viernes, 22 de enero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima trigésima segunda noche

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“Pero cuando llegó la 532ª noche

Ella dijo:

‘...Pero desde el momento en que nos afirmas que eres dichosa, ¿qué cosa mejor podríamos desearte? Y sin duda, sería tentar al Destino el querer casarte con uno de nuestros príncipes del mar, a despecho de la suerte contraria’. Y contestó Flor-de-Granada: ‘¡Sí, ¡por Alah! aquí estoy en el límite de la tranquilidad, de las delicias, de los honores, de la felicidad y de mis aspiraciones todas!’

¡Eso fue todo!

Y el rey oía lo que decía Flor-de-Granada; y se regocijaba en su corazón, y la agradecía en el alma estas buenas palabras; y la amó entonces mil millares de veces más que antes; y el amor que la tenía se consolidó para siempre en el núcleo de su corazón; y se prometió darle nuevas pruebas de afecto y de pasión en todas las ocasiones posibles.

Tras de lo cual Flor-de-Granada llamó con una palmada a sus esclavas, y les dio orden de que pusieran el mantel y sirvieran los manjares, cuyo condimento fue ella misma a vigilar en la cocina.

Y las esclavas llevaron bandejas grandes cubiertas de carnes asadas, de pasteles y de frutas; y Flor-de-Granada invitó a sus parientes a que se sentaran con ella alrededor del mantel y comieran. Pero ellos contestaron: ‘¡No, ¡por Alah! no lo haremos de ningún modo antes de que hayas ido a prevenir de nuestra llegada a tu esposo, el rey! ¡Porque hemos entrado en su morada sin su permiso, y no nos conoce! ¡Sería una falta de educación comer en su palacio y aprovecharnos de su hospitalidad sin saberlo él!

¡Ve, pues a prevenirle, y dile cuán dichosos nos sentimos al verle y compartir con él el pan y la sal!’

Entonces Flor-de-Granada fue en busca del rey, que se mantenía escondido en la estancia contigua, y le dijo: ‘¡Oh dueño mío! ¡sin duda oirías que te elogié ante mis parientes, y que estaban decididos a llevarme con ellos si les hubiese dicho la menor cosa que les hiciera creer que no era feliz contigo!’

Y contestó el rey: ‘¡Ya lo he oído y lo he visto! ¡En esta hora bendita tuve la prueba de tu adhesión a mí, y ya no puedo dudar de tu afecto!’ Flor-de-Granada dijo: ‘De modo que, en vista de las alabanzas que de ti les hice, mi madre, mi hermano y mis primas experimentan por ti un afecto considerable, y puedo asegurarte que te quieren mucho. ¡Me han dicho que no se conformaban con volver a su país sin haberte visto, haberte presentado sus homenajes y formulado sus deseos de paz, y haber charlado contigo amistosamente! ¡Así, pues, te ruego que te prestes a sus deseos, a fin de que les veas y te vean, y reine entre vosotros el afecto puro y la amistad!’

Y el rey contestó: ‘¡Escuchar es obedecer, porque también es ése mi deseo!’ Y al instante se levantó y acompañó a Flor-de-Granada a la sala en que se hallaban sus parientes.

Y en cuanto entró les deseó la paz de la manera más cordial, y le devolvieron ellos la zalema; y besó él la mano de la vieja reina Langosta, y abrazó al príncipe Saleh, y los invitó a todos a sentarse. Entonces le cumplimentó el príncipe Saleh, y le manifestó la alegría que experimentaban todos por ver a Flor-de-Granada convertida en la esposa de un gran rey, en vez de haber caído en las manos de un bruto que la habría desflorado para dársela luego en matrimonio a algún chambelán o a su cocinero. Y le expresó cuánto querían todos a Flor-de-Granada, y que antiguamente, antes de que ella fuese púber, habían pensado en casarla con algún príncipe del mar; pero empujada por su destino, se escapó de los países submarinos para casarse a su gusto. Y contestó el rey: ‘¡Sí! Alah me la tenía destinada. ¡Y os doy las gracias a ti, suegra mía, reina Langosta, y a ti, príncipe Saleh, y también a mis amables primas, por vuestros votos y cumplimientos y por haber dado vuestro consentimiento para mi matrimonio!’

Luego el rey les invitó a sentarse con él alrededor del mantel, y estuvo charlando con ellos mucho tiempo con toda cordialidad, y después condujo a cada uno por sí mismo a su aposento. Así es que los parientes de Flor-de-Granada permanecieron en el palacio, en medio de fiestas y regocijos dados en su honor, hasta el parto de la reina, que no tardó en llegar. Porque al cabo del término fijado, parió ella, entre las manos de la reina Langosta y de sus primas, un hijo varón igual que la luna llena, y sonrosado y rollizo. Y envuelto en mantillas magníficas, se lo presentaron a su padre, el rey, que le recibió con los transportes de una alegría que ni la pluma ni la lengua sabrían describir. Y en acción de gracias, hizo él muchas dádivas a los pobres, a las viudas y a los huérfanos, y mandó abrir las cárceles y dar libertad a todos sus esclavos de ambos sexos; pero los esclavos no quisieron libertad, de tan dichosos como se encontraban dependiendo de un amo semejante.

Más tarde, al cabo de siete días de regocijos continuos, en medio de las felicidades todas, la reina Flor-de-Granada dio a su hijo el nombre de Sonrisa-de-Luna, con el asentimiento de su esposo, de su madre y de sus primas...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima trigésima tercera noche…

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Valram

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jueves, 21 de enero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima trigésima primera noche

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“Y cuando llegó la 531ª noche

Ella dijo:

‘... y ayudadas por mi madre, velarán mis primas por la seguridad de mi parto y cuidarán del recién nacido, heredero de tu trono’. Al oír estas palabras, el rey exclamó maravillado: ‘¡Oh Flor- de-Granada! ¡tus deseos constituyen mi norma de conducta, y yo soy el esclavo que obedece a las órdenes de su ama! Pero dime ¡oh maravillosa! ¿Cómo vas a arreglarte en tan poco tiempo para avisar a tu madre, a tu hermano y a tus primas, y para hacer que vengan antes de que des a luz, estando el momento tan próximo? ¡De todos modos, conviene que yo sepa de antemano cuándo llegarán, para hacer los preparativos necesarios y recibirles con todos los honores que merecen!’ Y contestó la joven reina: ‘¡Oh dueño mío, entre nosotros no hay necesidad de ceremonias! Y además, mis parientes, estarán aquí dentro de un instante. Y si quieres ver cómo van a llegar, no tienes más que entrar en esta habitación contigua a la mía, y mirarme y mirar también las ventanas que dan al mar’.

El rey Schahramán entró al punto en la estancia contigua, y miró con atención lo que iba a hacer Flor-de-Granada a la vez que lo que iba a producirse sobre el mar.

Y Flor-de-Granada sacó de su seno dos trozos de madera de áloe de las Islas Comores, los puso en un braserillo de oro, y los quemó. Y cuando se disipó el humo, lanzó ella un silbido prolongado y agudo, y pronunció sobre el braserillo palabras desconocidas y fórmulas conjuratorias. Y en el mismo momento se conmovió y se agitó el mar, y salió primero del agua un joven como la luna, hermoso y de buen aspecto, y parecido en la cara y en la elegancia a su hermana Flor-de-Granada; y eran blancas y sonrosadas sus mejillas, y sus cabellos y su bigote naciente eran de un verde mar; y como dice el poeta, era él más maravilloso que la propia luna, porque la luna no tiene por morada ordinaria más que un solo signo del cielo, ¡mientras que aquel joven habita indistintamente en los corazones todos! Tras de lo cual salió del mar una vieja muy anciana, de cabellos blancos, que era la llamada Langosta, la madre del joven y de Flor-de- Granada. E inmediatamente la siguieron cinco muchachas jóvenes cual lunas, que tenían cierto parecido con Flor-de-Granada, de la que eran primas.

Y el joven y las seis mujeres echaron a andar por el mar, y a pie enjuto llegaron bajo las ventanas del pabellón. Y de un salto consiguieron entrar uno tras otro por la ventana donde se les había aparecido Flor-de-Granada, que hubo de retirarse para dejarles pasar.

Entonces el príncipe Saleh y su madre y sus primas se arrojaron al cuello de Flor-de-Granada, y la besaron con efusión, llorando de alegría al encontrarla, y le dijeron: ‘¡Oh Gul-i-anar! ¿Cómo tuviste valor para abandonarnos y tenernos durante cuatro años sin noticias tuyas y sin indicarnos siquiera el lugar donde te encontrabas? ¡Ualah! ¡el mundo nos pesaba de tan abrumados como estábamos por el dolor de la separación! ¡Y ya no experimentábamos placer en comer ni en beber, porque todos los alimentos resultaban insípidos para nuestro gusto! ¡Y no sabíamos más que llorar y sollozar día y noche, poseídos por el dolor intensísimo que nos producía tu separación! ¡Oh Gul-i- anar! ¡Mira cómo ha enflaquecido y empalidecido de tristeza nuestro rostro!’

Y al oír estas palabras, Flor-de-Granada besó la mano a su madre y a su hermano, el príncipe Saleh, y besó de nuevo a sus queridas primas, y les dijo a todos: ‘¡Es verdad! ¡Caí en falta gravemente para con vuestra ternura, marchándome sin preveniros! Pero, ¿qué se puede hacer contra el Destino? ¡Alegrémonos de habernos encontrado ahora, y demos gracias por ello a Alah el Bienhechor!’ Luego les hizo sentarse a todos cerca de ella, ¡y les contó toda su historia desde el principio hasta el fin! Pero sería inútil repetirla. Luego añadió: ‘Y ahora que estoy casada con este rey excelente y perfecto hasta el límite de las perfecciones, el cual me ama y al cual amo, y que me ha dejado encinta, os hice venir para reconciliarme con vosotros y rogaros que me asistáis en el parto. ¡Porque no tengo confianza en las comadronas terrestres, que no entienden nada respecto a partos de hijas del mar!’

Entonces contestó su madre, la reina Langosta: ‘¡Oh hija mía! ¡Al verte en este palacio de un príncipe de la tierra, tuvimos miedo de que no fueses dichosa; y estábamos dispuestos a rogarte que nos siguieras a nuestra patria, porque ya sabes cuánto es nuestro deseo de saber que eres dichosa y vives tranquila y sin preocupaciones! Pero desde el momento en que nos afirmas que eres dichosa, ¿qué cosa mejor podríamos desearte?

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana. v se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima trigésima segunda noche…

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