martes, 26 de enero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima trigésima sexta noche

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“Pero cuando llegó la 536ª noche

Ella dijo:

‘…no puedo hablarte de esa joven delante de él: ¡tengo mis motivos para tomar esta precaución!’

Entonces Flor-de-Granada se acercó a su hijo, y le tentó, y le palpó, y le escuchó respirar; y como parecía él sumido en un sueño pesado, pues había comido un guiso de cebollas que le gustaba mucho y que le procuraba de ordinario una siesta muy profunda, la reina dijo a Saleh: ‘¡Duerme! ¡Puedes explicar lo que tengas que proponer!’

El príncipe dijo: ‘Has de saber ¡oh hermana mía! que si tomo esta precaución es porque tengo que hablarte ahora de una princesa del mar que es extremadamente difícil de obtener en matrimonio, no por ella, sino por su padre, el rey. Por eso no conviene que mi sobrino oiga hablar de ella mientras no estemos seguros de la cosa; porque ya sabes ¡oh hermana mía! que el amor se transmite por el oído con más frecuencia que por los ojos entre nosotros los musulmanes, cuyas mujeres e hijas llevan tapado el rostro con el velo púdico’. Y dijo la reina: ‘¡Oh hermano mío, tienes razón! ¡Porque el amor al principio es un poco de miel que no tarda en transformarse en un vasto mar salado de perdición! ¡Pero, por favor, dime pronto el nombre de esa princesa y de su padre!’ Saleh dijo: ‘Es la princesa Gema, hija del rey Salamandra el marino’.

Al escuchar este nombre, exclamó Flor-de-Granada: ‘¡Ah! ¡Ya me acuerdo ahora de esa princesa Gema! Cuando yo habitaba todavía en el mar, era una niña de un año apenas, pero hermosa entre todas las niñas de su edad. ¡Qué maravillosa debe estar ahora!’ Saleh contestó:

‘¡Maravillosa es, en verdad, y ni sobre la tierra ni en los reinos que hay debajo de las aguas, se ha visto una belleza semejante! ¡Oh! ¡Es deliciosa y gentil y dulce y sabrosa y encantadora, hermana mía! ¡Y tiene un color! ¡Y unos cabellos! ¡Y unos ojos! ¡Y un talle! ¡Y una grupa! ¡Ah! pesada, tierna y firme a la vez y floja, ¡y redonda por todas partes sin excepción! ¡Cuando se balancea, da envidia a la rama del ban! ¡Cuando se vuelve hacia ellos, se ocultan los antílopes y las gacelas! ¡Cuando se descubre, avergüenza al sol y a la luna! ¡Cuando se mueve, derriba! ¡Cuando se apoya, mata! ¡Y cuando se sienta, es la huella que deja tan profunda, que no desaparece ya! ¿Cómo no llamarla entonces Gema, si es tan brillante y tan perfecta?’

Y contestó Flor-de-Granada: ‘¡En verdad que su madre estuvo bien inspirada por Alah el Omnisciente al darle ese nombre! ¡He ahí la que verdaderamente conviene para esposa a mi hijo Sonrisa-de-Luna!’

¡Eso fue todo! ¡Y Sonrisa-de-Luna fingía dormir, pero se deleitaba en su alma, y se estremecía pensando en poseer pronto a aquella princesa marina tan fina y opulenta!

Pero Saleh añadió en seguida: ‘¡Sin embargo, ¡oh hermana mía! el padre de la princesa Gema, el rey Salamandra, es un hombre brutal, 'grosero, detestable! ¡Ya negó a su hija a varios príncipes que se la pedían en matrimonio, y les expulsó ignominiosamente después de molerles los huesos! ¡Así es que no estoy seguro de la acogida que nos haga ni de cómo va a parecerle nuestra petición! ¡Y heme aquí en el límite de la perplejidad a causa de eso!’

La reina contestó: ‘¡Muy delicado es el asunto! ¡Y necesitamos pensarlo mucho antes y no sacudir el árbol antes de que la fruta esté madura!’

Y Saleh dijo en conclusión: ‘¡Sí, reflexionemos, y ya veremos luego!’

Después, como en aquel momento Sonrisa-de-Luna hacía ademán de despertarse, cesaron de hablar, pensando reanudar más tarde la conversación en el punto en que la dejaban. ¡Y he aquí lo referente a ellos!

En cuanto a Sonrisa-de-Luna, se levantó acto seguido, como si no hubiera oído nada, y se desperezó tranquilamente; pero dentro de sí su corazón se abrasaba de amor y se arrugaba cual si estuviese en un brasero lleno de carbones ardiendo...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima trigésima séptima noche…

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Valram

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lunes, 25 de enero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima trigésima quinta noche

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“Y cuando llegó la 535ª noche

Ella dijo:

‘...Y murió con mucha tranquilidad, y se albergó en la misericordia de Alah (¡exaltado sea!) Y fueron grandes el duelo y la aflicción de Flor-de-Granada y del rey Sonrisa-de-Luna, y lloraron al difunto un mes entero sin ver a nadie, y le erigieron una tumba digna de su memoria, dedicándole bienes de mano muerta a beneficio de los pobres, de las viudas y de los huérfanos.

Y en este intervalo presentáronse para tomar parte en la aflicción general la abuela del rey, la reina Langosta, y el tío del rey, el príncipe Saleh, y las tías del rey, oriundas del mar, que ya en vida del viejo rey, habían ido a visitar a sus parientes varias veces. Y lloraron mucho por no haber podido asistir a sus últimos momentos. E hicieron común su dolor; y se consolaban mutuamente por turno; y después de mucho tiempo, acabaron por conseguir que el rey olvidara un poco la muerte de su padre, y le decidieron a que reanudara sus sesiones del diwán y se ocupara de los asuntos de su reino. Y les escuchó él, y tras mucha resistencia, consintió en vestir de nuevo sus trajes reales, recamados de oro y constelados de pedrerías, y en ceñir la diadema. Y empuñó otra vez la autoridad e hizo justicia con la aprobación universal y el respeto de grandes y pequeños; y así se pasó otro año.

Pero una tarde, el príncipe Saleh, que desde hacía algún tiempo no había vuelto a ver a su hermana y a su sobrino, salió del mar y entró en la sala donde se hallaba en aquel momento la reina y Sonrisa -de-Luna. Y les hizo sus zalemas, y les besó; y Flor-de-Granada le dijo: ‘¡Oh hermano mío! ¿Cómo estás, y cómo está mi madre, y cómo están mis primas?’ El príncipe contestó: ‘¡Oh hermana mía! ¡Están muy bien y viven en la tranquilidad y el contento, y no les falta más que ver tu rostro y el rostro de mi sobrino el rey Sonrisa-de-Luna!’ Y se pusieron a charlar de unas cosas y de otras, comiendo avellanas y alfónsigos; y el príncipe Saleh empezó a hablar, con grandes alabanzas, de las cualidades de su sobrino Sonrisa-de-Luna, de su belleza, de sus encantos, de sus proporciones, de sus modales exquisitos, de su destreza en los torneos y de su sabiduría. Y el rey Sonrisa-de-Luna, que estaba allí acostado en el diván y con la cabeza apoyada en los almohadones; al oír lo que decían de él su madre y su tío, no quiso aparentar que les escuchaba, y fingió dormir. Y de aquella manera pudo oír cómodamente lo que seguían diciendo acerca de él.

En efecto, al ver dormido a su sobrino, el príncipe Saleh habló con más libertad a su hermana Flor-de-Granada, y le dijo: ‘¡Olvidas, hermana mía, que pronto va a cumplir tu hijo diez y siete años, y que ésa ya es edad de pensar en casar a los hijos! Por eso al verle tan hermoso y tan fuerte, como sé que a su edad se tienen necesidades que es preciso satisfacer de una manera o de otra, tengo miedo de que le sucedan cosas desagradables. ¡Es de todo punto necesario, pues, casarle, buscándole entre las hijas del mar una princesa que le iguale en encantos y en belleza!’

Y contestó Flor-de-Granada: ‘¡Ciertamente, es también ése mi íntimo deseo, porque no tengo más que un hijo, y ya es tiempo de que él tenga asimismo un heredero para el trono de sus padres!

¡Te ruego, pues, ¡oh hermano mío! que traigas a mi memoria las jóvenes de nuestro país, porque hace tanto tiempo que abandoné el mar, que ya no me acuerdo de las que son hermosas y de las que son feas!’

Entonces Saleh púsose a enumerar a su hermana las princesas más hermosas del mar, una tras otra, aquilatando cuidadosamente sus cualidades, y el pro y el contra, y las ventajas y desventajas. Y a cada vez contestaba la reina Flor-de-Granada: ‘¡Ah! ¡No, no quiero a ésta por su madre, ni a ésa por su padre, ni a aquélla por su tía, que tiene la lengua muy larga; ni a aquélla otra por su abuela, que huele mal; ni a la de más allá, por su ambición y sus ojos vacíos!’

Así, sucesivamente, fue rehusando a todas las princesas que Saleh le enumeraba.

Entonces le dijo Saleh: ‘¡Oh hermana mía, razón te asiste para contentarte difícilmente al escoger esposa a tu hijo, que no tiene igual en la tierra ni debajo del mar! ¡Pero ya te he enumerado todas las jóvenes disponibles, y no me queda por proponerte más que una!’

Luego se interrumpió, y dijo, dudando: ‘Antes conviene que me cerciore de que mi sobrino está bien dormido; porque no puedo hablarte de esa joven delante de él: ¡tengo mis motivos para tomar esta precaución...!

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima trigésima sexta noche…

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