martes, 29 de septiembre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La cuadringentésima decimoséptima noche

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“Pero cuando llegó la 417ª noche

Ella dijo:

... el rey contestó: ‘¡Oh hijo mío Kamaralakmar! ¡No estarías tan turbado y tan estupefacto si vieras el caballo que me ha dado el sabio!’ Y salió en seguida con su hijo al patio principal del palacio, y dio orden a los esclavos de que llevaran el caballo consabido. Y los esclavos ejecutaron la orden.

Cuando el joven príncipe vio el caballo, lo encontró muy hermoso y le entusiasmó mucho. Y como era un jinete excelente, saltó con ligereza a lomos del bruto y le pinchó de pronto en los flancos con las espuelas, metiendo los pies en los estribos. Pero no se movió el caballo. Y el rey dijo al sabio: ‘¡Ve a mirar por qué no se mueve, y ayuda a mi hijo, quien a su vez tampoco dejará de ayudarte para que realices tus anhelos!’

De modo que el persa, que guardaba rencor al joven a causa de su oposición al matrimonio de su hermana, se acercó al príncipe caballero, y le dijo: ‘Esta clavija de oro que hay a la derecha del arzón de la silla es la clavija que sirve para subir. ¡No tienes más que darle la vuelta!’

Entonces el príncipe dio la vuelta a la clavija que servía para subir, ¡y he aquí lo que pasó! Al punto se elevó por los aires el caballo con la rapidez del ave, y a tanta altura, que el rey y todos los circunstantes le perdieron de vista a los pocos momentos.

Al ver desaparecer así a su hijo, sin que regresara al cabo de algunas horas que estuvieron esperándole, inquietóse mucho el rey Sabur, y muy perplejo, dijo al persa: ‘¡Oh sabio! ¿Qué vamos a hacer ahora para que vuelva?’ El sabio contestó: ‘¡Oh mi amo! ¡Nada puedo hacer ya, y no verás de nuevo a tu hijo hasta el día de la Resurrección! ¡Porque el príncipe no ha querido escuchar más que a su presunción y a su ignorancia, y en vez de darme tiempo para que le explicase el mecanismo de la clavija de la izquierda, que es la clavija que sirve para bajar, ha puesto en marcha el caballo antes de lo debido!’

Cuando el rey Sabur hubo oído estas palabras del sabio, se llenó de furor, e indignándose hasta el límite de la indignación, ordenó a los esclavos que dieran una paliza al persa y le arrojaran después al calabozo más lóbrego, en tanto que se quitaba él de la cabeza la corona, golpeándose en la cara y mesándose las barbas, tras de lo cual se retiró a su palacio, hizo cerrar todas las puertas, y empezaron a sollozar, a gemir y a lamentarse con él su esposa, sus tres hijas, su servidumbre y todos los habitantes del palacio, como también los de la ciudad. Y he aquí cómo se tornó su alegría en aflicción, y su felicidad en tristeza y desesperación.

¡Y esto en cuanto a ellos atañe!

Por lo que afecta al príncipe, el caballo continuó elevándose por los aires con él, sin detenerse y como si fuera a tocar el sol. Entonces comprendió el joven el peligro que corría y cuán horrible muerte le esperaba en aquellas regiones del cielo; y se inquietó bastante y se arrepintió mucho de haber subido en el caballo, y pensó para su ánima: ‘¡Sin duda, la intención del sabio fue perderme en vista de lo que opiné con respecto a mi hermana menor! ¿Qué hacer ahora? ¡No hay fuerza ni poder más que en Alah el Omnipotente! ¡Heme aquí perdido sin remisión!’ Luego se dijo: ‘Pero ¿quién sabe si no hay una segunda clavija que sirva para bajar, lo mismo que la otra sirve para subir?’ Y como estaba dotado de sagacidad, de ciencia y de inteligencia, se puso a buscarla por todo el cuerpo del caballo, y acabó por encontrar, en el lado izquierdo de la silla, un tornillo minúsculo, no mayor que la cabeza de un alfiler; y se dijo: ‘¡No veo más que esto!’ Entonces apretó aquel tornillo y al punto comenzó a disminuir la ascensión poco a poco y el caballo se paró un instante en el aire, para empezar inmediatamente después a descender con la misma rapidez de antes, amenguando luego la marcha poco a poco según se acercaba al suelo; y acabó por tocar en tierra sin ninguna sacudida ni contratiempo, mientras su jinete respiraba con libertad y se tranquilizaba por su vida.

Y he aquí que entre las ciudades que de aquella suerte se mostraban por debajo de él, divisó una ciudad de casas y edificios alineados con simetría y de manera encantadora en medio de una comarca surcada por numerosas aguas corrientes y rica en prados donde triscaban en paz saltarinas gacelas.

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La cuadringentésima decimoctava noche…

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Valram

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lunes, 28 de septiembre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La cuadringentésima decimosexta noche

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“Pero cuando llegó la 416ª noche

Ella dijo:

... y el sabio persa montó en el caballo de ébano, le hizo elevarse por los aires y recorrer un gran espacio con una rapidez extraordinaria, para descender, después de haber descrito un amplio círculo, en el mismo sitio de donde partió.

Al ver todo aquello, el rey Sabur quedó al principio estupefacto, y luego se tambaleó de tal manera que parecía iba a volverse loco de alegría. Dijo entonces a los sabios: ‘¡Oh sabios ilustres! ahora tengo ya una prueba de la verdad de vuestras palabras y a mi vez cumpliré mi promesa. ¡Pedidme, pues, lo que deseéis, y se os concederá al instante!’

Entonces contestaron los tres sabios: ‘¡Puesto que nuestro amo el rey está satisfecho de nosotros y de nuestros presentes y nos deja que elijamos lo que hemos de pedirle, le rogamos que nos dé en matrimonio a sus tres hijas, pues anhelamos vivamente ser yernos suyos! ¡Y en nada podrá turbar tal cosa la tranquilidad del reino! ¡Aunque así fuese, los reyes no se desdicen de sus promesas nunca!’ El rey contestó: `'¡Al instante daré satisfacción a vuestro deseo!’ Y al punto dio orden de hacer ir al kadí y a los testigos para que extendieran el contrato de matrimonio de sus tres hijas con los tres sabios.

¡Eso fue todo!

Pero acaeció que, mientras tanto, las tres hijas del rey estaban sentadas precisamente detrás de una cortina de la sala de recepción y oían aquellas palabras. Y la más joven de las tres hermanas se puso a considerar con atención al sabio que debía escogerla por esposa, ¡y he aquí su descripción! Era un viejo muy anciano, de una edad de cien años lo menos, como no tuviese más; con restos de cabellos blanqueados por el tiempo; con una cabeza oscilante; cejas roídas de tiña; orejas colgantes y hendidas; barba y bigotes teñidos y sin vida; ojos rojos y bizcos, que se miraban atravesados; carrillos fláccidos, amarillos y llenos de huecos; nariz semejante a una gruesa berenjena negra; cara tan arrugada como el delantal de un zapatero remendón; dientes saledizos como los dientes de un cerdo salvaje, y labios flojos y jadeantes como los testículos del camello; en una palabra, aquel viejo sabio era una cosa espantosa, un horror compuesto de monstruosas fealdades que sin duda le hacían ser el hombre más deforme de su época, pues ninguno hubo como él, con aquellos diversos atributos, y además, con sus mandíbulas vacías de molares, ostentando a guisa de colmillos unos garfios que le hacían semejante a los efrits que asustan a los niños en las casas desiertas y hacen cacarear de miedo a los pollos en los gallineros.

¡Eso fue todo!

Y precisamente la princesa, que era la más joven de las tres hijas del rey, resultaba la joven más bella y más graciosa de su tiempo, más elegante que la tierna gacela, más dulce y más suave que la brisa más acariciadora, y más brillante que la luna llena; diríase que verdaderamente estaba hecha para los escarceos amorosos; se movía y la rama flexible se avergonzaba al ver sus balanceos ondulantes; andaba, y el corzo ligero se avergonzaba al ver su andar gracioso; y sin disputa superaba con mucho a sus hermanas en hermosura, en blancura, en encantos y en dulzura.

Y así era ella, en verdad.

De modo que cuando vio al sabio que debía tocarle en suerte, corrió a su habitación y se dejó caer de bruces en el suelo, desgarrándose los vestidos, arañándose las mejillas y sollozando y lamentándose.

Mientras permanecía ella en aquel estado, su hermano el príncipe Kamaralakmar, que la quería mucho y la prefería a sus otras hermanas, volvía de una partida de caza, y al oír lamentarse y llorar a su hermana, penetró en su aposento y le preguntó: ‘¿Qué tienes? ¿Qué te ha ocurrido? ¡Dímelo enseguida y no me ocultes nada!’

Entonces ella se golpeó el pecho y exclamó: ‘¡Oh único hermano mío! ¡Oh querido nada te ocultaré! ¡Sabe que, aunque el palacio debiera hundirse luego encima de tu padre, estoy dispuesta a abandonarlo; y si adquiero la certeza de que tu padre va a cometer actos tan odiosos, huiré de aquí sin que me dé provisiones para el camino, porque Alah proveerá!’

Al escuchar estas palabras, el príncipe Kamaralakmar le dijo:

‘¡Pero dime al fin a qué viene ese lenguaje y qué es lo que te oprime el pecho y turba tus humores!’ La joven princesa contestó: ‘¡Oh único hermano mío! ¡Oh querido! has de saber que mi padre me prometió en matrimonio a un sabio viejo, a un mago horrible que le ha regalado un caballo de madera de ébano; y sin duda le ha embrujado con su hechicería y ha abusado de él con su astucia y su perfidia! ¡En cuanto a mí, estoy resuelta a dejar este mundo antes que pertenecer a ese viejo asqueroso!’

Su hermano empezó entonces a tranquilizarla y a consolarla, acariciándola y mimándola, y luego se fue en busca de su padre el rey, y le dijo: ‘¿Quién es ese hechicero a quien prometiste casarle con mi hermana pequeña? ¿Y qué regalo es ése que te ha traído para decidirte así a hacer que muera de pena mi hermana? ¡Eso no es justo y no puede suceder!’

Y he aquí que el persa estaba cerca y oía aquellas palabras del hijo del rey, y se sintió muy furioso y muy mortificado.

Pero el rey contestó...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

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