lunes, 28 de diciembre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima séptima noche

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“Y cuando llegó la 507ª noche

Ella dijo:

‘¿...No eres, entonces, un genni entre los genn?’ El otro contestó: ‘¡No, por cierto! ¡Soy un hermano que cree en Alah y en su enviado!’ Abdalah preguntó: ‘Pues entonces, ¿quién te ha tirado al mar?’ El otro dijo: ‘¡No me ha tirado nadie al mar, pues he nacido en él! Porque soy un hijo entre los hijos del mar. Somos, en efecto, pueblos numerosos los que habitamos las profundidades marítimas. Y respiramos y vivimos en el agua como vosotros en la tierra y los pájaros en el aire. Y todos somos creyentes en Alah y en su Profeta (¡con él la plegaria y la paz!) y somos buenos y caritativos con nuestros hermanos los hombres que habitan en la superficie de la tierra, ¡porque obedecemos a los mandatos de Alah y a los preceptos del Libro!’ Luego añadió:

‘Por otra parte, si yo fuese un genni o un efrit malhechor, ¿no hubiera hecho trizas ya tu red en vez de rogarte que vinieras en mi ayuda para salir sin estropeártela, puesto que con ella te ganas el pan y es la única puerta por donde entran recursos en tu casa?’ Al oír estas palabras tranquilizadoras, Abdalah sintió que se disipaban sus últimas dudas y sus últimos temores, y cuando se inclinaba para ayudar al habitante del mar a salir de la red, éste le dijo aún: ‘¡Oh pescador! el Destino quiso para bien tuyo mi captura. Me paseaba yo, en efecto, por las aguas, cuando cayó encima de mí tu red y me apresó en sus mallas. ¡Deseo, pues, labrar tu dicha y la de los tuyos! ¿Quieres que hagamos un pacto por el cual se comprometa cada uno de nosotros a ser amigo del otro y hacerle regalos y a recibir de él otros en cambio? Así, tú, por ejemplo, vendrás todos los días a buscarme aquí y a traerme una provisión de los frutos de la tierra que crecen entre vosotros: uvas, higos, sandías, melones, albérchigos, ciruelas, granadas, plátanos, dátiles y otros más. Y lo aceptaré de ti todo con extremado gusto. Y te daré a mi vez de los frutos del mar que crecen en las profundidades que habitamos nosotros: coral, perlas, crisólitos, aguamarinas, esmeraldas, zafiros, rubíes, metales preciosos y todas las gemas y pedrerías del mar. ¡Y con ellas te llenaré cada vez el cesto de frutas que me traigas! ¿Aceptas?’

Al oír estas palabras, exclamó el pescador, que ya no se tenía más que con una pierna de tanta alegría y entusiasmo como le causaba aquella enumeración espléndida: ‘¡Ya Alah! ¿Y quién no aceptaría?’

Luego dijo: ‘Bueno, ¡pero ante todo sea con nosotros la Fatiha para rellenar nuestro pacto!’ Y el habitante del mar accedió. Y recitaron ambos en voz alta la Fatiha liminar del Korán. E inmediatamente Abdalah el pescador libertó de la red al habitante del mar.

Entonces preguntó el pescador a su amigo marítimo: ‘¿Cómo te llamas?’ El otro contestó: ‘Me llamo Abdalah. Así es que, cuando vengas aquí todas las mañanas, el día en que por casualidad no me veas, no tendrás más que gritar: ‘¡Ya Abdalah! ¡Oh marítimo!’ Y te oiré al instante, y verás cómo aparezco fuera del agua’. Luego le preguntó: ‘¿Y cómo te llamas tú, hermano mío?’ El pescador contestó: ‘¡Me llamo también Abdalah, como tú!’

Entonces exclamó el marítimo: ‘¡Tú eres Abdalah de la Tierra y yo soy Abdalah del Mar! Y he aquí que seremos dos veces hermanos, por nuestro nombre y por nuestra amistad. ¡Espérame, pues, aquí un instante, ¡oh amigo mío! nada más que el tiempo necesario para sumergirme y volver con el primer regalo marítimo!’ Y Abdalah de la Tierra contestó: ‘¡Escucho y obedezco!’ Y al punto Abdalah del Mar saltó desde la orilla al agua y desapareció a la vista del pescador. Al cabo de cierto tiempo, al no ver Abdalah de la Tierra aparecer al marino, se arrepintió mucho de haberle libertado de la red, y dijo para sí: ¿Acaso sé si va a volver? Sin duda se ha reído de mí y me ha dicho todo eso para que le deje en libertad. ¡Ah! ¿Por qué no lo capturé? ¡Así hubiera podido exhibirle a los habitantes de la ciudad y ganar mucho dinero! Y también le hubiera transportado a las casas de la gente rica, que no quiere molestarse, para enseñársele a domicilio. ¡Y me habrían retribuido espléndidamente!’ Y de este modo continuó lamentándose con el alma, y diciéndose:

‘Se te fue de entre las manos la pesca, ¡oh pescador...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima octava noche…

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Valram

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domingo, 27 de diciembre de 2009

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima sexta noche

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“Y cuando llegó la 506ª noche

Ella dijo:

‘...Y el pescador Abdalah se echó al hombro su red y se fue al mar. Y arrojó al agua la red a la salud del recién nacido, y dijo: ‘¡Oh Dios mío, haz que su vida sea fácil y no difícil, abundante y no insuficiente!’ Y tras de haber esperado un momento, sacó la red y la encontró llena de basura, de arena, de casquijo y de hierbas marinas, ¡pero no vio absolutamente ni la huella de un pez grande o pequeño! Entonces se asombró y se le entristeció el alma, y dijo: ‘¿Habrá creado Alah a ese recién nacido para no adjudicarle ninguna hacienda ni ninguna provisión? ¡Eso no puede ser, no podrá ser nunca! ¡Porque Quien ha formado las mandíbulas del hombre y le ha trazado dos labios en la boca, no lo hizo en vano, y ha cargado con la responsabilidad de subvenir a sus necesidades, porque es el Previsor, el Generoso! ¡Exaltado sea!’ Luego se cargó al hombro su red y fue a echarla al mar en otro sitio. Y esperó un buen rato y la sacó con mucho trabajo, porque pesaba mucho. Y encontró en ella un burro muerto, todo hinchado y exhalando un hedor espantoso. Y el pescador sintió que las náuseas le invadían el alma; y se apresuró a desembarazar de aquel burro muerto su red y alejarse hacia otro sitio lo más de prisa que pudo, diciendo: ‘¡No hay recurso ni poder más que en Alah el Glorioso, el Altísimo! ¡Toda la mala suerte que tengo es por culpa de mi maldita mujer! Cuántas veces no la habré dicho: ‘El agua no se hizo para mí, y es preciso que busque en otra parte nuestra subsistencia ¡Yo no puedo ya con este oficio! ¡No, en verdad que no puedo más! ¡Déjame, pues, ¡oh mujer! que ejerza otro oficio que el de pescador! Y le he repetido estas palabras hasta hartarme. Y ella me contestaba siempre: ‘¡Alah-Karim! ¡Alah-Karim! ¡Su generosidad es ilimitada! No te desesperes, ¡oh padre de tus hijos!’ ¿Y es ésta toda la generosidad de Alah? ¿Será ese burro muerto la hacienda destinada al pobre recién nacido, o lo será el casquijo y la arena recogidos?’

Y el pescador Abdalah permaneció inmóvil largo tiempo, presa de una pena muy profunda. Luego acabó por decidirse a arrojar su red al mar una vez más todavía, pidiendo a Alah perdón por las palabras que acababa de pronunciar impensadamente, y dijo: ‘Sé favorable a mi pesca, ¡oh Tú el Retribuidor que dispensas a tus criaturas las mercedes y los beneficios, y marcas su destino de antemano! ¡Y sé favorable a ese niño recién nacido, y te prometo que un día será un santón consagrado a tu exclusivo servicio!’ Luego se dijo: ‘¡Quisiera pescar aunque no fuese más que un solo pez para llevárselo a mi bienhechor el panadero, que en los días negros, cuando me veía parado delante de su tienda husmeando desde afuera el olor del pan caliente, me hacía con la mano señas para que me acercara y me daba generosamente lo que necesitaba para los nueve y la madre!’

Cuando hubo echado por tercera vez su red, Abdalah estuvo esperando mucho tiempo y se dispuso luego a retirarla. Pero como la red pesaba todavía más que las otras veces y su peso era completamente extraordinario, le costó un trabajo infinito sacarla hasta la orilla: y sólo hubo de conseguirlo después de hacerse sangre en las manos a fuerza de tirar de las cuerdas. Y en el límite de la estupefacción, se encontró entonces apresado entre las mallas de la red un ser humano, un Adamita semejante a todos los Ibu-Adam, con la sola diferencia de que su cuerpo terminaba en cola de pez; pero, aparte de eso, tenía cabeza, cara, barba, tronco y brazos, como un hombre de la tierra.

Al ver aquello, el pescador Abdalah no dudó un instante de que se hallaba en presencia de un efrit entre los efrits rebeldes a las órdenes de nuestro señor Soleimán Ibn-Daúd, que fueron encerrados en vasos de cobre rojo y arrojados al mar. Y se dijo: ‘¡Sin duda es uno de ellos!

¡Merced al desgaste del metal por el agua y los años, ha podido salir del vaso sellado y agarrarse a mi red!’ Y lanzando gritos de terror y levantándose el traje hasta más arriba de las rodillas, el pescador echó a correr por la playa, huyendo hasta quedarse sin respiración, y aullando: ‘¡Amán! ¡Amán! ¡Misericordia! ¡Oh efrit de Soleimán!’

Pero desde dentro de la red le gritó el Adamita: ‘Ven, ¡oh pescador! ¡No huyas de mí! ¡Porque soy un ser humano como tú, y no un mared o un efrit! ¡Te recompensaré espléndidamente! ¡Y Alah te lo tendrá en cuenta el día del Juicio!’ Al oír estas palabras, se calmó el corazón del pescador; y dejó de huir y volvió hacia su red, pero a pasos lentos, avanzando con una pierna y retrocediendo con la otra. Y dijo al Adamita cogido en la red: ‘¿No eres, entonces, un genni entre los genn...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima séptima noche…

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