jueves, 10 de septiembre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima nonagésima octava noche

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“Cuando llegó la 398ª noche

Ella dijo:

... en la cama suntuosa que nos habían preparado las esclavas. Entonces, cuando la desnudé, pude comprobar que era una perla sin perforar y una yegua que no habían cabalgado. Mucho me regocijé con ello, ¡y puedo, por cierto, asegurar que en mi vida pasé una noche tan agradable como aquella noche en que, hasta que llegó la mañana tuve apretada contra mí a mi esposa como podría tenerse en la mano a un pichón con las alas plegadas!

Y no fue solamente una noche la que pasé de esta manera, sino un mes entero, sin interrupción. Y olvidé mis intereses, mi tienda, los bienes que manejaba y mi casa con todo lo que contenía, hasta que un día, el primero del segundo mes, fue a buscarme ella, y me dijo: ‘Tengo precisión de ausentarme algunas horas, el tiempo preciso para ir al hammam y regresar. Te suplico que no abandones el lecho, y no te levantes hasta que esté yo de vuelta. ¡Y volveré del hammam completamente fresca, y ligera, y perfumada!’ Luego, para estar más segura de que ejecutaría yo su orden, me hizo prestar juramento de que no me movería del lecho. Tras de lo cual, se llevó a dos de sus esclavas, que cogieron las toallas y los líos de ropa blanca y vestidos, y se fue con ellas al hammam.

Y he aquí ¡oh señores míos! que no bien salió ella de la casa ¡por Alah! vi abrirse la puerta y entrar en mi cámara a una vieja, que me dijo, después de las zalemas: ‘¡Oh mi señor Mohammad! Sett Zobeida, la esposa del Emir de los Creyentes, me envía a ti para rogarte que te presentes en palacio, donde desea verte y oírte porque la han hablado en términos tan admirativos de tus maneras distinguidas, de tu cortesía y de tu hermosa voz, que tiene muchas ganas de conocerte.’ Contesté: ‘¡Por Alah! mi buena tía, Sett Zobeida me hace un honor extremado al invitarme a ir a verla; pero no puedo dejar la casa antes de que vuelva mi esposa, que ha ido al hamman.’

La vieja me dijo: ‘¡Hijo mío, en interés tuyo te aconsejo que no difieras un instante la visita que se te pide, si no quieres que Sett Zobeida sea tu enemiga! ¡Porque te advierto, por si lo ignoras, que la enemistad de Sett Zobeida es muy peligrosa! ¡Luego regresarás a tu casa enseguida!’

Estas palabras me decidieron a salir, a despecho del juramento que presté a mi esposa, y seguí a la vieja, que echó a andar delante de mí y me condujo al palacio, en el cual me introdujo sin dificultad.

Cuando Sett Zobeida me vio entrar, me sonrió, hízome acercarme a ella, y me dijo: ‘¡Oh luz de los ojos! ¿Eres tú el bienamado de la hermana del gran visir?’ Contesté: ‘¡Soy tu esclavo y tu servidor!’

Ella me dijo: ‘¡En verdad que no exageraron tus méritos quienes me describieron tus modales encantadores y tu manera de hablar distinguida! Deseo verte y conocerte, para juzgar con mis ojos la elección y los gustos de la hermana de Giafar. Por ahora estoy satisfecha. ¡Pero harás que mi placer llegue a sus límites extremos, si quieres dejarme oír tu voz cantando cualquier cosa!’ Contesté: ‘¡Quiero y me honro!’ Y cogí un laúd que llevó una esclava y canté dos o tres estrofas sobre el amor correspondido. Cuando cesé de cantar, me dijo Sett Zobeida: ‘Remate Alah su obra haciéndote más perfecto todavía de lo que eres, ¡oh joven encantador! Te agradezco que hayas venido a verme. ¡Ahora date prisa a entrar en tu casa antes del regreso de tu esposa, para que no se imagine que quiero sustraerte a su afecto!’ Besé entonces la tierra entre sus manos, y salí del palacio por la misma puerta que entré.

Cuando llegué a la casa, encontré en el lecho a mi esposa, que me había precedido. Dormía ya, y no hizo ningún movimiento indicador de que fuera a despertarse. Me eché entonces a sus pies y empecé a acariciarle las piernas con mucha suavidad. Pero de pronto abrió los ojos y me asestó fríamente en el costado un puntapié, que me hizo rodar por tierra debajo del lecho, y exclamó: ‘¡Oh traidor! ¡Oh perjuro! ¡Faltaste a tu juramento, y has ido a ver a Sett Zobeida! ¡Por Alah, que si no tuviese horror al oprobio y a revelar en público mis intimidades, ahora mismo iría a hacer saber a Sett Zobeida las consecuencias que trae el seducir a los maridos ajenos! ¡Pero hasta entonces vas a pagar por ella y por ti!’ Y dio una palmada y exclamó ‘¡Ya Sauab!’ Al punto apareció el jefe de sus eunucos, un negro que siempre me miró atravesado, y le dijo ella: ‘¡Corta en seguida el cuello a este traidor, a este embustero, a este perjuro!’ Inmediatamente blandió el negro su espada, se desgarró un pedazo del borde del ropón y me vendó los ojos con el jirón de tela que se había arrancado. Luego me dijo: ‘¡Haz tu acto de fe!’ y se dispuso a cortarme la cabeza. Pero en aquel momento entraron todas las esclavas, grandes y pequeñas, jóvenes y viejas, con las cuales había yo sido siempre generoso ...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”

Continuará: La tricentésima nonagésima novena noche…

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Valram

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miércoles, 9 de septiembre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La tricentésima nonagésima séptima noche

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“Pero cuando llegó la 397ª noche

Ella dijo:

... y seguí a pie a la joven hasta su casa. Allí le entregué el collar, y ella penetró en sus habitaciones después de rogarme que me sentara en el banco del vestíbulo para esperar la llegada del cambista que debía pagarme los cien mil dinares con sus intereses.

Estando sentado en aquel banco del vestíbulo, vi llegar a una sirviente joven, que me dijo: ‘¡Oh mi señor, tómate la molestia de entrar a la antecámara de la casa, pues la espera a la puerta no se hizo para personas de tu calidad!’ Me levanté entonces y penetré en la antecámara, donde me senté en un escabel tapizado de terciopelo verde y así, permanecí esperando algún tiempo. Entonces vi entrar a una segunda sirviente, que me dijo: ‘¡Oh señor mío, mi señora te ruega que entres en la sala de recepción, donde desea que descanses hasta que llegue el cambista!’ No dejé de obedecer, y seguí a la joven a la sala de recepción. Apenas llegué allá, se descorrió un gran cortinaje al fondo, y se adelantaron hacia mí cuatro esclavas que llevaban un trono de oro en el que aparecía sentada la joven, con un rostro hermoso como una luna llena y con el collar al cuello.

Al ver su rostro sin velo y completamente descubierto, sentí turbárseme la razón y acelerarse los latidos de mi corazón. Y he aquí que ella hizo seña de que se retiraran a sus esclavas, avanzó hacia mí, y me dijo: ‘¡Oh luz de mis ojos! ¿Crees que todo ser bello debe conducirse con la que le ama tan duramente como tú lo haces?’ Contesté: ‘¡En ti está la belleza entera, y lo que de ella sobra, si sobra algo, se distribuyó entre los demás seres humanos!’

Ella me dijo: ‘¡Oh joyero Mohammad-Alí, has de saber que te amo, y que si me he valido de este medio ha sido sólo para decidirte a que vengas a mi casa!’ Y tras de pronunciar estas palabras se inclinó sobre mí perezosamente, y me atrajo hacia ella mirándome con ojos lánguidos. Extremadamente emocionado, cogí entonces su cabeza con mis manos y la besé varias veces, en tanto que ella me devolvía largamente mis besos y me oprimía contra sus senos duros, que sentía yo incrustarse en mi pecho. Comprendí a la sazón que no debía retroceder y quise poner en ejecución lo que en mí estaba ejecutar. Pero en el preciso momento en que el niño, completamente despierto, reclamaba con ardor a su madre, me dijo ésta: ‘¿Qué pretendes hacer con eso, ¡oh mi señor!?’ Contesté: ‘¡Ocultarlo para que me deje tranquilo!’ Dijo ella: ‘El caso es que no vas a poder ocultarlo en mí, porque no está abierta la casa. ¡Sería preciso para ello abrir una brecha antes! ¡Pues has de saber que soy una virgen intacta de toda perforación! ¡Y si crees que hablas con una mujer cualquiera o con alguna meretriz entre las meretrices de Bagdad, debes desengañarte en seguida! Porque sabrás que tal como me ves, ¡oh Mohammad-Alí! soy la hermana del gran visir Giafar, la hija de Yahía ben-Khaled Al-Barmaki’.

Al oír estas palabras ¡oh señores míos! sentí que el niño caía en un profundo sueño, y comprendí cuán impropio estuvo por mi parte el escuchar sus gritos y querer acallarlos pidiendo ayuda a la joven. Sin embargo, le dije: ‘¡Por Alah, ¡oh mi señora! que no es mía la culpa si quise que el hijo se aprovechara de la hospitalidad que al padre se le ha dado! ¡Tú misma eres quien se mostró generosa conmigo, haciéndome ver el paraíso por las puertas abiertas de tu hospitalidad!’ Ella me contestó: ‘¡No tienes por qué hacerme reproches, sino al contrario! Y si quieres lograrás tus fines; pero por los únicos caminos legales. ¡Todo puede ser con la voluntad de Alah! ¡Soy, en efecto, dueña de mis actos, y nadie tiene el derecho de intervenir en ellos! ¿Me quieres, pues, por esposa legítima?’ Contesté ‘¡Claro que sí!’ Al punto hizo ella ir al kadí y a los testigos, y les dijo: ‘He aquí a Mohammad-Alí, hijo del difunto síndico Alí. Me pide en matrimonio y me reconoce como dote este collar que me ha dado. ¡Yo acepto y consiento!’ Se redactó enseguida nuestro contrato de matrimonio, y después de extenderlo nos dejaron solos. Trajeron los esclavos bebidas, copas y laúdes, y empezamos ambos a beber hasta que resplandeció nuestro ingenio. Tomó ella entonces el laúd, y cantó acompañándose con él:

¡Por la finura de tu talle, por tu andar orgulloso, te juro que sufro con tu alejamiento!

¡Ten piedad de un corazón abrasado en el fuego de tu amor!

¡Me exalta la copa de oro, donde al beber de su licor, encuentro vivo tu recuerdo!

¡Así en medio de las rosas brillantes, la flor de mirto me hace apreciar mejor los colores vivos!

Cuando hubo ella acabado de cantar, tomé a mi vez el laúd, y después de demostrar que sabía sacar de él el mejor partido, dije estos versos del poeta, acompañándome en sordina:

¡Oh prodigio! ¡En tus mejillas veo unirse cosas contrarias: la frescura del agua y el rojo de la llama!

¡Eres para mi corazón fuego y frescura! ¡Oh, cuán amarga y dulce eres en mi corazón!

Cuando acabamos de cantar, notamos que ya era hora de ir pensando en acostarse. La cogí en mis brazos y la tendí en la cama suntuosa que nos habían preparado las esclavas...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana y se calló discretamente.”

Continuará: La tricentésima nonagésima octava noche…

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