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“Pero cuando llegó la 60ª noche
Ella dijo:
‘Sed testigos de que desde este momento emancipo a esta joven esclava que acabo de comprar y que me caso con ella’. Entonces los cuatro kadíes se apresuraron a escribir el certificado de emancipación, y en seguida escribieron el contrato de casamiento y lo sellaron con su sello. Y el príncipe Scharkán no dejó de repartir generosamente entre los presentes una gran cantidad de oro para festejar su alegría, y tiró puñados de oro, que recogieron los servidores y los esclavos.
Después despidió a todos los presentes, excepto a los cuatro kadíes y el mercader. Y volviéndose hacia los kadíes, les dijo: ‘Ahora quiero que escuchéis las palabras que va deciros esta joven, para darnos una prueba de su elocuencia y su saber, y para que comprobéis las afirmaciones de este jeique’. Y los kadíes contestaron: ‘Escuchamos y obedecemos’. Y el príncipe Scharkán mandó tender un tapiz en el centro de la sala y colocó detrás de él a la joven, para que no estuviese cohibida y pudiera hablar sin que la viesen extraños.
Y en cuanto se tendió el tapiz, acudieron a rodear a su nueva señora las damas de servicio, y la ayudaron a colocarse más cómodamente y a aligerarse de parte de sus vestidos; y se maravillaban de sus perfecciones, y en su alegría le besaban los pies y las manos. Y por su parte, las esposas de los emires y visires se apresuraron a rendirle homenaje, dispuestas a oír lo que iba a decir al príncipe Scharkán y a los grandes kadíes de Damasco. Y antes de ir junto a ella, pidieron licencia a sus maridos.
Cuando Nozhatú vio entrar a las esposas de los emires y visires, se levantó para recibirlas, las besó cordialmente, las hizo sentarse a su lado, y les dirigía palabras cariñosas para corresponder a su homenaje, y tan amable estuvo, que todas se maravillaron de su cortesía, de su hermosura y de su inteligencia, y se decían: ‘Nos han dicho que era una esclava, pero seguramente es una reina, hija de un rey’.
Y exclamaron: ‘¡Oh, señora! has iluminado la ciudad con tu presencia, y has colmado de honor a este país y a este reino. Y este reino es tu reino, y este palacio tu palacio, ¡y todas nosotras somos tus esclavas’. Y ella les dio las gracias de la manera más dulce y agradable.
Pero en este momento Scharkán la interpeló desde el otro lado del tapiz, y le dijo: ‘¡Oh hermosísima joven, joya de estos tiempos! esperamos ansiosamente tus palabras elocuentes, pues dicen que estás versada en todas las ciencias, y hasta en las reglas más difíciles de nuestra sintaxis’.
Y la joven Nozhatú, con voz más dulce que el azúcar respondió: ‘¡Tu deseo está sobre mi cabeza y sobre mis ojos! Y para satisfacerlo, hablaré sobre las Tres puertas de la vida’.
Palabras sobre las tres puertas
Y Nozhatú dijo:
‘Te hablaré, en primer lugar, ¡oh príncipe valeroso! de la Primera puerta: El arte de saber conducirse.
‘Sabed, pues, que la vida tiene un objeto, y que el objeto de la vida es desarrollar el fervor. ‘Ahora bien; el principal fervor tiene su forma en la pasión, que es bella por su fe.
‘Nadie alcanzará el fervor más que por una vida activa, animada por la pasión. Y esta vida puede vivirse en cualquiera de los cuatro grandes caminos de la humanidad: El Gobierno, el Comercio, la Agricultura y los Oficios.
‘En lo que concierne al Gobierno, es necesario que aquellos escasos hombres que están llamados a gobernar el mundo posean la ciencia política, una sutileza exquisita y una habilidad perfecta. Y en ningún caso deben dejarse guiar por su capricho, sino por un alto ideal, cuyo fin es Alah, el que todo lo puede. Y si regulan su conducta hacia este fin, la justicia reinará entre los humanos y cesarán las discordias en la superficie de la tierra. Pero lo más frecuente es que sigan sus inclinaciones, y acaben por resbalar en errores irremediables. Porque un jefe no es útil a su país sino cuando puede ser equitativo e imparcial y cuando impide que los fuertes opriman a los débiles y a los pequeños.
‘El gran Ardechir, tercer rey de los persas, y uno de los descendientes de Sassán, dijo: ‘La autoridad y la fe son dos hermanas gemelas: la fe es un tesoro y la autoridad su guardián’.
‘Y nuestro profeta Mahomed (¡sean con él la paz y la plegaria!) ha dicho: ‘Dos cosas rigen el mundo: la Autoridad y la Ciencia; si son rectas y puras, el mundo camina por la vía derecha; si son nefandas y malas, el mundo cae en la corrupción’.
‘Y el Sabio ha dicho: ‘El rey debe ser el guardián de la fe, de cuanto es sagrado y de los derechos de sus súbditos. Pero ante todo debe velar por que estén de acuerdo los que manejan la pluma y los que manejan la espada, ¡porque quien falte al hombre que maneja la pluma resbalará y se levantará jorobado!’
‘Y el rey Ardechir, que fue un gran conquistador, dividió su imperio en cuatro distritos, y se mandó fabricar cuatro sellos en cuatro anillos. El primer sello era el anillo del Distrito marítimo, Y así sucesivamente los otros tres. Y lo hizo para asegurar el orden en su reino. Y así se siguió hasta la era islámica.
‘Y el rey Kesra, el gran rey de los persas, escribió a su hijo, al que había confiado el ejército de sus ejércitos: ‘¡Oh, hijo mío!...’
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”
Continuará: La sexagésima primera noche…
Saludos
Valram
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miércoles, 15 de octubre de 2008
martes, 14 de octubre de 2008
Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quincuagésima novena noche
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“Pero cuando llegó la 59ª noche
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el mercader exclamó: ‘Gloria al que te ha modelado, ¡oh maravillosa criatura!’ Y le rindió todos los honores y le prodigó todas las manifestaciones de respeto y admiración. Y después la acompañó hasta el hammam, yendo delante de ella, llevando en una bolsa de terciopelo la ropa con que había de vestirse después del baño. Y mandó llamar a la mejor amasadora del hammam, y le dijo: ‘En cuanto haya terminado, vendrás a llamarme’. Y mientras Nozhatú tomaba el baño, el anciano mercader fue a comprar toda clase de frutas y sorbetes, y los depositó en la tarima a la cual había de ir Nozhatú a vestirse.
Y cuando se terminó el baño, la amasadora acompañó a Nozhatú hasta la tarima, la envolvió en paños y toallas perfumadas, y se comieron las frutas y bebieron sorbetes, dando lo que sobró a la guardesa del hammam.
En este momento llegó el mercader con un cofrecillo de sándalo, lo abrió invocando el nombre de Alah, y ayudado por la amasadora procedió a vestir a Nozhatú, para llevarla al palacio del príncipe Sharkán.
Y empezó por entregar a Nozhatú una banda de oro para cubrir la cabeza, y esta banda costaba mil dinares. Después una falda a la moda turca, bordada de hilos de oro, y unas botas rojas perfumadas con almizcle, cubiertas de lentejuelas de oro con bordados de flores que llevaban incrustadas perlas y pedrerías. Le puso en las orejas unos pendientes de perlas finas, que costaba cada uno mil dinares, y al cuello un collar de oro afiligranado, y le rodeó los pechos con redes de pedrería. Luego le ajustó el talle por encima del ombligo con un cinturón de diez hileras de bolas de ámbar y medias lunas de oro, y en cada bola de ámbar iba incrustado un rubí, y en cada media luna nueve perlas y diez diamantes. De suerte que la joven Nozhatú llevaba encima más de cien mil dinares en alhajas y joyas.
El mercader le rogó que le siguiera, y salió con ella del hammam, y marchaba delante de ella con andar grave y ceremonioso, apartando a los transeúntes. Y todos los transeúntes se asombraban de aquella belleza, y exclamaban: ‘¡Gloria a Alah en sus criaturas! ¡Cuán dichoso el hombre que la posea!’ Y el mercader seguía andando, y ella detrás de él, hasta que llegaron al palacio del príncipe Sharkán. Y el mercader se adelantó para entrar en las habitaciones de Scharkán, besó la tierra entre sus manos, y dijo: ‘¡He aquí que te traigo un presente incomparable, la cosa más bella y más extraordinaria de estos tiempos, el resumen de todos los encantos y todos los dones, la suma de todas las cualidades y de todas las delicias!’ Y el príncipe Scharkán dijo: ‘¡Apresúrate a enseñármelo!’ Y el mercader salió en seguida y trajo de la mano a Nozhatú, presentándola al príncipe. Y el príncipe Scharkán no podía reconocer en aquella maravilla a su hermana Nozhatú, a la cual nunca había visto, a causa de los recelos que sintió cuando su nacimiento y el de su hermano Daul-makán. Y llegó hasta el límite del entusiasmo al ver aquel talle y aquellas formas exquisitas. Y el mercader dijo: ‘Esta es la maravilla incomparable, única en el siglo. Además de la hermosura, don natural suyo, posee todas las virtudes y está versada en todas las ciencias religiosas, civiles, políticas y matemáticas. ¡Y está dispuesta a contestar a todas las preguntas de los sabios más ilustres de Damasco y del imperio!’
Entonces el príncipe Scharkán se apresuró a decir al mercader: ‘¡Déjala aquí, busca al tesorero para que te pague su precio y ve en paz!’
Y al oírlo, dijo el mercader: ‘¡Oh príncipe valeroso! he aquí que la había destinado al rey Omar Al- Nemán, tu padre, y venía a rogarte que me dieras una carta de recomendación para él; pero puesto que te agrada, que se quede aquí. ¡Y tu deseo está sobre mi cabeza y sobre mis ojos! Pero en cambio, te rogaré únicamente que me otorgues en adelante el derecho de franquicia para todas mis mercancías y el privilegio de no volver a pagar impuestos de ninguna clase’. El príncipe contestó: ‘Te lo otorgo. Y ahora dime lo que te ha costado esta joven, para que te reintegre su precio’. Y el mercader repuso: ‘Me ha costado cien mil dinares de oro, pero lo que lleva encima vale otros cien mil dinares’. Entonces el príncipe mandó llamar a su tesorero, y le dijo: ‘Paga en seguida a este venerable jeique doscientos mil dinares de oro, y además, otros ciento veinte mil. Y por añadidura, dale el mejor ropón de honor de mis armarios. Y que se sepa en adelante que es mi protegido y que no se le deberá reclamar ningún impuesto’.
Después el príncipe Scharkán mandó llamar a los cuatro grandes kadíes de Damasco, y les dijo...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”
Continuará: La sexagésima noche…
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Valram
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“Pero cuando llegó la 59ª noche
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el mercader exclamó: ‘Gloria al que te ha modelado, ¡oh maravillosa criatura!’ Y le rindió todos los honores y le prodigó todas las manifestaciones de respeto y admiración. Y después la acompañó hasta el hammam, yendo delante de ella, llevando en una bolsa de terciopelo la ropa con que había de vestirse después del baño. Y mandó llamar a la mejor amasadora del hammam, y le dijo: ‘En cuanto haya terminado, vendrás a llamarme’. Y mientras Nozhatú tomaba el baño, el anciano mercader fue a comprar toda clase de frutas y sorbetes, y los depositó en la tarima a la cual había de ir Nozhatú a vestirse.
Y cuando se terminó el baño, la amasadora acompañó a Nozhatú hasta la tarima, la envolvió en paños y toallas perfumadas, y se comieron las frutas y bebieron sorbetes, dando lo que sobró a la guardesa del hammam.
En este momento llegó el mercader con un cofrecillo de sándalo, lo abrió invocando el nombre de Alah, y ayudado por la amasadora procedió a vestir a Nozhatú, para llevarla al palacio del príncipe Sharkán.
Y empezó por entregar a Nozhatú una banda de oro para cubrir la cabeza, y esta banda costaba mil dinares. Después una falda a la moda turca, bordada de hilos de oro, y unas botas rojas perfumadas con almizcle, cubiertas de lentejuelas de oro con bordados de flores que llevaban incrustadas perlas y pedrerías. Le puso en las orejas unos pendientes de perlas finas, que costaba cada uno mil dinares, y al cuello un collar de oro afiligranado, y le rodeó los pechos con redes de pedrería. Luego le ajustó el talle por encima del ombligo con un cinturón de diez hileras de bolas de ámbar y medias lunas de oro, y en cada bola de ámbar iba incrustado un rubí, y en cada media luna nueve perlas y diez diamantes. De suerte que la joven Nozhatú llevaba encima más de cien mil dinares en alhajas y joyas.
El mercader le rogó que le siguiera, y salió con ella del hammam, y marchaba delante de ella con andar grave y ceremonioso, apartando a los transeúntes. Y todos los transeúntes se asombraban de aquella belleza, y exclamaban: ‘¡Gloria a Alah en sus criaturas! ¡Cuán dichoso el hombre que la posea!’ Y el mercader seguía andando, y ella detrás de él, hasta que llegaron al palacio del príncipe Sharkán. Y el mercader se adelantó para entrar en las habitaciones de Scharkán, besó la tierra entre sus manos, y dijo: ‘¡He aquí que te traigo un presente incomparable, la cosa más bella y más extraordinaria de estos tiempos, el resumen de todos los encantos y todos los dones, la suma de todas las cualidades y de todas las delicias!’ Y el príncipe Scharkán dijo: ‘¡Apresúrate a enseñármelo!’ Y el mercader salió en seguida y trajo de la mano a Nozhatú, presentándola al príncipe. Y el príncipe Scharkán no podía reconocer en aquella maravilla a su hermana Nozhatú, a la cual nunca había visto, a causa de los recelos que sintió cuando su nacimiento y el de su hermano Daul-makán. Y llegó hasta el límite del entusiasmo al ver aquel talle y aquellas formas exquisitas. Y el mercader dijo: ‘Esta es la maravilla incomparable, única en el siglo. Además de la hermosura, don natural suyo, posee todas las virtudes y está versada en todas las ciencias religiosas, civiles, políticas y matemáticas. ¡Y está dispuesta a contestar a todas las preguntas de los sabios más ilustres de Damasco y del imperio!’
Entonces el príncipe Scharkán se apresuró a decir al mercader: ‘¡Déjala aquí, busca al tesorero para que te pague su precio y ve en paz!’
Y al oírlo, dijo el mercader: ‘¡Oh príncipe valeroso! he aquí que la había destinado al rey Omar Al- Nemán, tu padre, y venía a rogarte que me dieras una carta de recomendación para él; pero puesto que te agrada, que se quede aquí. ¡Y tu deseo está sobre mi cabeza y sobre mis ojos! Pero en cambio, te rogaré únicamente que me otorgues en adelante el derecho de franquicia para todas mis mercancías y el privilegio de no volver a pagar impuestos de ninguna clase’. El príncipe contestó: ‘Te lo otorgo. Y ahora dime lo que te ha costado esta joven, para que te reintegre su precio’. Y el mercader repuso: ‘Me ha costado cien mil dinares de oro, pero lo que lleva encima vale otros cien mil dinares’. Entonces el príncipe mandó llamar a su tesorero, y le dijo: ‘Paga en seguida a este venerable jeique doscientos mil dinares de oro, y además, otros ciento veinte mil. Y por añadidura, dale el mejor ropón de honor de mis armarios. Y que se sepa en adelante que es mi protegido y que no se le deberá reclamar ningún impuesto’.
Después el príncipe Scharkán mandó llamar a los cuatro grandes kadíes de Damasco, y les dijo...
En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”
Continuará: La sexagésima noche…
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