lunes, 18 de enero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima vigésima octava noche

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“Y cuando llegó la 528ª noche

Ella dijo:

‘...Después de intentar en vano sacarle una respuesta o una palabra, se acercó a ella y se puso a desnudarla.

Empezó por quitarle delicadamente los velos ligeros que la envolvían; luego, uno tras otro, los siete trajes de colores y telas diferentes que la cubrían, y por último, la camisa fina y el amplio calzón con bellotitas de seda verde. Y vio debajo su cuerpo resplandeciente de blancura y su carne de pureza y de plata virgen.

Y la amó con un amor grande, y levantándose, la tomó su virginidad, y la encontró intacta y sin perforar. Y se regocijó y se deleitó en extremo con ello; y pensó: ‘¡Por Alah! ¿No es cosa prodigiosa que los diversos mercaderes hayan dejado intacta la virginidad de una joven tan bella y tan deseable?’

Y de tal manera se aficionó el rey a su nueva esclava, que abandonó por ella a todas las demás mujeres de palacio y a las favoritas y los asuntos del reino, y se encerró con ella un año entero, sin cansarse ni por un momento de las delicias nuevas que descubría allí cada día.

Pero, con todo, no consiguió arrancarle una palabra o un mohín de asentimiento, ni interesarla en lo que hacía con ella y alrededor de ella. Y ya no sabía él cómo interpretar aquel silencio y aquel mutismo. Y ya no esperaba él hablar con ella por más recursos a que acudiese.

Pero, un día entre los días, estaba el rey sentado, como de costumbre, junto a su bella e insensible esclava, y su amor era más violento que nunca, y le decía: ‘¡Oh deseo de las almas! ¡Oh corazón de mi corazón! ¡Oh luz de mis ojos! ¿Es que no sabes el amor que siento por ti, y que por tu belleza he abandonado a mis favoritas, a mis concubinas y los asuntos de mi reino, y que lo hice con gusto, y que estoy lejos de arrepentirme de ello, además?

¿No sabes que te he guardado como si fueras lo único que me corresponde y lo único que me agrada de todos los bienes de este mundo?

¡Ya hace más de un año que prolongo la paciencia de mi alma ignorando la causa de ese mutismo y de esa insensibilidad, sin llegar a adivinar de qué proviene!

Si eres realmente muda, házmelo comprender por señas, al menos, con el fin de que pierda toda esperanza de oírte jamás, ¡oh bienamada mía!

De no ser así, ¡pluguiera a Alah enternecer tu corazón e inspirarte, en su bondad, para que cesaras por fin en ese silencio que no merezco! Y si se me ha de rehusar este consuelo siempre, ¡haga Alah que te quedes encinta de mí y me des un hijo querido que me suceda en el trono legado por mis padres y mis antecesores! ¡Ay!, ¿no ves cómo envejezco solitario y sin posteridad, y que pronto no me será ya posible fecundar flancos jóvenes, pues estaré deshecho por la tristeza y por los años? ¡Ay! ¡Ay! ¡Oh tú! si por mí experimentas el más leve sentimiento de piedad o afección, respóndeme, dime solamente si estás encinta o no; ¡te lo suplico por Alah sobre ti! ¡Y muera yo después!’

Al oír estas palabras, la bella esclava, que había escuchado al rey con los ojos siempre bajos y las manos juntas sobre las rodillas en una postura inmóvil, según su costumbre, tuvo de repente, y por primera vez desde su llegada a palacio, una ligera sonrisa.

¡Sólo eso y nada más!

Al ver aquello, el rey llegó a tal emoción, que creyó que el palacio entero se iluminaba con un relámpago en medio de las tinieblas. Y se estremeció en su alma y se regocijó, y como después de semejante prueba ya no dudaba que consentiría ella en hablar, se arrojó a los pies de la joven y esperó que llegase el momento anhelado, con los brazos en alto y la boca entreabierta en actitud de orar.

Y de pronto levantó la cabeza la joven y habló así, sonriente: ‘¡Oh rey magnánimo, soberano nuestro! ¡Oh león valeroso! ¡Sabe...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima vigésima novena noche…

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Valram

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domingo, 17 de enero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima vigésima séptima noche

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“Y cuando llegó la 527ª noche

Ella dijo:

‘...En cuanto a su grupa bendita, cima de anhelos y deseos, era tan fastuosa, en verdad, que ni el propio mercader pudo encontrar un velo lo bastante grande para envolverla.

Así es que el rey quedó maravillado de todo aquello hasta el límite de la maravilla, y preguntó al mercader: ‘¡Oh jeique! ¿Cuánto cuesta esta esclava?’ El mercader contestó: ‘¡Oh mi señor! yo se la compré a su primer amo por dos mil dinares; pero después he viajado con ella durante tres años para llegar hasta aquí, y he invertido en ella tres mil dinares más; ¡de modo que no es una venta lo que vengo a proponerte, sino un regalo que te ofrezco de mí para ti!’ Y el rey quedó encantado con el lenguaje del mercader, y le puso un espléndido ropón de honor y mandó que le dieran diez mil dinares de oro. Y el mercader besó la mano del rey, y le dio gracias por su bondad y su munificencia, y se marchó por su camino.

Entonces dijo el rey a las intendentas y a las mujeres de palacio: ‘Conducidla al hammam y arregladla, y cuando hayáis hecho desaparecer en ella las huellas del viaje, no dejéis de ungirla con nardo y perfumes y de darle por aposento el pabellón de las ventanas que miran al mar’. Y en aquella hora y aquel instante ejecutáronse las órdenes del rey.

Porque la capital en que reinaba el rey Schahramán se encontraba situada a la orilla del mar, efectivamente, y se llamaba la Ciudad Blanca. Y por eso, después del baño, las mujeres de palacio pudieron conducir a la joven extranjera a un pabellón con vistas al mar.

Entonces el rey, que sólo esperaba este momento, penetró en las habitaciones de la esclava. Pero se sorprendió mucho al ver que ella no se levantaba en honor suyo y no hacía de él más caso que si no estuviese allí. Y pensó él para sí: ‘¡Deben haberla educado gentes que no le enseñaron buenos modales!’ Y la miró con más detenimiento, y ya no pensó en su falta de cortesía, pues tanto le encantaban su belleza y su rostro, que era una luna llena o una salida de sol en un cielo sereno.

Y dijo: ‘¡Gloria a Alah, que ha creado la Belleza para los ojos de sus servidores!’ Luego sentóse junto a la joven, y la oprimió contra su pecho tiernamente. Después la sentó en sus rodillas y la besó en los labios, y saboreó su saliva, que hubo de parecerle más dulce que la miel. Pero ella no decía una palabra y le dejaba hacer, sin oponer resistencia ni mostrar ningún deseo. Y el rey mandó que sirvieran en la estancia un festín magnífico, y él mismo se dedicó a servirle de comer y a llevarle los bocados a los labios.

De cuando en cuando la interrogaba dulcemente por su nombre y por su país. Pero ella permanecía silenciosa, sin pronunciar una palabra y sin levantar la cabeza para mirar al rey, el cual la encontraba tan hermosa, que no podía decidirse a encolerizarse con ella. Y pensó: ‘¡Acaso sea muda! ¡Pero es imposible que el Creador haya formado semejante belleza para privarla de la palabra! ¡Sería una imperfección indigna de los dedos del Creador!’

Luego llamó a las servidoras para que le vertieran agua en las manos; y se aprovechó del momento en que le presentaban el jarro y la jofaina para preguntarles en voz baja: ‘¿La oísteis hablar cuando estuvisteis cuidándola?’

Ellas contestaron: ‘Lo único que podemos decir al rey es que en todo el tiempo que estuvimos junto a ella sirviéndola, bañándola, perfumándola, peinándola y vistiéndola, ni siquiera la hemos visto mover los labios para decirnos: ‘¡Esto está bien! ¡Esto otro no está bien!’ Y no sabemos si será desprecio para nosotras o ignorancia de nuestra lengua o mudez; ¡pero lo cierto es que no hemos conseguido hacerla hablar ni una sola palabra de gratitud o de censura!’

Al oír este discurso de las esclavas y de las matronas, el rey llegó al límite del asombro, y pensando que aquel mutismo se debería a alguna pena íntima, quiso tratar de distraerla. A tal fin, congregó en el pabellón a todas las damas de palacio y a todas las favoritas, con objeto de que se divirtiese y se distrajera ella con las demás; y las que sabían tocar instrumentos de armonía los tocaron, en tanto que las otras cantaban, bailaban o hacían ambas cosas a la vez. Y aparecía satisfecho todo el mundo, excepto la joven, que continuó inmóvil en su sitio, con la cabeza baja y los brazos cruzados, sin reír ni hablar.

Al ver aquello, el rey sintió oprimírsele el pecho y ordenó a las mujeres que se retiraran. Y se quedó solo con la joven.

Después de intentar en vano sacarle una respuesta o una palabra, se acercó a ella y se puso a desnudarla...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima vigésima octava noche…

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