sábado, 20 de febrero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima sexagésima primera noche

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“Y cuando llegó la 561ª noche

Ella dijo:

‘...Y de tal modo se asemejaba el pescador a uno de esos efrits malhechores que rondan por los lugares desiertos. Y Harún le deseó la paz, y Califa correspondió al deseo, renegando y lanzándole una mirada llameante. Y Harún le dijo: ‘¡Oh hombre! ¿Puedes darme un sorbo de agua?’ Y Califa le contestó: ‘¡Oh tú! ¿Eres ciego o estás loco! ¿No ves correr el agua detrás de esta colina?’ Entonces Harún dio la vuelta a la colina y fue a parar al Tigris, donde apagó su sed tendiéndose de bruces, y también hizo beber a su mula.

Luego volvió junto a Califa, y le dijo: ‘¿Qué haces aquí, ¡oh hombre! y cuál es tu oficio?’ Califa contestó: ‘En verdad que esa pregunta es todavía más extraña y más extraordinaria que la concerniente al agua. ¿Acaso no ves en mis hombros el aparejo de mi oficio?’ Y al ver la red; le dijo Harún: ‘¡Sin duda eres pescador!’ El otro dijo: ‘¡Tú lo has dicho!’

Y Harún le preguntó: ‘¿Pero qué hiciste de tu ropón, de tu camisa y de tu saco?’ Al oír estas palabras, Califa, que había perdido los diversos objetos que acababa de nombrar Al-Raschid, no dudó un instante de que tenía en su presencia al propio ladrón que se los había quitado en la playa, y precipitándose como un relámpago sobre Al-Raschid desde lo alto de la colina, asió por la brida a la mula, exclamando: ‘¡Devuélveme mis efectos y pon fin a esta broma de mal género!’ Harún contestó: ‘¡Por Alah, que no he visto tus ropas ni sé de qué quieres hablar!’ Y he aquí que, como es sabido, Al-Raschid tenía las mejillas gordas y abultadas y la boca muy pequeña. De modo que, al mirarle con más atención, Califa creyó que era un tañedor de clarinete, y le gritó: ‘¿Quieres o no, ¡oh tañedor de clarinete! devolverme mis efectos, o prefieres que te haga bailar a palos y orinarte en tus vestidos?’

Cuando el Califa vio suspendido sobre su cabeza el enorme garrote del pescador, se dijo:

‘¡Por Alah, que no podré soportar la mitad de un garrotazo de ese palo!’ Y sin vacilar más; se quitó su hermoso traje de raso, y ofreciéndoselo a Califa, le dijo: ‘¡Oh hombre! ¡Toma este traje para reemplazar con él los efectos que perdiste!’ Y Califa tomó el traje, le dio vueltas en todos sentidos, y dijo: ‘¡Oh tañedor de clarinete! mis efectos valen diez veces más que este traje tan mal adornado’.

Al-Raschid dijo: ‘¡Bueno! ¡Pero póntelo a pesar de todo, mientras busco tus efectos!’ Y Califa lo cogió y se lo puso; pero, pareciéndole demasiado largo, empuñó su cuchillo, que estaba enganchado en el asa del cesto de pesca, y de un tajo cortó todo el tercio inferior del vestido, sirviéndose de aquel retazo para confeccionarse al punto un turbante, mientras el traje apenas le llegaba a las rodillas; sin embargo, él lo prefería así para poder moverse con facilidad. Luego se encaró con el califa, y le dijo: ‘¡Por Alah sobre ti, ¡oh tañedor de clarinete! dime cuántos ingresos te produce al mes tu oficio!’ El califa contestó, sin atreverse a contrariar a su interpelante: ‘¡Mi oficio de tañedor de clarinete me produce unos diez dinares al mes!’ Y dijo Califa, con un gesto de conmiseración profunda: ‘¡Por Alah ¡oh pobre! que me entristece tu suerte! Porque esos diez dinares los gano yo en una hora, sin más que echar mi red y sacarla; pues tengo en el agua un mono que se ocupa de mis intereses, y se encarga de empujar los peces hacia mis redes cada vez que las echo. ¿Quieres, pues, ¡oh mejillas abultadas! entrar a mi servicio para que yo te enseñe el oficio de pescador y llegar a ser un día mi socio en la ganancia, empezando primero por ganar cinco dinares diarios como ayudante mío? ¡Y además, te aprovecharás de la protección de este garrote contra las exigencias de tu antiguo maestro de clarinete, al cual me encargo yo de derrengar con un solo garrotazo, si lo necesitas!’ Y Al-Raschid contestó: ‘¡Acepto la proposición!’ Califa dijo: ‘¡Entonces apéate de la mula y sujétala a cualquier parte, a fin de que pueda servirnos para llevar el pescado al mercado cuando sea preciso! ¡Y ven pronto para empezar tu aprendizaje de pescador!’

Entonces el califa, suspirando con toda el alma y lanzando en torno suyo miradas inquietas, se apeó de su mula, la ató cerca de allí, se arremangó lo que le quedaba de ropa y sujetó a su cinturón la orla de su camisa, yendo a situarse junto al pescador, que le dijo: ‘¡Oh tañedor de clarinete! toma esta red, échala al brazo de tal manera, y lánzala al agua de tal otra manera!’ Y Al- Raschid hizo con su corazón un llamamiento a todo el valor de que se sentía capaz, y ejecutando lo que le ordenaba Califa, arrojó la red al agua, y al cabo de algunos instantes quiso retirarla; pero la encontró tan pesada, que no pudo conseguirlo solo, y Califa se vio obligado a ayudarle; y entre los dos la atrajeron a la orilla, en tanto que Califa gritaba a su ayudante:

‘¡Oh clarinete de mi zib!, ¡si, por desgracia, noto que se ha roto o estropeado mi red con las piedras del fondo, te horadaré! ¡Y lo mismo que tú me cogiste mi ropa, te cogeré tu mula!’

Pero felizmente para Harún, ¡la red estaba intacta y llena de peces hermosísimos! De no ser así, Harún sin duda se habría visto ensartado por el zib del pescador, ¡y sólo Alah sabe como hubiera podido soportar semejante carga! ¡Sin embargo, no pasó nada! Por el contrario, el pescador dijo a Harún: ‘¡Oh clarinete! eres muy feo, y tu cara se parece exactamente a mi trasero; pero ¡por Alah! que si te fijas en tu nuevo oficio, llegará día en que seas un pescador extraordinario...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima sexagésima segunda noche…

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Valram

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viernes, 19 de febrero de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima sexagésima noche

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“Pero cuando llegó la 560ª noche

Ella dijo:

‘¡...no acaba para el camellero la peregrinación más que cuando ha horadado a su camello!’

Y se decidió entonces a envolverse en su red, a falta de otra ropa; luego empuñó su cayado, y con el cesto a la espalda, empezó a recorrer la ribera a grandes zancadas, yendo de un lado a otro, de derecha a izquierda, de delante atrás, jadeante y desordenado y rabioso como un camello en celo, ¡y de todo punto semejante a un efrit rebelde que se hubiese escapado de la estrecha prisión de bronce en que le tenía encerrado Soleimán!

¡Y tal es lo referente a Califa el Pescador!

¡Pero he aquí ahora lo que atañe al califa Harún Al-Raschid, que también toma parte en esta historia!

En aquel tiempo había en Bagdad, en calidad de hombre de negocios y joyero del califa, un individuo muy notable que se llamaba Ibn Al-Kirnas. Y era un personaje tan importante en el zoco, que cuanto se vendía en Bagdad de telas hermosas, joyas, objetos preciosos, mozos y jóvenes, no se vendía más que por mediación suya o después de haber pasado por sus manos o haberlo sometido a su informe. Y un día entre los días que Ibn Al-Kirnas estaba sentado en su tienda, vio ir hacia él al jefe de los corredores, que llevaba de la mano a una joven como jamás la había admirado nadie, pues llegaba al límite de la belleza, de la elegancia, de la finura y de la perfección. Y además de los encantos que atesoraba en sí, aquella joven conocía todas las ciencias, las artes, la poesía, el manejo de instrumentos armónicos, el canto y la danza. Así es que Ibn Al-Kirnas no vaciló en comprarla acto seguido por cinco mil dinares de oro; y después de vestirla con ropas que valían mil dinares, se la presentó al Emir de los Creyentes. Y pasó ella la noche con el califa. Y pudo éste poner a prueba por sí mismo entonces sus aptitudes y sus conocimientos variados. Y la encontró experta en todo y sin igual en la época.

Se llamaba la joven Fuerza-de-los-Corazones y era morena y de lozana piel.

De modo que, encantado de su nueva esclava, el Emir de los Creyentes envió al día siguiente a Ibn Al-Kirnas diez mil dinares como pago de la compra. Y sintió por la joven una pasión tan violenta, y de tal modo quedó subyugado su corazón, que desdeñó a su prima Sett Zobeida, hija de Al-Kassim; y abandonó a todas sus favoritas; y permaneció encerrado con la esclava un mes entero, sin salir más que para la plegaria del viernes y regresando inmediatamente a toda prisa.

Así es que a los señores del reino les pareció cosa demasiado grave para que se prolongase por más tiempo, y fueron a exponer sus quejas al gran visir Giafar Al-Barmaki. Y Giafar les prometió poner pronto remedio a aquel estado de cosas, y esperó a la plegaria del viernes siguiente para ver al califa. Y entró entonces en la mezquita y tuvo una entrevista con él, y durante largo rato pudo hablarle de las aventuras de amor y de sus consecuencias.

Después de escucharle sin interrumpirle, le contestó el califa: ‘¡Por Alah, ¡oh Giafar! para nada intervine en esta historia y en esta elección, y la culpa es de mi corazón, que dejóse prender en los lazos del amor, sin que yo sepa cómo libertarle de ellos!’ Y contestó el visir Giafar: ‘Piensa ¡oh Emir de los Creyentes! en que tu favorita Fuerza-de-los-Corazones estará siempre entre tus manos sometida a tus órdenes como una esclava entre tus esclavas, y ya sabes que cuando la mano posee, el alma deja de codiciar.

Además, quiero indicarte un medio para que tu corazón no se canse de la favorita: consiste en alejarte de ella de cuando en cuando, marchándote, por ejemplo, de caza o de pesca, ¡porque es posible que las redes de pescar libren a tu corazón de las otras redes en que el amor hubo de apresarte! ¡Mejor será esto que empezar enseguida a ocuparte de los asuntos de gobierno, pues en la situación en que te encuentras te aburriría demasiado ese trabajo!’

Y contestó el califa: ‘Excelente es tu idea, oh Giafar! ¡Vámonos de paseo sin tardanza ni dilación!’

Y en cuanto terminaron las plegarias, abandonaron la mezquita, montó en su mula cada cual, y se pusieron a la cabeza de su escolta, saliendo de la ciudad y caminando por los campos.

Después de haber errado mucho tiempo de un lado para otro en las horas de calor, acabaron por dejar a distancia tras ellos a su escolta, distraídos con la conversación; y Al-Raschid sintió una sed atroz, y dijo: ‘¡Oh Giafar, me tortura una sed muy grande!’ Y miró en todos sentidos a su alrededor, buscando alguna vivienda, y divisó a lo lejos una cosa que se movía en la alto de una colina, y preguntó a Giafar: ‘¿Ves algo que veo yo allá lejos?’

El otro contestó: ‘¡Sí, ¡oh Comendador de los Creyentes! veo en lo alto de una colina una cosa vaga! ¡Debe ser algún jardinero o un sembrador de cohombros! ¡De todos modos, como sin duda hay agua por allá, echaré a correr para traértela!’

Al-Raschid contestó: ‘¡Mi mula es más veloz que tu mula! ¡Quédate aquí esperando a nuestra escolta, mientras yo mismo voy a que me dé de beber ese jardinero, y vuelvo enseguida!’ Y así diciendo, Al-Raschid guió su mula en aquella dirección, y se alejó con la rapidez de un viento tempestuoso o de un torrente que cayera desde lo alto de una roca, y en un abrir y cerrar de ojos, alcanzó a la persona consabida, que no era otra que Califa el pescador. Y le vio desnudo y trabado en sus redes, y con los ojos enrojecidos, desorbitados y asustados, y con un aspecto horrible a la vista. Y de tal modo se asemejaba el pescador a uno de esos efrits malhechores que rondan por los lugares desiertos...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima sexagésima primera noche…

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