viernes, 6 de febrero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La centésima octogésima noche

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"Y cuando llegó la 180ª noche

Ella dijo:

Así habló el efrit Dahnasch, hijo del rápido Schamhurasch.

Cuando la joven efrita Maimuna hubo oído esta historia, en vez de contestar, se rió burlonamente, dio un aletazo en el vientre al efrit, y escupiéndole en la cara, le dijo: '¡Qué estúpido estás con tu muchacha meona! ¡Y verdaderamente me pregunto cómo te has atrevido a hablarme de ella, cuando debes saber que no podría soportar por un momento la comparación con el hermoso adolescente a quien amo!'

Y el efrit exclamó, limpiándose la cara: '¡Pero ¡oh mi señora! ignoro en absoluto la existencia de tu joven amigo, y con perdón tuyo, no deseo más que verlo, aunque me cuesta mucho trabajo creer que pueda igualar a la hermosura de mi princesa!'

Entonces Maimuna le gritó: '¿Quieres callar, maldito? ¡Te repito que mi amigo es tan hermoso, que si le vieras, aunque fuese en sueños, te daría un ataque de epilepsia y babearías como un camello!'

Y Dahnasch preguntó: 'Pero ¿donde está y quién puede ser?' Maimuna dijo: '¡Oh bribón! sabe que está en el mismo caso que tu princesa, y le han encerrado en la torre vieja a cuyo pie tengo mi morada subterránea. Pero no te forjes la ilusión de que vas a verle sin mí, pues ya conozco tus torpezas, y no te confiaría ni siquiera la custodia del culo de un santón. ¡No obstante, me avengo a consentir en enseñártelo, para saber tu parecer, advirtiéndote que como tengas la audacia de mentir, hablando contra la realidad de lo que vas a ver, te arranco los ojos y te convierto en el más mísero de los genios! ¡Además, me pagarás una buena apuesta si mi amigo resulta más bello que tu princesa; y para ser justa, me comprometo a pagar yo en el caso contrario!'

Y Dahnasch exclamó: '¡Acepto la condición! ¡Ven, pues, conmigo a ver a El-Sett Budur al país de su padre el rey Ghayur!' Pero Maimuna dijo: '¡Acabaremos más pronto yendo a la torre, que está ahí a nuestros pies, para empezar por juzgar la hermosura de mi amigo, y luego compararemos!'

Entonces Dahnasch respondió: '¡Escucho y obedezco!' Y ambos bajaron en línea recta desde lo alto de los aires hasta la techumbre de la torre, y penetraron por la ventana en el aposento de Kamaralzamán. Entonces Maimuna dijo al efrit Dahnasch: '¡No te muevas! ¡Y sobre todo, sé correcto!' Después se acercó al joven dormido, y levantó la sábana que en aquel momento le cubría. Y se volvió hacia Dahnasch y le dijo: 'Mira, ¡oh maldito! ¡Y ten cuidado con no caerte todo lo largo que eres!'

Y Dahnasch alargó la cabeza, y retrocedió estupefacto; luego estiró de nuevo el cuello, e inspeccionó largo rato la cara y el cuerpo del hermoso joven, al cabo de lo cual movió la cabeza y dijo: '¡Oh mi señora Maimuna! ¡Ya veo que tienes mucha disculpa al pensar que tu amigo es de belleza incomparable, pues en verdad que nunca he visto tantas perfecciones en un cuerpo de adolescente, y eso que sabes que conozco a los más bellos de los hijos de los hombres; pero, ¡oh Maimuna! el molde que le fabricó no se ha roto sin producir antes una muestra femenil, que es precisamente la princesa Budur!'

Al oír estas palabras, Maimuna se lanzó sobre Dahnasch y le dio un aletazo en la cabeza, que le rompió un cuerno, y le gritó: '¡Oh tú, el más vil de los genios! Ve inmediatamente al palacio de Sett Budur, en ese país del rey Ghayur, y trae a la princesa desde allá hasta aquí, pues no quiero molestarme en acompañarte a casa de esa chiquilla; en cuanto la hayas traído, la acostaremos al lado de mi joven amigo, y compararemos con nuestros propios ojos. ¡Y vuelve pronto, Dahnasch, o te despedazo el cuerpo y te echo como pasto a las hienas y a los cuervos!' Entonces el efrit Dahnasch recogió el cuerno del suelo y se marchó con aire lamentable, rascándose el trasero. Después atravesó el espacio como una saeta, y no tardó en volver, pasada una hora, con su carga a cuestas.

Y la princesa, dormida en hombros de Dahnasch, no tenía puesta más que la camisa, y su cuerpo palpitaba en su blancura. Y en las amplias mangas de la camisa estaban bordados estos versos que se entrelazaban agradablemente:

¡Tres cosas le impiden otorgar a los humanos una mirada que diga 'Sí': el temor a lo desconocido, el horror a lo conocido, y su hermosura!

Entonces Maimuna dijo a Dahnasch: '¡Me parece que debiste entretenerte por el camino con esta joven, pues te has retrasado, y a un buen efrit no le hace falta gastar una hora en ir del país de Khaledán a lo último de la China y volver por el camino más derecho! ¡Bueno! ¡Apresúrate a tender a esa muchacha al lado de mi amigo para que hagamos nuestro examen!'

Y el efrit Dahnasch, con infinitas precauciones, colocó suavemente en la cama a la princesa, y le quitó la camisa.

Verdaderamente, la princesa era muy bella y tal como la había descrito el efrit Dahnasch. Y Maimuna pudo observar que el parecido entre los dos jóvenes era tan perfecto, que se los hubiera tomado por dos gemelos, y solamente diferían en el centro; pero tenían la misma cara de luna, la misma cintura delicada y las mismas nalgas redondas y llenas de opulencia; y también pudo darse cuenta de que si la joven carecía en el centro de lo que adornaba al adolescente, lo sustituía ventajosamente con dos breves pechos maravillosos que denotaban su sexo suculento.

Dijo, pues, a Dahnasch: 'Veo que se puede vacilar un momento acerca de la preferencia debido a una u otra de nuestros amigos. ¡Pero hay que ser ciego o insensato como tú, para no reconocer que entre dos jóvenes de igual belleza, siendo uno varón y otra hembra, el varón es superior a la hembra! ¿Qué dices a eso, maldito?' Pero Dahnasch contestó: '¡Por mi parte, sé lo que sé, y veo lo que veo, y el tiempo no me haría creer lo contrario de lo que mis ojos han visto! Pero ¡oh mi señora! ¡Si tuvieras empeño en que mintiese, mentiría para darte gusto!'

Cuando la efrita Maimuna oyó estas palabras, se echó a reír, y comprendiendo que no podría nunca ponerse de acuerdo con el testarudo Dahnasch sólo por medio de un examen, le dijo: '¡Acaso haya un medio de averiguar cuál de nosotros dos tiene razón, y es recurrir a nuestra inspiración! ¡El que diga los mejores versos en loor de su preferido, será quien esté en lo cierto! ¿Estás conforme? ¿O no eres capaz de esa habilidad, propia sólo de los seres delicados?'

Pero el efrit Dahnasch exclamó: '¡Eso es precisamente, señora mía, lo que quería proponerte! Pues mi padre Schamburasch me enseñó las reglas de la construcción poética y el arte de los versos ligeros de ritmo perfecto. Pero sea tuya la prioridad, ¡oh encantadora Maimuna!'

Entonces Maimuna se acercó a Kamaralzamán dormido, e inclinándose hacia sus labios, se los besó suavemente; después le acarició la frente, y con la mano en su cabellera, dijo, mirándole:

¡Oh cuerpo claro, al que las ramas han dado su flexibilidad y los jazmines su fragancia! ¿Qué cuerpo de virgen vale lo que tu olor?

Ojos en que el diamante puso su luz y la noche sus estrellas, ¿qué, ojos de mujer alcanzarán tu fuego?

Beso de tu boca, más dulce que la miel aromática, ¿qué beso femenil lograría tu frescura?

¡Oh! ¡Acariciar tu cabellera y estremecerme con toda mi carne sobre tu carne, y luego ver salir las estrellas en tus ojos!

Cuando el efrit Dahnasch oyó estos versos de Maimuna, se extasió hasta el límite del éxtasis, y después se convulsionó hasta el límite de la convulsión, tanto por rendir homenaje al talento de la efrita como para expresar la emoción que le habían causado ritmos tan afinados; pero no tardó en acercarse a su vez a su amiga Budur, para inclinarse hacia sus pechos desnudos y depositar en ellos una caricia; e inspirado por sus encantos, dijo mirándola:

¡Los arrayanes de Damasco!, ¡Oh joven! ¡Me exaltan el alma cuando sonríen, pero tu belleza...!

¡Las rosas de Bagdad, alimentadas con claror de luna y rocío, me embriagan el alma cuando sonríen; pero tus labios desnudos...!

¡Cuando sonríen tus labios desnudos y tu belleza florida, ¡Oh amada mía! me vuelven loco! ¡Y desaparece todo lo demás!

No bien Maimuna oyó oda tan deliciosa, sorprendióse en gran manera al encontrar...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: Las centésima octogésima primera-segunda (181ª-182ª) noches...

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Valram

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jueves, 5 de febrero de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. Las centésima septuagésima séptima-novena noches (177-179)

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El contenido de esta entrega corresponde a las noches 177ª, 178ª y 179ª.

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Como las noches anteriores (177ª y 178ª) ocupan cada una pocos renglones en el texto árabe, he suprimido las indicaciones de su orden numérico para no interrumpir el relato con demasiada frecuencia. Lo mismo procederé en adelante, siempre que se presente el mismo caso. (N. del T.)
(#)

"Y cuando llegó la 179ª noche

Ella dijo:

'Y así es, poco más o menos, la adolescente princesa Budur, hija del rey Ghayur.

'Pero también he de decirte, ¡oh Maimuna! que el rey Ghayúr amaba en extremo a su hija El-Sett Budur, cuyas perfecciones acabo de enumerarte sencillamente, y la quería con afecto tan vivo, que su placer era ingeniarse para darle cada día una distracción nueva. Pero como pasado cierto tiempo ya se les agotaron toda clase de diversiones, pensó en darle goces diferentes, construyendo para ella palacios maravillosos. Empezó la serie por la edificación de siete, cada cual de estilo distinto y de diversa materia preciosa. Así, mandó construir el primero todo de cristal, el segundo de alabastro diáfano, el tercero de porcelana, el cuarto de mosaicos de pedrería, el quinto de plata, el sexto de oro y el séptimo sólo de perlas y diamantes. Y el rey Ghayur no dejó de mandar que cada palacio se adornase de la manera más adecuada al estilo de su construcción: reunió en ellos todos los atractivos que pudieran hacer su uso todavía más encantador, cuidando, por ejemplo, y sobre todo, de la belleza de sus estanques y jardines. 'Y para distraer a su hija Budur la hizo habitar en estos palacios, pero sólo un año en cada uno, a fin de que no tuviera tiempo de cansarse y el placer sucediera sin fatiga al placer.

'¡Es natural que en medio de tantas cosas bellas, la belleza de la joven se afinara, y llegara por último al estado supremo que hubo de encantarme!

'De tal modo, que no te pasmarás, ¡oh Maimuna! si te digo que todos los reyes vecinos a los Estados del rey Ghayur deseaban ardientemente casarse con la joven de fastuoso trasero. Pero he de apresurarme, no obstante, a tranquilizarte respecto a su virginidad, pues hasta ahora rechazó con horror las proposiciones que su padre le transmitiera, y contentóse con responderle cada vez: '¡Soy mi propia reina y mi única dueña! ¿Cómo he de soportar que un hombre roce un cuerpo que tolera apenas el contacto de la seda?'

'Y el rey Ghayur, que habría preferido la muerte a contrariar a Budur, no encontraba nada que replicar, y se veía forzado a no atender a las peticiones de los reyes vecinos suyos y de los príncipes que con tal fin iban a su reino desde los países más remotos. Y un día que un rey joven, más bello y poderoso que los demás, se presentó después de haber enviado muchos regalos preparatorios, el rey Ghayur habló de él a Budur, que, indignada esta vez, estalló en reconvenciones, y exclamó: '¡Ya veo que no me queda más que un medio de acabar con este tormento continuo! ¡Voy a coger ese alfanje que veo ahí, y clavármelo de punta en el corazón para que me salga por la espalda! ¡Por Alah! ¡No tengo otro recurso!' Y como se disponía de veras a emplear tal violencia consigo misma, el rey Ghayur se asustó de tal modo, que sacó la lengua, y sacudió la mano, y puso los ojos en blanco; y después se apresuró a confiar a Budur a diez viejas muy listas y llenas de experiencia, una de las cuales fue la propia nodriza de Budur. Y desde entonces las diez viejas no la dejan un momento y vigilan sucesivamente a la puerta de su habitación'.

Y he aquí, ¡oh mi señora Maimuna! el estado actual de las cosas. Y yo no ceso, ciertamente, de ir todas las noches a contemplar la belleza de la princesa y a ensancharme los sentidos viendo sus esplendores. Y puedes creer que no me faltan tentaciones de cabalgarla y deleitarme con su trasero; pero pienso que sería una lástima atentar, a disgusto de la propietaria, contra una suntuosidad tan bien guardada. Sin embargo, ¡oh Maimuna! disfruto algo de ella durante su sueño; la beso, por ejemplo, entre los dos ojos, suavemente, aunque me dan ganas muy grandes de hacerlo con fuerza; pero desconfío de mí mismo, sabiendo que no podré contentarme si empiezo, y prefiero abstenerme del todo por temor de estropear a la joven.

'Te conjuro, pues, ¡oh Maimuna! a que vengas conmigo a ver a mi amiga Budur, cuya belleza te encantará, sin duda alguna, y cuyas perfecciones te garantizo que han de entusiasmarte. ¡Vamos, ¡oh Maimuna! al país del rey Ghayur para admirar a El-Sett Budur!'

Así habló el efrit Dahnasch, hijo del rápido Schamhurasch.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y como era discreta, se calló."

Continuará: La centésima octogésima noche...

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