lunes, 25 de mayo de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La ducentésima nonagésima noche

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"Y cuando llegó la 290ª noche

Ella dijo:

...y el califa le ordenó que despojase de su ropa a Abu-Nowas y le pusiese una albarda a la espalda, atándole un ronzal y hundiéndole una espuela en las posaderas, y de tal guisa que le llevase por todos los pabellones de favoritas y demás esclavos, para que sirviese de irrisión a los habitantes todos de palacio, conduciéndole luego a la puerta de la ciudad, y ante el pueblo de Bagdad en masa le cortase la cabeza, sirviéndosela en una bandeja. Y contestó Massrur: '¡Escucho y obedezco!' Y al momento se dispuso a ejecutar las órdenes del califa.

Arrastró a Abu-Nowas, que juzgaba completamente inútil intentar eludir el furor del califa, y después de ponerle como queda dicho, comenzó a pasearle lentamente por delante de los diversos pabellones, cuyo número era igual al de los días del año.

Y hete aquí que Abu-Nowas, cuya reputación de chistoso era universal en palacio, no dejó de atraerse la simpatía de todas las mujeres, las cuales, para hacer más ostensible su piedad, empezaron a cubrirle de oro y joyas, y acabaron por agruparse y seguirle prodigándole palabras de consuelo; y entonces, el visir Giafar Al-Barmaki, que pasaba por frente al grupo para personarse en palacio, reclamado por un asunto urgente, al ver al poeta llorando y lamentándose, se acercó a él y le dijo: '¿Pero eres tú, Abu-Nowas? ¿Qué crimen cometiste para ser castigado de tal modo?'

El otro respondió: '¡Por Alah, no cometí ni la sombra de un crimen! ¡No hice otra cosa que recitar algunos de mis más hermosos versos ante el califa, quien me ha regalado en agradecimiento sus mejores trajes!'

Como en aquel mismo instante se encontraba muy cerca de ellos el califa, oculto tras los tapices de un pabellón, no pudo por menos de echarse a reír al escuchar la respuesta de Abu-Nowas. Le perdonó, regalándole un ropón de honor y una fuerte suma de dinero, y continuó, como antes, haciendo de él su compañero inseparable en los momentos de mal humor.

Cuando Schehrazada acabó de contar esta aventura del poeta Abu-Nowas, la pequeña Doniazada, presa de un ataque de risa que en vano pretendía sofocar contra la alfombra en que se hallaba sentada, corrió a su hermana, y le dijo: '¡Por Alah, hermana Schehrazada, cuán divertida fue la historia, y qué gracioso debía estar Abu-Nowas vestido de borrico! ¡Si nos contases alguna otra aventura de ese individuo serías muy amable!'

Pero exclamó el rey Schahriar: '¡Me resulta muy antipático el tal Abu-Nowas, y si no deseas que te corten inmediatamente la cabeza, no tienes más que continuar con el relato de sus aventuras! En otro caso, puedes contarme alguna historia de viajes para amenizarme el resto de la noche; porque me he aficionado a todo lo referente a viajes instructivos desde el día en que emprendí una excursión a lejanos países con mi hermano Schahzamán, rey de Samarcanda Al-Ajam, después de lo ocurrido con mi maldita mujer, a la que hice cortar la cabeza. Así, pues, si conoces un cuento verdaderamente delicioso para quien lo escuche, no dejes de contarlo desde luego, ya que esta noche es más tenaz que nunca mi insomnio'.

Al oír del rey Schahriar tales palabras, se apresuró a decir la discreta Schehrazada: 'Justamente, las más asombrosas y gratas entre todas las que conozco son las historias de viajes. En seguida vas a juzgar, ¡oh rey afortunado! porque, en verdad, no hay en los libros historia comparable a la del viajero llamado SINDBAD EL MARINO. (Sindbad, vocablo consagrado por el uso en Francia, en lugar de Sindabad, pronunciación árabe.)

¡Y con esta historia es precisamente con la que te voy a entretener, ¡oh rey afortunado! desde el momento en que tienes a bien el permitírmelo!'

Historia de Sindbad 'El Marino' (1)

Y acto seguido comenzó a narrar Schehrazada:

He llegado a saber que, en tiempo del califa Harún Al-Raschid, vivía en la ciudad de Bagdad un hombre llamado Sindbad el Cargador. Era de condición pobre, y para ganarse la vida acostumbraba transportar bultos en su cabeza. Un día entre los días hubo de llevar cierta carga muy pesada; y aquel día precisamente sentíase un calor tan excesivo, que sudaba el cargador, abrumado por el peso que llevaba encima. Intolerable se había hecho ya la temperatura, cuando el cargador pasó por delante de la puerta de una casa que debía pertenecer a algún mercader rico, a juzgar por el suelo bien barrido y regado alrededor con agua de rosas. Soplaba allí una brisa gratísima, y cerca de la puerta aparecía un ancho banco para sentarse. Al verlo, el cargador Sindbad soltó su carga sobre el banco en cuestión, con objeto de descansar y respirar aquel aire agradable, sintiendo a poco que desde la puerta llegaba a él un aura pura y mezclada con delicioso aroma; y tanto le deleitó, que fue a sentarse en un extremo del banco. Entonces advirtió un concierto de laúdes e instrumentos diversos, acompañados por magníficas voces que cantaban canciones en un lenguaje escogido; y advirtió también píos de aves canoras que glorificaban de modo encantador a Alah el Altísimo; distinguió, entre otros, acentos de tórtolas, de ruiseñores, de mirlos, de bulbuls, de palomas de collar y de perdices domésticas. Maravillóse mucho, e impulsado por el placer enorme que todo aquello le causaba, asomó la cabeza por la rendija abierta de la puerta y vio en el fondo un jardín inmenso, donde se apiñaban servidores jóvenes, y esclavos, y criados, y gente de todas calidades, y había allí cosas que no se encontraría más que en alcázares de reyes y sultanes.

Tras esto llegó hasta él una tufarada de manjares realmente admirables y deliciosos, a la cual se mezclaba todo género de fragancias exquisitas procedentes de diversas vituallas y bebidas de buena calidad. Entonces no pudo por menos de suspirar, y alzó al cielo los ojos y exclamó:

'¡Gloria a Ti, Señor Creador!, ¡oh Donador! ¡Sin calcular, repartes cuantos dones te placen!, ¡oh Dios mío! ¡Pero no creas que clamo a ti para pedirte cuentas de tus actos o para preguntarte acerca de tu justicia y de tu voluntad, porque a la criatura le está vedado interrogar a su dueño omnipotente! Me limito a observar. ¡Gloria a ti! ¡Enriqueces o empobreces, elevas o humillas, conforme a tus deseos, y siempre obras con lógica, aunque a veces no podamos comprenderla! ¡He ahí al amo de esta casa! ¡Es dichoso hasta los límites extremos de la felicidad! ¡Disfruta las delicias de esos aromas encantadores, de esas fragancias agradables, de esos manjares sabrosos, de esas bebidas superiormente deliciosas! ¡Vive feliz, tranquilo y contentísimo, mientras otros, como yo, por ejemplo, nos hallamos en el último confín de la fatiga y la miseria!'

Luego apoyó el cargador su mano en la mejilla, y a toda voz cantó los siguientes versos que iba improvisando:

¡Suele ocurrir que un desgraciado sin albergue se despierte de pronto a la sombra de un palacio creado por su destino! ¡Pero ay, yo cada mañana me despierto más miserable que la víspera!

¡Por instantes aumenta mi infortunio, como la carga que a mi espalda pesa fatigosa, en tanto que otros viven dichosos y contentos en el seno de los bienes que la suerte les prodiga!

¿Cargó nunca el Destino la espalda de un hombre con carga parecida a la aguantada por mi espalda...? ¡Sin embargo, no dejan de ser mis semejantes otros que están ahítos de honores y reposo!

¡Y aunque no dejan de ser mis semejantes, entre ellos y yo, puso la suerte alguna diferencia, pareciéndome yo a ellos como el vinagre amargo y rancio se parece al vino!

¡Pero no pienses que te acuso en lo más mínimo, oh mi Señor, porque nunca haya gozado yo de tu largueza! ¡Eres grande, magnánimo y justo, y bien sé que juzgas con sabiduría!

Al concluir de cantar tales versos, Sindbad el Cargador se levantó y quiso poner de nuevo la carga en su cabeza, continuando su camino, cuando se destacó en la puerta del palacio y avanzó hacia él un esclavito de semblante gentil, de formas delicadas y vestiduras muy hermosas, que, cogiéndole de la mano, le dijo:

'Entra a hablar con mi amo, que desea verte'.

Muy intimidado, el cargador intentó encontrar cualquier excusa que le dispensase de seguir al joven esclavo, mas en vano. Dejó, pues, su cargamento en el vestíbulo, y penetró con el niño en el interior de la morada.

Vio una casa espléndida, llena de personas graves y respetuosas, y en el centro de la cual se abría una gran sala, donde le introdujeron. Se encontró allí ante una asamblea numerosa compuesta de personajes que parecían honorables, y debían ser convidados de importancia. También encontró allí flores de toda especie, perfumes de todas clases, confituras secas de todas calidades, golosinas, pastas de almendras, frutas maravillosas y una cantidad prodigiosa de bandejas cargadas con corderos asados y manjares suntuosos, y más bandejas cargadas con bebidas extraídas del zumo de las uvas. Encontró asimismo instrumentos armónicos que sostenían en sus rodillas unas esclavas muy hermosas, sentadas ordenadamente en el sitio asignado a cada una.

En medio de la sala, entre los demás convidados, vislumbró el cargador a un hombre de rostro imponente y digno, cuya barba blanqueaba a causa de los años, cuyas facciones eran correctas y agradables a la vista, y cuya fisonomía toda denotaba gravedad, bondad, nobleza y grandeza.

Al mirar todo aquello, el cargador Sindbad...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

(1) El traductor introduce en este volumen y en los siguientes alguna modificación, justificada por ciertas divergencias entre los textos árabes, respecto al orden que propúsose en un principio que se sucedieran los cuentos. Por lo tanto se ha puesto aquí la HISTORIA DE SINDBAD, aunque primitivamente no debía aparecer hasta más adelante.-J. C. M.-

Continuará: La ducentésima nonagésima primera noche...

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Valram

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domingo, 24 de mayo de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La ducentésima octogésima novena noche

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"Pero cuando llegó la 289ª noche

Ella dijo:

...¡es negro sobre negro y negro sobre negro!'

Cuando el enviado del cafila vio al joven y escuchó estos versos, disculpó de todo corazón a Abu-Nowas, y volvió al instante a palacio, donde puso al califa en autos acerca de la aventura acaecida a Abu-Nowas, y le explicó que el poeta habíase constituido en rehén en la taberna por no poder pagar la suma prometida al hermoso mancebo. Entonces, el califa, divertido a la vez que irritado, entregó al eunuco la suma necesaria para el rescate del rehén, y le ordenó que fuese a sacarle de allí en seguida, para llevarle, de grado o por fuerza, a su presencia.

Se apresuró el eunuco a ejecutar la orden, y no tardó en volver sosteniendo con dificultad al poeta, que se tambaleaba por haber bebido demasiado. Y el califa le apostrofó con una voz que trató de hacer furiosa; luego, al ver que Abu-Nowas se echaba a reír, se acercó a él, le cogió de la mano, y en su compañía se encaminó hacia el pabellón donde se encontraba la esclava.

Cuando Abu-Nowas vio sentada en la cama y vestida toda de raso azul, y con el rostro cubierto por un ligero velo de seda azul, a aquella joven de grandes ojos negros que le sonreían en la faz, le pasó la embriaguez, pero en cambio sintióse inflamado de entusiasmo, y de pronto improvisó esta estrofa en honor suyo:

¡Di a la bella del velo azul que le suplico se compadezca de alguien que arde en deseo de su hermosura!

Dile: '¡Te conjuro por la blancura de tu linda tez, que no igualan ni la tierna rosa ni el jazmín, te conjuro por tu sonrisa, que hace palidecer las perlas y los rubíes a que me dirijas una mirada en la cual no pueda yo leer la huella de las calumnias que acerca de mí inventaron quienes me envidian!'

Cuando hubo concluido su improvisación Abu-Nowas, la esclava presentó una bandeja con bebidas al califa, quien, para divertirse, invitó al poeta a que se bebiese él solo todo el vino de la copa. Abu-Nowas accedió a ello gustoso, y no tardó en sentir de nuevo en su corazón los efectos del licor enervante. En aquel momento se le ocurrió al califa levantarse de súbito, a fin de asustar a Abu-Nowas, y espada en mano precipitóse sobre él como para cortarle la cabeza.

Al ver aquello, Abu-Nowas, aterrado, echó a correr por la sala dando grandes gritos; y el califa le perseguía por todos los rincones, pinchándole con la punta de la espada. Por último le dijo: '¡Ahora vuelve a tu sitio a beber otro trago todavía!' Y al mismo tiempo hizo una seña a la joven para que escondiese la copa, lo cual cumplió inmediatamente ella ocultándola con su vestido. Pero, a pesar de su embriaguez, lo advirtió Abu-Nowas, e improvisó esta estrofa:

¡Cuán extraña aventura es mi aventura! ¡Una cándida joven se transforma en ladrona y me arrebata la copa para esconderla bajo su traje, en cierto sitio donde querría verme escondido yo! ¡Se trata de un lugar que no nombro por respeto al califa!

Al oír estos versos, se echó a reír el califa, y dijo a Abu-Nowas en broma: '¡Por Alah! Desde ahora quiero designarte para un alto empleo. ¡En lo sucesivo serás titulado jefe de los alcahuetes de Bagdad!' chanceándose, respondió al instante Abu-Nowas: '¡En ese caso, ¡oh Comendador de los Creyentes! me pongo a tus órdenes, rogándote me digas en seguida si necesitas de mis alcahueterías!'

A estas palabras, montó el califa en una cólera terrible, y gritó al eunuco que llamase inmediatamente a Massrur el portaalfanje, ejecutor de su justicia. Y algunos instantes después llegó Massrur, y el califa le ordenó que despojase de su ropa a Abu-Nowas...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La ducentésima nonagésima noche...

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