domingo, 9 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima sexagésima sexta noche

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Pero cuando llegó la 366ª noche

Ella dijo:

...la joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no conocía.

Entonces, después de haberme puesto el ropón de seda consabido, los esclavos me llevaron a la estancia donde me esperaba la joven, que debía ser virgen, según afirmación del viejo judío. Y me encontré, en efecto, con una joven muy bella, en cuya compañía me dejaron solo para pasar la noche. Y al punto me acosté con ella y la encontré perfecta en verdad.

Tres días y tres noches pasé con ella, comiendo y bebiendo y haciendo lo que tenía que hacer, y a la mañana del cuarto día el anciano hizo que me llamaran, y me dijo: ‘¿Estás ahora dispuesto a ejecutar el trabajo que te he pagado y que de antemano aceptaste?’

Declaré que estaba dispuesto a prestarme a aquel trabajo, sin saber de qué se trataba.

Entonces el viejo judío ordenó a sus esclavos que enjaezaran y llevaran dos mulas; y los esclavos llevaron dos mulas enjaezadas. Montó en una él y yo en otra, y me dijo que le siguiera. Íbamos a buen paso, y de tal suerte caminamos hasta mediodía, hora en la que llegamos al pie de una alta montaña cortada a pico, y en cuyas laderas no se veía ningún sendero por donde pudiese aventurarse un hombre o una cabalgadura cualquiera. Echamos pie a tierra, y el viejo judío me tendió un cuchillo, diciéndome: ‘¡Clávalo en el vientre de tu mula! ¡Ha llegado el momento de empezar a trabajar!’ Yo obedecí y clavé el cuchillo en el vientre de la mula, que no tardó en sucumbir; luego, por orden del judío, desollé al animal y limpié la piel. Entonces mi interlocutor me dijo: ‘Tienes que echarte ahora encima de esa piel, para que yo la cosa contigo dentro como si estuvieras en un saco’. Y obedecí asimismo, y me eché encima de la piel, la cual cosió el anciano cuidadosamente conmigo dentro; luego me dijo: ‘¡Escucha bien mis palabras! De un instante a otro se arrojará sobre ti un pájaro enorme y te cogerá para llevarte a su nido, que está situado en la cima de esta montaña escarpada. Ten mucho cuidado de no moverte cuando te sientas transportado por los aires, porque te soltaría el pájaro y te estrellarías al caer al suelo; pero cuando te haya dejado en la montaña, corta la piel con el cuchillo que te di y sal del saco. El pájaro se asustará y no te hará nada. Entonces has de recoger las piedras preciosas de que está cubierta la cima de esta montaña y me las arrojas. Hecho lo cual, bajarás a reunirte conmigo’.

Y he aquí que apenas había acabado de hablar el viejo judío, me sentí transportado por los aires, y al cabo de algunos instantes me dejaron en el suelo. Entonces corté con mi cuchillo el saco y asomé por la abertura mi cabeza. Aquello asustó al pájaro monstruoso, que huyó volando a toda prisa. Yo me puse entonces a recoger rubíes, esmeraldas y demás piedras preciosas que cubrían el suelo, y se las arrojé al viejo judío. Pero cuando quise bajar advertí que no había ni un sendero donde poner el pie, y vi que el viejo judío montaba en su mula después de recoger las piedras, y se alejaba rápidamente hasta desaparecer de mi vista.

Entonces, en el límite de la desesperación, lloré mi destino y pensando hacia qué lado me convendría más encaminarme, eché a andar todo derecho delante de mí y a la ventura, errando de tal suerte dos meses hasta llegar al final de la cadena de montañas, a la entrada de un valle magnífico, en el que los arroyos, los árboles y las flores glorificaban al Creador entre gorjeos de pájaros.

Allí vi un inmenso palacio que se elevaba a gran altura por los aires y hacia el cual me encaminé. Llegué a la puerta, donde hallé sentado en el banco del zaguán a un anciano cuyo rostro brillaba de luz. Tenía en la mano un cetro de rubíes y llevaba en la cabeza una corona de diamantes. Le saludé y me devolvió el saludo con amabilidad, y me dijo: ‘¡Siéntate junto a mí, hijo mío!’ Y cuando me senté, me preguntó: ‘¿De dónde vienes a esta tierra que nunca holló la planta de un adamita?’ ¿Y adónde te propones ir?’

Por toda respuesta estallé en sollozos, y se diría que me iba a ahogar el llanto. Entonces me dijo el anciano: ‘Cesa de llorar así, hijo mío, porque me encoges el corazón. Ten valor y empieza por reanimarte comiendo y bebiendo’. Y me introdujo en una vasta sala, dándome de comer y de beber. Y cuando me vio en mejor estado de ánimo, me rogó que le contase mi historia, y satisfice su deseo, y a mi vez le rogué que me dijese quién era y a quién pertenecía aquel palacio. Me contestó: ‘Sabe, hijo mío, que este palacio fue construido antaño por nuestro señor Soleimán, de quien soy representante para gobernar a las aves. Cada año vienen aquí a rendirme pleitesía todas las aves de la tierra. Si deseas regresar a tu país, te recomendaré a ellas la primera vez que vengan a recibir órdenes mías, y te transportarán a tu país. En tanto, para matar el tiempo hasta que lleguen, puedes circular por todo este inmenso palacio, y puedes entrar en todas las salas, con excepción de una sola, la que se abre con la llave de oro que ves entre todas estas llaves que te doy’.

Y el anciano gobernador de las aves me entregó las llaves y me dejó en completa libertad.

Empecé por visitar las salas que daban al patio principal del palacio; luego penetré en las otras estancias, que estaban todas arregladas para que sirvieran de jaulas a las aves, y de tal suerte llegué ante la puerta que se abría con la llave de oro...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”

Continuará: La tricentésima sexagésima séptima noche

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Valram

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sábado, 8 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima sexagésima quinta noche

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Pero cuando llegó la 365ª noche

Ella dijo:

...el camino de la izquierda, que debía conducirnos a la Ciudad de los Judíos, pasando por el Valle de las Hormigas. Pero aún no llevábamos una jornada de marcha, cuando sentimos temblar el suelo bajo nuestros pies, y al punto vimos aparecer detrás de nosotros a mis súbditos los monos, que llegaban a toda velocidad con el gran visir a la cabeza. Cuando nos dieron alcance, nos rodearon por todos lados, lanzando aullidos de alegría por habernos encontrado, y el gran visir se hizo intérprete de todos pronunciando una arenga para cumplimentarnos por haber salido con bien.

Aquel encuentro nos contrarió mucho, aunque tuvimos cuidado de ocultarlo e íbamos a emprender de nuevo con mis súbditos el camino de palacio, cuando del valle que en aquel momento atravesábamos vimos salir un ejército de hormigas, cada una de las cuales tenía la corpulencia de un perro. Y en un abrir y cerrar de ojos comenzó una pelea espantable entre mis súbditos y, las hormigas monstruosas, cogiendo con sus patas a los monos y partiéndolos en dos de un golpe, y abalanzándose de diez en diez los monos contra cada hormiga para poder matarla.

En cuanto a nosotros, quisimos aprovecharnos del combate para huir a lomos de nuestros perros; pero desgraciadamente fui yo el único que pude escaparme, porque las hormigas advirtieron a mis tres mamalik y se apoderaron de ellos, partiéndolos en dos con sus garras formidables. Y me salvé, deplorando la pérdida de mis últimos compañeros, y llegué a un río, que atravesé a nado, abandonando mi cabalgadura, y llegué sano y salvo a la otra orilla, donde lo primero que hice fue secar mi ropa; y luego me quedé dormido hasta la mañana, seguro ya de que no me perseguían, pues el río me separaba de las hormigas y de mis súbditos los monos.

Cuando me desperté, eché a andar durante días y días, comiendo plantas y raíces, hasta llegar a la montaña consabida, al pie de la cual vi, efectivamente, una gran ciudad, que era la Ciudad de los Judíos, tal como me lo había indicado la inscripción. Pero me asombró mucho en esta ciudad un detalle del que no hablaba la inscripción, y que noté más tarde; en efecto, hube de comprobar que el río que atravesé a pie enjuto aquel día para llegar a la ciudad estaba lleno de agua todo el resto de la semana; y también supe que aquel río, caudaloso los demás días no llevaba agua el sábado, que es el día de fiesta de los judíos.

Y he aquí que entré en la ciudad aquel día y no vi por las calles a nadie. Me encaminé entonces a la primera casa que encontré en mi camino, abrí la puerta y penetré en ella. Me hallé entonces en una sala donde estaban sentados en corro muchos personajes de aspecto venerable. Entonces, animado por la bondad de sus rostros, me acerqué a ellos respetuosamente, y después del saludo, les dije: ‘Soy Janschah, hijo del rey Tigmos, señor de Kabul y jefe de los Bani-Schalán. Os ruego ¡oh mis señores! que me digáis a qué distancia estoy de mi país y qué camino debo tomar para llegar a él. ¡Además, tengo hambre!’ Entonces me miraron sin contestarme cuantos estaban sentados allí, y el que parecía ser su jeique me dijo por señas solamente y sin pronunciar una palabra: ‘¡Come y bebe, pero no hables!’ Y me mostró una bandeja de manjares asombrosos, que por cierto jamás había yo visto, y que estaban guisados con aceite, a juzgar por el olor. Entonces comí, bebí y guardé silencio.

Cuando hube acabado, se acercó a mí el jeique de los judíos, y me preguntó igualmente por señas: ‘¿Quién? ¿De dónde? ¿Adónde?’ Entonces le pregunté por señas si podía contestar, y tras una señal afirmativa suya seguida de otra que quería decir: ¡No pronuncies más de tres palabras! pregunté: ‘¿Caravana Kabul, cuándo?’

Me contestó: ‘¡No lo sé!’, siempre sin pronunciar una palabra, y me hizo seña de que me marchara, porque ya había terminado mi comida. Entonces le saludé, como también a todos los circunstantes, y salí, asombrándome en extremo de sus maneras extrañas. Ya en la calle intentaba orientarme, cuando por fin oí a un pregonero público que decía a voces: ‘¡Quién quiera ganarse mil monedas de oro y poseer una esclava joven de belleza sin igual, que venga conmigo, para efectuar un trabajo de una hora!’

Como yo estaba en la penuria, me acerqué al pregonero, y le dije: ‘¡Acepto el trabajo, y al mismo tiempo los mil dinares y la esclava joven!’ Entonces me cogió de la mano y me llevó a una casa amueblada muy ricamente, en la que estaba sentado en un sillón de ébano un judío viejo, ante el cual se inclinó el pregonero, presentándome, y dijo: ‘¡He aquí, al fin, a un joven extranjero, que ha sido el único que respondió a mi llamamiento en los tres meses que hace que pregono la cosa!’

Al oír estas palabras, el viejo judío, dueño de la casa me hizo sentar a su lado, estuvo conmigo muy amable, ordenando que me sirvieran de comer y de beber sin parsimonia, y terminada la comida me dio una bolsa con mil monedas de oro que no eran falsas, a la vez que mandaba a sus esclavas que me pusieran un ropón de seda y me llevaran junto a la joven esclava que me daba anticipadamente por el trabajo en proyecto que yo aún no conocía...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”

Continuará: La tricentésima sexagésima sexta noche

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