miércoles, 3 de junio de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La ducentésima nonagésima novena noche

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"Pero cuando llegó la 299ª noche

Ella dijo:

...advertimos que era un palacio de mucha altura, cuadrado, rodeado por sólidas murallas y que tenía una gran puerta de ébano de dos hojas. Como esta puerta estaba abierta y ningún portero la guardaba, la franqueamos y penetramos enseguida en una inmensa sala tan grande como un patio. Tenía por todo mobiliario, la tal sala, enormes utensilios de cocina y asadores de una longitud desmesurada; el suelo por toda alfombra, montones de huesos, ya calcinados unos, otros sin quemar aún. Dentro reinaba un olor que perturbó en extremo nuestro olfato. Pero como estábamos extenuados de fatiga y de miedo, nos dejamos caer cuan largos éramos y nos dormimos profundamente.

Ya se había puesto el sol, cuando nos sobresaltó un ruido estruendoso, despertándonos de repente; y vimos descender ante nosotros desde el techo a un ser negro con rostro humano, tan alto como una palmera, y cuyo aspecto era más horrible que el de todos los monos reunidos. Tenía los ojos rojos como dos tizones inflamados, los dientes largos y salientes como los colmillos de un cerdo, una boca enorme, tan grande como el brocal de un pozo, labios que le colgaban sobre el pecho, orejas movibles como las del elefante y que le cubrían los hombros, y uñas ganchudas cual las garras del león.

A su vista, nos llenamos de terror, y después nos quedamos rígidos como muertos. Pero él fue a sentarse en un banco alto adosado a la pared, y desde allí comenzó a examinarnos en silencio y con toda atención uno a uno. Tras de lo cual se adelantó hacia nosotros, fue derecho a mí, prefiriéndome a los demás mercaderes, tendió la mano y me cogió de la nuca, cual podía cogerse un lío de trapos. Me dio vueltas y vueltas en todas direcciones, palpándome como palparía un carnicero cualquier cabeza de carnero. Pero sin duda no debió encontrarme de su gusto, liquidado por el terror como yo estaba y con la grasa de mi piel disuelta por las fatigas del viaje y la pena. Entonces me dejó, echándome a rodar por el suelo, y se apoderó de mi vecino más próximo y lo manoseó, como me había manoseado a mí, para rechazarle y luego apoderarse del siguiente. De este modo fue cogiendo uno tras de otro a todos los mercaderes, y le tocó ser el último en el turno al capitán del navío.

Aconteció que el capitán era un hombre gordo y lleno de carne, y naturalmente, era el más robusto y sólido de todos los hombres del navío. Así es que el espantoso gigante no dudó en fijarse en él al elegir; le cogió entre sus manos cual un carnicero cogería un cordero, le derribó en tierra le puso un pie en el cuello y le desnucó con un solo golpe. Empuñó entonces uno de los inmensos asadores en cuestión y se lo introdujo por la boca, haciéndolo salir por el ano. Entonces encendió mucha leña en el hogar que había en la sala, puso entre las llamas al capitán ensartado, y comenzó a darle vueltas lentamente hasta que estuvo en sazón. Le retiró del fuego entonces y empezó a trincharle en pedazos, como si se tratara de un pollo, sirviéndose para el caso de sus uñas. Hecho aquello, le devoró en un abrir y cerrar de ojos. Tras de lo cual chupó los huesos, vaciándolos de la medula, y los arrojó en medio del montón que se alzaba en la sala.

Concluida esta comida, el espantoso gigante fue a tenderse en el banco para digerir, y no tardó en dormirse, roncando exactamente igual que un búfalo a quien se degollara o como un asno a quien se incitara a rebuznar. Y así permaneció dormido hasta por la mañana. Le vimos entonces levantarse y alejarse como había llegado, mientras permanecíamos inmóviles de espanto.

Cuando tuvimos la certeza de que había desaparecido, salimos del silencio que guardamos toda la noche, y nos comunicamos mutuamente nuestras reflexiones y empezamos a sollozar y gemir pensando en la suerte que nos esperaba. .

Y con tristeza nos decíamos: 'Mejor hubiera sido perecer en el mar ahogados o comidos por los monos que ser asados en las brasas. ¡Por Alah, que se trata de una muerte detestable! Pero ¿qué hacer? ¡Ha de ocurrir lo que Alah disponga! ¡No hay recurso más que en Alah el Todopoderoso!'

Abandonamos entonces aquella casa y vagamos por toda la isla en busca de algún escondrijo donde resguardarnos; pero fue en vano, porque la isla era llana y no había en ella cavernas ni nada que nos permitiese sustraernos a la persecución. Así es que, como caía la tarde, nos pareció más prudente volver al palacio.

Pero apenas llegamos, hizo su aparición en medio del ruido atronador el horrible hombre negro, y después del palpamiento y el manoseo, se apoderó de uno de mis compañeros mercaderes, ensartándole enseguida, asándole y haciéndole pasar a su vientre, para tenderse luego en el banco y roncar hasta la mañana como un bruto degollado. Despertóse entonces y se desperezó, gruñendo ferozmente, y se marchó sin ocuparse de nosotros y cual si no nos viera.

Cuando partió, como habíamos tenido tiempo de reflexionar sobre nuestra triste situación, exclamamos todos a la vez: 'Vamos a tirarnos al mar para morir ahogados, mejor que perecer asados y devorados. ¡Porque debe ser una muerte terrible!'

Al ir a ejecutar este proyecto, se levantó uno de nosotros y dijo: '¡Escuchadme, compañeros! ¡No creéis que vale quizás más matar al hombre negro antes de que nos extermine?' Entonces levanté a mi vez yo el dedo y dije: '¡Escuchadme, compañeros! ¡Caso de que verdaderamente hayáis resuelto matar al hombre negro, sería preciso antes comenzar por utilizar los trozos de madera de que está cubierta la playa, con objeto de construirnos una balsa en la cual podamos huir de esta isla maldita después de librar a la Creación de tan bárbaro comedor de musulmanes! ¡Bordeamos entonces en cualquier isla donde esperaremos la clemencia del Destino, que nos enviará algún navío para regresar a nuestro país! De todos modos, aunque naufrague la balsa y nos ahoguemos, habremos evitado que nos asen y no habremos cometido la mala acción de matarnos voluntariamente. ¡Nuestra muerte será un martirio que se tendrá en cuenta el día de la Retribución!...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente."

Continuará: La tricentésima noche...

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Valram

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martes, 2 de junio de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La ducentésima nonagésima octava noche

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"Pero cuando llegó la 298ª noche

Ella dijo:

'¡Pero mañana, ¡oh mis amigos! os contaré las peripecias de mi tercer viaje, el cual, sin duda, es mucho más interesante y estupefaciente que los dos primeros!'

Luego calló Sindbad. Entonces los esclavos sirvieron de comer y de beber a todos los invitados, que se hallaban prodigiosamente asombrados de cuanto acababan de oír. Después Sindbad el Marino hizo que dieran cien monedas de oro a Sindbad el Cargador, que las admitió, dando muchas gracias, y se marchó invocando sobre la cabeza de su huésped las bendiciones de Alah, y llegó a su casa maravillándose de cuanto acababa de ver y de escuchar.

Por la mañana se levantó el cargador Sindbad, hizo la plegaria matinal y volvió a casa del rico Sindbad, como le indicó éste. Y fui recibido cordialmente y tratado con muchos miramientos, e invitado a tomar parte en el festín del día y en los placeres, que duraron toda la jornada. Tras de lo cual, en medio de sus convidados, atentos y graves, Sindbad el Marino empezó su relato de la manera siguiente:

La tercera historia de las historias de Sindbad el Marino, que trata del tercer viaje

Sabed, ¡oh mis amigos! -¡pero Alah sabe las cosas mejor que la criatura!- que con la deliciosa vida de que yo disfrutaba desde el regreso de mi segundo viaje, acabé por perder completamente, entre las riquezas y el descanso, el recuerdo de los sinsabores sufridos y de los peligros que corrí, aburriéndome a la postre de la inacción monótona de mi existencia en Bagdad. Así es que mi alma deseó con ardor la mudanza y el espectáculo de las cosas de viaje. Y la misma afición al comercio, con su ganancia y su provecho, me tentó otra vez.

En el fondo, siempre la ambición es causa de nuestras desdichas. En breve debía yo comprobarlo del modo más espantoso.

Puse en ejecución inmediatamente mi proyecto, y después de proveerme de ricas mercancías del país, partí de Bagdad para Bassra.

Allí me esperaba un gran navío lleno ya de pasajeros y mercaderes, todos gente de bien, honrada, con buen corazón, hombres de conciencia y capaces de servirle a uno, por lo que se podría vivir con ellos en buenas relaciones. Así es que no dudé en embarcarme en su compañía dentro de aquel navío; y no bien me encontré a bordo, nos hicimos a la vela con la bendición de Alah para nosotros y para nuestra travesía.

Bajo felices auspicios comenzó, en efecto, nuestra navegación. En todos los, lugares que abordábamos hacíamos negocios excelentes, a la vez que nos paseábamos e instruíamos con todas las cosas nuevas que veíamos sin cesar.

Y nada, verdaderamente, faltaba a nuestra dicha, y nos hallábamos en el límite del desahogo y la opulencia.

Un día entre los días, estábamos en alta mar, muy lejos de los países musulmanes, cuando de pronto vimos que el capitán del navío se golpeaba con fuerza el rostro, se mesaba los pelos de la barba, desgarraba sus vestiduras y tiraba al suelo su turbante, después de examinar durante largo tiempo el horizonte.

Luego empezó a lamentarse, a gemir y a lanzar gritos de desesperación.

Al verlo, rodeamos todos al capitán, y le dijimos: '¿Qué pasa, ¡oh capitán!?' Contestó: 'Sabed, ¡oh pasajeros de paz! que estamos a merced del viento contrario, y habiéndonos desviado de nuestra ruta, nos hemos lanzado a este mar siniestro. Y para colmar nuestra mala suerte, el Destino hace que toquemos en esa isla que veis delante de vosotros, y de la cual jamás pudo salir con vida nadie que arribara a ella. ¡Esa isla es la Isla de los Monos! ¡Me da el corazón que estamos perdidos sin remedio!'

Todavía no había acabado de explicarse el capitán, cuando vimos que rodeaba al navío una multitud de seres velludos cual monos, y más innumerable que una nube de langostas, en tanto que desde la playa de la isla otros monos, en cantidad incalculable, lanzaban chillidos que nos helaron de estupor. Y no osamos maltratar, atacar, ni siquiera espantar a ninguno de ellos, por miedo a que se abalanzasen todos sobre nosotros y nos matasen hasta el último, vista su superioridad numérica; porque no cabe duda de que la certidumbre de esta superioridad numérica aumenta el valor de quienes la poseen. No quisimos, pues, hacer ningún movimiento, aunque por todos lados nos invadían aquellos monos, que empezaban a apoderarse ya de cuanto nos pertenecía.

Eran muy feos. Eran; incluso, más feos que las cosas más feas que he visto hasta este día de mi vida. ¡Eran peludos y velludos, con ojos amarillos en sus caras negras; tenían poquísima estatura, apenas cuatro palmos, y sus muecas y sus gritos resultaban más horribles que cuanto a tal respecto pudiera imaginarse!

Por lo que afecta a su lenguaje, en vano nos hablaban y nos insultaban chocando las mandíbulas, ya que no lográbamos comprenderles, a pesar de la atención que a tal fin poníamos. No tardamos, por desgracia, en verles ejecutar el más funesto de los proyectos. Treparon por los palos, desplegaron las velas, cortaron con los dientes todas las amarras y acabaron por apoderarse del timón. Entonces, impulsado por el viento, marchó el navío contra la costa, donde encalló. Y los monos apoderáronse de todos nosotros, nos hicieron desembarcar sucesivamente, nos dejaron en la playa, y sin ocuparse más de nosotros para nada embarcaron de nuevo en el navío, al cual consiguieron poner a flote, y desaparecieron todos en él a lo lejos del mar.

Entonces, en el límite de la perplejidad, juzgamos inútil permanecer de tal modo en la playa contemplando el mar, y avanzamos por la isla, donde al fin descubrimos algunos árboles frutales y agua corriente, lo que nos permitió reponer un tanto nuestras fuerzas a fin de retardar lo más posible una muerte que todos creíamos segura.

Mientras seguíamos en aquel estado, nos pareció ver entre los árboles un edificio muy grande que se diría abandonado. Sentimos la tentación de acercarnos a él, y cuando llegamos a alcanzarle, advertimos que era un palacio...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana; y se calló discretamente"

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