martes, 9 de diciembre de 2008

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima decimosexta noche

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"Y cuando llegó la 116ª noche

Ella dijo:

Efectivamente, había allí cuatro pollos asados, dorados y olorosos, sazonados con especias finas; había cuatro grandes tazones, que contenían: el primero mahallabia (1) perfumada con naranja y con alfónsigos partidos y canela; el segundo, pasas maceradas, perfumadas discretamente con rosas; el tercero, ¡oh el tercero! Baklawa (2) hojaldrada y dividida en rombos de una sugestión infinita; el cuarto, katayefs (3) de jarabe espeso, prontos a estallar por lo generosamente rellenos.

En la otra mitad de la bandeja veíanse mis frutas predilectas: higos arrugados por la madurez, cidras, limones, uvas frescas y plátanos. Y entre una y otra cosa destacábanse las flores: rosas, jazmines, tulipanes, lirios y narcisos.

Me animé al ver todo esto hasta el límite de la animación, y alejé mis pesares para dar sólo morada a la alegría. Pero me preocupaba el no ver rastro de criatura viviente entre las criaturas de Alah. Y como no veía ni criada ni esclava que viniera a servirme no me atrevía a probar nada, y aguardé pacientemente a que viniera la amada de mi corazón; pero pasó la primera hora, y ¡nada! después la segunda y la tercera, y ¡nada tampoco! Entonces empecé a sentir violentamente la tortura del hambre, pues llevaba mucho tiempo sin comer, a causa de los pasados desencantos; pero ahora que me cercioraba del éxito, me volvió el apetito, por la gracia de Alah, y se lo agradecí a mi pobre Aziza, que me lo había predicho, explicándome con exactitud el misterio de aquellas señas.

Así, pues, no pudiendo resistir más el hambre, me arrojé sobre los adorables katayefs, que prefería a todo, y quién sabe cuántos deslicé en mi garganta, pues parecían amasados con perfumes del Paraíso por los dedos diáfanos de las huríes. Después arremetí contra los rombos crujientes de la jugosa baklawa, y me comí todos los que me deparó mi buena suerte; luego me tragué toda la copa de la blanca mahallabia salpicada de alfónsigos partidos, y no pudo ser más fresca para mi corazón; me decidí en seguida por los pollos, y me comí uno, o dos, o tres, o cuatro, pues estaba muy sabiamente hecho el relleno oculto en su cavidad, sazonado con granos ácidos de granada, después de lo cual me dirigí hacia las frutas para endulzarme, y acaricié mi paladar seleccionando ampliamente entre todas ellas.

Acabé la comida gustando una, dos, tres o cuatro cucharadas de granos dulces de granada, y glorifiqué a Alah por sus beneficios.

Puse fin a todo extinguiendo la sed en la vasija barnizada, sin utilizar la copa, que estaba de sobra. ¿Qué pasó durante aquella noche...? Sólo sé que por la mañana, al despertarme los rayos de sol, estaba tendido, no en las alfombras magníficas, sino sobre el mármol desnudo, y tenía sobre el vientre un poco de sal y un puñado de polvo de carbón. Me levanté enseguida, me sacudí, miré a derecha e izquierda, pero no vi rastro de criatura viviente alrededor. Así es que mi perplejidad fue tan grande como mi emoción. Y me enfurecí contra mí mismo, arrepintiéndome de lo débil de mi carne y de mi escasa resistencia contra la fatiga. Y me encaminé tristemente hacia casa, donde encontré a mi pobre Aziza, que se lamentaba humildemente y recitaba llorando estos versos:

¡La brisa danzarina se levanta y viene hacia mí a través de la pradera! ¡Antes de que su caricia se pose en mis cabellos, me lo anuncia su perfume!

¡Oh brisa suave, ven a mí! ¡Las aves cantan! ¡Toda pasión seguirá su destino!

¡Si yo pudiera, ¡oh amor! cogerte en mis brazos, como el amante aprisiona contar su pecho la cabeza de su amada...!

¡Endulza con tu aliento la amargura de esta alma, que se sumerge en el dolor!

Después de partir tú, ¡oh Aziz! ¿Qué alegrías me quedarán en este mundo, y qué gusto le encontraré en adelante a la vida?

¿Quién me dirá si el corazón de mi amado está como mi corazón, abrasado por la llama del amor?

Al verme Aziza se levantó rápidamente, se secó las lágrimas, y me dirigió palabras muy dulces, ayudándome a quitarme la ropa. Y después de olfatearla, me dijo: ‘¡Por Alah! ¡Oh hijo de mi tío! no son éstos los perfumes que deja en la ropa el contacto de una mujer adorada. ¡Cuéntame lo que haya ocurrido!'

Y me apresuré a satisfacerla.

Entonces, muy preocupada, exclamó: ‘¡Por Alah! ¡Oh Aziz! ya no estoy tranquila; temo que esa desconocida te haga pasar grandes disgustos. Sabe que la sal echada en tu piel significa que te encuentra muy soso, por haberte dejado dominar por el sueño. Y el carbón significa que Alah ennegrezca tu cara, porque es mentira tu amor.

Así, ¡oh amado Aziz! esa mujer, en vez de ser amable contigo y despertarte, ha tratado con desprecio a su huésped, haciéndole saber que sólo servía para comer y para dormir. ¡Líbrete Alah del amor de esa mujer sin misericordia y sin corazón!'

Y al oír estas palabras me golpeé el pecho, y exclamé: ‘¡Yo soy el único culpable! porque ¡por Alah! tiene razón esa mujer, pues los verdaderos enamorados no duermen. ¿Y qué podré hacer ahora, ¡oh hija de mi tío!? ¡Dímelo!'

Y como mi pobre prima Aziza me quería de veras, llegó al límite del enternecimiento al verme tan apesadumbrado...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y discretamente, aplazó su relato hasta el otro día.

(1) Entremeses a base de almidón, leche y arroz molido.
(2) La pastelería nacional de Oriente. Especie de hojaldre relleno de alfónsigos y almendras.
(3) Pastelillos redondos, rellenos de nueces, etc."

Continuará: La centésima decimoséptima noche...

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Valram

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lunes, 8 de diciembre de 2008

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima decimoquinta noche

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"Y cuando llegó la 115ª noche

Ella dijo:

Y como si nada hubiese pasado, se volvió hacia mí, sonriendo tranquila, y me dijo con la mayor dulzura: ‘¡Oh hijo de mi tío! estoy en el límite de la desolación por haberte apenado con palabras impertinentes. ¡Perdóname, y cuenta por favor lo que te haya pasado, para que yo vea si puedo poner remedio!'

Entonces le conté el contratiempo que había sufrido y que no sabía nada de la desconocida. Y Aziza dijo: ‘¡Oh Aziz de mis ojos! puedo anunciarte que conseguirás tu objeto, pues esto es una prueba a que te somete la joven para ver la fuerza de tu amor y tu constancia para con ella. ¡Así es que mañana irás a sentarte en el banco, y seguramente encontrarás una solución a gusto de tu deseo!'

Y dicho esto, me trajo mi prima una bandeja con manjares, pero yo la rechacé bruscamente, y la vajilla saltó por el aire y rodó por toda la alfombra. Fue mi modo de expresar que no quería comer ni beber. Mi pobre prima recogió cuidadosa y silenciosamente los cacharros que cubrían el suelo, limpió la alfombra, y volvió a sentarse al pie del diván en que yo estaba echado. Y durante toda la noche me estuvo abanicando, diciéndome palabras cariñosas con dulzura infinita. Y yo pensaba: ‘¡Qué locura es estar enamorado como lo estoy!' Por fin apareció la mañana, me levanté a toda prisa, y me fui a la calleja, debajo de la ventana de la joven.

Y apenas me había sentado en el banco, la ventana se abrió, y apareció ante mis ojos deslumbrados la cabeza deliciosa que era toda mi alma. Y me sonreía con todos sus dientes y con una sonrisa definitivamente sabrosa. Desapareció un momento, y volvió con un saco en la mano, un espejo, una maceta de flores y una linterna. Y primeramente metió el espejo en el saco, ató el saco, y lo tiró todo dentro de la habitación. Después, con un ademán incomparable, se soltó la cabellera, que cayó pesadamente sobre sus hombros, y se cubrió con ella un momento la cara. Enseguida colocó la linterna en el tiesto, en medio de las flores, lo volvió a coger todo y desapareció. La ventana se cerró del todo, y mi corazón voló con la joven. Y mi estado ya no era un estado.

Entonces, sabiendo de sobra lo inútil que era aguardar, me encaminé desolado hacia mi casa, donde encontré a mi pobre prima llorando y con la cabeza toda entrapajada, pues llevaba una venda en la frente para resguardarse la herida y otra alrededor de los ojos, enfermos por tantas lágrimas como había derramado durante mi ausencia y durante aquellos días de amargura. Y tenía la cabeza apoyada en una mano, y murmuraba muy despacio la armonía de estos versos:

Pienso siempre en ti, ¡oh Aziz! ¿A qué morada lejana has huido? Responde, ¡oh Aziz! ¿Dónde has encontrado morada, ¡oh viajero adorado!?

¡Piensa en mí a tu vez! ¡Sabe que, te impulse donde te impulse el Destino, celoso de mi dicha, no podrás encontrar el calor que te guarda este pobre corazón de Aziza!

¡Pero no me escuchas, Aziz, y te alejas! ¡Y he aquí que mis ojos te echan de menos, vertiendo lágrimas inagotables!

¡Apaga tu sed en la limpidez de un agua pura, pero deja que mi dolor beba la sal de estas tristes lágrimas, ocultas en mis órbitas profundas! ¡Llora, corazón mío, la ausencia del muy amado...!

Pienso siempre en ti, ¡oh Aziz! ¿A qué morada lejana has huido? Responde, ¡Oh Asís! ¿Dónde has encontrado morada, ¡oh viajero adorado!?

Terminados estos versos se volvió, y al verme quiso enseguida ocultar sus lágrimas, y vino hacia mí, y se estuvo de pie, sin poder hablar. Por fin dijo: ‘¡Oh primo mío! cuéntame qué ha ocurrido esta vez'. Y le expliqué minuciosamente los misteriosos ademanes de la joven. Y Aziza dijo: ‘¡Regocíjate, ¡oh primo mío! pues verás logrados tus anhelos! Sabe que el espejo metido en el saco representa el sol que desaparece. Esta seña te invita a dirigirte mañana por la noche a su casa. La cabellera negra suelta y tapando la cara significa la noche cubriendo el mundo con sus tinieblas. Esta seña es una confirmación de la anterior. La maceta de flores significa que tienes que entrar en el jardín de la casa, situado detrás de la calleja, y en cuanto a la linterna encima de la maceta, indica claramente que cuando estés en el jardín debes dirigirte hacia donde veas una linterna encendida, y aguardar allí la llegada de tu amante'. Pero yo, en el colmo de la decepción, exclamé: ‘¡Ya me has dado esperanzas demasiadas veces, que luego no se han cumplido! ¡Alah! ¡Alah! ¡Cuán desgraciado soy!'

Y mi prima, más cariñosa que de costumbre, no escaseó las palabras dulces y consoladoras. Pero no se atrevió a moverse ni a darme de comer ni de beber, por temor a mis accesos de impaciencia demasiado expresivos.

Sin embargo, al anochecer del día siguiente me decidí a intentar la aventura, animado por Aziza, que me daba tantas pruebas de su desinterés y del sacrificio absoluto de su persona, mientras que en secreto lloraba todas sus lágrimas.

Me levanté, tomé un baño, y siempre ayudado por Aziza me puse mi traje más hermoso. Pero antes de dejarme salir, Aziza me echó una mirada de desolación, y con voz llorosa me dijo: ‘¡Oh hijo de mi tío! toma este grano de almizcle y perfúmate los labios. Y cuando hayas visto a tu amante, y hayas logrado tu deseo, prométeme que le recitarás los versos que voy a decirte'. Y me echó los brazos al cuello y sollozó un gran rato. Entonces le juré recitarlos. Y Aziza, tranquilizada, me recitó los versos, y me obligó a repetirlos antes de marcharme, aunque yo no comprendía su intención ni su alcance futuro:

¡Oh vosotros los enamorados! Decidme, ¡por Alah! ¿Si el amor habitara siempre en el corazón de su víctima, dónde estaría su redención...?

Después me alejé rápidamente, y llegué al jardín, cuya puerta encontré abierta, y en el fondo había una linterna encendida, hacia la cual me dirigí a través de las sombras.

Y al llegar al sitio en que estaba la luz, me aguardaba una gran sorpresa, pues encontré un maravilloso salón con una cúpula de marfil y de ébano, iluminada por inmensos candelabros de oro y grandes lámparas de cristal colgadas del techo con cadenas doradas. En medio de la sala había una fuente con incrustaciones y dibujos admirables, y la música del agua al caer daba una nota de frescura. Al lado del tazón de la fuente, sobre un grande escabel de nácar, había una bandeja de plata cubierta con un pañuelo de seda, y sobre la alfombra estaba una vasija barnizada, cuyo esbelto cuello sostenía una copa de oro y de cristal.

Entonces, ¡oh mi joven señor! lo primero que hice fue levantar el pañuelo de seda que tapaba la bandeja de plata. ¡Y qué cosas tan deliciosas había allí! ¡Aun las están viendo mis ojos! Efectivamente, había allí...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, e interrumpió su relato hasta el otro día."

Continuará: La centésima decimosexta noche...

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