sábado, 20 de marzo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima octogésima novena noche

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“Pero cuando llegó la 589ª noche

Ella dijo:

‘...Y sucederá lo que suceda’.

Al oír estas palabras de Botón-de-Rosa, Hassán se sintió transportado de alegría y notó que en él entraba nueva vida y le devolvía la plenitud de sus fuerzas. Y se irguió sobre sus pies, y tomó en sus manos la cabeza de la joven y la besó tiernamente, dándole gracias por su amistad. Y bajaron ambos al palacio y pasaron el resto del tiempo hablando dulcemente de unas cosas y de otras en la más deliciosa de las sinceridades.

Al día siguiente, que era precisamente día de luna nueva, Hassán esperó la noche para ir a esconderse detrás del estrado que había a orillas del lago. Y apenas llevaba allí unos instantes, cuando en el silencio nocturno se hizo oír un ruido de alas, y a la claridad de la luna los pájaros, con tanta impaciencia deseados, llegaron y bajaron al lago después de quitarse sus mantos de plumas y las sedas que debajo ostentaban. Y la maravillosa Esplendor, hija del rey de los genn, también sumergió en el agua su desnuda carne de gloria. Y estaba más bella y más deseable que la primera vez. Y a pesar de la admiración y de la emoción que le embargaba, Hassán pudo deslizarse sin ser visto hasta el sitio en que se hallaban las ropas, cogiendo el manto de plumas de la joven real, y ocultándose enseguida detrás del estrado.

Cuando la hermosa Esplendor salió del baño, al primer golpe de vista comprendió, por el desorden de las ropas esparcidas sobre el césped, que una mano extraña y audaz las había profanado. Y se acercó y comprobó que había desaparecido su manto. Y lanzó un estridente grito de terror y desesperación, y se golpeó el rostro y el pecho. ¡Oh! ¡Cuán bella estaba así la desesperada! Pero, al oír el grito, precipitáronse a ella sus compañeras para ver qué ocurría, y figurándose lo que acababa de suceder, se puso apresuradamente cada cual su manto, y sin pensar en secar su desnudez mojada, ni en vestir sus sedas interiores, envolviéronse en sus plumas volantes, y rápidas cual gacelas asustadas o palomas perseguidas por un halcón, huyeron desordenadamente por los aires. Y desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, dejando sola a orillas del lago a la llorosa, a la dolorida, a la indignada Esplendor, hija de su rey.

Entonces, aunque temblando de emoción, Hassán salió de su escondite en pos de la joven desnuda, que huyó. Y la persiguió él alrededor del lago, llamándola por los nombres más tiernos y asegurándole que no quería hacerle ningún daño.

Pero ella, como una cierva acosada, corría jadeante, adelantando los brazos, con los cabellos al viento, enloquecida de verse sorprendida así en su íntima desnudez de virgen. Pero de un salto Hassán acabó por alcanzarla, y la cogió por la cabellera, que se anudó en la mano, y la obligó a seguirle. Entonces cerró ella los ojos, y resignada con su suerte, se dejó llevar sin oponer resistencia. Y Hassán la condujo a su aposento, en donde la encerró sin dejarse conmover por las súplicas y lloros de ella, corriendo sin tardanza para prevenir a su hermana y anunciarle la buena nueva de su éxito.

Enseguida Botón-de-Rosa fue al aposento de Hassán y encontróse con la desolada Esplendor, que se mordía de desesperación las manos y lloraba todas las lágrimas de sus ojos. Y Botón-de-Rosa se echó a sus pies para rendirle homenaje, y después de besar la tierra, le dijo:

‘¡Oh soberana mía! ¡La paz sobre ti y la gracia de Alah y sus bendiciones! ¡Iluminas la morada y la perfumas con tu llegada!’

Y contestó Esplendor: ‘¿Pero eres tú, Botón-de-Rosa? ¿Es que permites que los hijos de los hombres traten así a la hija de tu rey? Conoces el poder de mi padre; sabes que se le someten los reyes de los genn y que manda en legiones de efrits y de mareds, innumerables cual los granos de la arena marina; ¡y te atreviste a recibir en tu morada un hombre para que me sorprendiera, y has hecho traición a la hija de tu soberano! De no ser así, ¿cómo iba este hombre a encontrar el camino del lago en que yo me bañaba?’

Al oír estas palabras, contestó la hermana de Hassán : ‘¡Oh princesa hija de nuestro soberano! ¡Oh la más bella y más admirada entre las hijas de los genn y de los humanos! Has de saber que el que te sorprendió en tu baño ¡oh lustral! es un joven a ningún otro parecido. Y en verdad que está dotado de modales demasiado encantadores para que tuviese la menor intención de disgustarte. ¡Pero cuando una cosa ha sido decretada por el Destino, debe ocurrir! ¡Y precisamente el destino del hermoso joven que te sorprendió le hizo enamorarse de tu belleza apasionadamente; y los enamorados son disculpables! ¡Y no puede ser culpable a tus ojos quien te ama como te ama él! Y sobre todo, ¿no ha creado Alah las mujeres para los hombres? ¿Y no es ése el joven más encantador que hay sobre la tierra? ¡Si supieras ¡oh mi señora! cuán enfermo ha estado desde el día en que te vio por vez primera! ¡Estuvo a punto de perder el alma! ¡Así como lo oyes!’

Y siguió explicando a la princesa toda la violencia de la pasión encendida en el corazón de Hassán, y acabó diciendo: ‘¡Y no olvides ¡oh mi señora! que entre tus diez compañeras te eligió cual la más hermosa y la más maravillosa! ¡Y sin embargo, ellas estaban tan desnudas como tú y lo mismo se las hubiera podido sorprender en su baño!’

Al oír estas palabras de la hermana de Hassán, la bella Esplendor comprendió que debía renunciar a todo plan para evadirse, y se limitó a lanzar un prolongado suspiro de resignación. Y al punto corrió Botón-de-Rosa a llevarle un magnífico traje, con el cual la vistió...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima nonagésima noche…

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Valram

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viernes, 19 de marzo de 2010

Las mil noches y una noche. Versión original, sin cortes. La quingentésima octogésima octava noche

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“Y cuando llegó la 588ª noche

Ella dijo:

‘…se compadeció mucho de la pena del joven, y se echó a llorar con él. Luego le dijo: ‘¡Oh hermano mío, tranquiliza tu alma preciosa, refresca tus ojos y seca tus lágrimas! Porque te juro que estoy dispuesta a arriesgar mi vida querida y mi alma preciosa con tal de remediar lo que te ocurre y realizar tu deseo, haciéndote poseer a la desconocida a quien amas, ¡inschala!

Pero te recomiendo ¡oh hermano mío! que guardes secreto de esto y no digas una palabra de ello a mis hermanas, a cambio de perderte y de perderme contigo. Y si te hablaran de la puerta prohibida y te interrogasen con respecto de ella, diles: ‘¡No he visto esa puerta!’ Y si te hacen preguntas, anhelantes por verte tan pálido, les dirás: ‘¡Si estoy pálido es por haber sufrido en esta soledad durante tanto tiempo vuestra ausencia! ¡Y mi corazón ha trabajado mucho por causa vuestra!’ Y Hassán contestó: ‘¡Está bien! ¡Hablaré así, porque tu idea es excelente!’ Y besó a Botón-de-Rosa, y sintió que se le tranquilizaba el alma y se le dilataba el pecho al sentirse de aquel modo aliviado del gran temor que tenía de ver a su hermana enfadarse con él por lo de la puerta prohibida. Y tranquilo ya, respiró con libertad y pidió de comer.

Botón-de-Rosa le besó una vez más, y con lágrimas en los ojos se apresuró a reunirse con sus hermanas, a las cuales dijo: ‘¡Ay hermanas mías!, ¡mi pobre hermano Hassán está muy enfermo!

¡Desde hace diez días no ha entrado ningún alimento en su estómago, cerrado a causa de nuestra ausencia y de la desesperación en que está él sumido! Le dejamos solo aquí al pobre, sin nadie que le hiciera compañía, y entonces se ha acordado de su madre y de su patria, y sus recuerdos le llenaron de amargura. ¡Oh! ¡Mueve a compasión su suerte, hermanas mías!’

Al oír estas palabras de Botón-de-Rosa, las princesas, que estaban dotadas de un alma encantadora y pronta a conmoverse, se apresuraron a llevar de comer y de beber a su hermano; y se esforzaron por consolarle y reanimarle con su presencia y sus palabras; y para distraerle le contaron todas las fiestas y las maravillas que habían visto en el palacio de su padre, en el Gennistán. Y durante un mes entero no cesaron de prodigarle los más atentos y más tiernos cuidados, sin llegar, no obstante, a curarle por completo.

Al cabo de este tiempo, las princesas, con excepción de Botón-de-Rosa, que quiso quedarse en el palacio por no dejar solo a Hassan, salieron para ir de caza, según su costumbre; y elogiaron a su hermana pequeña por su atención para con su huésped. Y en cuanto ellas se marcharon, la joven ayudó a Hassán a levantarse, le cogió en brazos y le condujo a la terraza desde la cual se dominaba el lago. Y echándole sobre su seno, y haciéndole reposar la cabeza contra su hombro, le dijo: ‘Dime ahora, hermano mío, en cuál de esos pabellones que hay escalonados a orillas del lago has visto a la que te produce tanta tristeza’. Y Hassán contestó: ‘¡No fue en uno de esos pabellones donde la vi, sino en el agua del lago primeramente y después en el trono de ese estrado!’

Al oír estas palabras, la joven se puso muy pálida, y exclamó: ‘¡Oh, qué desgracia la nuestra!

¡Entonces ¡oh Hassán! se trata de la propia hija del rey de los genn, que reina en el vasto imperio en que mi padre no es más que uno de sus lugartenientes! Y el país en que reside nuestro rey se halla a una distancia infranqueable y rodeado de un mar que no pueden atravesar ni los hombres ni los genn. Y el rey tiene siete hijas, de las cuales la más pequeña es la que has visto. Y dispone de una guardia compuesta únicamente de guerreras vírgenes, de estirpe ilustre, cada una de las cuales manda un cuerpo de ejército de cinco mil amazonas. Y he aquí que la que has visto es precisamente la más hermosa y la más aguerrida de todas las jóvenes reales; y supera a todas las demás en valor y en destreza. ¡Se llama Esplendor!

A cada luna nueva viene a pasearse por aquí en compañía de las hijas de los chambelanes de su padre. En cuanto a esos mantos de plumas que las llevan por los aires cual si fuesen pájaros, pertenecen al guardarropa de las gennias. Y gracias a esos mantos vamos a poder lograr nuestro objeto. Porque has de saber ¡oh Hassán! que el único medio de que dispones para adueñarte de su persona consiste en apoderarte de esa vestidura encantada. Para ello no tienes más que esperar oculto aquí su vuelta; y te aprovecharás del momento en que haya bajado ella a bañarse en el lago, para quitarle el manto, sin llevarte otra cosa. ¡Y además la poseerás a ella misma! ¡Y guárdate mucho entonces de ceder a sus súplicas y de devolverle el manto, porque te perdería sin remisión, y también seríamos víctimas de su venganza todas nosotras, y nuestro padre con nosotras!

¡Lo mejor es que la cojas por los cabellos y la atraigas a ti, y se te someterá y te obedecerá! Y sucederá lo que suceda...

En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.”

Continuará: La quingentésima octogésima novena noche…

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