jueves, 27 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima octogésima cuarta noche

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“Pero cuando llegó la 384ª noche

Ella dijo:

...Tenía en una mano la botella y en la otra mano una copa de oro, sobre la cual aparecía grabada en rubíes esta inscripción:

¿Qué filtro o qué tríaca, qué bálsamo o qué díctamo vale lo que este licor purpúreo, de sabor exquisito, remedio universal para los males del cuerpo y para el fastidio?

Y he aquí que el sabio médico Yahia encontrábase en aquel momento junto al califa, y al leer esta inscripción se echó a reír, y dijo al califa: ‘¡Por Alah, ¡oh Emir de los Creyentes! esta joven y la medicina que te trae te harán recuperar las fuerzas mejor que todos los remedios antiguos y modernos!’

Luego, sin interrumpirse, comenzó inmediatamente Schehrazada la siguiente anécdota:


El califa en el cesto

Esta historia nos la transmitió el famoso cantor Ishak de Mossul.

Dice:

‘Una noche había yo salido tarde de un festín en el palacio del califa El-Mamúm, y como estaba muy molesto a causa de una retención de orina que padecía, me metí por una callejuela en la que no se veía luz, me acerqué a una tapia, aunque no me puse tan cerca de ella como para que me salpicaran mis propios orines, me agaché cómodamente y sentí un gran alivio meando cuanto pude. Apenas acabé y me sacudí, noté que en medio de la oscuridad me caía una cosa encima de la cabeza. Salté sobre mis piernas, muy sorprendido en verdad; atrapé el objeto, y después de palparlo por todos lados, observé con verdadero asombro que era un cesto grande atado por sus cuatro asas con una cuerda que pendía de la casa ante la cual me hallaba yo. Lo palpé más aún, y encontré que por dentro estaba forrado de seda y tenía dos cojines que olían bien.

Como había yo bebido un poco más que de costumbre, mi espíritu enervado me impulsó a sentarme en aquel cesto que me invitaba al reposo. No pude resistir a la tentación, y me senté en el cesto, y antes de que tuviera tiempo de echar pie a tierra, me vi elevado rápidamente hasta la terraza, donde me cogieron sin decir una palabra cuatro jóvenes, que me llevaron a la casa y me invitaron a seguirlas. Una de ellas echó a andar delante de mí con una antorcha en la mano, y las otras tres se mantuvieron detrás de mí, e hiciéronme bajar por una escalera de mármol y entrar en una sala de magnificencia comparable a la del palacio del califa. Y pensé para mi ánima: ‘¡Me deben tomar por otro a quien hayan dado cita esta noche! ¡Alah arreglará la situación!’

Estando yo aún en aquella perplejidad, se alzó un cortinaje de seda que ocultaba una parte de la sala, y vi a diez jóvenes arrebatadoras, y de talle frágil y andares exquisitos, llevando antorchas unas y las otras pebeteros de oro, donde ardían nardo y áloe de la mejor calidad. En medio de ellas avanzaba como una luna otra joven que hubiera dado celos a las estrellas todas. Se balanceaba al andar y miraba graciosamente de soslayo, levantando las almas más pesadas. Y he aquí que al verla salté sobre ambos pies y me incliné hasta el suelo ante ella. Y me miró sonriendo, y me dijo: ‘¡Bien venido sea el visitante!’

Luego se sentó y añadió con una voz encantadora: ‘¡Descansa, señor!’

Me senté, disipada ya la borrachera de vino, pero presa de otra embriaguez más fuerte. Entonces me dijo ella: ‘¿Y cómo se te ha ocurrido venir a nuestra casa y sentarte en el cesto?’ Contesté: ‘¡Oh mi señora! es la molestia que me ocasionaba mi mal de orina la que solamente me ha impulsado a venir a esta calle; luego el vino me hizo sentarme en el cesto, y ahora es tu generosidad quien me introduce en esta sala, donde tus encantos reemplazaron en mi cerebro la borrachera con otra clase de embriaguez’.

Al oír estas palabras, la joven pareció muy satisfecha, y me preguntó: ‘¿Qué oficio tienes?’

Me guardé bien de decirle que era cantor y músico del califa, y le contesté: ‘¡Soy tejedor del zoco de los tejedores de Bagdad!’ Ella me dijo: ‘Pues tus maneras son exquisitas y honran al zoco de los tejedores. ¡Si a ellas unes el conocimiento de la poesía, no tendremos que arrepentirnos de haberte recibido entre nosotras! ¿Sabes versos?’ Contesté: ‘¡Uno que otro!’ Dijo ella: ‘¡Recítanos algunos, entonces!’ Contesté: ‘¡Oh mi señora! siempre está el visitante un poco sobrecogido por el recibimiento que se le hace. ¡Aliéntame, pues, empezando tú la primera por recitarnos algunas poesías de tu agrado!’

Ella me contestó: ‘¡Con mucho gusto!’ Y al punto me recitó admirables poemas escogidos de los poetas más antiguos, como Amri'lkais, Zohair, Antara, Nabigha, Amrú ben-Kalthum, Tharafa y Chanfara, y de los poetas más modernos, como Abu-Nowas, El-Rakaschí, Abu-Mossab y los demás. Y estaba yo tan maravillado de su dicción como deslumbrado por su hermosura. Luego me dijo: ‘¡Creo que ya se te habrá pasado la emoción!’

Dije: ‘¡Sí, por Alah!’ Y a mi vez escogí entre los versos que conocía los más delicados, y se los recité con mucho sentimiento. Cuando terminé, me dijo ella: ‘¡Por Alah!, que no sabía que hubiese individuos tan exquisitos en el zoco de los tejedores...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La tricentésima octogésima quinta noche…

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Valram

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miércoles, 26 de agosto de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima octogésima tercera noche

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“Y cuando llegó la 383ª noche

Ella dijo:

...y se apresuraron a enviarle sus hijos.

Pero como no sabía leer ni escribir, se valió él de un medio muy ingenioso para salir del compromiso; consistía este medio en hacer que los chicos que sabían leer y escribir un poco dieran la lección a los que no sabían nada absolutamente, en tanto que él hacía como que vigilaba, aprobando y desaprobando. De este modo prosperó la escuela, y los negocios del maestro iban viento en popa. Un día que estaba con su varita en la mano y lanzaba miradas terribles a los pobres niños, cohibidos por el espanto, entró en la sala una mujer llevando en la mano una carta, y se dirigió al maestro para rogarle que se la leyese, lo cual es muy corriente en las mujeres que no saben leer. Al verla, el maestro de escuela no supo qué hacer para evitar semejante prueba, y de pronto se levantó muy presuroso para salir. Pero la mujer le detuvo, suplicándole que antes de salir le leyera la carta.

El contestó: ‘¡No puedo esperar más, porque el muecín acaba de anunciar la plegaria del mediodía y tengo que ir a la mezquita!’ Pero la mujer no le dejó, y le dijo: ‘¡Por Alah sobre ti! ¡Acaba de llegarme esta carta de mi esposo, que está ausente hace cinco años, y sólo tú en el barrio puedes leérmela!’ Y le obligó a coger la carta.

El maestro de escuela se vio obligado entonces a coger la carta; pero la había puesto invertida, y en vista del apuro en que se encontraba, empezó a fruncir las cejas, mirando la escritura, y a golpearse la frente y a quitarse el turbante, sudando de angustia.

Al ver aquello, pensó la pobre mujer: ‘¡No cabe duda! ¡Cuando el maestro de escuela se pone tan agitado, debe estar leyendo malas noticias! ¡Qué calamidad! ¡Tal vez haya muerto mi esposo!’ Luego, llena de ansiedad, preguntó al maestro de escuela: ‘¡Por favor, no me ocultes nada! ¿Ha muerto?’ Por toda respuesta, levantó la cabeza con un gesto vago y guardó silencio. Ella exclamó entonces: ‘¡Qué calamidad ha caído sobre mi cabeza! ¿Debo desgarrarme los vestidos?’

El contestó: ‘¡Desgárratelos!’ Ella preguntó, en el límite de la ansiedad: ‘¿Debo abofetearme y arañarme las mejillas?’ El contestó: ‘¡Abofetéate y aráñate!’

Al oír estas palabras, la pobre mujer, enloquecida salió de la escuela y corrió a su casa, llenándola con sus gritos de dolor. Entonces acudieron a ella todos los vecinos, y se pusieron a consolarla; mas en vano. En aquel momento entró uno de los parientes de la desdichada, vio la carta, y cuando la leyó, dijo a la mujer: ‘¿Pero quién ha podido anunciarte la muerte de tu esposo? En la carta no se habla de semejante cosa. Mira lo que dice: ‘Después de las zalemas y los votos, ¡oh hija de mi tío! continúo gozando de una salud excelente, y espero estar de vuelta a tu lado dentro de quince días. Pero antes, para probarte mi solicitud, te enviaré una tela de lino envuelta en una manta. iUassalam!’

La mujer cogió entonces la carta y volvió a la escuela para reprochar al maestro que la hubiese engañado de aquel modo. Le encontró sentado a la puerta, y le dijo: ‘¿No es para ti una vergüenza engañar de esta manera a una pobre mujer anunciándola la muerte de su esposo, cuando en la carta se dice que mi esposo ha de volver muy pronto y que me envía de antemano una tela y una manta?’

Al oír estas palabras, contestó el maestro de escuela: ‘Ciertamente ¡oh pobre mujer! Que tienes razón para reprocharme. Pero perdóname, pues en el momento en que yo tenía tu carta entre las manos estaba muy preocupado, iy al leer un poco de prisa y de cualquier modo, creí que la tela y la manta eran un recuerdo que te enviaban por haber pertenecido a tu esposo muerto!’

Luego dijo Schehrazada:


La inscripción de una camisa

Cuentan que habiendo ido un día El-Amín, hermano del, califa El-Mamúm, de visita a casa de su tío El-Mahdí, vio a una esclava muy bella que tocaba el laúd, y quedó enamorado de ella al punto. Como El-Mahdí no tardó en notar la impresión que la esclava había producido en su sobrino, con objeto de darle una sorpresa agradable esperó a que se marchase para enviarle la esclava con alhajas y ricos trajes. Pero a El-Amín le pareció que ya su tío habría gustado las primicias de la joven y se la daba desflorada, porque sabía que su tío era excesivamente aficionado a la fruta verde aún. No quiso, pues, aceptar la esclava, y se la devolvió con una carta en que le decía que una manzana mordida por el jardinero antes de madurar, no endulzará nunca la boca del comprador.

Entonces El-Mahdí hizo desnudarse por completo a la joven, la puso en la mano un laúd, y se la envió de nuevo a El-Amín vestida solamente con una camisa de seda, en la cual aparecía esta inscripción con letras de oro:

¡El botín oculto en la sombra de mis pliegues está virgen de todo tocamiento!

¡Sólo lo ha examinado la mirada para admirar sus perfecciones!

Al ver los encantos de la esclava vestida con aquella camisa tan gentil, y al leer la inscripción, El-Amín no tuvo ya motivo para rehusar, y aceptó el regalo, honrándolo particularmente.

Aquella noche todavía dijo Schehrazada:


La inscripción de una copa

El califa El-Motawakkel cayó un día enfermo, y su médico Yahia le recetó remedios tan excelentes, que se disipó la enfermedad y sobrevino la convalecencia. Entonces afluyeron a él de todas partes regalos de felicitación. Y he aquí que, entre otros obsequios, el califa recibió de Ibn-Khatán, como presente, una joven intacta, cuyos senos desafiaban por su hermosa forma a los senos de todas las mujeres de su época.

Al propio tiempo que su belleza, la joven llevaba para el califa, al presentarse a él, una botella de cristal llena de un vino selecto. Tenía en una mano la botella y en la otra mano una copa de oro, sobre la cual aparecía grabada en rubíes esta inscripción...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”

Continuará: La tricentésima octogésima cuarta noche…

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