viernes, 5 de febrero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima cuadragésima sexta noche

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“Y cuando llegó la 546ª noche

Ella dijo:

‘...Luego se sentó en el diván y miró a Sonrisa-de-Luna con los ojos entornados. ¡Y qué mirada! ¡Larga, perforadora, ardorosa y relampagueante! Y Sonrisa-de-Luna se sintió como atravesado por una azagaya o abrasado por un carbón ardiendo. Y la joven reina se encaró con el jeique, y le dijo: ‘¡Oh jeique Abderrahmán! ¿De dónde has sacado semejante joven?’ El jeique contestó: ‘Es hijo de mi hermano. Acaba de llegar de viaje a casa.’ Ella dijo: ‘Es muy hermoso, ¡oh jeique! ¿Querrías prestármele solamente por una noche? ¡Sólo hablaré con él, y nada más, y te lo devolveré intacto mañana por la mañana!’ El jeique dijo: ‘¿Me juras que jamás tratarás de hechizarle?’ Ella contestó: ‘¡Lo juro ante el señor de los magos y ante ti, venerable tío!’

E hizo dar como regalo al jeique mil dinares de oro para mostrarle su gratitud, y mandó que montaran a Sonrisa-de-Luna en un maravilloso caballo cubierto de pedrerías, y le llevó con ella al palacio. Y aparecía en medio del cortejo cual la luna en medio de estrellas.

Y he aquí que Sonrisa-de-Luna, que se resignaba a dejar obrar el Destino en adelante, no decía una palabra y se dejaba conducir sin exteriorizar sus sentimientos en manera alguna.

Y la maga Almanakh, que sentía arder sus entrañas por aquel joven mucho más de lo que nunca habían ardido por sus pasados amantes, se apresuró a conducirle a una sala que tenía las paredes de oro y el ambiente refrescado por un salto de agua que brotaba de una pila de turquesa. Y fue a echarse con él en un lecho amplio de marfil, donde empezó a acariciarle de una manera tan extraordinaria, que se puso él a cantar y a bailar entre todos los pájaros. ¡Y no tenía ella nada de brutal, sino al contrario! ¡Era verdaderamente tan delicada!... ¡Tanto, que fueron incalculables los asaltos que el gallo prodigó a la infatigable gallina!

Y se dijo él: ‘¡Por Alah, que es infinitamente experta! ¡Y no me atropella! ¡Se toma su tiempo, y yo lo mismo! ¡Así es que, como creo imposible que la princesa Gema sea tan maravillosa como esta encantadora, quiero permanecer aquí toda mi vida, y no pensar más en la hija de Salamandra, ni en mis parientes, ni en mi reino!’

Y el hecho fue que permaneció allí cuarenta días y cuarenta noches, pasando todo su tiempo con la joven maga, entre festines, bailes, cantos, caricias, movimientos, asaltos, copulaciones y otras cosas análogas, en el límite del placer y del júbilo.

Y de cuando en cuando, Almanakh le preguntaba en broma: ‘¡Oh ojos míos! ¿Te encuentras conmigo mejor que con tu tío en la tienda?’ Y contestaba él: ‘¡Por Alah! ¡Oh mi señora, mi tío es un pobre vendedor de drogas, pero tú eres la propia triaca!’

Y he aquí que, estando en la cuadragésima noche, la maga Almanakh, tras un número infinito de asaltos con Sonrisa-de-Luna, parecía más agitada que de costumbre, y se echó a dormir. Pero hacia la medianoche, Sonrisa-de-Luna, que fingía dormir, la vio levantarse del lecho con el rostro encendido. Y se puso ella en medio de la sala y cogió de una bandeja de cobre un puñado de granos de cebada, que arrojó al agua de la pila. Y al cabo de unos instantes germinaron los granos de cebada, y salieron del agua sus tallos, y maduraron y se doraron sus espigas. Entonces la maga recogió los granos nuevos, los machacó en un mortero de mármol, los mezcló con ciertos polvos que fue sacando de diferentes cajas, e hizo con ello una pasta redonda como una torta. Luego puso el pastel preparado de aquella manera en la lumbre de una estufilla, y lo coció lentamente. Entonces lo retiró del fuego, lo envolvió en una servilleta y fue a ocultarlo en un armario, tras de lo cual volvió a acostarse en el lecho al lado de Sonrisa-de-Luna, y se durmió.

Pero por la mañana, Sonrisa-de-Luna, que desde que entró en el palacio de la maga se había olvidado del viejo jeique Abderrahmán, se acordó de él a tiempo, y pensó en la necesidad de ir en su busca, para ponerle al corriente de lo que había visto hacer a Almanakh durante la noche. Y fue a la tienda del jeique, que se alegró mucho de verle, le besó con efusión, le hizo sentarse, y le dijo:

‘¡Creo, hijo mío, que no habrás tenido queja de la maga Almanakh, por muy infiel que sea!’ El joven contestó: ‘¡Por Alah, mi buen tío! me ha tratado todo este tiempo con mucha delicadeza y no me ha atropellado lo más mínimo. ¡Pero esta noche la sentí levantarse, y al verla con el rostro encendido, fingí que dormía, y la he visto hacer cosas que me inducen a temerlo todo de ella! Por eso, ¡oh venerable tío mío! vengo a consultarte’.

Y le contó la operación nocturna que hubo de efectuar la maga...

En ese momento de su narración. Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima cuadragésima séptima noche…

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Valram

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jueves, 4 de febrero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima cuadragésima quinta noche

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“Y cuando llegó la 545ª noche

Ella dijo:

‘...Sonrisa-de-Luna creía percibir en los gritos que daban como una vaga salmodia en lengua árabe y que se parecía a la que recitan ante los muertos los lectores del Korán. Y sin saber ya si estaba dormido o despierto ni si todo aquello era sólo una ilusión engañosa del estado en que se hallaba, Sonrisa-de-Luna empezó a caminar como en sueños y llegó de tal suerte a la puerta de la ciudad encaramada en la cima de la colina. Y vio sentado a la entrada de una droguería un jeique de barba blanca, al cual se apresuró a desear la paz. Y el jeique, por su parte, al verle tan hermoso, quedó en extremo encantado y se levantó, le devolvió la zalema e hizo señas a los cuadrúpedos para que se alejaran. Y se alejaron, volviendo la cabeza de vez en cuando, como para indicar la intensidad de sus penas; luego se dispersaron por todos lados y desaparecieron.

Entonces, interrogado por el viejo jeique, Sonrisa-de-Luna contó su historia en pocas palabras, y dijo al jeique después: ‘¡Oh venerable tío mío! ¿Puedes a tu vez decirme qué ciudad es esta ciudad y quiénes son esos extraños cuadrúpedos que me acompañaban lamentándose?’ El jeique contestó: ‘¡Hijo mío, entra antes en mi tienda y siéntate! Porque debes estar necesitado de alimento. ¡Y después te diré lo que pueda decirte!’ Y le hizo entrar y sentarse en un diván al extremo de la tienda, y le llevó de comer y de beber. Y cuando se hubo refrigerado y refrescado, le besó entre los ojos, y le dijo: ‘¡Da gracias ¡oh hijo mío! a Alah, que te hizo encontrarte conmigo antes de que te viera la reina de aquí! ¡Si no te dije nada hasta ahora fue porque temía turbarte e impedirte así que comieras con gusto! ¡Pues has de saber que esta ciudad se llama la Ciudad de los Encantamientos y que la que aquí reina se llama la reina Almanakh!

¡Es una maga formidable, una verdadera cheitana! ¡Y he aquí que el deseo la abrasa sin cesar! Y cada vez que encuentra a un extranjero joven, fuerte y hermoso que desembarca en esta isla, le seduce y se hace cabalgar y copular muchas veces por él durante cuarenta días y cuarenta noches. Pero, como al cabo de ese tiempo le ha agotado completamente, le metamorfosea en animal. Y como, bajo esta nueva forma de animal, recupera él fuerzas nuevas y potentes virtudes, se metamorfosea ella misma a su antojo, cada vez en el animal que le conviene, yegua o burra, y se hace copular así por el asno o el caballo una cantidad innumerables de veces. Tras de lo cual recobra su forma humana para tener nuevos amantes y nuevas víctimas entre los jóvenes hermosos que encuentra. ¡Y a veces, en las noches de sus deseos extremados, ocurre que se hace cabalgar sucesivamente, hasta que llega la mañana, por todos los cuadrúpedos de la isla! ¡Y así pasa su vida!

‘¡Pero como te quiero con un cariño grande, hijo mío, no me gustaría verte caer en manos de esa encantadora insaciable, que no vive más que para lo que acabo de decirte! Y como sin duda eres el más hermoso de todos los jóvenes que han desembarcado en esta isla, ¿quién sabe lo que sucedería si te advirtiese la reina Almanakh?

‘Respecto a los asnos, los mulos y los caballos que al divisarte bajaron de la montaña a tu encuentro, son precisamente, los jóvenes que ha metamorfoseado Almanakh. Y como te veían tan joven y tan hermoso, tuvieron piedad de ti y con sus signos de cabeza quisieron decidirte de antemano a que volvieras al mar. Luego, como veían que te obstinabas en quedarte a pesar de sus objeciones, te acompañaron hasta aquí salmodiando en su lenguaje las fórmulas fúnebres, como si acompañaran a un hombre muerto para la vida humana.

‘Pero la vida con esta joven reina Almanakh, la encantadora, no sería nada desagradable, ¡oh hijo mío! si no abusase ella del que la suerte le trae como amante.

‘Por lo que a mí atañe, me teme y me respeta, porque sabe que soy más versado que ella en el arte de la hechicería y de los encantamientos. ¡Pero como soy un creyente en Alah y en su Profeta (¡con él la plegaria y la paz!), yo, hijo mío, no me sirvo de la magia para hacer el mal! ¡Pues el mal acaba siempre por volverse contra el malhechor!’

Y he aquí que, apenas el viejo jeique había dicho estas palabras, avanzó por su lado un magnífico cortejo de mil jóvenes como lunas, vestidas de púrpura y de oro, que fueron a ponerse en dos filas a lo largo de la tienda para dejar paso a una joven más bella que todas, montada en un caballo árabe resplandeciente de pedrerías. Y era la propia reina Almanakh, la maga. Y se paró delante de la tienda, echó pie a tierra, ayudada por las dos esclavas que tenían la brida, y entró en casa del viejo jeique, a quien saludó con mucha cortesía. Luego se sentó en el diván y miró a Sonrisa-de-Luna con ojos entornados...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discreta.”

Continuará: La quingentésima cuadragésima sexta noche…

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