem y a Kuat Al-Kulub, favorita del Emir de los Creyentes.
Pero en cuanto a Zobeida, he aquí que cuando el califa se ausentó hizo con su rival lo que ya se ha referido, pero después reflexionó y se dijo: ‘¿Qué contestaré al califa cuando al regreso me pida noticias de Kuat Al-Kulub?’
Entonces se decidió a llamar a una vieja cuyos buenos consejos le inspiraban gran confianza desde muy niña. Y le reveló su secreto, y le dijo: ‘¿Qué haremos ahora después de haberle pasado a Kuat Al-Kulub lo que le habrá pasado?’ La vieja contestó: ‘Me hago cargo de todo, ¡oh mi señora! pero el tiempo apremia, porque el califa va a volver en seguida. Hay muchos medios de ocultárselo todo pero te voy a indicar el más rápido y seguro. Encarga que te hagan un maniquí de madera que simule el cadáver. Lo depositaremos en la tumba con gran ceremonia; se le encenderán candelabros y cirios a su alrededor, y mandarás a todos los de palacio, a todas tus esclavas y a las esclavas de Kuat Al-Kulub, que se vistan de luto y que pongan colgaduras negras. Y cuando venga el califa y pregunte la causa de todo esto, se le dice: ‘¡Oh mi señor, tu favorita Kuat Al-Kulut ha muerto en la misericordia de Alah! ¡Ojalá vivas los largos días que ella no ha vivido! Nuestra ama Zobeida le ha tributado todos los honores fúnebres, y la ha mandado enterrar en el mismo palacio, debajo de una cúpula construida expresamente’.
Entonces el califa, conmovido por tus bondades, te las agradecerá mucho. Y llamará a los lectores del Corán para que velen junto a la tumba, recitando los versículos de los funerales. Y si el califa, que sabe tu poco afecto hacia Kuat Al-Kulub, sospechase y dijera para sí: ‘¿Quién sabe si Zobeida, la hija de mi tío, habrá hecho algo contra Kuat Al-Kulub?’, y llevado de estas sospechas mandase abrir la tumba para averiguar de qué murió la favorita, tampoco debes preocuparte. Porque cuando hayan abierto la fosa, y saquen el maniquí hecho a semejanza de un hijo de Adán, y cubierto con un suntuoso sudario, si quisiera el califa levantar el sudario, no dejarás de impedírselo, y todo el mundo se lo impedirá, diciendo: ‘¡Oh, Emir de los Creyentes! no es lícito ver a una mujer muerta con todo el cuerpo desnudo’. Y el califa acabará por convencerse de la muerte de su favorita, y la mandará enterrar de nuevo, y agradecerá tu acción. Y así, ¡cómo Alah lo quiera! te verás libre de este cuidado’.
La sultana comprendió que acababa de oír un excelente consejo, y obsequió a la vieja regalándole un magnífico vestido de honor y mucho dinero, encomendándole que se encargase personalmente de la ejecución del plan. Y la vieja logró que un artífice fabricara el maniquí, y se lo llevó a Zobeida, y ambas lo vistieron con las mejores ropas de Kuat Al-Kulub.
Le pusieron un sudario riquísimo, le hicieron grandes funerales, lo colocaron en la tumba, encendieron candelabros y blandones, y tendieron alfombras para las oraciones y ceremonias acostumbradas. Y Zobeida mandó poner colgaduras negras en todo el palacio y que las esclavas vistieran de luto. Y la noticia de la muerte de Kuat Al-Kulub se extendió por todo el palacio, y todo el mundo, sin excluir a Massrur y los eunucos, lo dieron por cierto.
No tardó en regresar de su viaje el califa, y al entrar en palacio se dirigió apresuradamente a las habitaciones de Kuat Al-Kulub, que llenaba todo su pensamiento. Pero al ver a la servidumbre y a las esclavas de la favorita vestidas de luto, comenzó a temblar. Y salió a recibirle Zobeida, también de luto. Y cuando le dijera que aquello era porque había fallecido Kuat Al-Kulub, el califa cayó desmayado. Pero al volver en sí preguntó dónde estaba la tumba para ir a visitarla. Y Zobeida dijo: ‘Sabe, ¡oh Emir de los Creyentes! que por consideración a Kuat Al-Kulub he querido enterrarla en este mismo palacio’. Y el califa, sin quitarse la ropa del viaje, se dirigió hacia el sepulcro de Kuat Al-Kulub. Y vio los blandones y los cirios encendidos, y las alfombras tendidas alrededor. Y al ver todo esto, dio las gracias a Zobeida, encomiando su buena acción, y después regresó a palacio.
Pero, como era receloso por naturaleza, empezó a dudar y a alarmarse, y para acabar con las sospechas que le atormentaban, mandó que se abriera la tumba, y así se hizo. Pero el califa, gracias a la estratagema de Zobeida, vio el maniquí cubierto con el sudario, y creyendo que era su favorita, lo mandó enterrar de nuevo, y llamó a los sacerdotes y a los lectores del Corán, que recitaron los versículos de los funerales. Y él, mientras tanto, permanecía sentado en la alfombra llorando a lágrima viva, hasta que acabó por caer desmayado.
Y así acudieron todos durante un mes, los ministros de la religión y los lectores del Corán, mientras que él, sentándose junto a la tumba, lloraba amargamente.
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, e interrumpió discretamente su relato.”
Continuará: La cuadragésima primera noche…
Saludos
Valram
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jueves, 25 de septiembre de 2008
miércoles, 24 de septiembre de 2008
Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La trigésima novena noche
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“Pero cuando llegó la 39ª noche
Ella dijo:
He llegado a saber ¡Oh rey afortunado!, que el eunuco Kafur prosiguió de este modo el relato de su historia:
Entonces corrí al jardín, mientras que las mujeres y todos los demás se dirigían a casa del walí para contarle lo ocurrido. Y el walí se levantó y montó a caballo, llevando consigo peones que iban cargados de herramientas, sacos y canastos, y todo el mundo emprendió el camino del jardín siguiendo las indicaciones que yo había suministrado.
Y yo me cubrí de tierra la cabeza, empecé a golpearme la cara y llegué al jardín gritando: ‘¡Ay mi pobre ama! ¡Ay mis pobres amitas! ¡Ay! ¡Desdichados de todos nosotros!’ Y así me presenté entre los comensales. Cuando mi amo me vio de aquella manera, cubierta la cabeza de tierra, aporreada la cara y gritando: ¡Ay! ¿Quién me recogerá ahora? ¿Qué mujer será tan buena para mí como mi pobre ama?’, cambió de color, le palideció la tez, y me dijo:
‘¿Qué te pasa, ¡Oh Kafur!? ¿Qué ha ocurrido? Dime’.
Y yo le contesté: ¡Oh amo mío! Cuando me mandaste que fuera a casa a pedirle tal cosa a mi ama, llegué y ví que la casa se había derrumbado, sepultando entre los escombros a mi ama y a sus hijas’. Y mi amo gritó entonces: ‘¿Pero no se ha podido salvar tu ama?’ Y yo dije: ‘Nadie se ha salvado, y la primera en sucumbir ha sido mi pobre ama’.
Y me volvió a preguntar: ‘¿Pero y la más pequeña de mis hijas tampoco se ha salvado?’ Y contesté: ‘Tampoco’. Y me dijo: ‘¿Y la mula, la que yo suelo montar, tampoco se ha salvado?’ Y dije: ‘No, ¡Oh amo mío! porque las paredes de la casa y las de las cuadras se han derrumbado encima de todo lo que había en la casa, sin excluir a los carneros, los gansos y las gallinas. Todo se ha convertido en una masa informe debajo de las ruinas. Nada queda ya’. Y volvió a preguntarme: ‘¿Ni siquiera el mayor de mis hijos?’ Y respondí: ‘¡Ay! ni siquiera ése. No ha quedado nadie con vida. Ya no hay casa ni habitantes. Ni siquiera quedan ya rastros de ello. En cuanto a los carneros, los gansos y las gallinas, deben ser en este momento pasto de los perros y los gatos’.
Cuando mi amo oyó estas palabras, la luz se transformó para él en tinieblas; quedó privado de toda voluntad; las piernas no le podían sostener; se le paralizaron los músculos y se le encorvó la espalda. Después empezó a desgarrarse la ropa, a mesarse las barbas, a abofetearse y a quitarse el turbante. Y no dejó de darse golpes, hasta que se le ensangrentó todo el rostro. Y gritaba: ‘¡Ay mi mujer! ¡Ay mis hijos! ¡Qué horror! ¡Qué desdicha! ¿Habrá otra desgracia semejante a la mía?’ Y todos los mercaderes se lamentaban y lloraban como él para expresarle su pesar, y se desgarraban las ropas.
Entonces mi amo salió del jardín seguido de todos los convidados, y no cesaba de darse golpes, principalmente en el rostro, andando como si estuviera borracho. Pero apenas había traspuesto la puerta del jardín, vio una gran polvareda y oyó gritos desaforados. Y no tardó en ver aparecer al walí con toda su comitiva, seguido de las mujeres y vecinos del barrio y de cuantos transeúntes se habían unido a ellos en el camino, movidos por la curiosidad. Y todo el gentío lloraba y se lamentaba.
La primera persona con quien se encontró mi amo fue con su esposa, y detrás de ella vio a todos sus hijos. Y al verlos se quedó estupefacto, como si perdiera la razón, y luego se echó a reír, y su familia se arrojó en sus brazos y se colgó a su cuello.
Y llorando decían: ‘¡Oh padre! ¡Alah sea bendito por haberte librado!’ Y él les preguntó: ‘¿Y vosotros? ¿Qué os ha ocurrido?’ Su mujer le dijo: ‘¡Bendito sea Alah, que nos permite volver a ver tu cara, sin ningún peligro! ¿Pero cómo lo has hecho para salvarte de entre los escombros? Nosotros ya ves que estamos perfectamente. Y a no ser por la terrible noticia que nos anunció Kafur, tampoco habría pasado nada en casa’. Y mi amo exclamó: ‘¿Pero qué noticia es esa?’ Y su mujer dijo: ‘Kafur llegó con la cabeza descubierta y la ropa desgarrada, gritando: ‘¡Oh mi pobre amo! ¡Oh mi desdichado amo!’ Y le preguntamos: ‘¿Qué ocurre?, ¡Oh Kafur!?’ Y nos dijo: ‘Mi amo se había acurrucado junto a una pared para evacuar una necesidad, cuando de pronto la pared se derrumbó y le enterró vivo’.
Entonces dijo mi amo: ‘¡Por Alah! Pero si Kafur acaba de venir ahora mismo gritando: ‘¡Ay mi ama! ¡Ay los pobres hijos de mi ama!’ Y le he preguntado: ‘¿Qué ocurre, oh Kafur?’ Y me ha dicho: ‘Mi ama, con todos sus hijos, acaba de perecer debajo de las ruinas de la casa’.
Inmediatamente mi amo se volvió hacia donde estaba yo y vio que seguía echándome polvo sobre la cabeza, y desgarrándome la ropa, y tirando el turbante. Y dando una voz terrible, me mandó que me acercara.
Al acercarme me dijo: ‘¡Ah miserable esclavo! ¡Negro de mal agüero! ¡Hijo de una zorra y mil perros! ¡Maldito y de raza maldita! ¿Por qué has ocasionado tanto trastorno? ¡Por Alah que he de castigar tu crimen según se merece! Te he de arrancar la piel de la carne, y la carne de los huesos’.
Y yo contesté resueltamente: ‘¡Por Alah! que no me has de hacer ningún daño, pues me compraste con mi vicio, y como fue ante testigos, declararán que sabías mi vicio de decir una mentira cada año, y así lo anunció el pregonero. Pero he de advertirte que todo lo que acabo de hacer no ha sido más que media mentira y me reservo el derecho de soltar la otra mitad que me corresponde decir antes que acabe el año’.
Mi amo, al oírme, exclamó: ‘¡Oh tú, el más vil y maldito de todos los negros! ¿Conque lo que acabas de hacer no es más que la mitad de una mentira? ¡Pues valiente calamidad la que tú eres! ¡Vete, oh perro, hijo de perro, te despido! Ya estás libre de toda esclavitud’. Y yo dije: ‘¡Por Alah! que podrás echarme, ¡oh mi amo! pero yo no me voy. De ninguna manera. He de soltar antes la otra mitad de la mentira. Y esto será antes de que acabe el año. Entonces me podrás llevar al zoco para venderme con mi vicio. Pero antes no me puedes abandonar, pues no tengo oficio de qué vivir. Y cuanto te digo es cosa muy legal, y legalmente reconocida por los jueces cuando me compraste’.
Y mientras tanto, los vecinos que habían venido para asistir a los funerales se preguntaban qué era lo que pasaba. Entonces les enteraron de todo, lo mismo que al walí, a los mercaderes y a los amigos, explicándoles la mentira que yo había inventado. Y cuando les dijeron que todo aquello no era más que la mitad, llegaron todos al límite de la estupefacción, juzgando que aquella mitad era ya de suyo bastante enorme. Y me maldijeron, y me brindaron toda clase de insultos, a cual peor de todos. Y yo seguía riéndome, y, decía: ‘No tenéis razón en reconvenirme, pues me compraron con mi vicio’.
Y así llegamos a la calle en que vivía mi amo, y vio que su casa no era más que un montón de ruinas. Y entonces se enteró de que yo había contribuido a destruirla, pues le dijo su mujer; ‘Kafur ha roto todos los muebles, y los jarrones, y la cristalería, y ha hecho pedazos cuanto ha podido’. Y llegando al límite del furor, exclamó: ‘¡En mi vida he visto un hijo de zorra como este miserable negro! ¡Y aun dice que no es más que la mitad de un embuste! ¿Pues qué sería una mentira completa? ¡Lo menos la destrucción de una o dos ciudades!’
E inmediatamente me llevaron a casa del walí, que me mandó dar tan soberana paliza, que me desmayé. Y encontrándome en tal estado, mandaron llamar a un barbero, que con sus instrumentos me castró del todo y cauterizó la herida con un hierro candente. Y al despertar me enteré de lo que me faltaba y de que me habían hecho eunuco para toda mi vida.
Entonces mi.amo me dijo: ‘Así como tú me has abrasado el corazón queriendo arrebatarme lo que más quería, así te lo quemo yo a ti, quitándote lo que querías más’. Después me llevó consigo al zoco, y me vendió por más precio, puesto que yo había encarecido al convertirme en eunuco.
Desde entonces he causado la discordia y el trastorno en todas las casas en que entré como eunuco, y he ido pasando de un amo a otro, de un emir a un emir, de un notable a un notable, según la venta y la compra, hasta ser propiedad del mismo Emir de los Creyentes. Pero he perdido mucho, y mis fuerzas disminuyeron desde que me quedé sin lo que me falta.
Y tal es, ¡Oh hermanos! la causa de mi castración. He aquí que se ha terminado mi historia. ¡Uassalam!’
Y los otros dos negros, oído el relato de Kafur, empezaron a reírse y a burlarse de él, diciendo: ‘Eres todo un bribón, hijo de bribón. Y tu mentira fue una mentira formidable’. Después el tercer negro, llamado Bakhita, tomó la palabra, y dirigiéndose a sus compañeros dijo:
Historia del negro Bakhita, tercer eunuco sudanés
Sabed, ¡Oh hijos de mi tío! que cuanto acabamos de oír es inocente y vano. Os voy a contar la causa de haberme quedado capón y veréis que merecí peor castigo, pues he poseído a mi ama y he fornicado con el hijo de mi ama. Pero los detalles del fornicio son tan extraordinarios, tan prolijos en incidentes, que ahora sería muy largo su relato, pues he aquí, ¡oh primos míos! que se aproxima la mañana y nos va a sorprender la luz antes de abrir el hoyo y enterrar el cajón que hemos traído, y acaso nos comprometamos seriamente y nos expongamos a perder nuestras almas; de modo que hagamos el trabajo para el cual nos han enviado aquí, y después comenzaré a contaros los pormenores de mi fornicio y mi castración’.
Dicho esto, se levantó el negro Bakhita, y con él los otros dos, que ya habían descansado, y entre los tres, alumbrados por la linterna, se pusieron a cavar un hoyo. Cavaban Kafur y Bakhita, mientras que Sauab recogía la tierra en un capazo y la echaba fuera. Y así abrieron el hoyo, y luego de depositar en él el cajón lo taparon con tierra y apisonaron el suelo. Recogieron las herramientas y el farol, salieron de la turbeh, cerraron la puerta y se alejaron rápidamente.
Y Ghanem ben-Ayub, que lo había oído todo desde lo alto de la palmera, vio cómo desaparecían a lo lejos. Y cuando pasó un gran rato, empezó a preocuparle lo que pudiera contener aquel cajón. Pero no se atrevió a bajar de la palmera, y aguardó a que brillase la primera claridad del alba.
Entonces descendió de la palmera y empezó a cavar la tierra con las manos, no cesando hasta que logró sacar el cajón después de grandes esfuerzos.
Cogió entonces una piedra y rompió el candado con que estaba cerrado el cajón. Y al levantar la tapa vio a una joven que parecía dormida, pues la respiración movía acompasadamente su pecho. Estaba indudablemente bajo la influencia del banj.
Era de una sin igual hermosura, con una tez delicada, suave y deliciosa. Estaba cubierta de alhajas, llevaba al cuello un collar de oro con gemas preciosas, en las orejas, arracadas de una sola piedra inapreciable, y en los tobillos y en las muñecas unas pulseras de oro cuajadas de brillantes. Aquello debía valer más que todo el reino del sultán.
Cuando Ghanem reconoció bien a la hermosa joven, y se cercioró de que no había sufrido ninguna violencia de los eunucos que hasta allí la habían llevado para enterrarla viva, se inclinó hacia ella, la cogió en brazos y la depositó suavemente en el suelo. Y al respirar la joven el aire vivificador, adquirió su rostro nueva vida, exhaló un gran suspiro, tosió, y con estos movimientos se le cayó de la boca un pedazo de banj capaz de adormecer a un elefante dos noches seguidas.
Entonces entreabrió los ojos, ¡unos ojos adorables! y dominada todavía por el banj, exclamó con una voz llena de dulzura: ‘¿Dónde estás, Riha? ¿No ves que tengo sed? ¡Tráeme un refresco! ¿Y tú, Zahra, dónde estás? ¿Y Sabiha? ¿Y Schagarad Al-Dorr? ¿Y Nur Al-Hada? ¿Y Nagma? ¿Y Subhia? ¿Y tú sobre todo, Nozha, oh dulce y gentil Nozha? ¿En dónde estáis que no me respondéis?’ (1)
Y como nadie contestaba, la joven acabó por abrir completamente los ojos y miró en torno suyo. Y aterrada, clamó de este modo:
‘¿Quién me habrá sacado de mi palacio para traerme entre estos sepulcros? ¿Qué criatura podrá saber jamás lo que se oculta en el fondo de los corazones?
‘¡Oh tu Retribuidor, que conoces los secretos más escondidos: tú sabrás distinguir a los buenos y a los malos el día, de la Resurrección!
Y Ghanem, que seguía de pie, avanzó algunos pasos y dijo: ‘¡Oh soberana de la hermosura, cuyo nombre debe ser más dulce que el jugo del dátil, y cuya cintura es más flexible que la rama de la palmera! ¡Yo soy Ghanem ben-Ayub, y aquí no hay en realidad palacios ni tumbas, sino un esclavo tuyo, que soy yo, y a quien el Clemente sin límites puso cerca de ti para librarte de todo mal y resguardarte de todo dolor! Acaso así, ¡Oh la más deseada! te dignes mirarme con agrado’.
Y la joven, en cuanto se cercioró de la realidad de cuanto veía, dijo: ‘¡No hay más Dios que Alah, y Mahomed es el enviado de Alah!’ Después se volvió hacia Ghanem, le miró con sus ojos resplandecientes, y puesta la mano en el corazón dijo con su voz deliciosa: ‘¡Oh favorable joven! ¡Aquí me tienes, despertando entre lo desconocido! ¿Puedes decirme quién me ha traído hasta aquí?
‘Y Ghanem respondió: ‘¡Oh señora mía! Te han traído tres negros eunucos y te traían metida en un cajón’. Y le contó toda la historia: cómo le había sorprendido la noche fuera de la ciudad, cómo había sacado a la joven del cajón, y cómo, a no ser por él, habría perecido ahogada bajo la tierra.
Después le rogó que le contase su historia y el motivo de su aventura. Pero ella dijo: ‘¡Oh joven! ¡Glorificado sea Alah, que me ha puesto en manos de un hombre como tú! Pero ahora te ruego que me ocultes en el cajón y vayas en busca de alguien que pueda llevarlo a tu casa. Allí verás cuán provechoso es para ti, pues tendrás toda clase de delicias. Y te podré contar mi historia, y ponerte al corriente de mis aventuras’.
Y Ghanem quedó encantado al oírla, y salió inmediatamente en busca de un arriero, y como era entrado el día y brillaba el sol en todo su esplendor, la cosa no fue difícil. Volvió, pues, en seguida con un arriero, y como había cuidado de meter a la joven en el cajón, le ayudó a cargarlo en el mulo, y emprendieron a toda prisa el camino de su casa. Y durante el viaje comprendió Ghanem que el amor a la joven había penetrado en su corazón, y se vio en el límite de la dicha al pensar que pronto sería suya aquella hermosura que vendida en el zoco habría valido diez mil dinares de oro, y que llevaba encima incalculables riquezas en joyas, pedrería y telas preciosas. Y estos pensamientos tan gratos hacían que sintiera impaciencia por llegar cuanto antes. Y al fin llegó, y él mismo ayudó al arriero con el cajón y llevarlo al interior de la casa.
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana la mañana, y discretamente interrumpió su relato.
(1) Estos nombres significan respectivamente: Brisa, Flor del jardín, Alba de la mañana, Rama de perlas, Luz del camino, Estrella de la noche, Estrella de la mañana, Delicias de jardín.”
Continuará: La cuadragésima noche…
Saludos
Valram
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“Pero cuando llegó la 39ª noche
Ella dijo:
He llegado a saber ¡Oh rey afortunado!, que el eunuco Kafur prosiguió de este modo el relato de su historia:
Entonces corrí al jardín, mientras que las mujeres y todos los demás se dirigían a casa del walí para contarle lo ocurrido. Y el walí se levantó y montó a caballo, llevando consigo peones que iban cargados de herramientas, sacos y canastos, y todo el mundo emprendió el camino del jardín siguiendo las indicaciones que yo había suministrado.
Y yo me cubrí de tierra la cabeza, empecé a golpearme la cara y llegué al jardín gritando: ‘¡Ay mi pobre ama! ¡Ay mis pobres amitas! ¡Ay! ¡Desdichados de todos nosotros!’ Y así me presenté entre los comensales. Cuando mi amo me vio de aquella manera, cubierta la cabeza de tierra, aporreada la cara y gritando: ¡Ay! ¿Quién me recogerá ahora? ¿Qué mujer será tan buena para mí como mi pobre ama?’, cambió de color, le palideció la tez, y me dijo:
‘¿Qué te pasa, ¡Oh Kafur!? ¿Qué ha ocurrido? Dime’.
Y yo le contesté: ¡Oh amo mío! Cuando me mandaste que fuera a casa a pedirle tal cosa a mi ama, llegué y ví que la casa se había derrumbado, sepultando entre los escombros a mi ama y a sus hijas’. Y mi amo gritó entonces: ‘¿Pero no se ha podido salvar tu ama?’ Y yo dije: ‘Nadie se ha salvado, y la primera en sucumbir ha sido mi pobre ama’.
Y me volvió a preguntar: ‘¿Pero y la más pequeña de mis hijas tampoco se ha salvado?’ Y contesté: ‘Tampoco’. Y me dijo: ‘¿Y la mula, la que yo suelo montar, tampoco se ha salvado?’ Y dije: ‘No, ¡Oh amo mío! porque las paredes de la casa y las de las cuadras se han derrumbado encima de todo lo que había en la casa, sin excluir a los carneros, los gansos y las gallinas. Todo se ha convertido en una masa informe debajo de las ruinas. Nada queda ya’. Y volvió a preguntarme: ‘¿Ni siquiera el mayor de mis hijos?’ Y respondí: ‘¡Ay! ni siquiera ése. No ha quedado nadie con vida. Ya no hay casa ni habitantes. Ni siquiera quedan ya rastros de ello. En cuanto a los carneros, los gansos y las gallinas, deben ser en este momento pasto de los perros y los gatos’.
Cuando mi amo oyó estas palabras, la luz se transformó para él en tinieblas; quedó privado de toda voluntad; las piernas no le podían sostener; se le paralizaron los músculos y se le encorvó la espalda. Después empezó a desgarrarse la ropa, a mesarse las barbas, a abofetearse y a quitarse el turbante. Y no dejó de darse golpes, hasta que se le ensangrentó todo el rostro. Y gritaba: ‘¡Ay mi mujer! ¡Ay mis hijos! ¡Qué horror! ¡Qué desdicha! ¿Habrá otra desgracia semejante a la mía?’ Y todos los mercaderes se lamentaban y lloraban como él para expresarle su pesar, y se desgarraban las ropas.
Entonces mi amo salió del jardín seguido de todos los convidados, y no cesaba de darse golpes, principalmente en el rostro, andando como si estuviera borracho. Pero apenas había traspuesto la puerta del jardín, vio una gran polvareda y oyó gritos desaforados. Y no tardó en ver aparecer al walí con toda su comitiva, seguido de las mujeres y vecinos del barrio y de cuantos transeúntes se habían unido a ellos en el camino, movidos por la curiosidad. Y todo el gentío lloraba y se lamentaba.
La primera persona con quien se encontró mi amo fue con su esposa, y detrás de ella vio a todos sus hijos. Y al verlos se quedó estupefacto, como si perdiera la razón, y luego se echó a reír, y su familia se arrojó en sus brazos y se colgó a su cuello.
Y llorando decían: ‘¡Oh padre! ¡Alah sea bendito por haberte librado!’ Y él les preguntó: ‘¿Y vosotros? ¿Qué os ha ocurrido?’ Su mujer le dijo: ‘¡Bendito sea Alah, que nos permite volver a ver tu cara, sin ningún peligro! ¿Pero cómo lo has hecho para salvarte de entre los escombros? Nosotros ya ves que estamos perfectamente. Y a no ser por la terrible noticia que nos anunció Kafur, tampoco habría pasado nada en casa’. Y mi amo exclamó: ‘¿Pero qué noticia es esa?’ Y su mujer dijo: ‘Kafur llegó con la cabeza descubierta y la ropa desgarrada, gritando: ‘¡Oh mi pobre amo! ¡Oh mi desdichado amo!’ Y le preguntamos: ‘¿Qué ocurre?, ¡Oh Kafur!?’ Y nos dijo: ‘Mi amo se había acurrucado junto a una pared para evacuar una necesidad, cuando de pronto la pared se derrumbó y le enterró vivo’.
Entonces dijo mi amo: ‘¡Por Alah! Pero si Kafur acaba de venir ahora mismo gritando: ‘¡Ay mi ama! ¡Ay los pobres hijos de mi ama!’ Y le he preguntado: ‘¿Qué ocurre, oh Kafur?’ Y me ha dicho: ‘Mi ama, con todos sus hijos, acaba de perecer debajo de las ruinas de la casa’.
Inmediatamente mi amo se volvió hacia donde estaba yo y vio que seguía echándome polvo sobre la cabeza, y desgarrándome la ropa, y tirando el turbante. Y dando una voz terrible, me mandó que me acercara.
Al acercarme me dijo: ‘¡Ah miserable esclavo! ¡Negro de mal agüero! ¡Hijo de una zorra y mil perros! ¡Maldito y de raza maldita! ¿Por qué has ocasionado tanto trastorno? ¡Por Alah que he de castigar tu crimen según se merece! Te he de arrancar la piel de la carne, y la carne de los huesos’.
Y yo contesté resueltamente: ‘¡Por Alah! que no me has de hacer ningún daño, pues me compraste con mi vicio, y como fue ante testigos, declararán que sabías mi vicio de decir una mentira cada año, y así lo anunció el pregonero. Pero he de advertirte que todo lo que acabo de hacer no ha sido más que media mentira y me reservo el derecho de soltar la otra mitad que me corresponde decir antes que acabe el año’.
Mi amo, al oírme, exclamó: ‘¡Oh tú, el más vil y maldito de todos los negros! ¿Conque lo que acabas de hacer no es más que la mitad de una mentira? ¡Pues valiente calamidad la que tú eres! ¡Vete, oh perro, hijo de perro, te despido! Ya estás libre de toda esclavitud’. Y yo dije: ‘¡Por Alah! que podrás echarme, ¡oh mi amo! pero yo no me voy. De ninguna manera. He de soltar antes la otra mitad de la mentira. Y esto será antes de que acabe el año. Entonces me podrás llevar al zoco para venderme con mi vicio. Pero antes no me puedes abandonar, pues no tengo oficio de qué vivir. Y cuanto te digo es cosa muy legal, y legalmente reconocida por los jueces cuando me compraste’.
Y mientras tanto, los vecinos que habían venido para asistir a los funerales se preguntaban qué era lo que pasaba. Entonces les enteraron de todo, lo mismo que al walí, a los mercaderes y a los amigos, explicándoles la mentira que yo había inventado. Y cuando les dijeron que todo aquello no era más que la mitad, llegaron todos al límite de la estupefacción, juzgando que aquella mitad era ya de suyo bastante enorme. Y me maldijeron, y me brindaron toda clase de insultos, a cual peor de todos. Y yo seguía riéndome, y, decía: ‘No tenéis razón en reconvenirme, pues me compraron con mi vicio’.
Y así llegamos a la calle en que vivía mi amo, y vio que su casa no era más que un montón de ruinas. Y entonces se enteró de que yo había contribuido a destruirla, pues le dijo su mujer; ‘Kafur ha roto todos los muebles, y los jarrones, y la cristalería, y ha hecho pedazos cuanto ha podido’. Y llegando al límite del furor, exclamó: ‘¡En mi vida he visto un hijo de zorra como este miserable negro! ¡Y aun dice que no es más que la mitad de un embuste! ¿Pues qué sería una mentira completa? ¡Lo menos la destrucción de una o dos ciudades!’
E inmediatamente me llevaron a casa del walí, que me mandó dar tan soberana paliza, que me desmayé. Y encontrándome en tal estado, mandaron llamar a un barbero, que con sus instrumentos me castró del todo y cauterizó la herida con un hierro candente. Y al despertar me enteré de lo que me faltaba y de que me habían hecho eunuco para toda mi vida.
Entonces mi.amo me dijo: ‘Así como tú me has abrasado el corazón queriendo arrebatarme lo que más quería, así te lo quemo yo a ti, quitándote lo que querías más’. Después me llevó consigo al zoco, y me vendió por más precio, puesto que yo había encarecido al convertirme en eunuco.
Desde entonces he causado la discordia y el trastorno en todas las casas en que entré como eunuco, y he ido pasando de un amo a otro, de un emir a un emir, de un notable a un notable, según la venta y la compra, hasta ser propiedad del mismo Emir de los Creyentes. Pero he perdido mucho, y mis fuerzas disminuyeron desde que me quedé sin lo que me falta.
Y tal es, ¡Oh hermanos! la causa de mi castración. He aquí que se ha terminado mi historia. ¡Uassalam!’
Y los otros dos negros, oído el relato de Kafur, empezaron a reírse y a burlarse de él, diciendo: ‘Eres todo un bribón, hijo de bribón. Y tu mentira fue una mentira formidable’. Después el tercer negro, llamado Bakhita, tomó la palabra, y dirigiéndose a sus compañeros dijo:
Historia del negro Bakhita, tercer eunuco sudanés
Sabed, ¡Oh hijos de mi tío! que cuanto acabamos de oír es inocente y vano. Os voy a contar la causa de haberme quedado capón y veréis que merecí peor castigo, pues he poseído a mi ama y he fornicado con el hijo de mi ama. Pero los detalles del fornicio son tan extraordinarios, tan prolijos en incidentes, que ahora sería muy largo su relato, pues he aquí, ¡oh primos míos! que se aproxima la mañana y nos va a sorprender la luz antes de abrir el hoyo y enterrar el cajón que hemos traído, y acaso nos comprometamos seriamente y nos expongamos a perder nuestras almas; de modo que hagamos el trabajo para el cual nos han enviado aquí, y después comenzaré a contaros los pormenores de mi fornicio y mi castración’.
Dicho esto, se levantó el negro Bakhita, y con él los otros dos, que ya habían descansado, y entre los tres, alumbrados por la linterna, se pusieron a cavar un hoyo. Cavaban Kafur y Bakhita, mientras que Sauab recogía la tierra en un capazo y la echaba fuera. Y así abrieron el hoyo, y luego de depositar en él el cajón lo taparon con tierra y apisonaron el suelo. Recogieron las herramientas y el farol, salieron de la turbeh, cerraron la puerta y se alejaron rápidamente.
Y Ghanem ben-Ayub, que lo había oído todo desde lo alto de la palmera, vio cómo desaparecían a lo lejos. Y cuando pasó un gran rato, empezó a preocuparle lo que pudiera contener aquel cajón. Pero no se atrevió a bajar de la palmera, y aguardó a que brillase la primera claridad del alba.
Entonces descendió de la palmera y empezó a cavar la tierra con las manos, no cesando hasta que logró sacar el cajón después de grandes esfuerzos.
Cogió entonces una piedra y rompió el candado con que estaba cerrado el cajón. Y al levantar la tapa vio a una joven que parecía dormida, pues la respiración movía acompasadamente su pecho. Estaba indudablemente bajo la influencia del banj.
Era de una sin igual hermosura, con una tez delicada, suave y deliciosa. Estaba cubierta de alhajas, llevaba al cuello un collar de oro con gemas preciosas, en las orejas, arracadas de una sola piedra inapreciable, y en los tobillos y en las muñecas unas pulseras de oro cuajadas de brillantes. Aquello debía valer más que todo el reino del sultán.
Cuando Ghanem reconoció bien a la hermosa joven, y se cercioró de que no había sufrido ninguna violencia de los eunucos que hasta allí la habían llevado para enterrarla viva, se inclinó hacia ella, la cogió en brazos y la depositó suavemente en el suelo. Y al respirar la joven el aire vivificador, adquirió su rostro nueva vida, exhaló un gran suspiro, tosió, y con estos movimientos se le cayó de la boca un pedazo de banj capaz de adormecer a un elefante dos noches seguidas.
Entonces entreabrió los ojos, ¡unos ojos adorables! y dominada todavía por el banj, exclamó con una voz llena de dulzura: ‘¿Dónde estás, Riha? ¿No ves que tengo sed? ¡Tráeme un refresco! ¿Y tú, Zahra, dónde estás? ¿Y Sabiha? ¿Y Schagarad Al-Dorr? ¿Y Nur Al-Hada? ¿Y Nagma? ¿Y Subhia? ¿Y tú sobre todo, Nozha, oh dulce y gentil Nozha? ¿En dónde estáis que no me respondéis?’ (1)
Y como nadie contestaba, la joven acabó por abrir completamente los ojos y miró en torno suyo. Y aterrada, clamó de este modo:
‘¿Quién me habrá sacado de mi palacio para traerme entre estos sepulcros? ¿Qué criatura podrá saber jamás lo que se oculta en el fondo de los corazones?
‘¡Oh tu Retribuidor, que conoces los secretos más escondidos: tú sabrás distinguir a los buenos y a los malos el día, de la Resurrección!
Y Ghanem, que seguía de pie, avanzó algunos pasos y dijo: ‘¡Oh soberana de la hermosura, cuyo nombre debe ser más dulce que el jugo del dátil, y cuya cintura es más flexible que la rama de la palmera! ¡Yo soy Ghanem ben-Ayub, y aquí no hay en realidad palacios ni tumbas, sino un esclavo tuyo, que soy yo, y a quien el Clemente sin límites puso cerca de ti para librarte de todo mal y resguardarte de todo dolor! Acaso así, ¡Oh la más deseada! te dignes mirarme con agrado’.
Y la joven, en cuanto se cercioró de la realidad de cuanto veía, dijo: ‘¡No hay más Dios que Alah, y Mahomed es el enviado de Alah!’ Después se volvió hacia Ghanem, le miró con sus ojos resplandecientes, y puesta la mano en el corazón dijo con su voz deliciosa: ‘¡Oh favorable joven! ¡Aquí me tienes, despertando entre lo desconocido! ¿Puedes decirme quién me ha traído hasta aquí?
‘Y Ghanem respondió: ‘¡Oh señora mía! Te han traído tres negros eunucos y te traían metida en un cajón’. Y le contó toda la historia: cómo le había sorprendido la noche fuera de la ciudad, cómo había sacado a la joven del cajón, y cómo, a no ser por él, habría perecido ahogada bajo la tierra.
Después le rogó que le contase su historia y el motivo de su aventura. Pero ella dijo: ‘¡Oh joven! ¡Glorificado sea Alah, que me ha puesto en manos de un hombre como tú! Pero ahora te ruego que me ocultes en el cajón y vayas en busca de alguien que pueda llevarlo a tu casa. Allí verás cuán provechoso es para ti, pues tendrás toda clase de delicias. Y te podré contar mi historia, y ponerte al corriente de mis aventuras’.
Y Ghanem quedó encantado al oírla, y salió inmediatamente en busca de un arriero, y como era entrado el día y brillaba el sol en todo su esplendor, la cosa no fue difícil. Volvió, pues, en seguida con un arriero, y como había cuidado de meter a la joven en el cajón, le ayudó a cargarlo en el mulo, y emprendieron a toda prisa el camino de su casa. Y durante el viaje comprendió Ghanem que el amor a la joven había penetrado en su corazón, y se vio en el límite de la dicha al pensar que pronto sería suya aquella hermosura que vendida en el zoco habría valido diez mil dinares de oro, y que llevaba encima incalculables riquezas en joyas, pedrería y telas preciosas. Y estos pensamientos tan gratos hacían que sintiera impaciencia por llegar cuanto antes. Y al fin llegó, y él mismo ayudó al arriero con el cajón y llevarlo al interior de la casa.
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana la mañana, y discretamente interrumpió su relato.
(1) Estos nombres significan respectivamente: Brisa, Flor del jardín, Alba de la mañana, Rama de perlas, Luz del camino, Estrella de la noche, Estrella de la mañana, Delicias de jardín.”
Continuará: La cuadragésima noche…
Saludos
Valram
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